Capítulo 47
Elur carraspeó suavemente frente a su trono. Las conversaciones en la majestuosa sala se apagaron y, con un gesto solemne, anunció la reanudación de la asamblea. Yo volví a sentarme, sintiendo de nuevo aquel peso sofocante que se respiraba en la sala.
Los regentes ya no tenían la exaltación de antes; sus rostros se habían vuelto máscaras calculando la situación, sus palabras medían cada sílaba.
El regente de Vernade tomó la palabra primero.
Con una sonrisa que no me inspiraba confianza, añadió que estaba dispuesto a aceptar la inspección de los Guardianes en sus tierras si eso ayudaba a calmar sospechas.
Algunos de los demás asintieron, otros murmuraron entre ellos. Yo me limité a observar.
El debate se fue arrastrando lentamente.
Cada regente hablaba, respondía, devolvía pullas disfrazadas de cortesía.
Uno de ellos propuso redactar informes semanales para demostrar lealtad; otro sugirió un intercambio de embajadores, una forma elegante de vigilarse unos a otros.
Sonaban como ideas sensatas, pero en mi cabeza eran arena: nada que contuviera el agua que ya se escapaba entre sus dedos.
Talorc esperó su turno hasta casi el final.
Cuando habló, lo hizo con voz grave y mesurada, fingiendo que su única preocupación era el bienestar del continente entero.
Habló contando varias escaramuzas que había tenido con los rebeldes.
Sus palabras parecían dirigidas al bien común, pero había algo demasiado pulido en su discurso, una daga escondida bajo terciopelo.
Lo escuché con el ceño fruncido, sin poder evitar que una punzada de desconfianza me atravesara el pecho.
Sabía que aquellos soldados a los que me enfrenté en el campamento donde rescaté a Ilya, venían de su región.
Elur se mantuvo en silencio mientras cada uno se expresaba.
El tiempo corría, lo sentía en mis huesos, y a la vez parecía que nada avanzaba de nuevo.
La luz que entraba por las aberturas del techo cambió de matices, del blanco pálido al dorado más pesado de la tarde.
Yo ya no sabía si me dolía más la espalda por la rigidez de la silla o la cabeza por el veneno de aquellas palabras.
Por momentos quise intervenir, soltar que aquello no era suficiente, que las excusas y las promesas no detendrían los ataques ni devolverían la vida a los muertos.
Pero me contuve. Dejé que mi silencio trabajara, que mi mirada recorriera los gestos, los dedos crispados de uno, la sonrisa demasiado controlada de otro.
La política era un campo de batalla distinto, pero igual de cruel.
Cuando la penumbra comenzó a insinuarse por las ventanas altas, Elur finalmente se levantó. Sus ojos recorrieron a cada regente, luego a mí.
—Todo lo expresado ha quedado registrado, y cada palabra será recordada bajo la fe del Anillo. Descansemos. Mañana, zanjaremos las medidas que se adoptarán y las ofrendas que se darán a Izzarian, que hará llegar al rey de Noczar.
Nadie protestó. Quizá todos estaban igual de agotados que yo.
Me incliné hacia Elur en señal de respeto, aunque por dentro lo único que quería era aire fresco.
Nos levantamos uno a uno, las ropas rozando el suelo, el eco de los pasos llenando el silencio.
No hubo más discursos, ni apretones de manos, ni cortesías innecesarias.
Solo el peso de lo no resuelto, flotando en el aire.
Cuando crucé las puertas, sentí que acababa de librar una batalla sin acero ni sangre, pero que aun así me había dejado tan exhausto como cualquiera.
Elur nos guio en el ala de los Guardianes hasta los aposentos, en silencio.
Apenas cruzamos un par de palabras por el pasillo: yo no tenía fuerzas y Sirl, supongo, tampoco quería añadirme más peso encima del que ya cargaba.
Al llegar, Elur me dio un asentimiento solemne y se marchó por otra galería.
Sirl, en cambio, señaló la puerta frente a la mía con un gesto sencillo.
—Si necesitas algo —dijo—, llama.
Asentí. No tenía energías para discutir ni para bromear. Le dediqué una sonrisa cansada y entré a mi cuarto.
El silencio me envolvió. Cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama, con los brazos extendidos tras la nuca y los ojos fijos en el techo.
La madera crujía suavemente con el viento nocturno que se colaba por las rendijas.
Mi cabeza palpitaba. Sentía un dolor sordo, cada palabra envenenada escuchada en el Anillo seguía retumbando por dentro.
Suspiré hondo. ¿Qué podía decirle a mi padre que lo hiciera desistir?
Ninguna verdad bastaría, ninguna promesa frenaría la cólera de un rey herido en su orgullo.
Todo lo que había visto en esa sala eran medias verdades, excusas y promesas huecas.
Me estaba engañando al pensar que podría detener lo inevitable.
La guerra… la guerra era lo único que entendía esta patética humanidad.
El cansancio acabó por vencerme. Mis párpados pesaron y, entre pensamientos rotos y oscuros, me hundí en un sueño inquieto.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que un ruido me arrancó de golpe de aquel sopor. Abrí los ojos, la habitación estaba sumida en penumbra. Al principio creí que había sido un sueño, pero entonces lo oí de nuevo: un raspado metálico, leve pero inconfundible, justo en la dirección de la ventana.
Me incorporé de un salto, con la respiración contenida. La ventana daba al vacío, a cientos de metros de altura. Nadie podría…
El sonido se repitió, esta vez más claro. Un garfio se enganchó en el marco de piedra con fuerza, la cuerda tensándose en la oscuridad. Mis músculos se forzaron de inmediato.
—No me jodas… —murmuré entre dientes, alargando la mano hacia la espada.
