Capítulo 59
Me desperté sudando, con la boca seca y la mente cargada de imágenes que no quería recordar.
El calor me quemaba bajo las sábanas, y un dolor incómodo en la entrepierna me arrancó un gruñido frustrado.
Me incorporé con torpeza, pasándome la mano por la cara, y bajé las escaleras notando el peso extra que ahora cargaba.
En el salón, Neik estaba sentado con los brazos cruzados, mirándome con una ceja arqueada y una mueca curiosa en la comisura de los labios. Mor, a su lado, ocultaba mal una sonrisa juguetona, mirándome de reojo.
Me dejé caer en la silla con mala cara, arranqué un pedazo de pan y lo mordí con desgana. El silencio se tensó unos segundos hasta que, con un leve cosquilleo, el anillo en mi dedo vibró. Envié la ya familiar oleada de magia, y lo enfoqué con un suspiro.
La voz de Xane llenó mi mente.
—He contactado con la hija del regente. Parece ser una mujer… razonable. Solicita una audiencia cara a cara. Dice que, conoce una forma hacerse con el poder, pero necesitaría ayuda.
Me quedé inmóvil con el trozo de pan aún en la mano, las palabras calando en mí abriendo un nuevo horizonte de problemas.
Le pedí a Xane que aguardara un momento. El brillo del anillo se apagó y suspiré. Miré a Mor y a Neik con seriedad. La mirada de Neik se endureció, mientras Mor se irguió un poco, interesada.
—Tenemos que hablar —dije.
Ambos enderezaron la postura, notando el peso de mis palabras. Les conté lo que Xane acababa de decirme.
Mor fue la primera en reaccionar. Se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la silla, pensativa.
—Es una oportunidad. Si de verdad es razonable, puede ser la llave para salvar cientos de vidas. Pero también puede ser una trampa.
Neik resopló con fuerza, apoyando los codos sobre la mesa.
—Estoy de acuerdo con lo de la trampa. Si la hija del regente ha conseguido reunir seguidores, no será por ser una santa. Puede que quiera usarte como moneda de cambio, o que esté buscando legitimar su causa con tu nombre.
Mor frunció el ceño hacia él.
—¿Qué propones entonces? ¿Esperar sentados a que el ejército del rey llegue a las puertas de Darmund? ¿Aniquile la región entera? Y desde ambas fronteras rodeando Trizandia arrase con toda ella.
—Propongo —respondió Neik, clavando en mí su mirada firme— que no vayas solo. Y que, antes de dar un paso, te asegures de tener claro qué vas a decir y hasta dónde estás dispuesto a ceder. Esa mujer podría ser tanto nuestra aliada como nuestra perdición.
El silencio se instaló un instante. Mor suspiró, pero asintió.
—Lo que dice tiene sentido. Aun así, yo opino que debemos arriesgarnos. La guerra ya está decidida desde este lado; si hay un pequeño resquicio para impedirla, tenemos que aprovecharlo.
Ambos me miraron, esperando. La decisión, al final, recaía en mí. Asentí con firmeza.
Neik Levantó la voz de tal modo que me sobresaltó la hogaza de pan en la mano.
—¡Esta vez ni se te ocurra dejarme de niñera o juro por mi diosa y tus fundadores que…!
Alcé la mano en señal de paz interrumpiéndolo.
—No se me ocurriría volver a hacerte pasar por algo así. —Lo dije con la voz más firme que pude. —Contaré contigo a mi lado.
Neik echó un paso adelante y me dio un codazo amistoso.
—Pues más te vale. —Sonrió, aunque su sonrisa no borraba la tensión del todo.
Mor dejó ver un destello de preocupación en los ojos.
—Yo no puedo ir —dijo al fin, con la voz baja—. Nyx no me lo permitirá. Lo mismo no tenía que haber opinado sobre esto, he empujado la decisión a ponerte en riesgo y ni siquiera puedo acompañaros. Lo siento.
Le puse la mano en el brazo con suavidad.
—Lo entiendo. No te preocupes. Has hecho más que suficiente. —le dije.
Soltó una sonrisa pícara que apenas ocultaba su inquietud y jugueteó con el remate de su guantelete de cuero y, en un tono que pretendía ser sugerente, añadió:
—¿Ah sí?
Me rasqué la nuca, sentí el cosquilleo del nerviosismo, y carraspeé antes de inclinar la cabeza hacia la mesa.
El anillo me llamaba en el dedo; su calor era ya rutina.
Hundí la mirada en la joya, inspiré y, con cuidado, vertí una pizca de energía sobre ella: un pulso corto, controlado, el gesto que necesitaba para abrir la línea con Xane.
—Xane —resonó en la claridad de su mente cuando la conexión se estableció—. Confírmalo. Quiero la audiencia. Salimos mañana al amanecer.
La respuesta de Xane fue un asentimiento que no necesitó palabras. Pude sentir cómo la figura en el claro asintió, serena y eficaz. «Está hecho», me dijo.
Miré a Neik.
—Saldremos al amanecer —anuncié, con la decisión cayendo en mis palabras—. Necesitamos estar en forma: armas listas, provisiones.
Neik gimió teatralmente y después gruñó afirmando con la cabeza. Mor asintió, y en sus ojos vi una mezcla de orgullo y miedo.
