Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 48
58%

Capítulo 48

Abrí los ojos con un dolor punzante en la cabeza y un sabor metálico en la boca.

Ya no tenía la capucha de tela puesta. Estaba tumbado sobre la tierra húmeda, con las muñecas y tobillos atados por cuerdas ásperas muy apretadas que me cortaban la piel.

Me costó enfocar la vista, pero poco a poco distinguí siluetas alrededor: una veintena de hombres, todos vestidos de oscuro, susurraban con urgencia.

—La puñetera legión ya está en movimiento… —gruñó uno, apretando los dientes—. ¿Cómo demonios les han avisado tan rápido?

Otro negó con la cabeza, la voz tensa:

—No importa. Tenemos que reunirnos con los soldados al otro lado.

Un tercero escupió al suelo, frustrado.

—Madre nos matará si no conseguimos llevárnoslo. ¡Y debería haber venido el rey!, matarlo en su habitación y llevarnos al bastardo.

Sentí un pie estrellarse contra mi costado, sacándome un gruñido de dolor.

—Este malnacido —escupió uno de ellos—, maldito saco de huesos, intentando hacerse el héroe, metiéndose donde no le llaman… nos ha jodido todo.

Apreté los dientes, aguantando el dolor, mientras me arrastraban de un lado a otro.

Entonces, un sonido retumbó en la distancia: los cuernos de la legión. Graves, potentes, cada nota cargada de amenaza. El eco resonó en las colinas y hasta los enemigos palidecieron por un segundo.

—¡Mierda! —exclamó uno, mirando a los demás con pánico—. ¡Se acercan!

—¡Vamos, rápido! —ordenó el que parecía el líder—. ¡Levantadlo!

Dos de ellos me agarraron, uno de cada brazo, y comenzaron a arrastrarme torpemente mientras mis pies atados rozaban la tierra y las piedras. No tuve más remedio que dejar que mi cuerpo se sacudiera con cada tirón, mi respiración entrecortada, mi cabeza aún nublada.

El sonido de los cuernos se repitió, más cercano esta vez.

Sentía el cansancio todavía corriendo por mis músculos, pero poco a poco mi cuerpo empezaba a responder.

La regeneración siempre tardaba en arrancar…

pero cuando lo hacía, quemaba con fuerza.

Mi respiración se estabilizó, mis sentidos se agudizaron, y cada segundo me devolvía la fuerza que me habían arrebatado.

Esperé. Escuché. Observé.

Los cuernos volvieron a sonar, tan cerca que los mismos captores se tensaron.

—¡Mierda! —gruñó uno de los que me arrastraban.

Fue entonces cuando los cascos de caballos retumbaron.

Antes de que pudiera siquiera moverme, un destello plateado pasó a mi lado: la espada de Sirl rebanó de cuajo la cabeza de uno de mis captores, que cayó como un muñeco sin vida.

Ella pasó montada a toda velocidad, la capa ondeando tras de sí, y en un movimiento ágil saltó de su montura.

Aterrizó con la gracia de una fiera, desenfundando a la vez su espada corta.

La floritura con la que giró antes de cargar fue tan veloz como letal: la comandante de la Legión había llegado.

Ese era el momento.

Con un rugido de esfuerzo, salté con las piernas por delante y estampé ambas botas en el pecho del otro que me sujetaba.

El aire se le escapó en un gemido sordo mientras lo lanzaba hacia atrás.

Caí de espaldas sobre el cadáver del decapitado, y sin perder un segundo, mi mano fue directa a su cinto: sentí el frío de una daga.

La arranqué con fuerza y la llevé contra las cuerdas de mis muñecas, serrando con violencia hasta que se partieron.

Un latido después ya estaba libre.

Me incorporé como un resorte, girando la daga en mi mano, y me lancé contra el que había tirado de mí momentos antes.

Su espada descendió en un corte torpe, demasiado lento: lo desvié con la daga y avancé, hundiéndole la rodilla en el estómago.

