Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

Cuando el sol ya se había alzado del todo, el sendero que llevaba a la casa volvió a tener visitantes. Mor apareció primero, con su andar ligero y esa seguridad juguetona que siempre parecía acompañarla. A su lado, avanzaba Xane, la silueta recortada contra el cielo limpio de la mañana.

—Que haces aquí tirado en el césped —dijo Mor cuando llegó a mi altura, sentándose de cuclillas y apoyándose las mejillas en las manos —aunque no me quejo de las vistas —dijo mirando mi torso desnudo.

Rodeé los ojos. Y me levante sentándome hacia ella.

—Nyx se niega a enviar a su segunda a algo tan peligroso —continuó, con un gesto despreocupado, aunque sus ojos me midieron con cierta seriedad—. Y dado que Phyl ya se ha recuperado y vuelto a Nialis… Xane está libre. Así que se ha ofrecido a ir.

Xane, en silencio, asintió levemente. La luz del sol arrancaba destellos de su armadura ligera de cuero, y había en su mirada una calma contenida que solo los que han visto demasiadas batallas podían sostener.

Inspiré profundamente, intentando recomponerme tras la noche en vela. Mor arqueó una ceja al verme tan demacrado, pero no dijo nada. En cambio, ladeó la cabeza con una sonrisa apenas insinuada.

Me quedé mirando a Xane, aún sorprendido de tenerlo allí, frente a mí.

—¿Qué tal has estado? —le pregunté, intentando romper el hielo.

Él se encogió de hombros con un gesto tranquilo.

—Por aquí y por allá… —respondió con voz grave—. Hace unos días me crucé con Lacerta. Estaban terminando unos asuntos en Spituum. Me dijo que, si te veía, te diera recuerdos.

No pude evitar sonreír al escucharlo. Lo miré de reojo y se sonrojó ligeramente. Recuerdo bien lo que Lacerta hizo con él la última vez que estuvieron juntos.

Intercambiamos algunas frases más, poniéndonos al día, y poco después nos dirigimos juntos al salón de la casa para desayunar. El olor a pan caliente y carne curada impregnaba el aire, sentí la normalidad de las cosas sencillas.

Mor quebró ese espejismo. Se inclinó hacia mí mientras dejaba su jarra sobre la mesa y deslizó un pequeño anillo en mi dirección. El metal era oscuro, tenía reflejos violetas y azules, sin adornos visibles, pero al tocarlo percibí un cosquilleo extraño que me recorrió la piel.

—¿Qué es esto? —pregunté, alzando una ceja.

Mor sonrió con esa mezcla de picardía y solemnidad que solo ella sabía conjugar.

—El vínculo con Xane. Los anillos de vinculo son objetos de priur y éter forjados con un hechizo, cuando alguien llega para servir a Nyx, les obliga a vincularse a un anillo, la realidad es que los Umbrae no se vinculan realmente a él, si no a unos anillos.

Mientras Nyx lleve el anillo vinculado a una persona, o en su defecto, cualquier portador lo lleve, siente las emociones del vinculado al anillo, sabiendo si miente, si tiene miedo, etc.

También puede intercambiar pensamientos, él a ti y el portador a él. Voluntariamente claro.

Me quedé helado, girando el anillo entre los dedos, notando su peso simbólico más que el real.

—¿Quieres decir que… que puedo hablar directamente con Xane? ¿Sin pasar por Nyx?

—Exacto. —Mor me sostuvo la mirada, seria ahora—. Nyx ha pensado que era lo mejor, ya que no lo soportas más de dos segundos.

Me recliné en la silla, sin palabras por un instante. Aquello no era un simple gesto de confianza: era una revelación que jamás habría imaginado. Un secreto que podía volcar el equilibrio entre facciones si llegaba a oídos equivocados. ¿Por qué a mí?

Miré a Xane, que mantenía su compostura imperturbable, como si nada de lo que se había dicho lo sorprendiera. Luego al anillo en mi mano. Sentí un vértigo silencioso. No era un regalo, era una responsabilidad.

Nunca habría pensado que confiaría en mí de esa forma.

Tras desayunar, Xane se despidió con una inclinación sobria y desapareció por el sendero, dejándome con el anillo aún pesado en la palma.

No tardó en aparecer Neik, despeinado y medio adormilado. Al vernos a Mor y a mí todavía en la mesa, su mirada se volvió pícara de inmediato.

—Ajá… —murmuró con una sonrisa maliciosa.

Mor, lejos de inmutarse, le lanzó un guiño descarado. Neik se estremeció como si le hubiese recorrido un escalofrío, chasqueó la lengua y, sin más, agarró un trozo de carne de la mesa.

—No quiero saber nada —masculló, mordiéndolo mientras salía hacia el claro.

No habían pasado ni unos minutos cuando apareció Ilya.

Su presencia llenó la estancia con una tensión sutil.

Entró, me buscó con la mirada y, en cuanto nuestros ojos se cruzaron, la apartó con brusquedad para posarla en Mor.

Luego volvió a mirarme fugazmente, y otra vez a Mor, parecía media algo entre nosotros que yo no alcanzaba a comprender.

Finalmente, sin decir palabra, tomó también un pedazo de carne, y se fue al claro masticando en silencio.

Mor dejó escapar una carcajada suave, juguetona, apoyando la barbilla en una mano mientras me observaba.

