Capítulo 58
Me desperté perezoso, bajé a la cocina y cogí lo primero a lo que eché la mano.
La hogaza crujía mientras arrancaba un pedazo y lo masticaba sin demasiado apetito.
El sol apenas se filtraba por las copas, el aire fresco de la mañana no alcanzaba a despejar del todo el peso en mis párpados.
Me senté en el banco del porche, la madera aún húmeda del rocío, y saqué el anillo del bolsillo.
Lo observé unos segundos entre mis dedos antes de cerrar los ojos y dejar que la magia fluyera.
La corriente de emociones me envolvió como siempre, pero ya empezaba a ser capaz de atravesarlas con más facilidad. Alcancé el claro, y al poco, la figura de Xane apareció ante mí, con la misma serenidad de siempre.
—Sé quién es —dijo sin rodeos—. La hija del regente. Y también sé cómo llegar a ella.
—Xane —empecé con voz grave, clavando los ojos en él—.
Escúchame bien, porque esto es importante.
El consejo de guerra en Noczar ha tomado una decisión: habrá guerra.
Están reuniendo al ejército ahora mismo.
En cinco días estarán listos para marchar, en otros cinco estarán a las puertas de Darmund. Diez días, como mucho.
Me froté la frente con el dorso de la mano, conteniendo la rabia y el cansancio.
—Eso significa que no tenemos apenas margen. Pero aún tenemos una opción. Dile la verdad, sin rodeos ni adornos. No tenemos mucho que perder, y sí mucho que ganar.
Respiré hondo, intentando que mis palabras salieran con la firmeza que necesitaban.
—Debes presentarte en mi nombre, como mensajero del hijo del rey. Dile que mi único… Nuestro único objetivo es impedir un derramamiento de sangre innecesario. Eso es lo que debe quedarle claro.
Entonces una idea apareció en mi cabeza, llenándome de esperanza.
—Si conseguimos que ella ascienda como regente, el anillo aceptara a Darmund y el tratado de paz los amparara de nuevo.
Sin la ventaja táctica de conquistar Darmund al este y atacar desde dos flancos, Trizandia presentaría un frente unido, por mucho priur que tenga el rey debería desistir y volver a la diplomacia.
Xane me observaba en silencio, sin interrumpir. Su presencia sólida me dio fuerzas para seguir.
—En cuanto contactes con ella, infórmame. Cada detalle puede marcar la diferencia. Y recuerda… no te expongas más de la cuenta, necesito que vuelvas de una pieza.
Se limitó a asentir. El claro se estremeció con un leve temblor. El silencio me devolvió al banco del porche.
El día pasó lento, arrastrando las horas de manera agonizante.
Yo no hacía más que mirar de reojo el anillo, esperando la respuesta de Xane, aunque sabía que probablemente tardaría.
Mor se entretenía practicando tiro o encerrada en ese mundo suyo de apuntes y dibujos extraños.
Neik, como siempre, se las arreglaba para tener algo entre manos: tallar en madera, practicar poses y katas con la espada, o fumar en el porche mirando al horizonte.
De Ilya… nada. Desaparecida desde temprano, como ya era costumbre.
Cuando la espera me resultó insoportable, decidí entrenar un poco con mi sombra en el claro. El sudor y la repetición me dieron cierto alivio, al menos hasta que Neik apareció, con una sonrisa torcida.
—¿Otra vez dándole al aire? —dijo, plantándose frente a mí con la espada apoyada en el hombro—. Venga, vamos a darle una lección de verdad a ese cuerpo flacucho.
Acepté sin rechistar. Cruzamos aceros durante un buen rato, sin la agresividad de días atrás, más como un desahogo que como un combate serio. Al final terminamos jadeando, las camisetas empapadas.
—Poza —dijo Neik con una sonrisa cansada, pasándose la mano por la nuca—. Me voy a dar un baño, a ver si me despejo. ¿Te apuntas?
Asentí, y Mor, que había aparecido en algún momento, decidió unirse también. Caminamos los tres juntos por el sendero hasta la poza, con el frescor de la arboleda envolviéndonos y el murmullo del agua cada vez más cercano.
Al llegar, Neik se inclinó sobre la orilla y lanzó una piedrecita al agua.
—Uy que mal rollo —dijo con un brillo pícaro en los ojos—, se me ha olvidado una cosa, me vuelvo.
—¿Qué? —fruncí el ceño, pero él ya estaba levantando las manos.
—¿Qué pasa? Soy una persona ocupada, tengo que cosas que hacer. —Guiñó un ojo, dio media vuelta y se internó por el sendero de regreso.
