Capítulo 57
El sol ya estaba alto cuando abrí los ojos. Una claridad demasiado viva me golpeó en cuanto aparté las mantas, y lo primero que sentí fue frustración: había dormido de más esta vez. Tal vez cansancio acumulado. Suspiré.
Bajé al salón con pasos lentos, aún con el cuerpo pesado, y no encontré a nadie. El silencio de la casa era extraño, incómodo.
Salí fuera. El aire fresco me despejó un poco.
En medio del claro, Neik blandía su espada en solitario, cada estocada y cada giro ejecutados con la fuerza de la costumbre.
A la derecha, en el porche, Mor escribía concentrada en un pergamino, el ceño ligeramente fruncido mientras su pluma deslizaba líneas rápidas y seguras, se mordía la lengua.
Me acerqué hacia Neik y levanté la voz:
—¿Qué haces?
Él giró la espada con un movimiento amplio y se detuvo apenas un instante para contestar:
—Entreno solo. Ilya se fue a la aldea nada más levantarse.
Su respuesta me dejó con un vacío extraño en el pecho. Un eco de la conversación de anoche que regresaba con fuerza. Me quedé en silencio unos segundos, sin saber si agradecer esa ausencia o lamentarla. Al final, me limité a resoplar.
Me estaba complicando otra vez, como un imbécil, dándole vueltas a cada gesto, a cada palabra. Y llegué a una conclusión amarga. Quizá me había engañado a mí mismo.
Suspiré, derrotado por mis propios pensamientos.
Neik, sin dejar de mirarme de reojo, clavó la punta de la espada en la tierra y sonrió con descaro:
—¿Y bien? ¿Cuándo piensas coger la espada y venir a calentar para empezar con ánimo el día?
No tenía ganas. No tenía energía. Pero pensé que me vendría bien. Quizá no para la mente, pero sí para el cuerpo. Así que asentí con un gesto cansado, caminé hasta la caseta, cogí mi espada y regresé junto a él.
—Está bien —dije mientras la desenvainaba.
Nuestras hojas se encontraron con un chasquido metálico.
—¡No os matéis esta vez! —gritó Mor desde el banco del porche, con la voz cargada de picardía.
Neik soltó una carcajada breve, resoplando con sorna mientras giraba la espada en su mano.
Yo, en cambio, apenas reaccioné. La fatiga mental me mantenía lento, torpe, cada movimiento me costaba más de lo habitual.
Aun así, seguí. Durante unos minutos más cruzamos aceros, él manteniendo siempre la iniciativa, yo arrastrándome detrás de sus ataques, respondiendo con lo justo.
Finalmente, con un giro rápido, Neik me desarmó y me empujó al suelo. Caí de espaldas, jadeando, con el pecho ardiendo y la garganta seca. Me quedé ahí unos segundos, mirando el cielo azul, hasta que resoplé y me incorporé torpemente.
—Ya está… —dije, derrotado, limpiándome el sudor con el dorso del brazo—. Hoy no me está sirviendo de mucho.
Neik clavó la espada en la tierra y se acercó. Me tendió la mano, firme.
—Lo he notado —dijo con una seriedad que desentonaba con su tono habitual—. Sabes que aquí estoy, ¿verdad? Para lo que sea.
Apreté su mano para levantarme y asentí en silencio. No podía decir nada más.
Lo dejé entrenando solo de nuevo y me encaminé hasta el porche.
Mor apartó el pergamino cuando me vio y sonrió ladeando la cabeza, mordiéndose el labio mientras me levantaba las cejas en un gesto juguetón.
Yo negué con la cabeza, sonriendo con cansancio y me dejé caer a su lado.
Saqué el anillo del bolsillo y lo sostuve entre mis dedos.
Los ojos de Mor se entrecerraron, atentos, no quería perder ni un detalle de lo que estaba a punto de hacer.
Inspiré hondo, canalicé un poco de magia y dejé que la corriente me arrastrase. El torrente de emociones y recuerdos me golpeó de nuevo, pero navegué entre ellos hasta llegar al claro que ya empezaba a serme familiar.
—Xane… —llamé.
El espacio se estremeció y apareció frente a mí, serio como siempre.
—He llegado esta mañana a Darmund —me informó de inmediato—. Estoy buscando información. No hay novedades aún.
Asentí, apretando el anillo en mi mano.
—Ten cuidado —le pedí—. Por favor.
Cada contacto que hacía con él por las mañanas me dejaba una sensación extraña. Al atravesar sus recuerdos cada día hasta alcanzarlo, conocía más de su vida, de su historia. Xane dejaba de ser un compañero y se volvía cada vez más cercano, día tras día.
Suspiré en silencio, desconectando poco a poco. Me pregunté cómo demonios podía Nyx soportar algo así con todos los Umbrae bajo su mando. ¿Cómo era posible que llevara en la cabeza tantas memorias, tantas emociones ajenas, y siguiera siendo él mismo?
Cuando abrí los ojos, el anillo descansaba pesado en mi mano, y Mor aún me observaba, seria, expectante, sin decir palabra.
Me levanté del banco y estiré los brazos, con el cuerpo resentido.
—Vamos a apañar el resto del exterior —dije mirando la casa, las tablas medio podridas del tejado y las ventanas torcidas—. Tejado y ventanas. Con eso, ya solo quedará terminar algunas cosas del interior.
