Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

Al amanecer del segundo día, las torres de la capital se alzaron a lo lejos. Verlas provocó un nudo en mi estómago. El viaje llegaba a su fin, pero la tensión en mis hombros seguía igual, si no peor.

Ahora quedaba enfrentar al Rey.

Queriéndome quitar el peso de encima lo antes posible, me encaminé hacia el salón del trono, Sirl se pegó a mi espalda.

El salón se encontraba solemne y en silencio cuando entré, con Sirl pisándome los talones. No quise alargarlo ni un segundo más. Los heraldos anunciaron nuestra presencia, pero mis pasos me llevaron directo al centro.

Me arrodillé brevemente, y entregué la carta al escriba, que la desplegó con parsimonia, dejando que el crujir del pergamino resonara por toda la sala. Después, su voz grave se alzó, clara y firme.

—«La Liga de Trizandia expresa sus más sinceras disculpas por todo lo ocurrido y declara que no ha participado en la violación del tratado de paz permaneciendo fiel a este.

Se compromete a un intercambio de emisarios e inspecciones en Vernade, Valdora, Mursilum y Arvandor.

Por otro lado, el regente de Darmund ha sido encontrado culpable de actos en contra del tratado y expulsado de la Liga, despojado de toda legitimidad.

La Liga, unida, no enfrentará a trizanos contra trizanos, más tampoco se interpondrá en el camino de la justicia.

Esta carta servirá de salvoconducto para cualquier tropa que el rey de Noczar considere oportuna llevar, hasta las puertas mismas del territorio de Darmund».

El silencio que siguió fue denso. No aparté la vista del trono. La sala, sin embargo, hervía en tensión contenida.

El rey, sentado en su trono, con los ojos fijos, no apartó la vista de mí ni un segundo. Cuando la lectura terminó, sus pupilas se desviaron hacia Sirl. La observaba igual que un cazador observa un cambio en el viento.

—Tienes mala cara, Legatus —dijo con voz tranquila—. ¿Qué es lo que te molesta?

Sirl me miró de reojo. Yo negué con la cabeza, con un gesto rápido, casi suplicante, queriendo cerrar el asunto allí mismo. Pero ella, con esa tozudez que nunca había perdido, se cuadró frente al rey.

—Mi señor… —comenzó, con voz firme pero cargada de pesar—. Durante nuestra estancia en el Anillo, su hijo fue atacado y capturado en sus aposentos por hombres enviados desde Darmund. Lograron sacarlo por una ventana y casi lo pierdo en el vacío. Fue por mi negligencia que llegaron tan lejos.

Cerré los ojos con frustración, notando cómo la atención de toda la sala se centraba en mí, me sentí de golpe envuelto en brasas. Mi padre se inclinó en su trono, sin apartar la vista de Sirl. Su rostro era inescrutable, pero sus dedos tamborileaban en el reposabrazos de oro y madera.

—¿Es eso cierto, Izzarian? —preguntó entonces, con la calma de quien guarda el filo para el golpe final.

Me encontré atrapado en la verdad ya dicha. Suspiré.

Apreté los dientes, odiando cada segundo, pero al final no tuve más remedio que asentir. Sentí que la sala entera contenía el aliento.

El rostro de mi padre se transformó, una ira contenida, fría y calculada. Se incorporó despacio en el trono, y su voz, aunque firme y serena, resonó en la estancia.

—Terminemos con este juego —dijo, clavando los ojos en los consejeros, en todos los presentes—. Han osado tender una trampa bajo la excusa de paz ¡Que toda Trizandia se prepare!

Un murmullo estalló en el salón, mezcla de miedo y excitación. Los oficiales intercambiaban miradas, algunos apretaban el puño sobre el pecho, otros mantenían la vista baja.

Di un paso adelante, con el corazón golpeándome en las costillas.

—¡Padre! —mi voz salió más áspera de lo que pretendía—. Darmund es el culpable, no todos los trizanos. ¡No confundas la obra de un traidor con toda una región entera! La Liga de Trizandia nos ha dado su apoyo. Ellos no son nuestros enemigos.

Él volvió la cabeza hacia mí, con esos ojos que parecían atravesar cualquier máscara, cualquier palabra.

—¿Y debería creerles? —replicó con calma—. ¿Después de que te arrastraran como un animal lanzándote al abismo? ¿Después de que te quisieran usar como moneda de cambio para doblegar mi voluntad?

—Fue Darmund y algún aliado de Noczar que aún desconocemos —insistí, alzando la voz—. No los demás. Si convertimos a toda Trizandia en enemigo, le daremos a el traidor lo que quiere.

Durante unos segundos, la tensión fue insoportable. El silencio pesaba más que la armadura de un caballero. El rey me sostuvo la mirada, con el rostro endurecido, midiendo si mis palabras eran fruto de la ingenuidad o del deber.

Entonces, con un suspiro lento, volvió a reclinarse en el trono, sin apartar la mirada de mí.

—Tu corazón siempre ha sido demasiado blando —dijo con dureza—. Y quizá algún día eso te cueste la vida.

