Capítulo 51
El aire frío me acompañó mientras ascendía hacia la casa de mi madre, con la cabeza gacha y el cuerpo pesado, mis pensamientos se enredaban sin darme tregua, cargado de memorias y culpas que se enroscaban, avancé hacia la cima.
Cuando llegué al claro, lo primero que me recibió no fue el silencio de la montaña ni la calma de la casa, sino el eco rítmico del choque de madera contra madera. Allí, bajo la luz del ocaso, Ilya y Neik se movían en círculos, en un duelo de entrenamiento que parecía más una danza que una pelea.
Ella vestía unas ropas ceñidas bajo una armadura ligera de cuero que realzaba cada movimiento, ágil y precisa. Su pelo, recogido de cualquier manera, se soltaba a cada giro, y sus ojos: firmes, concentrados, relampagueaban con intensidad que parecía encenderlo todo a su alrededor.
Neik, en cambio, se mantenía firme y paciente, bloqueando cada ataque con calma, acostumbrado a esperar el momento justo. Aun así, no dejaba de retroceder, obligado a ceder terreno frente a la energía inquebrantable de ella.
Me quedé quieto, observando desde la entrada del claro. Sentí mis labios curvarse en una sonrisa breve, inesperada, que se escapó sin permiso. Una chispa de alivio entre tanto peso, al verla moverse con esa determinación que siempre había admirado.
Ilya giró sobre sí misma y arremetió con un golpe bajo, Neik lo bloqueó de mala gana, y ambos se enzarzaron en un cruce de ataques que levantó ecos entre los árboles.
La escena tenía algo de hipnótico, y por un instante dejé que la tensión de los últimos días se disolviera, un poco, mientras contemplaba aquel combate amistoso.
Los movimientos entre ambos se volvieron más rápidos, casi salvajes.
Neik avanzaba con precisión, intentando arrinconarla, pero Ilya respondía con fiereza, encadenando estocadas y fintas con una agilidad casi imposible.
El sonido seco de los impactos resonaba por todo el claro, golpe tras golpe, hasta que de pronto ambos lanzaron un ataque simultáneo.
Las espadas de madera chocaron con tanta fuerza que quedaron trabadas en el aire, temblando bajo la tensión de sus brazos.
Ilya rió por lo bajo, una risa desafiante que sacó a Neik de sus casillas, y en ese instante giró la cabeza hacia mí.
Su expresión cambió de inmediato. Los ojos, antes llenos de concentración, se iluminaron de sorpresa y emoción.
Soltó el arma sin pensarlo, dejándola caer sobre la hierba.
—¡Has vuelto! —gritó, y antes de que pudiera reaccionar, corrió hacia mí.
La vi venir, y me preparé. Cuando saltó, la recogí en brazos en pleno aire, dejándome llevar por el ímpetu de su embestida.
Giré sobre mí mismo para amortiguar la fuerza, y la sostuve contra mi pecho mientras mis botas se clavaban en el suelo.
Ella me rodeó con los brazos, apretándome queriendo asegurarse de que no era un espejismo.
Desde el otro extremo del claro, Neik bufó mientras se apartaba un mechón sudoroso de la frente, observándonos con una sonrisa socarrona, también aliviado de verme.
Yo, sin embargo, no pude sostenerle la mirada. Toda la tristeza acumulada durante aquellos días estaba reflejada en mis ojos, y Ilya lo notó al instante. Me tomó con suavidad de las mejillas, obligándome a que la mirara.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con un hilo de voz, tembloroso, preocupado.
No respondí. Solo solté un suspiro largo, quebrado, y apoyé mi frente contra su cuello, escondiéndome en su calor, en ese refugio que solo ella me ofrecía. Me estrechó con más fuerza, rodeándome con sus brazos intentando recomponer todas las piezas rotas de mí mismo.
El silencio de sus brazos terminó por calmarme lo suficiente como para volver a respirar con algo de estabilidad. Entonces sentí la mano firme de Neik posarse en mi hombro.