El aire escapó de él y retrocedió, dándome espacio para preparar la estocada.

No estaba solo.

Darion irrumpió entonces entre la confusión, con dos legionarios pegados a su flanco. Los tres embistieron como lobos hambrientos, formando un muro de acero y disciplina. El choque de armas, los gritos de dolor y el olor metálico de la sangre llenaron el sendero.

Sirl ya estaba entre tres enemigos, sus dos espadas danzando en un remolino que cortaba carne, desviaba golpes y devolvía la violencia multiplicada. Su rostro era una máscara de concentración y furia, y por un segundo me sobrecogió: era como ver a la guerra encarnada.

Yo, todavía con la daga en la mano, me lancé contra otro enemigo.

La diferencia la marcó el peso de la disciplina.

Cuando Darion y los dos legionarios se reagruparon y cargaron, aquello dejó de ser un combate disperso para convertirse en un martillo que aplastaba insectos.

Su fila a pesar de ser solo tres, era de hierro y sincronía: empujaban en bloque, levantaban escudos, clavaban lanzas.

Los atacantes, desorganizados y sorprendidos, dejaron escapar florituras de furia que no tenían ya dónde sostenerse.

Vi cómo una lanza atravesaba el flanco de uno de los que había intentado arrastrarme; su grito se ahogó en la tierra.

Otro intentó huir hacia los árboles, pero un legionario con la frente sangrando lanzó su lanza y lo tumbó como si fuera un saco.

Sirl, a mi lado, no regaló misericordia: su hoja corta cortó tendones como quien siega hierba, y su larga, más pesada, mandó cuerpos al suelo con un golpe seco de tal precisión que casi parecía coreografiado.

Yo luchaba con la daga en la mano, pero ya no era el centro del combate: empujé, pinché, aparté a quien osara acercarse a mí.

Uno a uno, los atacantes fueron cayendo: algunos por espada, otros por lanza, unos pocos por el peso del propio cuerpo cuando intentaban levantarse con la respiración rota. El barro se mezcló con la sangre.

En apenas unos minutos quedaban solo un par de aquellos soldados que todavía respiraban, gemían con la boca llena de polvo, otros ya no harían más ruido.

Sirl estaba pegada a mí cuando el último cayó.

Respiraba con tranquilidad. En sus ojos ardía una llama fría.

No vi en ella satisfacción; vi algo más profundo: la rabia de quien no tolera que le mancillen lo que protege.

Secó la sangre de la punta de su espada con el dorso de la mano y me miró de reojo, comprobando que estaba a su lado y nadie cerca para llevarme de nuevo. Apretó la mandíbula.

—¿Estás bien? —preguntó, aunque su voz quería cortarse en la palabra.

Me miré: la frente hinchada, un corte en la sien que escupía un hilo rojo, moretones nuevos en costado y muslo. Dolía, pero la cura interna ya empezaba a hacer su trabajo. Asentí con la boca seca. Noté que mi torso ardía por la adrenalina que todavía corría.

El que había dado la orden, el que me había llamado «saco de huesos» cuando me pateó, yacía con la garganta abierta y los ojos en blanco.

Uno de los legionarios clavó la punta de su lanza en el costado del cadáver para asegurarse de su destino.

No había heroísmo en ello, sólo el frío ejercicio de la guerra.

Sirl me arrastró hacia un tronco cercano donde me sentó con brusquedad y Darion se acercó con un odre con agua y un estuche de parches. Me los tendió. Miré a mi alrededor mientras me ponía un parche en el corte de la sien.

Los hombres de negro estaban reducidos a sombras inertes; los cascos de la Legión relucían al fondo acercándose, y la figura de Elur apareció entre ellos, recorriendo la escena con calma.

—Menudo despropósito —dijo, seco—. Que los que queden vivos hablen. Que nos expliquen quién los mandó.

