Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Me encaminé hacia la poza, necesitando un cambio de aire. La luz de la luna se filtraba entre las copas altas y el reflejo en la superficie del agua brillaba.

Me arrodillé junto al borde y hundí las manos en el agua helada.

El primer contacto me arrancó un escalofrío, pero no retiré las manos; las dejé sumergidas, sintiendo cómo el frío mordía la piel hasta entumecerla.

Me incliné después, hundiendo la cabeza por completo.

El agua me cubrió con su gélido abrazo y, al salir, respiré con fuerza, dejando que las gotas resbalaran por mi rostro y cuello.

Cerré los ojos y, como tantas veces me ocurría últimamente, la imagen de mi madre me asaltó sin permiso. Su risa clara, su mano apartándome el cabello de la frente, su mirada firme pero tierna.

Después, los recuerdos de estos días: el anillo de regentes, las mentiras, el secuestro, la guerra. Todo se mezclaba dentro de mí hasta formar un peso insoportable.

Apoyé los brazos en el borde de la roca, con la cabeza baja, dejando que el agua arrastrase algo más que sudor y cansancio. Hundí la cabeza una vez más, despacio.

Esta vez, nada parecía funcionar.

Resignado, volví a la casa todavía con el pelo húmedo pegado a la frente, la vi sentada de nuevo en el tronco, al borde del acantilado.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el horizonte, donde Rayala se extendía bajo un mar de nubes.

Algo en su postura me hizo frenar; no era la misma calma de siempre.

Me acerqué despacio, pero antes de que dijera nada, sus labios se movieron en un susurro que apenas rozó el aire:

—He estado muy preocupada esta semana.

Me quedé de pie, a pocos pasos de ella, sorprendido.

—¿Preocupada?

Ilya me miró, y en sus ojos vi una mezcla extraña, casi imposible de descifrar. Había emoción, sí, pero también una sombra de dolor.

—No deberías confiar tanto en la gente —dijo al fin, apartándose un poco—. No deberías haber hecho eso.

Me dejé caer a su lado, con una sonrisa cansada, y respondí:

—¿Hacer el qué? ¿Intentar que no muera más gente?

Bajó la mirada, jugando con una brizna de hierba entre los dedos.

—Ya has hecho mucho. Por mí, quiero decir. Darmund no es buena.

Su voz tembló al pronunciar esas palabras, parecía venir desde un lugar muy profundo que no quería mostrar.

Me quedé en silencio, asintiendo despacio.

Recordaba bien lo que me había contado de su pasado como esclava de Darmund, y tal vez se refería a eso.

Pero aun así… dentro de mí, aquella frase resonó entre las grietas, algo que no terminaba de encajar, parecía esconder algo que aún escapaba a mi comprensión.

El viento sopló fuerte en ese momento, agitando su cabello cobrizo, y la sensación de fragilidad entre ambos se hizo casi insoportable.

—¿Estás bien? —pregunté, rompiendo al fin el silencio que se había hecho demasiado denso entre nosotros.

No me miró al responder, tenía los ojos fijos en el suelo.

—No, No me gusta sentir esto. No me gusta necesitar a nadie —murmuró.

Aquella frase me descolocó. Sentí que se me helaba la sangre un instante. ¿Me estaba diciendo que… me necesitaba? Pero no lo había especificado, se quedó flotando en el aire, críptico, como un puñal que no sabes si va dirigido a ti o a un fantasma de su pasado.

Antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, Ilya se puso de pie con un movimiento brusco.

—Me voy a dormir —dijo simplemente, sin darme tiempo a replicar.

Caminó hacia la casa con pasos firmes, dejando tras de sí una estela de dudas que se me clavaban en el pecho.

Suspiré, me encogí de hombros, y como tantas veces antes busqué refugio en lo sencillo. Caminé hasta el porche, donde Neik seguía sentado con la pipa en la boca, disimulando no haber visto nada de lo ocurrido.

Me dejé caer en la silla de al lado y, sin pedir permiso, le quité la jarra de hidromiel de la mano.