—Cuéntanos qué ha pasado —dijo en tono grave pero sereno, que dejaba entrever su preocupación.
Asentí, y los tres caminamos despacio hasta el tronco gastado que siempre nos esperaba al borde del acantilado. Allí nos sentamos, como tantas otras veces, con la inmensidad de Rayala extendiéndose bajo el cielo nocturno. El viento soplaba fuerte, arrastrando el olor a resina y tierra húmeda.
Comencé a hablar, despacio, después con un torrente de palabras que apenas podía contener.
Les conté sobre el anillo de regentes y la tensión que se mascaba en cada mirada.
Sobre la intriga, las acusaciones cruzadas, y el asalto en mis aposentos.
Ilya me estrechó la mano con fuerza cuando mencioné el secuestro.
Vi cómo se le encogía el pecho, los labios apretados para no interrumpirme.
Seguí. Les hablé de Talorc, de su impostor, de cómo había sido expulsado de la liga, y de aquella carta sellada que debería haber supuesto un alivio… Mi voz se quebró cuando llegué al final, cuando conté la frialdad de mi padre, su terquedad, su incapacidad de ver más allá de su orgullo.
—No escucha —murmuré, hundiendo el rostro entre mis manos—. Para él todo está decidido. No importa lo que le diga, no importa que haya vidas inocentes de por medio. Solo ve la guerra.
Neik frunció el ceño, manteniéndose en silencio, tal vez porque sabía que no había palabras que pudieran suavizar aquello.
Ilya, en cambio, me miraba como si descubriera algo nuevo en mí. Sus ojos brillaban, húmedos, y no apartaba la vista de mi rostro. Sus dedos apretaron los míos, cálidos, seguros.
—No te entiendo —dijo en voz baja, con un temblor que la traicionaba—. Aun después de todo lo que te han hecho los trizanos, de todo lo que han hecho contra Noczar. ¿Sigues pensando en protegerlos? Enfrentándote a tu padre.
Me quedé en silencio. Su mirada era tan intensa que tuve que apartar la mía hacia el horizonte, donde la luna se alzaba lentamente tras las montañas. Asentí.
Dentro de mí la rabia y la tristeza se mezclaban, pero también una chispa de calma al sentir esa certeza en su voz. Me reconforto que me mirase con esos ojos.
Mis pensamientos se arrastraron, habiendo estado aguardando en silencio hasta ese instante. De golpe, recordé aquella noche en Trizandia, antes de llegar al anillo. El crepitar de las antorchas verdes, el frío que me recorrió la espina dorsal… y esos ojos.
Tragué saliva, apartando la vista del horizonte para clavarla en Ilya. Aún me sostenía la mano, firme, paciente.
—Ilya… —dije, con un hilo de voz.
Arqueó las cejas, inclinándose hacia mí, atenta.
—La noche que acampamos en Trizandia, cuando estaba a punto de dormir, los vi. Dos orbes plateados, sin iris, fijos en mí desde la oscuridad del bosque.
Ilya se quedó inmóvil. Su rostro perdió un matiz de color.
—Drelmuth —dijo en voz baja, casi temblando.
Asi que las historias de Dast son realmente ciertas. Asentí despacio.
—Mi cuerpo reaccionó…pensé incluso que había sido un sueño, pero era demasiado real para serlo.
Sus ojos se clavaron en los míos, serios, inquisitivos, buscando leer la verdad en lo más hondo de mí. Neik, que hasta entonces había permanecido en silencio, tensó la mandíbula y se cruzó de brazos, mirando al suelo con gesto sombrío.
Ilya respiró hondo, soltando mi mano solo para llevarla a su propio regazo, apretando con fuerza los puños.
—Y los polvos que te di… ¿los usaste?
—Sí —respondí con firmeza—. Lo prometí.
—No es la primera vez que se ven —dijo con un tono tan bajo que por un momento dudé si hablaba conmigo o consigo misma—. Yo… ya los he visto antes.
Me incorporé un poco, sorprendido por la confesión, pero ella levantó una mano pidiéndome silencio, y respiró hondo antes de continuar.
