Capítulo 57 #2
—He contactado con Xane —dije al fin—. Ha encontrado información… una hija del anterior regente. Vive oculta, pero lidera una facción rebelde en Darmund. Le he pedido que la rastree, pero que no haga contacto aún. Y ahora necesito saber qué decirle cuando llegue ese momento.
El silencio se estiró durante unos segundos. Mor dejó el pan sobre la mesa y apoyó el codo en la madera.
—Es inteligente que no le hayas permitido contactar aún. Cualquier paso en falso puede costarle la vida. —me sostuvo la mirada—. Cuando llegue el momento… dile la verdad. No hay mucho que perder con ella, y sí mucho que ganar.
Neik, mientras tanto, parecía debatirse en su propia cabeza, el ceño fruncido. Finalmente soltó un bufido y se encogió de hombros.
—Bah. Yo qué sé de conspiraciones y herederos… Lo que sea que decidas estará bien hecho. —Me señaló con el tenedor, medio en serio, medio en broma—. Tienes buen fondo. Tu madre se encargó de eso. Yo te apoyaré, hagas lo que hagas.
Sentí un nudo formarse en mi garganta. Suspiré, dejé el cubierto a un lado y murmuré:
—Ojalá fuese tan fácil como decir «haz lo correcto».
Mor sonrió, con gesto entre pícaro y sereno. Neik volvió a hundir la cara en el plato sin que aparentemente le afectase nada de lo dicho. Me quedé mirando la madera de la mesa, con el peso de la decisión presionándome el pecho.
Me levanté de golpe, arrastrando la silla hacia atrás con un chirrido que hizo que Mor y Neik me miraran.
—Bueno —dije, sacudiéndome las manos con un par de palmadas—, ese es problema del Izz de mañana. Hoy toca otra cosa.
Me giré hacia ellos con una sonrisa torcida.
—Es hora de hacer una cocina como los fundadores mandan. Y de paso dejar listo el primer piso. ¿Os animáis?
Mor silbó con descaro, desviando la mirada al techo. Neik hizo lo mismo y, casi sincronizados, se pusieron de pie y se escabulleron por la puerta simulando acordarse de algo urgente que tenían pendiente.
—¡Vivir de gorra no habla muy bien de vosotros, cabrones! —les grité desde la cocina, escuchando sus carcajadas perderse fuera.
Resoplé, pero no pude evitar sonreír. Me arremangué y me puse manos a la obra.
La cocina estaba hecha un desastre: tablas levantadas, hollín en el horno, y grietas en las paredes que parecían más una decoración que otra cosa.
Pasé toda la mañana reparando, martillando clavos, lijando, y colocando maderas nuevas.
El sudor me chorreaba por la espalda, pero ver cómo poco a poco la cocina iba tomando forma me daba una satisfacción que hacía días no sentía.
Ya pasado el mediodía, escuché pasos ligeros y el crujido de la puerta. Mor apareció, apoyada en el marco y soltó un silbido largo y sorprendido.
—Guau… —dijo, paseando la vista por el lugar. Después se puso seria y añadió. —Tenemos que hablar.
El tono bastó para que me enderezara.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Mor respiró hondo antes de continuar.
—Un Umbrae ha contactado conmigo en la aldea. Traía noticias de Noczar. Han tomado una decisión. Habrá guerra. Primero contra Darmund —continuó, su voz ahora más baja—. Y si no se enfría la ira del rey, Trizandia entera después, desde ambos flancos. No han querido escuchar razones.
Me pasé una mano por el rostro, queriendo borrar la noticia de mi piel.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Diez días, como mucho —respondió sin adornos—. En cinco reunirán al ejército. En otros cinco, estarán a las puertas de Darmund.
—Diez días... —repetí más para mí mismo que para ella—. Diez días para intentar detener lo inevitable.
La sonrisa de siempre volvió a su rosto. Dejó caer unas cestas sobre la mesa recién reparada. Me acerqué con curiosidad. Me observó con una sonrisa, mezcla de suficiencia y picardía.
—Ya que ibas a tener una cocina «como los fundadores mandan»—dijo con total tranquilidad. —Al menos, que haya algo digno de cocinar en ella.
Me guiñó un ojo, y no pude evitar soltar una carcajada.
—Con que sí, ¿eh? —le respondí.
Pronto nos vimos los dos metidos entre ollas, cuchillos y tablas de cortar.
Entre empujones, juegos y alguna que otra amenaza de guerra de harina, la cocina se llenó de risas.
Ella me empujaba con el codo cuando yo intentaba picar las verduras demasiado lento, yo le arrebataba las especias justo cuando iba a usarlas, y en más de una ocasión terminamos con restos de masa o comida mal lanzadas cayendo en lugares que no deberían.
Por primera vez, la casa lucía y olía a un verdadero hogar. Y entre las risas y el chisporroteo del fuego, casi me olvidé de las tensiones que pesaban en mis hombros.
Mientras Mor y yo seguíamos enzarzados en nuestra pequeña batalla culinaria, ella lanzándome un trozo de pan y yo devolviéndole el golpe con una pizca de sal lanzada a traición, escuchamos el rechinar de la puerta.
Neik asomó al otro lado, se apoyó en el marco con los brazos cruzados y una sonrisa amplia.
—Bueno… ¿y este milagro? —dijo, olfateando el aire exageradamente—. Aquí huele como si, por una vez, alguien supiera lo que hace en la cocina.
—No es tu caso, desde luego —le respondió Mor al instante, sacándole la lengua.
—Eh, que yo soy especialista en… —Neik hizo una pausa dramática, mirándome de reojo—… pedir comida en la taberna. Y me sale de maravilla.
Los tres reímos. Neik avanzó, dio un par de palmadas satisfechas y añadió:
—Entonces, ¿cuándo se come? Porque yo llevo horas entrenando y mi estómago se está quejando más fuerte que Mor cuando pierde a las cartas.
—¡No pierdo a las cartas! —replicó ella, indignada, arrojándole un trapo que Neik atrapó al vuelo.
Entre risas, Neik terminó por remangarse y ayudarnos a preparar la mesa. Entre plato y plato, seguía soltando comentarios burlones sobre la «pareja de chefs», lo que solo provocaba que Mor y yo redobláramos nuestros esfuerzos para que la comida quedara aún mejor.
Finalmente, nos sentamos los tres. El ambiente era cálido y alegre. Nada de tensiones, nada de silencios incómodos. Solo el crepitar de la chimenea, el tintinear de los cubiertos y alguna que otra broma. La mesa estaba llena de comida… y de calma.
Cuando terminamos de comer, el porche se convirtió en el mejor sitio del mundo.
El sol de la tarde aún bañaba el claro con un tono cálido, y entre jarras de hidromiel y las carcajadas que llegan después de una buena comida, el tiempo parecía detenerse.
Mor y Neik se pasaban la pipa entre bromas, turnándose para soltar humo al cielo compitiendo en quién hacía las nubes más grandes.
Me limité a recostarme en la barandilla sentado en el suelo, saboreando el silencio entre las risas de ambos. Era raro, pero reconfortante.
Ya con la barriga reposada y la cabeza algo más despejada, decidí volver al trabajo.
Entré en la casa y me puse con lo que quedaba: unas tablas sueltas en el salón, un ajuste rápido en la puerta del baño, y dejar la despensa en condiciones.
No eran grandes cosas, pero al terminar y dar un repaso general, el primer piso se veía por fin… completo.