Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Me quité toda la ropa y me metí nada más llegar.

El agua helada de la poza me envolvió con su abrazo áspero pero necesario.

Me hundí hasta la cintura, dejando que la corriente arrastrara sudor, polvo y sangre.

Cerré los ojos, incliné la cabeza hacia atrás y exhalé, dejando que el murmullo del bosque y el chisporroteo de algún insecto rompieran el silencio.

Me sentía vacío, pero a la vez, agradecido de seguir en pie.

El viento sopló entre las ramas. Noté algo que no era el sonido natural de las hojas a merced del viento.

El viento había encontrado resistencia contra la copa de un árbol detrás de mí.

Fruncí el ceño y abrí los ojos lentamente mirando de reojo hacia allí. Vi una cuerda oscura, serpenteando por debajo de la copa del árbol.

Resoplé, resignado.

—Mor…

No tardó ni un par de segundos en asomar su cabeza al revés desde la copa, el pelo cayéndole hacia abajo con una sonrisa traviesa iluminándole el rostro.

Con una agilidad imposible, dio una voltereta en el aire y aterrizó de espaldas a mí, los brazos en alto.

Luego bajó los brazos, se encogió de hombros con total naturalidad y, mientras se alejaba con pasos ligeros, lanzó una mirada por encima del hombro.

—Mirar no hace daño. —Dijo con voz picara. —Se te ve vulnerable así, ¿eh? Ten cuidado, que cualquier sombra podría aprovecharse.

Me quedé inmóvil, aún con el agua hasta la cintura, sin saber si suspirar, reír o maldecirla.

El porche de la casa estaba tranquilo cuando volví de la poza, con las sombras de la tarde cayendo largas sobre la madera. Mor estaba ahí en el banco con las piernas en alto apoyadas en la barandilla, masticando un trozo de pan con calma.

Al verme, me hizo un gesto con la mano, señalando el espacio a su lado. Dudé un instante, pero al final me senté. De reojo, noté cómo sus ojos oscuros me estudiaban con un brillo juguetón.

—Te tengo que enseñar a usar el anillo —dijo de repente.

No me dio ocasión a responder antes de extender el trozo de pan hacia mí:

—¿Quieres?

Me encogí de hombros y, sin darle demasiada importancia, mordí directamente del pedazo que aún sostenía en su mano. Mor abrió los ojos, sorprendida, tal vez esperando un gesto de rechazo.

Durante unos segundos me observó en silencio, luego se llevó el pan a la boca y, sin inmutarse, mordió exactamente en el mismo sitio que yo.

Tragué saliva, intentando no pensar demasiado en el gesto.

Ella siguió hablando con total naturalidad.

—Sabes usar los parches, así que esto debería resultarte algo más fácil.

El principio es el mismo: imbuyes un poco de magia en el anillo y este se activará.

Entonces tendrás que navegar entre sentimientos hasta encontrar la claridad de la mente de Xane.

Él es tranquilo, no es una tormenta como otros, así que será fácil encontrar el lugar.

Se inclinó un poco hacia delante, girando el pan entre sus dedos mientras continuaba:

—Cuando estés ahí, deja caer un pensamiento, pero concéntrate en él.

No quieras lanzarle un torrente de preguntas o le abrumarás.

Si te recibe, lo notarás como un estremecimiento, un tirón en el pecho o en la cabeza.

Al ser la primera vez, le pillarás por sorpresa, así que ten paciencia.

Después, él mismo se materializará en ese claro, y ya podréis hablar directamente, de mente a mente, pero igual que como hablamos tú y yo ahora.

Su voz se fue tornando más técnica, más precisa. Me explicó los pequeños matices: cómo mantener un vínculo sin agotarme, cómo cortar el contacto. Todo con esa mezcla de serenidad y picardía que la hacía tan única.

El sol terminó de esconderse tras las montañas. El aire se volvió más frío, más denso. Fue entonces cuando escuché los pasos de Ilya acercándose por el sendero volviendo de la aldea.

Apareció en el porche con el ceño fruncido, cansada. No dijo nada, ni una mirada siquiera: simplemente entró en la casa y cerró de golpe la puerta de su habitación.

Me quedé quieto. Mor me observó unos segundos en silencio, con una ceja arqueada.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

Se limitó a sonreír de lado, divertida, y volvió a su pan.

Me despedí de ella y me fui a mi habitación.

Me tumbé en la cama, sintiendo el peso de los pensamientos colarse por las rendijas del silencio. Me costó conciliar el sueño otra vez, pero al final, agradecido por el cansancio del supuesto entrenamiento con Neik, entre respiraciones irregulares, acabé rindiéndome a un descanso ligero.