—Desde hace años… —tragó saliva, su voz vibraba de rabia contenida—. Darmund está siendo atacada por esas criaturas. No siempre con la misma fuerza, pero siempre desde el este, desde esa maldita frontera de oscuridad al otro lado del rio.
Neik, que había permanecido serio y vigilante, alzó la cabeza y frunció el ceño.
—¿El regente lo sabía? ¿Ha ocultado los ataques?
Ilya negó con amargura.
—Se reunió con el anillo. Se lo contó todo.
Y aún así guardaron silencio, con promesas vacías, tapando las heridas con un trapo para que dejara de sangrar.
—Se llevó una mano al pecho, cerrando los ojos un instante—.
Yo vi los drelmuth con mis propios ojos y también oí las historias de cómo se abalanzaban sobre aldeas enteras …
Su voz se quebró por un instante, pero enseguida la enderezó con fuerza, casi furia.
—Darmund fue traicionada por la liga hace dos años. Mientras nosotros peleábamos por la supervivencia en la frontera, ellos ocultaron al mundo esa amenaza.
Me quedé inmóvil, intentando procesar la magnitud de lo que estaba diciendo. No eran simples espectros en un bosque lejano. No era un accidente aislado. Era una plaga que llevaba tiempo devorando el este de las tierras de Darmund.
Neik maldijo en voz baja. Ilya, en cambio, permanecía con la mirada baja, con el peso de los recuerdos. Su cuerpo entero parecía debatirse entre seguir callando o dejar que la verdad saliera con toda su crudeza.
Neik bufó, me dio una palmada en el hombro y se levantó.
—Voy a echar un trago, mi cupo de malas noticias está al límite —dijo con ese tono suyo que parecía bromear, pero no terminaba de hacerlo.
Lo vi alejarse hacia la casa, y poco después escuché el crujir del porche bajo su peso. El olor dulzón del hidromiel y el humo de su pipa no tardaron en flotar en el aire.
El claro quedó en silencio. Solo el murmullo del viento subiendo desde el abismo y algún pájaro rezagado se atrevía a romperlo. Entonces, Ilya giró hacia mí.
—Déjame verte —susurró, con preocupación.
No me dio tiempo a responder. Sus manos recorrieron mis brazos, mi cuello, mi pecho por encima de la tela. Sus dedos eran firmes, pero noté cómo temblaban. Me forcé a sonreír, intentando quitar hierro al asunto.
—No vas a encontrar nada. Estoy bien, Ilya. De verdad.
Me miró sin creerme, con esa expresión que siempre me hacía sentir desnudo de secretos. Sus dedos siguieron explorando igualmente, buscando heridas o cicatrices que no encontraría.
—Los parches evitan las marcas —suspiré, bajando la mirada—. Si no fuera por ellos, mi cuerpo sería como una cordillera, un mapa de heridas.
Se quedó quieta un segundo. Y de pronto se apartó un poco, hundiendo el rostro entre las manos. Se agarraba la cabeza con fuerza, los codos apoyados en las rodillas, parecía liberar una guerra consigo misma.
—Ilya… —murmuré, inclinándome hacia ella, el corazón encogiéndoseme en el pecho.
Pude sentir su respiración acelerada, la tensión recorriendo cada línea de su cuerpo. No era simple preocupación por mí. Había algo más, algo oscuro que hervía en su interior y que parecía querer estallar.
Ilya se recompuso de repente. Su mirada se iluminó con una curiosidad inesperada, dejando a medias mi preocupación.
—Y… ¿qué pasaría si yo tomase el elixir? —preguntó, ladeando la cabeza.
Me pilló tan de sorpresa que solo pude soltar una carcajada incrédula.
—No hay mucho misterio —respondí, aún riéndome—. Morirías.
Abrió los ojos como platos, pero sonrió con picardía.
—¿Eso es todo lo que tienes para mí?
Sacudí la cabeza y me incliné un poco hacia ella, bajando la voz:
—No. Te lo voy a contar… porque confío en ti. Pero escucha bien: esto es algo guardado con recelo. La mayoría de los nuestros lo desconoce.