Antes de alcanzarla, otro garfio se clavó junto al primero. La madera del marco gimió bajo la presión. Avancé hacia la cuerda con la intención de cortarla. Un latido después, una silueta oscura trepó con agilidad, irrumpiendo en la habitación sin un solo sonido más allá del roce de su ropa.
Vestía completamente de negro, el rostro cubierto, los ojos dos carbones brillando bajo la capucha. Apenas tuve tiempo de desenvainar.
Su daga destelló en la luz tenue. Yo interpuse mi acero, el choque resonó con un chasquido metálico. El impacto me recorrió el brazo, pero logré desviar la hoja. Contraataqué con un tajo bajo, obligándolo a retroceder. El intruso se movía como una sombra, rápido, preciso, letal.
Gruñí y arremetí de nuevo, un corte directo al torso. Él lo esquivó de lado, pero se encontró con mi rodilla en el estómago. Jadeó, y aproveché para estrellarlo contra la pared. Su cabeza chocó con un golpe sordo y el cuerpo cayó al suelo.
No hubo tiempo de respirar. Dos siluetas más irrumpieron por la ventana, balanceándose en las cuerdas y entrando casi al unísono. Sentí cómo la adrenalina se entremezclaba con el elixir y me prendía las venas, cómo mi corazón martilleaba con fuerza.
—¡Vamos! —dije, apretando la empuñadura con ambas manos. Esto si se me daba bien.
Uno portaba una espada corta, el otro, dos cuchillos curvos.
Se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo.
El acero brilló en la penumbra, y el primero que llego a mi cayó como un saco contra la pared, apenas un golpe bien colocado y estaba fuera.
No tuve tiempo ni de respirar cuando otros dos entraron casi al mismo tiempo.
El de la espada corta vino directo a mi cuello; lo recibí con un giro de muñeca, desviando el filo, y con la otra mano lo empujé contra los dos de la ventana. Tropezaron entre sí y me regalaron un segundo precioso.
Gruñí, avanzando sobre ellos.
Otro con cuchillos curvos recuperó el equilibrio y lanzó un tajo rápido; lo esquivé ladeando la cabeza, sentí el aire cortarse a un palmo de mi mejilla.
Mi acero respondió más rápido que su segundo ataque: lo atravesé en diagonal, de hombro a costado.
El grito se ahogó en su garganta y se desplomó contra el suelo.
El otro apenas tuvo tiempo de reaccionar. Con un golpe seco en la muñeca lo desarmé y, antes de que retrocediera, le planté una estocada corta en el vientre. Se dobló sobre sí mismo, escupiendo sangre, y cayó junto al primero.
La sangre me hervía. Pero entonces, cuando creía haber terminado, otros dos saltaron dentro, ágiles como gatos.
—¿Pero cuántos malnacidos habéis venido a por mí? —escupí con rabia, girando la espada.
Se abalanzaron de inmediato, y tuve que retroceder, bloqueando un tajo tras otro. Era como bailar en la penumbra, acero contra acero. Los controlaba bien, hasta que un tercer intruso se escurrió por la ventana, cerrándome el paso de nuevo.
El combate se volvió una tormenta de choques y fintas. La habitación era demasiado estrecha para tantos cuerpos. Conseguí herir al del costado con un corte en la pierna, pero antes de rematarlo, algo cambió.
Dos más entraron. No llevaban armas. Alzaron las manos, sus labios murmurando un canto áspero, gutural. De sus palmas emergieron sombras líquidas que reptaron por el suelo. Sentí el frío de la magia anclarme las muñecas.
Intenté resistir, pero las manos sombrías me sujetaron con una fuerza imposible.
Traté de gritar para alertar a Sirl, pero una presión invisible me ahogó la voz en la garganta. Solo me quedó un gruñido ahogado.
Uno de los que ya había herido, tambaleante y con el costado manchado de rojo, se acercó con el rostro desfigurado por la furia. Me golpeó de lleno en la cara. La cabeza me estalló en dolor. Golpeó otra vez. Y otra. La sangre me llenó la boca.
—¡Basta! —le gritó otro de ellos, conteniendo su brazo—. Las órdenes son capturarlo, no matarlo.
—¡Ya lo sé! —respondió entre dientes, y aun así me descargó otros dos puñetazos—. ¡Ha matado a Qun!
Sentí el mundo darme vueltas. Mis rodillas flojearon. Entonces me golpeó una última vez, en la sien con el pomo de su espada. Un destello blanco cruzó mis ojos, y el suelo pareció hundirse debajo de mí.
Un saco áspero me cubrió la cabeza de golpe, el olor rancio de la tela me llenó los pulmones. Noté cuerdas rodeando mi cintura y tirando de mí hacia la ventana.
Entre destellos de conciencia, mientras mis pies eran arrastrados al vacío, oí cómo la puerta saltaba hecha astillas.
La voz de Sirl inundó la sala con mi nombre en un grito ahogado, seguido del sonido de una espada desenvainada.
Escuché el choque de aceros, luego una espada cortar la carne y el hueso.
Me tensé durante un segundo hasta que escuché a Sirl llamarme de nuevo mientras seguía escuchando los golpes de sus espadas.
Su voz sonaba con horror. Quise extender una mano hacia ella, pero la mezcla de sombras y cuerda me tenían preso.
Su grito resonó otra vez en la habitación, una mezcla de rabia y miedo, mientras yo caía al vacío entre nubes y viento helado.
La cuerda tiraba de mí, bajándome rápido como un fardo. El rugido del aire me golpeó los oídos. Intenté resistirme, pero la oscuridad me devoraba.
Mi último recuerdo fue el eco de su voz desesperada, antes de que la inconsciencia me arrastrara por completo.