Capítulo 49
El eco de lo sucedido aún flotaba entre las paredes, pero ahora quedaban únicamente cuatro regentes en sus tronos, sus semblantes pálidos, sus ojos sombríos. Los guardianes llenaban el lugar con refuerzos, permanecían firmes en su sitio, atentos a que ninguna chispa volviera a encenderse.
Elur me dio la palabra, avancé unos pasos, bajo la mirada pesada de todos ellos. Inspiré profundamente, reuniendo en mi voz todo lo que había escuchado en mi cautiverio.
—Cuando me capturaron —dije, con tono firme, aunque la garganta aún áspera por los golpes—, escuché a esos hombres discutir. Entre otras cosas, mencionaron que el verdadero objetivo era matar al rey de Noczar.
Los regentes intercambiaron miradas que iban desde la indignación al miedo. Elur levantó la mano, y el silencio volvió de golpe.
—Ya habéis oído al Emisario del rey —tronó—. Darmund no solo ha mancillado este consejo enviando un impostor, sino que planeaba destruir la paz desde sus cimientos, atacando con engaño. Esto es traición al tratado de paz, a la liga de Trizandia y a todo lo que el Anillo defiende.
La votación se llevó a cabo sin dilación.
Uno tras otro, los regentes alzaron su voz: primero Nerys, con la frente alta, condenando a Darmund; luego Cerion, con un gesto tenso, deseoso de desligarse de toda sospecha; tras él, Soraph, que habló con dureza, y finalmente Hatturi, que sentenció con un suspiro resignado.
Cuatro votos en común, cuatro sellos contra uno ausente.
—Darmund queda pues, expulsado de la Liga de Trizandia —dictó Elur —. Talorc será borrado del tratado, sus dominios no serán reconocidos mientras él o sus descendientes lo gobiernen. Que esta decisión sirva como recordatorio de que nadie está por encima del juramento que nos une.
Los regentes, todavía abatidos, giraron entonces sus miradas hacia mí. Y, uno tras otro, bajaron la cabeza en una disculpa solemne. Cerion fue el primero en hablar:
—No podemos devolverte el agravio, pero… pedimos que transmitas a tu padre nuestras más sinceras disculpas.
Soraph añadió:
—Que no dude de nuestra lealtad al tratado. Lo que ha sucedido hoy no nos representa a todos.
Nerys y Hatturi asintieron, con palabras semejantes.
Elur hizo un gesto, y un escriba se adelantó desde la penumbra con un pergamino en blanco y una pluma entintada.
Allí mismo, bajo la luz de las antorchas, los cuatro regentes redactaron y firmaron la carta.
En ella expresaban sus disculpas por todo lo ocurrido, sus votos de fidelidad a la paz y el compromiso de reparar el daño causado a través de un intercambio de emisarios para permitir inspecciones en cada ciudad estado fiel al tratado.
Añadiendo que Darmund no pertenecía más a el anillo, y que Noczar podía responder como considerase oportuno sin represalias por parte del resto de la liga de Trizandia.
Después, cada uno estampó su sello personal, y finalmente, Elur mismo colocó sobre la cera caliente el sello del Guardián del Anillo: la rúbrica suprema, que convertía aquel documento en un testimonio sagrado.
Me lo entregó con ambas manos, inclinando la cabeza con gesto humilde. El peso del pergamino parecía multiplicarse en mis dedos: no era solo papel, era la última esperanza de evitar una guerra contra toda Trizandia. No era la victoria que esperaba, pero era mejor que nada.
—Lleva esto a tu Rey —dijo Elur, mirándome con gravedad—. Que sepa que Trizandia no se doblega ante la traición, y que este Anillo sigue en pie, junto al tratado.
Sentí que la sala me observaba en silencio absoluto, expectante de mi reacción. Miré la carta, luego a ellos, y asentí despacio.
—Lo haré —dije, con voz ronca—. Y espero que baste para detener la sangre que ya pide ser derramada.
La reunión terminó entonces, no con vítores ni discusiones, sino con un silencio pesado, la calma que precede a la tormenta.
El descenso en el elevador fue lento, mucho más lento de lo que recordaba al subir. El traqueteo de las cuerdas resonaba en el aire recordándonos que estábamos dejando atrás el castillo, el Anillo, y todo lo que había sucedido allí dentro.
Sirl no había dicho ni una sola palabra desde que me rescató, su rostro se mantenía severo, distante, rodeada por un muro de hielo que no me dejaba acercarme.
Cuando por fin llegamos al campamento de la Legión al pie de la montaña, el bullicio de los soldados preparando la partida contrastaba con ese silencio incómodo entre nosotros. Sirl no me miraba, no me dirigía ni una sola palabra. Al final, no pude más y me acerqué, caminando junto a ella.
—¿Qué te pasa? —pregunté, intentando sonar sereno, aunque por dentro me corroía la preocupación.