Suspiré, llevándome la mano al puente de la nariz. Un segundo después, el eco de las espadas resonó desde el claro. Neik y Ilya, entrenando con una intensidad que parecía redoblarse a cada choque de acero. Mor sonrió aún más, para ella aquel caos era el entretenimiento perfecto.

Me levanté con un trozo de carne aún en la mano y, encogiéndome de hombros, salí al porche. El banco junto a la entrada me recibió como de costumbre, con la madera templada por el sol. Me dejé caer en él, mascando distraídamente, y escuchando a lo lejos los choques metálicos del entrenamiento.

No tardó en aparecer Mor, y se dejó caer a mi lado con la naturalidad de un gato. Se acomodó con las piernas recogidas sobre el asiento, observando el claro.

—¿Te fue bien con los parches? —pregunté, mirándola de reojo.

Su sonrisa se borró por apenas un segundo, un destello fugaz de vulnerabilidad que casi pasó desapercibido. Luego volvió a girarse hacia mí y recuperó la expresión traviesa de siempre.

—Mira que preocuparte tanto… vas a hacer que me sonroje —dijo con un tono adorable, inclinando la cabeza.

No pude evitar sonreír con suavidad. Ella añadió enseguida, más seria:

—De verdad, estoy bien. Y me alegra ver a Neik entero. Nunca le deseé nada malo.

Me recosté contra el respaldo del banco, soltando un suspiro.

—Lo sé… —me quedé un instante en silencio antes de añadir—. Siento haberte dejado allí sola. Fue una estupidez. Los trizanos podían haber estado cerca.

Me miró un segundo, sorprendida, y luego soltó una risa ligera.

—Eres tonto —respondió, empujándome con el hombro.

Reímos los dos.

En el claro, los aceros chocaban una y otra vez, haciendo vibrar el aire con cada impacto.

Neik, ágil pese al hidromiel de la noche anterior, se movía con su estilo caótico y despreocupado, lanzando fintas rápidas.

Ilya, en cambio, era pura tensión: cada golpe suyo era más fuerte, más preciso, con un deje de furia contenida que casi lo hacía parecer un combate real.

Sus respiraciones entrecortadas y el repiqueteo metálico marcaban un ritmo hipnótico.

Mor los observó unos segundos en silencio, antes de girarse hacia mí. Se dio cuenta de cómo mis ojos permanecían fijos en Ilya, intentando descifrar algo oculto en su expresión. Una sonrisa helada, cortante, se dibujó en sus labios.

—¿La amas? —preguntó con un tono tan frío que me atravesó.

No respondí. Seguí mirando el combate, suspirando con el pecho apretado. Mor rió, una risa breve.

—Vaya sorpresa. Siempre pensé que mi verdadera competencia sería Sirl.

Tu madre estaba convencida de que acabaríais juntos…

tú y ella. Pero después de su muerte, las cosas cambiaron.

Yo… dejé que me pasara por la cabeza la idea de tener alguna oportunidad.

Nunca pensé que sería una trizana quien te acabara atrapando.

Me mantuve en silencio un largo rato, hasta que al fin hablé en voz baja:

—Estar con Sirl siempre me recuerda a mi madre… y mi madre siempre me recuerda a Sirl. La he querido mucho, pero me causa demasiado dolor. Ilya… ha sido un soplo de aire fresco.

Mor inclinó la cabeza, curiosa, saboreando mis palabras. Yo continué con un suspiro cansado:

—No sé qué le pasa. Está distante conmigo. Actúa de forma incoherente… o quizá soy yo el que ha confundido todo. Tal vez me hice ilusiones.

La carcajada de Mor resonó fuerte y sincera, quebrando la tensión.

—Tienes un buen desastre en la cabeza —rió a carcajadas, mirándome divertida—. ¿Y aún pretendes arreglar el mundo con esa maraña dentro de ti?

La sesión de entrenamiento terminó de manera informal, casi una rutina que parecía haberse repetido durante toda la semana en la que yo había estado fuera.

Ilya, con el rostro aún encendido por el esfuerzo, se apartó del claro, se aseó rápido en la casa y, tras ajustar su delantal, tomó rumbo a la taberna donde trabajaba.

Me acerqué a Neik, que todavía hacía estiramientos exagerados presumiendo de lo fácil que le había resultado todo.

—No me tendré que poner celoso de que entrenes más con ella que conmigo, ¿no? —le solté con media sonrisa.

Arqueó una ceja.

—Pues hombre, a lo mejor sí deberías preocuparte —dijo con tono pícaro, antes de levantar la espada y señalarme con ella—. Anda, ven que te enseñe quien manda.

Puse los ojos en blanco y desenvainé. Pronto estábamos en pleno intercambio. El sonido de los choques metálicos resonando de nuevo en el claro. Esta vez, sin embargo, no era un duelo serio, sino un enfrentamiento marcado por risas, fintas absurdas y empujones descarados.

En el banco, Mor observaba con el mentón apoyado en la mano, los ojos brillando de diversión.

Se mordía el labio al fijarse descaradamente en los músculos tensos de Neik, más anchos que los míos, aunque tampoco pasaba por alto mis esfuerzos.

Su sonrisa juguetona no engañaba a nadie: estaba disfrutando del espectáculo como si se tratara de una función hecha específicamente para ella.

El sol caía fuerte sobre el claro, arrancando destellos plateados de las hojas húmedas y del acero de nuestras espadas.