Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 57 #3
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Capítulo 57 #3

Al caer la tarde, justo cuando el cielo empezaba a oscurecerse, Ilya regresó. Pasó de largo, como siempre, directa a su cuarto sin cruzar palabra con nadie. La puerta cerrándose tras de ella fue el único rastro de su llegada.

No hice comentario alguno. Simplemente cené algo ligero junto a Neik y Mor, sin tanta algarabía como al mediodía, pero con la misma calma. Después de eso, el cansancio acumulado me empujó directo a la cama.

Muy a mi pesar, aquella noche el sueño no quiso saber nada de mí. Di vueltas durante un buen rato, hasta que al final me levanté con un suspiro resignado. Cogí la espada y salí fuera, buscando cansancio donde no lo encontraba en la cama.

No esperaba encontrar a nadie, pero allí estaba Mor, en mitad del claro, con el arco tensado y los ojos clavados en una diana improvisada contra un tronco. La cuerda vibraba tras cada disparo con un chasquido seco y elegante.

Me oyó antes de que pudiera decir nada. Sin girarse, habló:

—No soy Neik, pero si quieres —señaló con la barbilla las dagas que colgaban de su cinturón—, puedo servirte de compañera.

Me encogí de hombros, cansado.

—Por probar…

Sonrió satisfecha claramente esperando justo esa respuesta. En un instante, las dagas ya estaban en sus manos y se lanzó hacia mí sin aviso. Su movimiento fue rápido, pero más juguetón que letal; apenas buscaba rozarme, obligándome a apartarme o bloquear sin demasiada precisión.

—Vamos, soso —rio esquivando un torpe intento mío de apartarla—. Que pareces un tronco con brazos.

Bufé, pero poco a poco me dejé llevar por su energía. No con la misma intensidad que ella, pero lo suficiente para responder a su juego. La espada chocó contra las dagas en un tintineo breve, a veces incluso ella me golpeaba con el mango, riendo.

—¡Eso está mejor! —celebró cuando conseguí desarmarla de una daga, aunque en lugar de molestarse me empujó con el hombro y volvió a atacarme con la otra.

Apenas podía seguirle el ritmo, era rápida, me encontré más centrado en no dejar que su entusiasmo me arrastrara para no quedar en ridículo. Mor, en cambio, disfrutaba cada segundo, moviéndose ligera y segura.

Finalmente, tras un par de fintas demasiado rápidas para mis reflejos nocturnos, me hizo tropezar hacia atrás y me dejó la hoja roma de la daga contra el pecho.

—Muerto —canturreó, apartándose con una reverencia exagerada.

Resoplé, pero no pude evitar sonreír un poco ante su teatralidad.

Seguimos un rato más, cada vez con menos rigor y más risa. Mor se movía ligera, juguetona, yo apenas podía seguirle, era más ágil que yo, pero el ritmo nos envolvía. Entre fintas, choques de acero y empujones, el juego prosiguió.

En un despiste, nuestros pasos se cruzaron mal.

Tropezamos y caímos rodando por la hierba húmeda hasta detenernos de golpe.

Cuando el mundo dejó de girar, descubrí que Mor estaba encima de mí, con una de sus dagas frías contra mi cuello.

Sin embargo, había logrado quedarme con su otra daga y la sostenía, apuntando a la altura de su pecho.

Nuestros rostros estaban demasiado cerca, respirando uno sobre el otro. El instante se estiró, cargado de algo más profundo que el simple juego.

Suspiré, y aquella chispa de diversión que había encendido en mí se quebró, deformándose en un gesto de sufrimiento apenas contenido. Me cubrí la cara con una mano, cansado, confuso, sin querer que ella viera lo que realmente había dentro.

Mor no dijo nada al principio. Solo se apartó con lentitud, tumbándose a mi lado, dejando su cabeza junto a la mía. Ambos miramos el cielo nocturno en silencio, hasta que su voz, suave pero firme, lo rompió:

—Lo siento —murmuró—. Por lo que te hice.

Sonreí con cierta melancolía.

—Eso quedó atrás, Mor. Fue hace mucho.

Me quedé en silencio unos segundos, analizando mis propios sentimientos con crudeza, hasta que las palabras salieron solas, de todo corazón:

—Yo siento… no poder corresponderte ahora. Después de todo lo que ha pasado, de las experiencias, de lo que vivimos… ya no puedo verte de esa manera.

Giró un poco la cabeza hacia mí. En sus labios se dibujó una sonrisa traviesa, aunque sus ojos escondían algo más profundo.

—Lo sé —respondió, ligera, sin peso de reproche—. Pero ya me conoces… me gusta jugar.

Solté un resoplido que era mitad risa, mitad resignación.

—Eso lo sé de sobra.

Nos quedamos así, mirando el cielo en silencio compartido, con esa mezcla extraña de paz y nostalgia. Después se levantó con una acrobacia.

—No me compares con Neik, pero para quitarte el insomnio sirvo, ¿no? —dijo guardando las dagas.

Me limité a asentir, secándome el sudor de la frente. Sonrió con orgullo y, sin decir nada más, volvió a su arco.

Me giré hacia ella, todavía tumbado sobre la hierba.

—Deberíamos dormir —murmuré, con voz cansada.

Mor ladeó la cabeza con una sonrisa socarrona y respondió:

—Gracias, mamá. Solo un par de tiros más.

No pude evitar sonreír, derrotado ante su descaro. Me puse en pie, sacudí la ropa llena de polvo y hierba, y me encaminé hacia la casa.

Al fin, el sueño me atrapó. O, mejor dicho, me arrastró a un limbo extraño, donde mi mente oscilaba entre el despertar y el dormir, pensamientos confusos entremezclados.