Me quedé mirando cómo desaparecía entre los árboles, resoplando con incredulidad. Cuando giré la cabeza, Mor ya estaba descalzándose en la orilla, con esa sonrisa traviesa que parecía disfrutar de cada segundo de mi incomodidad.
El viento agitó las hojas sobre nuestras cabezas y el rumor del agua llenó el silencio.
Me miré, sudado, sucio por las acrobacias al entrenar, cansado. Necesitaba un baño. Con resignación, me quité la camisa y la dejé en una roca cercana, al girarme, vi a Mor de pie en la orilla. Tenía los brazos cruzados y una ceja arqueada, parecía estar evaluando la situación.
—¿Qué pasa? —pregunté, con voz cansada.
—Nada, nada —respondió, mordiéndose el labio mientras desataba con parsimonia el lazo de su capa—. Solo me sorprende lo mucho que te esfuerzas en parecer serio hasta en una situación así.
Rodé los ojos, pero ella no me dio tiempo a contestar. Con un movimiento ágil se dejó caer con un salto al agua desde la roca, levantando un chapoteo que me empapó la cara. Cuando salió a la superficie, apartándose el pelo mojado hacia atrás, sonrió de oreja a oreja.
—Ya está, ahora sí pareces menos gruñón.
—Mor… —empecé a decir, pero me salpicó otra vez, directa a los ojos.
Entré al agua después de quitarme los pantalones hasta quedar cubierto por debajo del pecho. El frescor de la poza me hizo soltar un suspiro largo, dejando que la tensión se escurriera poco a poco con cada ondulación.
Mor volvió a salpicarme agua, finalmente le seguí el juego devolviéndosela, y en cuestión de segundos estábamos lanzándonos agua como dos críos.
En un momento, se sumergió bajo el agua y desapareció. Me giré, desconfiado, hasta que de pronto emergió justo a mi espalda, rodeándome el cuello con un brazo.
—Te pillé —susurró en mi oído con voz victoriosa.
Me zafé y la giré lanzándola suavemente hacia atrás. El chapoteo resonó por el claro, y la vi flotar de espaldas, con las manos abiertas y una sonrisa satisfecha.
—¿Sabes qué es lo mejor de este baño? —dijo, sin abrir los ojos, dejándose llevar por la casi inexistente corriente.
—¿Qué? —pregunté.
—Que Neik no está aquí… —abrió un ojo para mirarme divertida—. No te tengo que compartir con él.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír. Con Mor, cada momento se convertía en un juego, en un desafío disfrazado de broma.
Cuando sentí el cuerpo lo suficiente limpio, intenté salir del agua, pero ella tiró de mis calzoncillos hacia dentro, caí de espaldas al agua de nuevo. Cuando asomé fuera ella estaba en la orilla riéndose.
Me lancé hacia ella para empujarla suavemente hacia el agua, se giró con rapidez esquivándome, pero perdió el equilibrio al pisar sobre una roca resbaladiza.
—¡Eh! —gritó—, ¡me caigo!
Intentó mantenerse de pie, pero su pie resbaló en el barro, y cayó de espaldas de nuevo en el agua. El chapoteo me hizo reír, pero al acercarme para ayudarla, noté que la venda que llevaba alrededor del pecho se había aflojado y cayó, dejando expuesta su figura.
Mor se tensó instantáneamente, sus mejillas enrojecidas por la sorpresa y el frío, pero con una sonrisa traviesa que no podía ocultar.
—Bueno… —dijo entre risas y un suspiro—, esto no cuenta…
Me acerqué despacio, con las manos levantadas en señal de paz, y le dije en broma:
—Tranquila… no voy a mirar.
Llegue a ella y esbocé una sonrisa traviesa, y antes de que ella pudiera reaccionar, la levanté en brazos con un rápido movimiento.
—¡Eh! —gritó entre carcajadas mientras se retorcía en el aire—, ¡no!
Sin poder evitarlo, la lancé sobre el agua, y ella se hizo una bola en el aire, cayendo con un gran chapoteo que levantó una pequeña ola a nuestro alrededor. El agua salpicó por todas partes y Mor emergió riéndose a carcajadas, con el cabello pegado a la cara y las mejillas sonrojadas.
—¡No! —me gritó, con una mezcla de enfado y diversión—, ¡esto no vale!
Me encogí de hombros con una sonrisa divertida, disfrutando del momento tanto como ella, mientras ella se recomponía entre risas, sacudiéndose el agua y preparándose para vengarse.
Me sentí ligeramente extraño, ante mi había una visión de belleza y misterio. Estaba de pie, completamente desnuda, el agua acariciándole la piel igual que un amante juguetón. Sus ojos, profundos y expresivos, me miraron con un deseo palpable que me atravesó.
