Capítulo 56
El amanecer apenas despuntaba cuando abrí los ojos.
No había descansado bien del todo. El aire fresco de la mañana se colaba por la ventana, y me apoyé en el marco, observando el claro teñirse de tonos dorados y azules con las primeras luces del día.
Respiré hondo, intentando vaciar mi cabeza de los ecos que aún resonaban.
Cuando sentí que estaba lo suficientemente centrado, me puse el anillo en el dedo. El frío del metal recorrió mi piel, y recordando las palabras de Mor, dejé caer un leve impulso de magia en él.
Al instante, una oleada de emociones me golpeó: torrentes de miedo, felicidad, orgullo, dolor, todo entremezclado en un caos abrumador. Cerré los ojos y traté de avanzar, de navegar entre esa marea buscando un lugar distinto, un remanso.
Fragmentos de lo que consideré recuerdos me asaltaron: una voz de mujer riendo suavemente, una mano guiando la de un niño en un campo abierto, la sensación de correr bajo la lluvia.
Eran de Xane, lo supe en cuanto los vi, y una punzada de incomodidad me atravesó el pecho.
Esto era más íntimo de lo que había imaginado.
Sentía que estaba invadiendo un terreno que no me pertenecía.
Seguí adelante ignorando los recuerdos por no invadir su privacidad, apretando los dientes, hasta que todo se fue disipando. Finalmente, llegué a un espacio distinto: un claro completamente vacío. Allí no había ruido, ni voces, ni recuerdos. Solo silencio. Silencio absoluto.
—¿Xane? —llamé, con cautela.
El claro tembló con un pequeño terremoto. El suelo vibró bajo mis pies, y después todo volvió a la calma. En apenas unos segundos, Xane apareció frente a mí, materializándose desde una niebla.
Me observó sorprendido, arqueando una ceja.
—Increíble… esperaba que se te diese bien esto, pero no tanto. Ha sido rápido.
Me encogí de hombros, con una sonrisa incómoda.
—He visto… cosas. ¿Recuerdos?
Xane asintió con serenidad, sin alterarse.
—Lo sé. No te preocupes, es normal. Todos los Umbrae estamos acostumbrados a que Nyx vea lo que le da la gana… a veces incluso sin que nos demos cuenta.
Tragué saliva y, recordando la mentira que le había contado a Nyx sobre Mor, solté la pregunta con cierto nerviosismo:
—¿Ella… también tiene un anillo?
Durante un instante, Xane me sostuvo la mirada, y luego sonrió de lado.
—Mor es la segunda de Nyx. Algunos Umbrae se ganan el derecho a recuperar su anillo si Nyx confía en ellos. A Mor se lo devolvió hace unos años.
Un suspiro me escapó del pecho, casi sin querer. El peso que arrastraba se alivió un poco, y asentí.
—Ya veo… ¿Y tú? —pregunté, intentando apartar ese tema de mi cabeza—. ¿Cómo va?
—Estoy llegando a la frontera de Noyar —respondió con calma.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Ya?
Su sonrisa fue ligera, casi burlona.
—Viajo solo, montado en un corcel Umbrae. Rápido y sigiloso que además ingiere el brebaje, claro.
—Con eso… —musité, asintiendo—, no me extraña.
—Debo irme —dijo de repente, volviéndose hacia la bruma que rodeaba el claro—. Estoy llegando ya.
—Ten cuidado —le pedí, con más seriedad de la que pretendía—. Mañana contactaré contigo, sobre esta misma hora.
Él inclinó la cabeza en un gesto afirmativo, y su silueta se deshizo en una nube de niebla que se disipó rápidamente.
Recordando lo que Mor me había enseñado, comencé a alejarme del claro. Fui retirando poco a poco la magia del anillo, hasta que el silencio dio paso de nuevo a la realidad de mi habitación. El frío metal del anillo reposaba inerte en mi dedo.
Me quedé un momento inmóvil, con la respiración agitada. Había funcionado.
Bajé las escaleras, todavía arrastrando la pesadez de la noche, con el estómago vacío y la mente aturdida.
En la cocina, el olor a comida me recibió antes que las voces.
Neik estaba frente al fogón, moviendo una sartén con gesto concentrado, mientras Mor lo observaba sentada en la mesa con el codo apoyado y la barbilla descansando en la mano, evaluándolo.
Me dejé caer en la silla de siempre y arqueé una ceja.
—Nunca pensé que viviría para ver esto… Neik cocinando. —Mi voz sonó burlona.
Él ni se giró, solo levantó una cuchara de madera y apuntó hacia mí con una sonrisa.
—Cierra la boca, o te pongo a ti de desayuno.
Solté una carcajada y Mor también sonrió divertida, aunque no apartó los ojos de él. Tras unos segundos, desvié mi atención hacia ella.
—He contactado con Xane —dije sin darle demasiadas vueltas.
Los ojos de Mor se abrieron de inmediato.
—¿Ya? ¿A la primera? —soltó un silbido corto, incrédula.
Asentí con una leve sonrisa, encogiéndome de hombros.
—Sí. Está en la frontera.
Su sorpresa se fue suavizando, pero no del todo. Me sostuvo la mirada con interés.
Dudé un instante antes de añadir, en un susurro, mientras miraba de reojo a Neik para asegurarme de que no escuchara:
—Vi…
Pero Mor me cortó en seco, anticipándose.