Pasamos la mañana preparándolo todo. Mor se acercó a mí con cierta incomodidad.
—Si esto funciona —murmuré—, quizá salvemos vidas. Si no...
Mor se acercó despacio, sin la chispa juguetona que había tenido. Por primera vez en todos los años que recordaba, no estaba sonriendo ni burlándose: estaba seria y sobre todo, estaba triste.
—Haz que funcione —susurró, clavando la mirada en mí—. Pero por favor… ten cuidado.
Me quedé paralizado un instante, sorprendido de verla así, tan desnuda de máscaras. Antes de pensarlo, la abracé con fuerza, hundiendo la barbilla en su hombro.
—Tranquila —murmuré, intentando sonar firme—. No voy a dejar que pase nada malo.
Se quedó quieta en mis brazos un segundo más, y entonces me devolvió el abrazo con fuerza.
—Eres un cabeza dura insoportable —dijo con un hilo de voz que se quebraba—, pero eres mi cabeza dura. Y eso hace que valgas más mucho para mí. Que le den a la guerra, mantente con vida.
Sentí cómo esa frase se me clavaba en el pecho. Y en su tono, por primera vez, no había ni un ápice de juego.
El resto de la tarde transcurrió tranquila, con un silencio pesado que nos envolvía a todos, Neik, más serio de lo habitual, se había limitado a preparar su equipo, revisando correas, afilando el acero y plegando su ropa con una calma extraña, metódica, que delataba lo tenso que estaba en realidad.
Mor, en cambio, había permanecido distraída en sus propios asuntos: a veces escribiendo en un pergamino, a veces garabateando símbolos en la madera del porche con la punta de una daga, necesitando mantener las manos ocupadas para no pensar demasiado.
Le lancé de vez en cuando miradas de reojo ante el destrozo sobre madera recién arreglada, pero me pareció que sus dibujos y la acción era demasiado adorable como para reprocharle.
Después, me refugié en la cocina. Preparar comida para varios días de viaje se convirtió en excusa y distracción: panes envueltos en paños, carnes secas, quesos curados, frutos secos.
Poco a poco, la mesa se fue llenando de provisiones, y con ellas me di cuenta de que estaba intentando atrapar el control de algo, aunque fuese en esas pequeñas tareas.
Cuando el sol se hundió tras el horizonte, decidí que aquella cena no podía ser como cualquier otra.
Puse en la mesa lo mejor que había conseguido preparar, un pequeño festín, un manjar digno de reyes, como los fundadores mandaban , para despedirme de la rutina y de la calma de esa casa que, a pesar de todo, empezaba a sentirse como un hogar.
Comimos juntos, pero había pocas palabras; Mor se retiró en silencio a su cuarto tras la cena, con un gesto que no supe leer del todo. Después, Neik y yo salimos al porche.
El aire nocturno nos envolvió con su frescor, y nos sentamos uno al lado del otro, con jarras de hidromiel en la mano.
Él encendió su pipa y dejó que el humo se mezclara con las estrellas, mientras entre sorbos y caladas comenzamos a hablar de tonterías: anécdotas de la infancia, viejas meteduras de pata, historias que ya habíamos contado mil veces pero que esta noche servían para ahogar los nervios.
Reímos un poco, lo justo para engañar al peso que se nos venía encima.
Cuando el cansancio me alcanzó, me levanté con un gesto resignado.
—Voy a dormir un poco —le dije.
—No creo que lo consigas —replicó Neik con media sonrisa, echando el humo hacia el cielo—. Pero inténtalo, hermano.
Lo dejé allí, en su silencio con la pipa, y subí a mi cuarto.
Encendí una lámpara, desplegué sobre la mesa un mapa viejo de Trizandia, amarillento y con las esquinas dobladas, y comencé a trazar rutas hacia Darmund.
Con una pluma repasé senderos, pasos de montaña y caminos de río, midiendo distancias y tiempos, buscando un trayecto que pudiera darnos ventaja.
La llama temblorosa iluminaba las líneas mientras mis dedos recorrían los nombres.
Estaba terminando de leer el mapa cuando escuché unos pasos acercarse por el pasillo. El sonido de los tacones resonaba contra el suelo de madera, creando un eco que se filtraba a través de la puerta cerrada.
Los pasos se detuvieron abruptamente, y luego escuché otros pasos, más ligeros y rápidos, acercándose también.
Se levantó el murmullo de una conversación, susurros que no podía distinguir claramente.
Luego, los pasos se alejaron, dejando un silencio tenso en el aire.
Me encogí de hombros y seguí mirando el mapa, tratando de concentrarme en las palabras que se desdibujaban ante mis ojos.
De repente, la puerta resonó con dos golpes agresivos. El sonido fue tan inesperado que me hizo saltar de la silla, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho.
—¿Sí? —dije, levantándome hacia la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó Ilya desde el otro lado, su voz tensa y cargada de emoción.
—Adelante —dije, abriendo la puerta.
Cuando entró, su presencia llenó la habitación. Estaba visiblemente afectada, su rostro una máscara de enfado y algo más.
Cerró la puerta detrás de ella con un golpe seco. Se paseó por la habitación, con movimientos rápidos y nerviosos, parecía luchar contra demonios en su cabeza. La observé, mi mente tratando de entender qué estaba pasando, pero sus ojos evitaban los míos, perdidos en un conflicto invisible.