Ilya enmudeció, expectante. Yo inspiré hondo antes de continuar.
—¿Te acuerdas de la historia que te conté sobre los fundadores? —empecé—. En aquella época al inicio del éxodo, eran cientos los nómadas que siguieron a Noczarist en su viaje hasta estas tierras.
Frunció el ceño, sonreí y continué:
—Al principio, cuando se descubrió el priur, la gente se asustó.
Decían que estas tierras estaban malditas, que debían marcharse.
Algunos se fueron, pero la mayoría se quedó.
Unos meses después, durante una noche, una manada de lobos atacó el campamento, los que no murieron quedaron heridos de muerte…
pero ninguno de ellos falleció, se curaron como si de un milagro se tratase.
No de un día para otro, claro está, tardaron semanas, pero volvieron desde el borde de la muerte misma.
Ilya escuchaba sin parpadear.
—La esposa de Noczarist era alquimista —continué—. Se llamaba Priur. Ella descubrió que la cercanía con aquel líquido afectaba a los humanos. Me ahorro detalles, pero… después de aquello, algunos, desesperados por curar heridas, otros por simple ansia de poder, ingirieron el priur.
Hice una pausa.
—La mayoría de los que bebieron murió en pocos días. Algunos aguantaron unas semanas. Y solo unos pocos sobrevivieron.
Ilya se tensó, bajando un poco la mirada.
—¿Y qué es exactamente el priur?
—Nadie lo sabe a ciencia cierta —admití—. Ni de dónde viene, ni cómo se produce, ni por qué a unos nos cambia de una forma y a otros de otra. Quizá ese cambio tenga algo que ver con lo que hay dentro de cada persona.
Pasé una mano por la nuca, recordando lo aprendido en clase.
—La investigación fue larga. Lady Priur murió anciana y su hija, Prim, tomó su lugar.
Gracias a ella se descubrió que la esperanza de vida de los nuestros estaba creciendo.
Ya no morían a los cincuenta, sino a los ochenta.
Y en ese tiempo apareció una caravana de alquimistas, liderada por Dast y sus aprendices.
Habían vagado años por tierras sin dueño y junto a Prim, descubrieron otro mineral: el éter.
Un elemento que estaban estudiando que se escondía en siete yacimientos que había en la región de Noczar.
Los ojos de Ilya brillaban a la luz de la luna, casi devorando mis palabras.
—Entre Prim y Dast crearon el elixir. Lo llamaron Yher, al parecer es una palabra que viene de Palamia, de donde Dast procede. Pero al principio… era casi una sentencia de muerte. Muy pocas personas sobrevivieron a las primeras pruebas.
—¿Los fundadores…? —susurró ella.
Asentí despacio.
—Sí. Como bien te conté, algunos murieron posteriormente, por guerras o decisión propia de dejar de consumir elixir para envejecer con su amada, cosas así.
Otros simplemente desaparecieron sin dejar rastro.
Ahora solo quedan tres en Noczar, que se conozca.
Y Dast. Desde entonces, con las generaciones, la cercanía al priur ha cambiado las cosas.
Haciendo que nuestros cuerpos acepten mejor la ingesta del Yher.
Hoy en día es al revés, lo raro es que el elixir mate a alguien de Noczar.
Pero el riesgo sigue ahí. Para alguien de fuera que no tiene cercanía heredada al priur tras varias generaciones…
como tú… —la miré con seriedad—, la posibilidad de morir es casi segura.
Ilya tragó saliva, apartando la mirada hacia el horizonte, en silencio.
Sus pensamientos estaban enredados, lo vi en sus ojos: divagaban en un lugar al que yo aún no tenía acceso.
—Tengo hambre… —terminó diciendo.
Sonreí cansado. Noté en su voz, que lo decía más como un escape que una necesidad real. Asentí manteniendo la sonrisa, y ella se retiró hacia dentro de la casa tras depositar un beso en mi mejilla.