Su frase me golpeó como una bofetada.

—¡Cobardes! —añadió—. Eso es lo que son. Se esconden tras la piel de uno de los suyos, lo cuelgan como un estandarte falso y creen que así nos amedrentan. Y tú también eres un cobarde, por no defender a los tuyos con más furia.

Cobarde . El salón pareció encogerse un poco más bajo el peso de esa palabra. Noté cómo algunos de los presentes intercambiaban miradas cómplices.

Quería responder, arrancarme las palabras desde dentro, tirar de ese hilo hasta que se le viera la costura a la mentira. Pero la mirada del rey no buscaba explicaciones; buscaba autoridad. Su rostro, frío como la piedra del trono, no reflejaba duda: buscaba certificar el fuego que iba a encender.

Se reclinó, y la cortesía, esa máscara que siempre llevaba puesta cuando había público, volvió a su rostro.

Hizo un gesto con la mano, ceremonial y seco, que sabía traducirse en una orden: no hay nada más que decir.

Con la etiqueta propia de alguien que necesita sonar ecuánime para los presentes, no con la voluntad de quien va a cambiar de parecer por una confesión a pecho descubierto.

—Tendré en cuenta lo que has dicho —dijo más para la sala que para mí.

Sin más, giró la cabeza y, sin levantar la voz, pero con la misma autoridad que le profesa su título.

—Consejo de guerra. —añadió. —Ahora. Hay mucho que debatir.

Fue una indicación que no admitía demora.

Los oficiales en el hemiciclo se incorporaron con la coordinación de quien ha oído esas palabras mil veces; el murmullo se transformó ajustándose junto a los mensajeros haciendo reverencias y abandonando la sala.

El mundo se reorganizaba en torno a la decisión del trono.

El rey me hizo un ademán con la mano, un movimiento lateral que no era precisamente una invitación sino una remoción cortés.

—Retírate —dijo—. Permítenos ocuparnos de lo que corresponde a los que tienen que decidir.

Mi respiración se aceleró. No estaba invitado a esa reunión. Podía sentir el hierro del tiempo apretando mis sienes. Quería quedarme, explicar, suplicar que distinguieran entre culpables o inocentes, que entendieran la trampa tendida por Darmund.

Pero sus palabras ya eran un eco para la galería: lo importante allí era la apariencia de firmeza, el gesto de respuesta que calmara a las casas nobles y mantuviera el orden.

Sirl, que había permanecido en silencio junto a mi costado, me miró con la misma mezcla que yo sentía. Sus ojos buscaron los míos y, en un fugaz destello, me apretó el antebrazo. No dijo nada.

Hice una pequeña reverencia y me aparté del centro del salón.

A cada paso que daba hacia la salida, sentía la sala observándome, midiendo si mi marcha era la de un hombre que acepta la orden de su rey o la de uno que se retira a tramar otra cosa.

Ni siquiera yo sabía cuál de las dos sería verdad al final.

Salí, con Sirl a mi lado. Las puertas del salón del trono se cerraron tras nosotros con un estruendo seco que resonó en el pasillo sellando definitivamente el destino. El murmullo del consejo quedó atrás, ahogado por la madera maciza y los cerrojos, dejándonos a Sirl y a mí en silencio.

Caminó a mi lado unos pasos, contenida, pero al poco se detuvo. Yo también me frené al notar que no me seguía. Cuando giré, sus ojos me buscaron con una mezcla extraña: determinación y un dolor que intentaba disimular.

—Perdóname… —murmuró, apenas un suspiro—. Mis palabras… Tal vez he inclinado la balanza sin querer.

Su voz titubeó al final, con la certeza de lo que decía le desgarrase por dentro.

Levantó la mano, con un temblor casi imperceptible, y la acercó a mi rostro, intentando rozar mi mejilla con suavidad.

En su expresión había tristeza, arrepentimiento, y algo más profundo: una vulnerabilidad que pocas veces mostraba.

Pero en cuanto sus dedos estuvieron cerca, me asaltaron destellos fugaces, imágenes rotas de otro tiempo: mi madre sonriendo en los pasillos bañados de sol, sus manos acariciando mi rostro después de una caída, la risa compartida en días donde la vida parecía más sencilla.

La calidez de aquellos recuerdos se mezcló cruelmente con el dolor de su ausencia y el peso de todo lo que había cambiado desde entonces.

El choque entre pasado y presente me atravesó. Aparté su mano de un manotazo, seco, instintivo. El golpe no fue fuerte, pero sí suficiente para cortar cualquier puente que hubiese intentado tender en ese instante.

Le sostuve la mirada, seria, incapaz de disfrazar el torbellino que me devoraba por dentro. Sus labios se entreabrieron, queriendo decir algo más, pero no encontró las palabras.

Yo tampoco las busqué. Simplemente me di la vuelta y seguí andando, dejando que mis pasos resonaran contra la piedra del pasillo.

No miré atrás, siguiendo el camino empedrado que salía del castillo hasta la salida de Rayala.