Capítulo 53
El estrépito del metal me arrancó del sopor. Parpadeé varias veces hasta que el techo de madera de la casa terminó de enfocar, y entonces giré la cabeza hacia la ventana.
Me incorporé lentamente, apoyándome en el alféizar.
Fuera, en el claro, Ilya blandía la espada con movimientos bruscos, desordenados, golpeando contra el acero de Neik una y otra vez.
Había algo extraño en ella, un fuego raro: frustración, rabia contenida ¿Qué le pasa…
?, pensé, viendo cómo su ceño fruncido y su mandíbula tensa no encajaba con la serenidad con la que solía entrenar.
Neik parecía darse cuenta también, aunque se limitaba a bloquear y a soltar resoplidos, intentando no echar más leña a lo que fuera que ardía en ella.
Un movimiento en el sendero captó mi atención. Una silueta familiar se acercaba con paso firme: Mor. Me enderecé un poco y levanté una mano desde la ventana para hacerle un gesto. Ella, al verme, inclinó la cabeza y aceleró hacia la casa.
Fue entonces cuando sentí el peso de una mirada. Ilya había notado mi presencia. Se giró, sus ojos se cruzaron con los míos un instante, tan breves que casi pude pensar que me lo había imaginado. Pero no: me había mirado. Y justo después, apartó la vista con frialdad.
Me quedé quieto, con un nudo en el estómago que no supe desatar.
Mor subió las escaleras con ligereza, y cuando llegó a mi lado se apoyó contra la ventana, hombro con hombro conmigo.
Durante un buen rato no dijimos nada; solo nos quedamos allí, compartiendo el aire frío de la mañana.
La calma me recordó, casi con un retortijón en el estómago, la incomodidad de la última vez que habíamos cruzado palabras en aquella cueva.
De pronto, me empujó suavemente con el hombro, juguetona, y me sonrió.
—Por lo que he visto, el rey está encerrado con sus consejeros, debatiendo… —dijo en voz baja —. Supongo que eso significa que en Trizandia no ha ido del todo bien.
Bajé la vista hacia el claro. Neik y Ilya seguían entrenando, las espadas resonando. Pero Ilya… ahora estaba aún más furiosa, si eso era posible. Su rabia se notaba en cada golpe, descargando contra Neik algo más que simple destreza.
Suspiré, desvié la mirada hacia Mor y luego al cielo que se abría claro sobre nosotros. Entonces le conté, a grandes rasgos, lo sucedido en Trizandia y lo que había hablado junto a Neik la noche anterior.
Me escuchó en silencio, asintiendo lentamente, hasta que al fin dijo:
—Estoy de acuerdo. Lo que necesitas es un Umbrae para buscar información en Darmund… Un Umbrae como yo.
Giré la cabeza para mirarla. Ella, con un gesto ligero, dio una vuelta sobre sí misma con esa sonrisa juguetona tan suya, y al terminar hizo una reverencia exagerada, una floritura burlona, parecía una cortesana en un escenario.
—Déjamelo a mí, hablare con Nyx. Volveré mañana con noticias —anunció, segura.
Solté otro suspiro, más largo que el anterior, y le di las gracias en voz baja. Me guiñó un ojo antes de apartarse, dejando en mi pecho esa mezcla incómoda de alivio y desconfianza. Y se fue más rápido de lo que había venido.
El día transcurrió sin nada digno de recordar, como si el tiempo quisiera darme un respiro después de tantas sacudidas. Ilya marchó temprano hacia la taberna de la aldea a trabajar, cargando con ese aire sombrío que llevaba arrastrando. No la volví a ver en todo el día.
Neik y yo decidimos entrenar un rato en el claro.
No tardamos en acabar sudados y jadeando, pero al menos el cuerpo se me descargó de tensiones.
Entre risas, insultos amistosos y algún que otro golpe mal dado, terminamos tirándonos a la poza para refrescarnos.
El agua helada nos arrancó un grito a los dos, pero después fue liberador.
Nos llevamos unas jarras de hidromiel, que bajaron fácil. Neik, fiel a su costumbre, encendió su pipa y se quedó echando humo apoyando los brazos al borde de la poza donde había unas rocas, hablándome de anécdotas absurdas de sus viajes mientras yo lo escuchaba con media sonrisa.
