Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 56 #2
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Capítulo 56 #2

Fue pasado el anochecer cuando Ilya apareció. Llevaba aún el delantal arrugado, el cabello suelto y una sombra de cansancio en el rostro. Caminó sin detenerse, y cuando Neik le preguntó si no iba a cenar, respondió con frialdad que ya había comido en la taberna.

El silencio que dejó esa respuesta fue incómodo. Ella se perdió dentro de la casa y el sonido de la puerta al cerrarse resonó demasiado fuerte.

Neik se giró hacia mí, arqueando una ceja.

—¿Qué cojones has hecho? —preguntó con voz seca.

—¿Yo? —dije mirándolo, casi indignado, encogiéndome de hombros —¿Y por qué tengo que haber hecho algo yo?

Neik no parecía convencido. Su mirada se mantenía fija en mí, inquisitiva.

—No tengo ni puñetera idea —resoplé, llevándome la jarra a los labios. —Si supiera qué le pasa, intentaría remediarlo.

Me quedé mirando el borde de la mesa, con ese maldito nudo en el estómago que no se iba desde hacía días.

No se dijo nada más después de aquello. La incomodidad quedó flotando en el aire igual que una nube pesada, y ninguno tuvo ganas de despejarla. Terminamos la cena en silencio, cada cual refugiado en sus propios pensamientos, y cuando las jarras se vaciaron, nos levantamos.

Cada uno se retiró a su habitación, dejando el porche vacío bajo las estrellas.

Esa noche, tumbado en mi cama, me sentí un poco menos ahogado que la anterior. Quizá el cansancio del trabajo en la casa, quizá el hidromiel, o tal vez el simple hecho de haber reído un rato con Neik y Mor antes de que Ilya llegara.

Dormí un poco mejor, aunque tampoco demasiado. Mi descanso seguía siendo ligero, inquieto, había algo dentro de mí no me permitiera rendirme del todo al sueño.

El amanecer llegó con un aire más pesado de lo normal.

Me levanté con la cabeza todavía cargada, pero hice mi rutina: me vinculé con Xane haciendo el máximo acopio posible de respetar su privacidad entre la laguna de su mente.

Su presencia me recibió en cuanto hallé su claro interior.

Me dijo que estaba cruzando el anillo de regentes, que no había novedades, y que al día siguiente llegaría a Darmund.

Asentí para mí mismo, desconectando con un ligero estremecimiento en el anillo.

Tras un desayuno rápido, decidí no quedarme quieto.

Cogí el hacha y me fui hacia el límite del claro, donde los árboles esperaban dormidos.

Necesitaba madera. Descargué el primer golpe.

Luego otro. Y otro. Con el calor de la mañana pronto terminé por quitarme la camisa, el sudor pegándome el pelo a la frente y bajando por mi espalda. Y seguí descargando golpes.

Cuando levanté la vista hacia la casa, estaba Mor, recostada en la barandilla del porche, con la barbilla apoyada en la mano, mirándome con descaro divertido.

Y más allá, en el claro, Ilya entrenaba con Neik otra vez.

Sus movimientos eran fluidos, pero cuando creía que nadie la veía, noté sus ojos clavados en mí.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron, la apartó con brusquedad, como si hubiera cometido un error.

Esta vez no sonreí. No quería. Preferí ahogar lo que sentía en otro hachazo seco contra el tronco.

Pasé gran parte de la mañana trabajando.

Talar, cortar, apilar. El peso de la madera era más fácil de llevar que el de mis pensamientos.

Los troncos se convirtieron en vigas, y con clavos y cuerdas improvisé una estructura para poder subir y reparar la fachada.

El martilleo constante, el crujir de la madera, el olor a resina…

era un ruido cómodo, un murmullo que me mantenía distraído.

Ilya terminó su sesión de entrenamiento.

La vi entrar en la casa con paso rápido, seguramente a asearse y cambiarse, al poco rato marchó hacia la taberna.

Neik, en cambio, se encaminó hacia la poza con una toalla al hombro, relajado como siempre.

Mor me lanzó una mirada y preguntó si necesitaba ayuda.

—No, puedo solo —respondí sin dejar de golpear el clavo.

Ella sonrió de lado y se encogió de hombros.

—Pues me voy a dar un baño yo también —dijo, siguiendo a Neik con un aire despreocupado.

Me quedé solo. El trabajo era lo único que no me pedía respuestas. Así que seguí con la madera, con la fachada, con el sudor corriéndome por el cuerpo mientras la tarde se deshacía lentamente sobre el claro.

Cuando terminé la parte frontal, rodeé la casa para revisar la parte trasera, donde el muro se hundía casi en la tierra y la humedad siempre hacía estragos. Allí, como recordaba, los hierbajos crecían sin control, aferrándose a la piedra queriendo tragársela.

Me agaché y empecé a arrancarlos uno por uno, apartando raíces húmedas y tallos ásperos, concentrado únicamente en limpiar la unión entre la casa y el suelo. Fue entonces cuando un destello de color rompió la monotonía del verde apagado y el marrón de la tierra.

Entrecerré los ojos, confuso, antes de intentar entender qué estaba mirando.

Al apartar un matojo, entre la hierba, se alzaba una flor que no parecía pertenecer a este mundo.

Su tallo era delgado y pálido, casi translúcido, y de él brotaba una corona de pétalos violetas, largos y curvados hacia arriba, filamentos de seda estirada por el viento.

Me recordó a una flor que estudié de pequeño en los viejos grabados, pero esta era distinta, el color no cuadraba y tenía un aspecto de ultratumba.