—Eh, ¡serás cabrón! —gruñó él, mientras yo daba un trago.

Resoplé al tragar y le devolví la jarra con una mueca cansada. Neik bufó, se inclinó hacia un lado y sacó otra jarra de debajo del banco.

—Nunca se puede estar suficiente seguro —dijo con una sonrisa torcida.

Yo no pude evitar soltar una risa seca, agradecido por la normalidad que me regalaba, aunque por dentro las palabras de Ilya me seguían mordiendo la mente.

—¿Qué le pasa? —soltó Neik, echando humo por la pipa mientras me observaba de reojo.

Me encogí de hombros, intentando quitarme de encima las preguntas que no sabía contestar. No tenía ni idea de qué le pasaba, ni cómo reaccionar a lo que acababa de decirme.

—No lo sé, Neik. Ojalá lo supiera —respondí con un suspiro, antes de llevarme la jarra a los labios otra vez.

Asintió despacio, dándole otra calada a la pipa, esperando que siguiera hablando. Y al final, lo hice.

—Necesito consejo, estoy agotado. —dije, más para mí que para él—.

Si eliminamos a Trizandia con una guerra abierta, es una locura.

Sería una represalia exagerada… innecesaria, cuando aparentemente solo Darmund es culpable.

Pero lo peor es que, si mi padre decide escucharme solo a medias y aun así arrasa Darmund entero…

—me quedé un instante en silencio, tragando saliva—.

Con lo que Ilya ha contado, ellos son la frontera contra los monstruos.

Si caen, esa barrera que los contiene se vendrá abajo y todos esos monstruos se expandirán hacia el interior.

Neik dejó escapar un gruñido, fastidiándole estar de acuerdo conmigo.

—Creo que Darmund solo quiere armas —continué, recordando cada palabra de lo que había escuchado—.

Aleación de priur. Después de su primer ataque a Glis…

intentan buscar material para reforzar su defensa.

No es excusa, podrían haber recurrido a la diplomacia primero.

Pero aparentemente el anillo voto en ignorarlos, como bien ha dicho Ilya.

Y si es así… si de verdad solo quieren sobrevivir, ¿quizá debería intentar hablar con Darmund?

Debe de haber gente allí que no esté de acuerdo con su regente. No pueden todos pensar igual.

El silencio se alargó unos segundos. El viento soplaba desde el acantilado, trayendo el rumor del bosque lejano. Neik soltó una carcajada seca, pero no burlona; más bien amarga.

—Una vez pasé por Arvandor —dijo, rascándose la barbilla con el dorso de la mano—.

Conocí a un erudito allí. Me contó que hace unos dos años el regente actual de Darmund subió al poder…

asesinando a su predecesor. El antiguo regente tenía una hija.

Si sigue viva, seguro que ella no piensa igual que el actual regente.

Alzó las cejas, confirmando lo inevitable.

—Así que sí. Lo que dices tiene sentido. Darmund no es una sola voz. Pero el que ahora grita más fuerte es un cabrón que mató a su propio regente.

Me quedé callado, apretando los dientes. Aquello no hacía más que confirmar lo que ya sospechaba, y al mismo tiempo volvía mi carga más pesada.

Me quedé mirando el horizonte unos segundos más, dándole vueltas a todo lo que habíamos hablado, hasta que algo me vino a la cabeza.

—Por cierto, ¿ha llegado alguna carta mientras no estaba? —pregunté, con la voz más seria de lo que pretendía.

Neik arqueó una ceja y apartó la pipa de la boca. Se quedó pensativo, chasqueó los dedos como quien intenta atrapar un recuerdo y, de repente, abrió mucho los ojos.

—¡Mierda! —exclamó, dándose un golpe en la frente—. Sí, joder, llegó una carta para ti hace… ¿tres días?

Me llevé la mano a la cara, cerrando los ojos en un gesto de absoluta resignación.

—¿En serio, Neik? —murmuré entre los dedos, sintiendo el peso de la torpeza ajena.

—Eh, se me ha olvidado, ¿vale? He tenido cosas en la cabeza —se defendió él, encogiéndose de hombros con media sonrisa descarada.

