Capítulo 54 #3
—Vamos, hermano —dijo, con una calma extraña en medio del caos.
El ritmo de la pelea ya no era humano. El sudor me cegaba los ojos, la respiración me ardía en los pulmones y, aun así, él seguía avanzando, como si no tuviera límites.
Vi la chispa de determinación en su mirada: no estaba dispuesto a ceder ni un centímetro. Y, en ese instante, entendí que yo tampoco lo haría.
Giré sobre mis talones, desviando un tajo descendente que casi me abre el hombro.
Contraataqué con todas mis fuerzas, el acero silbando a un palmo de su mejilla.
El impacto hizo temblar el aire, y ambos retrocedimos un paso, jadeando.
Mor sonaba ahora más nerviosa que divertida.
Su risa se quebró cuando vio que nuestras espadas se cruzaban una y otra vez, cada golpe más brutal que el anterior.
En el último intercambio, ninguno de los dos midió las fuerzas.
Avanzamos al mismo tiempo, rugiendo como dos bestias.
Mi estocada buscó su costado; su tajo descendente apuntó a mi muslo.
El acero se cruzó en mitad del camino y, aun desviando parcialmente el golpe, ambos recibimos el impacto del otro.
Un dolor agudo me recorrió con el golpe y vi cómo Neik se doblaba por el mío.
El mundo se inclinó. Caímos los dos, espadas escapando de nuestras manos, chocando contra la hierba con un sonido apagado. El cielo se volvió un lienzo inmenso sobre nuestras cabezas, nublado y gris, girando despacio mientras intentaba respirar.
A mi lado, Neik jadeaba con media sonrisa torcida.
—Empate… —susurró entre dientes.
No sonó muy convincente. Solté una risa, sin fuerzas ni para incorporarme.
—Empate… —repetí, dejando que el aire me arrastrara la voz.
A lo lejos escuché un grito ahogado. Mor se había llevado las manos al rostro, corriendo hacia nosotros.
—¡¿Estáis locos?! —vociferó, arrodillándose a nuestro lado, palpando nuestros brazos, nuestros pechos, buscando sangre. Su cara era un poema de miedo y enfado.
Neik y yo, tumbados de espaldas, incapaces de movernos más allá de un leve gesto, nos miramos un instante… y los dos comenzamos a reír, agotados y vencidos.
El aire me pesaba en los pulmones, y el cielo daba vueltas sobre mi cabeza. Giré un poco el cuello, lo justo para ver a Neik tirado a mi lado, jadeando igual que yo, con esa sonrisa socarrona que me hervía la sangre.
—Cabrón… —logré soltar entre respiros entrecortados—. ¿Qué mosca te ha picado?
Neik soltó una carcajada rota, que pronto se transformó en una mueca de dolor al mover las costillas.
—Frustración —respondió, con la mirada fija en el cielo, la voz ronca, pero sería—. Frustración de no haber estado allí cuando te raptaron. Te lo debía, por dejarme de niñera mientras te jugabas la vida.
Me quedé callado un instante, sorprendido por la crudeza de sus palabras. Entonces él se rio de nuevo, más suave, y añadió:
—Da gracias a que no he usado magia… porque si no, ahora estarías enterrado bajo este claro.
Intenté reír, pero apenas me salió un gemido. Aun así, no pude evitar sonreír.
Neik giró la cabeza hacia mí, y su expresión cambió. Su mirada se volvió dura, casi cortante.
—Además… me acuerdo de alguien que se quejaba porque era débil. ¿Verdad? —me sostuvo la mirada—. Pues la debilidad te la saco yo a base de hostias, hermano.
Me reí con un suspiro cansado, cerrando los ojos un instante.
—Gracias, Neik… —dije, la voz casi quebrada, pero sincera.
Él asintió despacio, sin más palabras, mientras ambos nos dejábamos llevar por el agotamiento, tumbados en la hierba, escuchando cómo Mor aún bufaba entre dientes por el susto que le habíamos dado.
Neik fue el primero en moverse. Resopló, se giró de lado con un quejido y, para mi sorpresa, terminó poniéndose en pie con facilidad. Me quedé en el suelo, con el pecho subiendo y bajando igual que un fuelle roto.
—Joder… —murmuré, mirándole con incredulidad—. ¿Cómo puedes levantarte ya?
Me lanzó una sonrisa burlona, se pasó la mano por la frente empapada de sudor y, sin perder la oportunidad de vacilar, soltó:
—Y eso que yo no tomo el elixir.
No pude evitar reírme, derrotado, mientras me tapaba los ojos con un brazo.
Neik se estiró, se rascó el vientre y bufó con toda la calma del mundo.
—Tengo hambre. —Y sin más, se dio media vuelta y se encaminó hacia la casa, como si no acabara de partirse el alma conmigo.
Me quedé solo un instante, hasta que noté que no del todo. Alcé la vista y vi a Mor, de pie, observándome en silencio. Juraría que su rostro se tiñó de un leve sonrojo en cuanto nuestras miradas se cruzaron, aunque lo disimuló rápido apartando los ojos.
—Parece ser que el ganador ha sido Neik, al final —dijo con una sonrisa, antes de levantarse e ir tras él.
Yo me quedé tendido unos minutos más, respirando hondo, hasta que reuní fuerzas para levantarme.
El cuerpo me dolía, estaba cubierto de tierra y sudor, y notaba un par de cortes menores sangrando en los brazos y el torso.
Resoplé, sacudí un poco la cabeza y, sin pensármelo más, me encaminé hacia la poza. Necesitaba el agua fría como nunca.