Neik se rascó la barbilla y soltó una risita.
—Izzarian. El gran arquitecto.
—Bah, deja de hablar y coge el martillo —repuse, sin fuerzas ni ganas de discutir.
Para mi sorpresa, Mor también se levantó del porche, enrolló su pergamino y lo dejó a un lado.
—Yo también ayudo.
No puse objeción. Con tres pares de manos, el trabajo fluyó más rápido de lo que esperaba.
Neik se encargaba de los tablones más pesados, Mor se movía con agilidad felina por el tejado y sus bordes, y yo me centraba en los detalles de las ventanas y los refuerzos.
Entre martillazos y risas ocasionales de Neik, la tarde se fue volviendo ligera y agradable.
Terminamos antes de lo previsto, justo cuando el sol teñía de naranja la fachada recién reparada. Me sequé el sudor y observé con orgullo la transformación.
Al poco, Ilya apareció con paso rápido. Sin detenerse, atravesó el claro, subió al porche y se metió en la casa. La oí cerrar la puerta de su cuarto sin decir una palabra.
Mor arqueó una ceja, siguiendo la escena con atención. Yo lo vi de reojo, pero no reaccioné. Estaba demasiado cansado de todo aquello para sumarle más peso a mi cabeza.
—Bueno, yo me voy a la cama —dijo Neik, dándome una palmada en el hombro antes de perderse dentro de la casa.
Me quedé solo en el porche, con una jarra de hidromiel entre las manos.
El silencio del anochecer era apacible. A los pocos minutos, Mor salió con otra jarra y se sentó a mi lado.
No habló. No hizo falta. Nos quedamos allí, compartiendo un silencio cómodo, viendo cómo la noche caía poco a poco sobre el claro.
Al final, cuando las jarras estuvieron vacías y el cansancio pesaba más que el día entero, nos levantamos sin decir nada y nos fuimos cada uno a nuestras habitaciones. Por primera vez en días, en cuanto me tumbé en la cama, el sueño me alcanzó de inmediato, profundo y sin interrupciones.
El día comenzó en silencio, apenas interrumpido por el canto de algún ave solitaria entre los árboles.
Me lavé la cara con agua fresca y, aún con el cabello húmedo cayéndome sobre la frente, me senté junto a la ventana con el anillo en la mano.
Respiré hondo, dejé fluir un hilo de magia en él y me adentré en la bruma de recuerdos y emociones que lo acompañaban siempre.
El claro mental de Xane no tardó en aparecer. Allí estaba él, de pie con esa calma que parecía no quebrarse nunca, aunque noté en su mirada algo diferente.
—Hoy si has sido puntual como un reloj —dijo con un tono burlón.
—¿Cómo va todo? —pregunté con una sonrisa.
Se cruzó de brazos y suspiró.
—Hay disparidad en Darmund. No solo hay una facción rebelde. Hay varias, pero ninguna lo bastante fuerte como para enfrentarse de frente al regente y la milicia. Lo interesante es que una de ellas la lidera la hija del anterior regente… Parece que su voz resuena entre los descontentos.
Me quedé en silencio un instante, procesando la información.
—La hija del regente… —repetí, más para mí que para él—. Si hay alguien con legitimidad para desafiar al actual, es ella.
Xane asintió y añadió:
—Pero la legitimidad también atrae enemigos. Es difícil seguir su rastro, se mueve con cautela.
Lo miré fijamente, con seriedad.
—Escúchame bien: busca con cuidado quién es exactamente, cómo se mueve, cómo contactar con ella… pero nada de iniciar contacto todavía. No sabemos en quién confiar, y hasta que no tengamos un mapa más claro de sus aliados y detractores, no arriesgues nada.
—Lo suponía —respondió Xane, con un atisbo de sonrisa cansada—. No te preocupes, seré precavido.
—Lo digo en serio, Xane. La hija del regente puede ser una aliada, pero también una enemiga.
Asintió con un gesto firme.
—Entendido. Te traeré nombre y lugar. Pero esperaré a tu señal para dar el siguiente paso.
Le di un ligero asentimiento, sintiendo cómo mi pecho se aliviaba un poco.
—Gracias. Cuídate.
—Nos vemos mañana, a la misma hora —dijo, antes de desvanecerse en la neblina de su propio espacio mental.
Me retiré lentamente del claro, hasta que el vínculo se rompió. Abrí los ojos en mi habitación, con el peso de la noticia palpitando en mi mente: la hija del anterior regente. Una nueva pieza en un tablero ya de por sí demasiado envenenado.
Bajé las escaleras con la cabeza aún llena del eco de la conversación con Xane.
El olor a pan caliente y a carne asada me recibió en el salón.
Neik estaba medio inclinado sobre la mesa, devorando el desayuno pareciendo que llevaba días sin comer, mientras Mor, sentada con una pierna doblada sobre la silla, mordisqueaba distraídamente un trozo de carne.
Me senté frente a ellos. Neik alzó una ceja, tragó lo que tenía en la boca y comentó con un encogimiento de hombros:
—Mi aprendiz ha desaparecido otra vez. ¿Quieres practicar?
Negué lentamente, removiendo con desgana el tazón que tenía delante.
—No. Hoy hay cosas más importantes que hablar.
Mor levantó la mirada de inmediato, atenta. Neik se limitó a mirarme con curiosidad, aún masticando.