Se levantó pesadamente de la silla, dejó la jarra a un lado y entró en la casa. Escuché cómo revolvía entre papeles y trastos, maldiciendo en voz baja, hasta que finalmente volvió con un sobre algo arrugado en la mano.

—Aquí está, tu dichosa carta —dijo tendiéndomela.

Lo miré de reojo, cogí la carta y solté un suspiro profundo.

—Nuestra carta —reproché. —Es de Lacerta. Es importante. —lo miré de nuevo de reojo con el ceño fruncido. —Si algún día muero en una batalla por tu despiste, Neik, juro que me levantaré de entre los muertos solo para cortarte los huevos.

Soltó una carcajada y volvió a dejarse caer en la silla, recuperando la jarra de hidromiel.

—Eso si no me mata antes Ilya cuando se entere de que te he costado la vida.

Sonreí, mientras giraba el sobre entre mis dedos, sintiendo un nudo en el estómago antes de abrirlo.

Rasgué el sobre con cuidado. La letra fina y firme de Lacerta me devolvió una sensación extraña, entre familiaridad y desasosiego. Leí en voz alta.

«Gracias Orion por haber encontrado esperanza. Tenemos pendientes unos recados y completar ciertas asignaciones. En cuanto terminemos, pasaremos por Rayala. Att. Lacerta».

Fruncí el ceño y seguí leyendo, ignorando la mirada curiosa de Neik clavada en mí.

«Postdata: agradezco la rapidez con la que has encontrado la información».

«Postdata dos: puedes contar a Neik de que va esto. Sé que está ahí contigo».

«Postdata tres: a ver si puedes hacer que tu amigo Xane este por Rayala cuando pasemos de visita».

Sin poder evitarlo, alcé la vista. Neik estaba inclinado hacia delante, con las cejas arqueadas, igual que un perro esperando que le tiraran un hueso. Hice un gesto breve, guardé la carta dentro del sobre y lo doblé en el regazo.

—Vale —murmuré—. Te voy a contar algo, pero prométeme que no lo repetirás a nadie.

—¿Prometer? —dijo, con media sonrisa ladeada—. Soy una tumba.

Rodé los ojos, pero aun así continué:

—Lacerta me habló de los drelmuth antes que nadie. La atacaron a ella y a Caelum. Les dejaron marcas.

El brillo juguetón de los ojos de Neik se ensombreció un instante.

—Así que… no están bien, ¿eh? Sabía que les pasaba algo, lo noté, pero no quise inmiscuirme.

Negué con la cabeza.

—No están bien. Y no solo eso. Fui a ver a Dast. Me contó sobre cómo quitar la maldición de sus heridas, tiene que ser antes de que el elixir deje de hacerles efecto. —mi voz se apagó un poco.

Neik se recostó en la silla, exhalando una nube de humo de la pipa.

—Joder… Cada vez que abres la boca me entero de algo más chungo.

Solté una risa breve y amarga, frotándome las sienes.

El resto de la noche se deslizó sobre nosotros con el alcohol limando las aristas de todo lo que cargaba encima.

Neik se empeñó en soltar un chiste tras otro, la mayoría malos, pero agradecí cada uno de ellos.

Entre risas forzadas y suspiros, las jarras se fueron vaciando hasta que no quedó más que espuma pegada en los bordes.

El silencio acabó imponiéndose, pesado, pero no incómodo. Habíamos pasado muchos silencios juntos. El frío de la altura empezaba a calar en los huesos, así que nos levantamos casi al mismo tiempo.

—Mañana será otro día, ¿no? —gruñó Neik mientras estiraba la espalda.

Asentí, demasiado cansado para palabras. Caminamos hasta la puerta, cada paso más pesado que el anterior. Una vez dentro, sin ceremonias ni despedidas, nos dejamos caer en los camastros. El cuerpo, entumecido por el hidromiel y el peso de lo vivido, cedió de inmediato.

El sueño me arrastró rápido, aunque no conseguí escapar del todo de las sombras que me rondaban por dentro.