—No te preocupes. Solo estoy enfadada conmigo —respondió, seca, con la voz contenida, parecía querer fustigarse con sus propias palabras—. He permitido que te llevasen. Tenía que haber estado más atenta. Ser más rápida.
Sacudí la cabeza y traté de restarle importancia.
—Has hecho lo que has podido. No me ha pasado nada. Estoy aquí, sigo de una pieza.
Me fulminó con los ojos, deteniéndose en mis heridas aun a medio curar.
—Eso no es excusa —sentenció—. He cometido un fallo, y los fallos se deben pagar.
Suspiré y bajé un poco la voz.
—No seas idiota. No pienso decir nada. Nadie tiene por qué enterarse.
—Yo me he enterado —replicó, tajante, sin vacilar.
Resoplé, frustrado por su tozudez.
—¿Porque siempre tienes que ser tan obstinada?
Entonces, para mi sorpresa, su gesto se suavizó. Una leve sonrisa se abrió paso entre la dureza de su rostro, cálida, casi traviesa, como hacía años que no la veía.
—Era una de las cosas que más te gustaba de mí cuando éramos pequeños.
Sus palabras me golpearon en el pecho con dureza.
Antes de darme cuenta, un recuerdo emergió con fuerza en mi cabeza: yo, de niño, en la cocina, enfurruñado tras una discusión con ella.
Mi madre, apoyada en la mesa, escuchándome con paciencia mientras yo bramaba contra la testarudez de Sirl.
Al final, mi madre había sonreído, acariciándome el pelo, y con esa voz calmada que todo lo resolvía, me había dicho: «Entonces es porque te importa.
¿A que sí? Te gusta más de lo que quieres admitir cariño».
Y yo, tras mucho protestar, había acabado mascullando que no, que lo único que me gustaba de ella, era su belleza. Obvia mentira.
Sacudí la cabeza con brusquedad, intentando apartar la imagen de mi madre y aquellas palabras, intentando arrancarlas de raíz de mis pensamientos. ¿Por qué siempre aparecían recuerdos en mi mente sobre mi madre cuando estaba con Sirl? ¿Por qué era tan fácil que me arrastrasen en esa dirección?
La miré de reojo, ella ya volvía a andar con paso firme, simulando que nuestra conversación no había ocurrido. Tragué saliva, intentando mantenerme centrado en el presente. Pero en lo más hondo de mí, esa mezcla de nostalgia, ternura y dolor seguía agitando mis entrañas.
El regreso a la frontera fue una marcha rápida, Sirl no quiso detenerse ni siquiera para beber agua, utilizando toda la fuerza de la que la legión bramaba.
Dos días que pasaron como un suspiro entre polvo, cascos de caballos golpeando la tierra y el peso del silencio que reinaba en la legión.
Yo apenas hablé, atrapado en mis propios pensamientos.
Solo hablé durante la única noche del viaje, en la que le pedí a Sirl, viendo que su intención era no detenerse por nada del mundo en aquellas tierras, que me dejara utilizar una pizca de aquellos polvos, en las antorchas de los soldados que bordeaban los flancos mientras permanecíamos en movimiento.
Observando cómo las llamas se teñían de un verde tenue y misterioso.
Cumpliendo con la promesa que le había hecho a Ilya.
A veces los legionarios las miraban con extrañeza, murmuraban entre ellos, pero nadie se atrevía a preguntar.
No volví a ver aquellos ojos plateados sin iris, ni sentir el frío en la columna que me heló aquella primera vez. Parte de mí lo agradecía; otra, no podía evitar sentir un vacío inquietante, algo que había quedado pendiente, acechando desde la sombra.
Cuando por fin llegamos a la frontera, las murallas nos recibieron erguidas y firmes.
Las enormes puertas se abrieron con un estruendo solemne, los goznes chirriando con fuerza, y el eco del metal retumbó anunciando nuestro regreso.
Atravesamos el umbral en formación, las filas de legionarios firmes y disciplinadas.
Apenas cruzamos las puertas de la frontera, nos permitieron un respiro.
Lo justo y necesario: un cuenco de comida caliente, odres de agua fresca y unas horas de sueño, para que hombres y caballos recuperasen un mínimo de fuerzas.
Sirl estaba impaciente por abandonar aquel lugar y los legionarios seguían su ritmo sin rechistar, conscientes de que su legatus no estaba contenta.
La orden de partida corrió entre las filas y la columna se puso en marcha, rumbo a la capital.
Fueron otros dos días de viaje. El polvo del camino se pegaba a la piel, y el cansancio pesaba en cada paso.
Cabalgaba con la mente atrapada entre recuerdos de lo ocurrido en el Anillo y la carta que llevaba conmigo, sellada con el emblema del maestro de los guardianes.
Aquella misiva pesaba más que cualquier armadura que recordara.