Cuando el sol empezó a hundirse tras las montañas y el cielo se tiñó de tonos anaranjados, volvimos a la casa. El día, anodino en apariencia, me había dado justo lo que necesitaba: calma, aunque fuese momentánea.
Al entrar en la casa la encontré en el salón, inmóvil frente a la chimenea. El fuego crepitaba con suavidad, proyectando sombras que se deslizaban por su rostro. Había una rigidez en su postura, una tensión que no necesitaba palabras para delatarse. Algo iba mal, lo supe de inmediato.
—¿Qué te pasa? —pregunté con cautela, quedándome de pie a unos pasos de ella.
Ilya no me miró. Mantuvo los ojos fijos en las llamas. Le busqué la mirada, pero la esquivó con un gesto leve, casi imperceptible.
—Lo último que hablamos fue lo del elixir… ¿es por eso? —insistí, sin poder ocultar la inquietud que me crecía en el pecho.
Negó con la cabeza, pero no añadió nada. El silencio se volvió tan espeso que me costaba respirar.
—¿Puedo sentarme? —pregunté al fin.
Asintió sin mirarme, y me acomodé a su lado, lo bastante cerca como para sentir el calor de la lumbre en la piel, pero dejando ese espacio que ella parecía necesitar. Esperé. Segundos, minutos… perdí la cuenta. Finalmente, su voz quebró el silencio.
—A veces pienso que me das más de lo que merezco. —Su tono era bajo, apenas un susurro—. No quiero seguir así.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Así cómo? —pregunté con cuidado.
Apretó las manos sobre su regazo.
—Como si… hubiera algo entre nosotros. —Su voz temblaba, pero la dureza de lo que decía no dejó resquicio—. No lo hay. No puede haberlo. Eres demasiado bueno… y eso solo va a hacerte daño.
Aquella frase me atravesó igual que una daga. No pude evitar recordar las palabras de mi padre, tan parecidas, un día atrás en el salón del trono. La misma herida, reabierta.
—No entiendo nada Ilya, pero… Si es lo que quieres, lo respetaré —dije al fin, aunque mi voz apenas logró sostenerse.
Fue entonces cuando se giró hacia mí. Sus ojos, brillantes a la luz del fuego, parecían contener un torrente de emociones que luchaba por no escapar.
Por un instante, quise creer que me diría algo distinto, que había una grieta en ese muro que levantaba entre nosotros.
Pero lo que salió de su boca fue firme, casi cruel:
—No quiero nada de ti. Nunca he querido nada de nadie.
Me faltó el aire. Sentí como si la habitación entera se apagara por dentro, como si hasta el fuego perdiera su calor.
No supe qué decir, solo asentí, tragándome cada palabra que amenazaba con salir de mi garganta.
La quería, quería estar con ella, pero la quería demasiado como para forzar nada, incluso si eso significaba destruirme un poco más por dentro de lo que ya estaba.
Se levantó sin mirarme, la madera crujió bajo sus pasos y desapareció del salón sin volver la vista atrás. El silencio que dejó fue intenso y asfixiante. Me quedé sentado, mirando las llamas, con la sensación de que algo dentro de mí se había apagado, tal vez para siempre.
Esa noche no logré conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Ilya, la dureza de sus palabras, la forma en que se marchó sin mirar atrás. La rabia y la tristeza se mezclaban dentro de mí y no había descanso posible con aquel peso en el pecho.
Mi cabeza daba vueltas sobre las experiencias de los días que compartimos allí, ¿qué había cambiado? ¿qué había hecho mal? ¿había hecho algo mal? Nada tenía sentido. Así que acabé en el claro, bajo la luz mortecina de la luna, entrenando con mi propia sombra.
El acero silbaba en el aire, cortando la noche.
Movimientos rápidos, giros, estocadas. No había enemigo, solo mi reflejo en la oscuridad, la lucha contra mí mismo.
El sudor me empapaba la frente, y cada vez que alzaba la espada sentía que la rabia se deslizaba un poco hacia fuera, aunque nunca lo suficiente.
Pasé horas así, hasta que los primeros tonos pálidos del amanecer empezaron a colarse entre los árboles. Exhausto, me dejé caer sobre la hierba húmeda, respirando con dificultad, intentando vaciar mi cabeza sin conseguirlo.