Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 54 #2
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Capítulo 54 #2

Neik giraba su hoja con ligereza, la sonrisa confiada plantada en la cara. Yo mantenía la guardia alta, firme.

—¿Listo para perder otra vez? —preguntó, ladeando la cabeza con esa maldita seguridad que siempre lo acompañaba.

—Para variar…aunque ten cuidado no tropieces sobre tu propio ego —le respondí, esbozando una sonrisa cansada.

El sonido seco del metal rasgó el aire cuando se lanzó contra mí sin previo aviso.

Chocamos con fuerza, y el golpe me recorrió los brazos.

Retrocedí un paso, resistiendo la embestida, y aproveché para deslizar mi espada hacia un costado.

Neik giró sobre sí mismo, y con un movimiento fluido esquivó mi estocada.

—¡Eso es, Neik! —la voz de Mor resonó desde un tronco caído donde se había acomodado, aplaudiendo—. ¡Qué estilo!

—¿Ves? —rió Neik, lanzando un tajo descendente que apenas logré desviar—. El público me aprecia.

—Público ciego, más bien —bufé, contraatacando con un golpe rápido.

Él lo detuvo por los pelos, las chispas saltando del acero. Dio un salto hacia atrás, cayendo con un giro espectacular y levantando la espada en alto.

—¡Oh, por los fundadores! —vitoreó Mor con un silbido burlón—. ¡Si haces otra pirueta así, pediré que te contraten en la corte del Rey!

Neik sonrió de oreja a oreja, disfrutando cada segundo de su ridículo espectáculo. Eso le dio un segundo de distracción: avancé con rapidez, buscando su flanco, y logré rozar su brazo con el filo. Nada grave, apenas un rasguño, pero lo suficiente para hacer que retrocediera.

—Uno a cero —dije, recobrando el aliento con una sonrisa torcida.

Neik apretó los dientes, bajó la mirada al corte superficial y luego me miró con una sonrisa pícara.

—Vale, vale. Una para ti… —se puso en guardia otra vez, girando la espada con un movimiento elegante, casi innecesario, solo para impresionar.

Mor gritó, riéndose a carcajadas.

Negué con la cabeza, medio cansado, medio divertido, y volví a encarar la pelea. El acero volvió a cantar en el claro, entre el jolgorio de Mor, la confianza desbordante de Neik y mi empeño testarudo en bajarle los humos por una vez.

El ritmo de la pelea se aceleró. Los golpes ya no eran tanteos ni movimientos para impresionar: eran choques secos, cargados de fuerza. Cada embate resonaba en el claro.

El sudor me corría por la frente, nublando un poco la vista. Neik, en cambio, parecía crecer con cada instante: sus pasos eran más firmes, sus embestidas más veloces.

—¿Qué pasa, hermano? —jadeó entre risas, la espada zumbando en el aire—. ¿Ya no tienes resuello?

Respondí con una estocada directa, rápida, que lo obligó a retroceder dos pasos. Sentí la vibración recorrerme los brazos cuando nuestros filos se encontraron de nuevo, esta vez con tal fuerza que casi se me escapó la empuñadura.

—Deja de hablar tanto y pelea —le escupí, apretando los dientes.

Mor silbó desde su asiento.

—¡Dale duro! ¡Que aprenda a cerrar la boca!

Neik aprovechó mi rabia para girar sobre su eje y soltar un tajo bajo que casi me barre las piernas. Me lancé hacia un lado, rodando en la hierba, y me puse de pie justo a tiempo para detener su siguiente embestida. El choque fue brutal, tan fuerte que nuestros cuerpos casi se estrellaron.

Por un segundo quedamos frente a frente, los ojos a centímetros, los dientes apretados, las espadas cruzadas temblando entre ambos.

Y ahí noté algo distinto en su mirada. El brillo burlón ya no estaba. Lo había reemplazado un destello serio, frío, casi letal.

Empujó con un rugido, obligándome a retroceder varios pasos. El acero rozó mi brazo al pasar, dejando una línea ardiente en la piel.

Mor se levantó de golpe, su voz un poco más grave esta vez:

—Eh… ¡tranquilos!

Ninguno de los dos respondió. Neik se lanzó otra vez, rápido, preciso. Lo recibí con un bloqueo alto, y el choque hizo vibrar hasta mis dientes. La sonrisa se me borró de golpe: si uno de esos golpes me alcanzaba de lleno, acabaría en el suelo, inconsciente… o peor.

El aire del claro se llenó de chispas y jadeos. Los movimientos dejaron de ser vistosos para convertirse en instintos, en supervivencia. Cada corte y cada defensa eran más violentos, más desesperados.

Mor ya no vitoreaba. Solo nos miraba, en silencio, con el gesto tenso, como si empezara a preguntarse hasta dónde íbamos a llegar.

Sentía los brazos entumecidos, el peso de la espada se duplicaba con cada choque.

Neik arremetía con una furia que no le había visto nunca. Ya no era la fuerza de un compañero probando a otro: era algo más oscuro, más profundo. La rabia le endurecía la mirada, y su mandíbula se tensaba con cada estocada.

Yo retrocedía, obligándome a no flaquear. Mis botas deslizaban la hierba húmeda del claro, cada paso hacia atrás acercándome más al borde del círculo natural donde entrenábamos.

—¡No te contengas! —rugió Neik, la voz grave, casi desconocida.

Bloqueé una arremetida lateral, el filo de su espada rozando mi hombro y levantando un dolor agudo que me recorrió el brazo.

Mor dio un paso al frente, dispuesta a intervenir, pero se quedó clavada en el sitio.

Sus ojos reflejaban la misma mezcla de fascinación y preocupación que hervía dentro de mí.

Neik giró sobre sí mismo y descargó un tajo descendente tan fuerte que al detenerlo me vi obligado a hincar una rodilla en el suelo. Los músculos me ardían, y por un instante creí que me iba a partir en dos.

Apreté los dientes y me impulsé hacia arriba con todas mis fuerzas, logrando apartarlo. El acero chirrió y las chispas iluminaron la penumbra del claro.

Por un instante, quedamos otra vez frente a frente, ambos jadeando, el sudor pegándonos el pelo a la cara. Su mirada era fiera.

—Estáis locos —murmuró Mor.

Neik sonrió, esa sonrisa torcida y peligrosa que pocas veces asomaba en su rostro, y volvió a alzar la espada.