El tiempo pareció detenerse mientras nuestros ojos se encontraron. La intensidad de su mirada fue abrumadora, y sentí una mezcla de excitación y nerviosismo.
Entonces, lentamente, levantó su dedo índice, moviéndolo de un lado a otro en un gesto negativo.
Mis ojos, traicioneros, se desviaron inevitablemente hacia sus senos desnudos, redondos y tentadores. La perfección de su forma, la suavidad de su piel, todo me llamó, me atrajo.
El agua brilló a su alrededor, reflejando la luz de la luna en un millón de destellos. Su cuerpo, tan cercano y sin embargo tan lejano, me tentó con promesas de placer y misterio.
Se acercó lentamente, cada paso una danza hipnótica que me mantuvo atento.
El agua goteaba de su cuerpo, creando riachuelos que seguían las curvas de su piel.
Me quedé quieto, incapaz de moverme, con los pies anclados al suelo.
La incertidumbre y el deseo luchaban dentro de mí en un torbellino de emociones que hacía que me faltara el aliento.
No hacía ni unas horas desde nuestra conversación, pero en ese momento, todo parecía lejano y borroso.
Su cuerpo desnudo moviéndose de esa manera tan seductora me tentaba de una forma sobrenatural.
Cada movimiento, cada curva, era una invitación que me costaba horrores rechazar.
La forma en que el agua se aferraba a su piel, destacando cada detalle, me dejó sin palabras.
Mis ojos recorrieron su figura, incapaz de resistir la atracción. Su presencia era tan poderosa que sentí como si el mundo a mi alrededor se desvaneciera, dejando solo a los dos, atrapados en ese momento.
El deseo que emanaba de ella era palpable, me atraía como un imán. Me quedé debatiéndome entre cruzar o no un umbral del que no había retorno.
Cuando llegó a mí, su presencia llenó el espacio entre nosotros.
Levantó un dedo, y lo puso suavemente en mis labios, sellándolos en un gesto de silencio.
Sentí la humedad de su piel contra la mía, un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Luego, con una lentitud tortuosa, se inclinó y depositó un beso en mi mejilla dejando sus labios suaves y cálidos contra mi piel durante un instante.
Su aliento, tentador, rozó mi oreja.
—Hoy seré yo la más fuerte —susurró.
Me erizó la piel. Las palabras resonaron en mi mente.
Con una sonrisa enigmática, se apartó, dejando un vacío palpable. Salió del agua. Se movía con una gracia felina, hipnotizante.
Llegó hasta la piedra y, sin apartar sus ojos de los míos, recogió su ropa. La forma en que se movía, con confianza y seguridad en sí misma. Con cada movimiento de sus caderas, me sentía más cautivado, más perdido en su hechizo.
Finalmente, se vistió, pero la promesa en sus ojos permaneció. Con una última mirada, se dio la vuelta y se alejó. La observé hasta que desapareció de mi vista.
Parpadeé varias veces, tratando de sacudir el hechizo que su presencia había tejido a mi alrededor. Mis pensamientos eran un torbellino. Me sentía como si acabara de despertar de un sueño, pero el efecto de su encanto persistía, envolviéndome en un velo.
Con un esfuerzo consciente, me sumergí en el agua fría hasta la altura de los ojos. La temperatura helada fue un alivio bienvenido.
Bajo la superficie, el mundo se volvió silencioso, y por un momento, todo lo que pude escuchar fue el latido de mi propio corazón.
Floté allí, dejando que el agua fría se llevara mis pensamientos, intentando recuperar el control.
Pero incluso en ese momento de quietud, su imagen persistía en mi mente, su voz resonaba en mis oídos, y su toque parecía aún vivo en mi piel.
Finalmente, emergí, jadeando y con la piel de gallina. El agua fría había calado mis huesos, pero no había sido suficiente para apagar el deseo que ella había encendido. Sabía que, por más que lo intentara, no podría olvidar el poder que desconocía que tenía sobre mí.
Cuando regresé a la casa. Mor estaba en su cuarto, Neik no daba señales y Ilya, como siempre, se había encerrado sin mediar palabra. Subí en silencio, con el cuerpo cansado y la mente ardiendo.
Me dejé caer sobre el colchón, me tapé la cabeza con la almohada, apretándola contra los oídos intentando con eso ahogar el ruido que no cesaba dentro de mí. Confusión, imágenes, palabras, todo mezclado en un remolino que me empujaba hacia lugares que no quería visitar.
Respiré hondo, una y otra vez, hasta que poco a poco el cansancio se impuso a la tormenta. Los pensamientos se fueron deshilachando, la presión en el pecho se alivió, y finalmente me rendí al sueño, hundiéndome en la más silenciosa oscuridad.