Capítulo 56 #3
Era violeta, pero no se mantenía puramente de ese color. Cambiaba, pasando de un tono profundo y nocturno a destellos más claros, casi lilas. Los pétalos se arqueaban hacia afuera, delicados y afilados, y sus extremos parecían temblar, aunque no soplara ninguna brisa.
En el centro de la flor, suspendida sin tocar nada, flotaba una pequeña llama violeta.
No ardía como el fuego común y no hacía ruido.
Palpitaba. Se movía despacio con voluntad propia.
Su luz era suave, pero me atravesó el pecho con una sensación extraña, una mezcla de calma y de tristeza que no supe explicar.
Me incliné sin darme cuenta, conteniendo la respiración, con la absurda certeza de que si hacía demasiado ruido aquella llamita se apagaría… o huiría.
Fue entonces cuando levanté la vista.
La flor crecía justo debajo de la ventana del piso superior, la de la habitación que había sido mía hacía tantos años.
El marco desconchado asomaba sobre mí y por un instante tuve la inquietante sensación de que aquello no era casualidad, de que la flor había elegido ese lugar exacto por alguna razón.
Volví a mirarla, pero para mi sorpresa, la flor había desaparecido.
¿Qué demonios?... ¿lo abre imaginado?
Con la confusión aún vagando por la cabeza terminé de arrancar el resto de hierba, y me volví a subir a la fachada, apreté hasta el último clavo con la luz agonizante del día, aprovechando cada rayo de sol.
La fachada, que hacía semanas parecía a punto de venirse abajo, ahora se alzaba firme, con la piedra recién asentada y los listones encajados.
Me bajé de la estructura con un suspiro largo, sacudiéndome las manos llenas de polvo y astillas, y me quedé unos segundos quieto, contemplando el resultado.
La casa tenía un aire rejuvenecido, había recuperado un poco de su dignidad perdida.
Volví a mirar hacia donde había visto la flor, arqueando una ceja, con cierta sensación incomoda.
En ese momento, las risas de Neik y Mor llegaron desde el sendero. Venían empapados, todavía chorreando de la poza, riéndose de alguna broma que no alcancé a oír. Esta vez no pude evitar sonreír. Recordé lo que me dijo en la cueva sobre él. Me alegraba que se llevasen bien.
—¡Eh, manos de madera! —gritó Neik levantando los brazos hacia mí—. Vamos a preparar la cena, así que date prisa.
Mor le siguió el juego, lanzándome una sonrisa pícara por encima del hombro antes de entrar con él en la casa. El bullicio de sus voces se mezcló con el olor del fuego que ya encendían dentro.
Poco después, apareció Ilya. Llegó cansada, el delantal todavía atado a la cintura, y pasó de largo hacia el interior sin dirigir palabra. La puerta se cerró tras ella con un golpe seco que me devolvió al silencio del claro.
Respiré hondo, miré la fachada una última vez, satisfecho de haber dejado algo terminado, al menos en medio de tanto desastre. Con una media sonrisa, recogí las herramientas y crucé el porche. El calor de la chimenea y las voces dentro me recibieron.
La cena fue un trámite extraño. Mor y Neik llenaban el aire con bromas, con comentarios que mantenían el ambiente vivo, casi cálido. Yo apenas dije palabra, y Ilya simplemente… estaba ausente.
Comía en silencio, con la mirada perdida en el plato, parecía que ni siquiera nos escuchara. Cuando Mor y Neik se levantaron riendo para irse a dormir, el salón quedó súbitamente demasiado grande, demasiado callado.
Ilya se dio cuenta tarde de que nos habíamos quedado solos. Terminó de masticar el último bocado con prisa, apartó el plato y se levantó impulsada por un resorte. El choque de la loza en la repisa me crispó los nervios. Ya era demasiado.
—¿Por qué me rehúyes tanto? —solté, levantándome también. Mi voz sonó más áspera de lo que había planeado—. Cuando estábamos solos no parecías tener problema con mi cercanía… pero ahora ni siquiera puedes tolerar mirar hacia donde estoy.
Se detuvo a medio camino hacia la cocina, los hombros tensos.
—No he hecho nada malo, ¿o sí? —añadí, acercándome un par de pasos.
Ilya giró la cabeza, lo justo para que pudiera ver en su rostro esa mezcla de rabia contenida y orgullo herido.
—No, no has hecho nada malo, simplemente no tenía intención de tener nada contigo, me deje llevar por la situación. —su respuesta fue seca, una réplica dura, que me golpeó más de lo que yo quería admitir.
Pero lo peor vino después.
—Si lo que quieres es que alguien te caliente la cama —dijo, con una frialdad que me heló la sangre—, ¿por qué no pruebas con Mor? Se le ve muy dispuesta.
Me quedé inmóvil. Horrorizado. Nunca pensé que Ilya pudiera ser capaz de decir algo así. No solo me atacaba a mí… sino que arrastraba también a Mor en esa crueldad que no tenía justificación alguna.
Dio media vuelta, dispuesta a marcharse sin más. Pero la rabia me ganó. La sujeté de la muñeca y tiré de ella, obligándola a encararme.
—Conmigo puedes ser todo lo cruel que quieras —dije, mirándola directo a los ojos, con un tono firme que no admitía réplica—. Pero a mis amigos no les faltes al respeto. No voy a pasar por ahí.
Se lo dije con calma, casi en un susurro. Le solté la mano y me marché sin mirar atrás.
Subí las escaleras con pasos tensos, cerré la puerta de mi habitación y me dejé caer en la cama, con el corazón aun ardiendo.