Un legionario arrojó una cuerda al suelo y otro la recogió para atar a uno de los supervivientes. Algunos de nosotros ayudamos a arrastrar cuerpos fuera del claro; otros vigilaban el perímetro. No hubo regocijo, sólo una fatiga concentrada en los músculos que pedían descanso.

Sirl se quedó a mi lado mientras me ayudaban a ponerme la capa algo torpemente. Finalmente, se inclinó y, con voz apenas rota por la rabia, murmuró:

—Lo siento.

Esbocé una sonrisa, cansado, agradecido.

—No te preocupes —acepté—. Ha sido un rescate asombroso.

Luego miró a Elur, con amenaza y rabia. Él, aunque no reaccionó durante unos segundos contra su mirada, dijo tranquilo:

—Lo lamento, esto no debería de haber pasado. Es algo inaudito. Jamás había pasado algo así. Sé que no es excusa. Pero hablemos en el Anillo, por favor.

Sirl me ofreció un gesto breve, casi imperceptible de negación. Y noté como iba a abrir la boca para rechazar la invitación de Elur. Pero me adelanté.

—Mas vale que tengáis una solución para lo que acaba de ocurrir.

Elur se limitó a asentir, con denotada vergüenza.

Y juntos nos encaminamos de nuevo hacia el anillo de regentes.

Los ecos de los pasos de la escolta resonaban por las escaleras en espiral cuando alcanzaron el salón central del Anillo. Allí, donde las escaleras confluían igual que ríos hacia un mismo lago de piedra y columnas, el aire estaba cargado de un veneno que no venía de armas, sino de gargantas.

Los regentes se habían dividido en dos bandos claros: de un lado, tres de ellos defendían el tratado, vociferaban, sus rostros encendidos por la indignación.

—¡Necios! ¡Ciegos! —tronó Soraph, la más anciana, temblando con cada palabra—. ¡Si seguís por ese camino, nos arrastrareis a todos al desastre!

A su lado, los otros dos se sumaban, Nerys llamando «traidores» a los contrarios, Hatturi alzando un puño que bien parecía a punto de descargarse contra ellos.

Del otro extremo, Cerion y Talorc respondían con igual furia, sus voces un choque de acero verbal.

—¡Los necios sois vosotros! —vociferaba Cerion, con el rostro rojo de ira—. ¡Yo no tengo nada que ver con lo que está ocurriendo!

El griterío se elevaba. Soldados de ambos bandos, situados detrás de sus regentes, se observaban con las manos inquietas sobre espadas y lanzas. Los dientes apretados, las miradas encendidas, todo anunciaba que una chispa bastaría para convertir aquel salón en un matadero.

Los guardianes del Anillo habían formado una barrera entre ambos grupos, extendiendo brazos y lanzas, conteniendo con dificultad la marea de odio.

Los cascos relucían bajo la luz de los cristales suspendidos en el techo, y el sudor brillaba en las sienes de quienes sabían que un mal movimiento podía convertirlos en los primeros cadáveres de la contienda.

Y entonces, cuando el caos parecía insostenible, la voz de Elur atravesó la sala igual que un relámpago en plena noche.

—¡Basta!

El rugido rebotó contra las paredes del gran salón, golpeó columnas y escaleras, y cayó sobre todos. El murmullo de los soldados se cortó en seco; los regentes con la boca aún abierta en pleno insulto.

Elur avanzó un paso, su figura alta imponiéndose en el centro, el bastón en la mano firme, la túnica ondeando. Sus ojos, dos brasas templadas en hielo, recorrieron a cada uno de los presentes con una severidad que obligaba a bajar la mirada.

El murmullo quedó sofocado. Nadie osó romper ese instante en que el guardián había tomado el lugar que le pertenecía por derecho: el árbitro entre voces, el peso que recordaba a todos que aún existía orden bajo aquel techo.

—Habéis avergonzado al Anillo de Regentes —dijo Elur con una voz que no admitía réplicas—. Habéis manchado la neutralidad de estas paredes con vuestras querellas y vuestras maquinaciones.