—No te preocupes —dijo firme, casi protectora. Sus ojos brillaban de una manera extraña. —Yo tengo el mío desde hace tiempo.
Me quedé quieto un segundo, luego asentí, aunque esa verdad ya la conocía. Aun así, sentirla de sus labios me alivió más de lo que esperaba.
En ese momento Neik giró la sartén con un gesto exagerado, haciendo que un par de trozos casi volaran fuera.
—¡A comer, que esto es obra maestra! —anunció mientras dejaba un plato humeante en la mesa.
La seriedad que había pesado en el aire se disolvió en cuestión de segundos. Entre bromas, burlas y risas, el desayuno se volvió ligero, casi cálido. Por un rato, todo pareció normal.
Hasta que la puerta se abrió.
Ilya entró en silencio, su expresión hermética como un muro. El sonido de nuestras carcajadas murió al instante. Su mirada se clavó en Neik, fugaz pero directa. Él entendió sin necesidad de palabras. Con calma, se limpió las manos en un trapo, y salió tras ella.
Al poco, desde el claro, el inconfundible ruido metálico de las espadas se elevó sobre la mañana.
Suspiré, dejándome caer un poco contra el respaldo de la silla. Mor, imperturbable, arrancó un trozo de carne de su plato y lo masticó con calma, no dejándose afectar en lo más mínimo.
—¿Qué haces aún aquí? —le pregunté, cansado más por dentro que por fuera.
Levantó la mirada lentamente, con esa chispa juguetona que parecía no apagarse nunca.
—Órdenes del rey —dijo con la boca medio llena, encogiéndose de hombros—. Después de lo que te pasó en el Anillo. Te aguantas, el rey manda más que tú.
Alzó el trozo de carne entre los dedos mirándolo fijamente.
—Podría vigilarte desde las sombras, seguirte de lejos, a la espalda, y ni te darías cuenta —añadió con un tono burlón, los ojos brillando con picardía—. Pero me gusta más así.
No pude evitar sonreír, ladeando la cabeza hacia ella.
—Me alegro… gracias por tu honestidad.
Arqueó una ceja, masticando despacio, y me sostuvo la mirada con un aire satisfecho, parecía haber ganado una pequeña batalla.
Después de terminar el desayuno, me quedé un momento mirando el plato vacío antes de girarme hacia Mor.
—¿Dónde has dormido? —pregunté con curiosidad.
Sin la menor vergüenza, señaló con el pulgar el sofá del salón.
—Ahí. Cómodo no es, pero sirve.
Solté un suspiro y me recliné hacia atrás en la silla, llevándome la mano a la frente.
—Voy a tener que terminar de arreglar la casa entera… a este paso voy a necesitar todas las habitaciones.
Mor se encogió de hombros, con sonrisa traviesa.
—Pues yo no tengo nada mejor que hacer. Si quieres, te ayudo.
Acepté, y juntos empezamos a dar una vuelta por la casa, repasando habitación por habitación.
Ella iba señalando grietas, muebles viejos, incluso rincones donde el polvo se acumulaba.
Yo iba anotando en un trozo de papel: madera, clavos, cal para la fachada, telas para reemplazar las cortinas, utensilios de cocina…
Cuando salimos fuera a revisar el estado de las paredes, vi cómo la puerta se abría detrás de nosotros. Ilya salió, ya aseada, con el cabello recogido y el delantal puesto, lista para marcharse a la taberna. Apenas me lanzó una mirada antes de emprender camino hacia la aldea.
Cuando terminamos de apuntar todo en la lista, agarré un saquito con monedas y me dispuse a caminar sendero abajo.
Neik apareció entrando a la casa, estirándose con pereza y anunciando:
—Voy a echarme un baño en la poza, a ver si me despejo.
Mor arqueó una ceja y lo miró de reojo, con picardía en los labios, la vi dudar unos segundos, pero no dijo nada.
En lugar de eso, se giró hacia mí justo cuando yo ya empezaba a bajar por el sendero.
—Voy contigo —dijo, alcanzándome a paso ligero mientras yo me encaminaba hacia la aldea para comprar todo lo que necesitábamos.
La aldea estaba igual de bulliciosa que siempre, con su aroma a pan recién hecho. Compramos lo necesario sin muchas complicaciones y, como la vez anterior, alquilé el carruaje al mismo hombre. Reconoció mi cara enseguida, y con una sonrisa codiciosa tomó el oro sin apenas soltar palabra.
El viaje de regreso fue tranquilo. Mor se mantuvo de buen humor todo el tiempo, comentando batallitas por el camino. Su alegría inherente consiguió arrancarme alguna que otra sonrisa, y casi sin darme cuenta me descubrí menos hundido en mis propios pensamientos.
Cuando llegamos a la casa, Neik nos esperaba en el porche con los brazos cruzados. Se nos unió enseguida y, entre los tres, dedicamos lo que quedaba de tarde a adecentar habitaciones.
La de Mor quedó habitable, aunque aún olía a lugar abandonado de hace años, mientras que la de Neik, que aún no estaba pulida del todo, terminó perfecta tras algunos arreglos. No tuvimos tiempo de más, pero al menos la casa empezaba a parecer un lugar donde vivir y no solo unas ruinas abandonadas.
Al caer la noche, preparamos una cena sencilla y salimos al porche. Las estrellas se encendían sobre el cielo oscuro mientras llenábamos las jarras de hidromiel. Las risas y las anécdotas se mezclaban con el chisporroteo del fuego interior.