En ese momento, Darion se adelantó con gesto seco y, sin ceremonias, arrojó al suelo un manojo de insignias metálicas: las divisas, los colgantes y las señales que identificaban a los hombres que me habían intentado secuestrar, como parte de Darmund.

Rodaron por el mármol y tintinearon con destellos plateados mientras se extendían por el suelo.

Cerion se quedó blanco un instante; luego, señalando con el dedo tembloroso hacia las insignias, estalló:

—¡Veis! ¡Veis lo que os decía! ¡Yo no tengo nada que ver con esto! ¡Malditos necios! —gritó, apretando la mandíbula.

Talorc se encogió de hombros, un gesto mínimo, y trató de abrirse paso hacia la escalera que llevaba a su ala, queriendo retirarse a la seguridad de su dominio.

Pero los guardianes, que se colocaban entre las facciones, no se lo permitieron, le cerraron el paso con lanzas alzadas y los rostros inmutables.

Los soldados de Darmund a su alrededor tensaron los músculos, arrancando a gruñidos la furia contenida, listos ya para saltar a la mínima chispa.

Fue entonces cuando sucedió lo imposible: mientras algunos aún forcejeaban y los murmullos se enredaban, la cara de Talorc, o más bien el rostro que ocupaba su lugar, comenzó a contorsionarse.

Primero fue un estremecimiento en la mandíbula; luego la piel pareció moverse desde dentro.

Sus rasgos se deformaron, los ojos se hundieron, la boca se abrió en una mueca que no era humana.

El cambio fue grotesco y rápido, igual que si alguien se hubiera puesto delante de nosotros una máscara y, de pronto, la arrancara de cuajo.

Un silencio helado nos recorrió a todos. Incluso Cerion se llevó la mano a la boca. Los dos súbditos junto a él retrocedieron, sin saber si obedecer o huir.

Elur dio un paso adelante con el bastón levantado y la voz le explotó en la garganta:

—¡Sacrilegio! —bramó—. ¿Cómo osáis enviar un impostor a estos muros sagrados? ¿Qué clase de burla es esta contra el Anillo?

Su orden cayó como un martillo:

—¡Decapitadlo y arrojadlo por el borde de la montaña!

Hubo un segundo de estupor, de incredulidad.

Los guardianes se miraron entre sí, rígidos, y sin vacilar dos de ellos se lanzaron hacia la figura desfigurada.

Entre los gritos y las órdenes cortas, las armas empezaron a alzarse.

Los hombres de Darmund, furiosos, intentaron reaccionar; algunos aún no sabían si aquello era artimaña o engaño, pero su sangre ardía.

Yo me quedé con la daga aún caliente en la mano. La revelación colmaba el aire de un hedor a traición que me revolvía el estómago. Sirl estuvo a mi lado en un parpadeo, la mano firme sobre la empuñadura, los ojos afilados.

—¡Guardianes! —ordenó Elur con la voz de quien no concede mediaciones—. Que los supervivientes sean apresados y las bocas cerradas. Quien quiera que ordenase esto, dará cuentas ante el Anillo.

Los guardianes sujetaron al impostor con cadenas y correas, y mientras lo arrastraban hacia el centro.

Cerion, aún sacudido, jadeaba algo sobre traición y pruebas.

Los soldados se miraban con odio contenido, y la tensión, que ya había sido insoportable, tomó una nueva forma: la certeza de que no podían ya volver a confiar en nadie.

Me quedé allí, observando cómo ataban al falso regente, que se limitaba a reír a carcajadas, gobernado por una aparente locura. Todo había escalado en un suspiro.

Sabía, con una claridad fría, que aquello no acabaría en la cima de la montaña aquella misma noche: la llamarada que se había encendido iba a devorar muchas cosas por el camino.

Cuando finalmente los guardianes pudieron poner en orden la situación, Elur solicito una reunión de emergencia, a regañadientes los regentes acabaron aceptando.

Y nos dirigimos hacia la sala del anillo una vez más.