Capítulo 46
Salí de la sala arrastrando los pasos. Nadie pareció notarlo; la gente se dispersaba en grupos, murmurando, los súbditos de los regentes ya en conversaciones en voz baja.
Me deslicé por un corredor hasta encontrar una ventana enmohecida que daba al lado opuesto de la montaña.
Me apoyé contra la piedra fría del alféizar y dejé que el vacío de la cúpula me cayera encima.
Miré mis manos. Tenían la costumbre de moverse con decisión en combate: agarrar, empuñar, defender.
Aquella mañana, sin embargo, temblaban ligeramente.
Las letras, las leyes, las sonrisas medidas...
todo eso me sentaba mal. Sentía que había traicionado una parte de mí solo por estar sentado en esa silla; que me faltaban palabras correctas y me sobraban rabia y honestidad.
Luchar era más fácil , pensé, recordando el roce del acero. Aquí todo era arena movediza.
El olor a incienso llegaba a través de la rendija; el murmullo de pasos y voces lejanas componía una música que yo no sabía bailar.
Cerré los ojos un momento y noté la respiración acelerada, el nudo en la garganta.
¿Qué podía aportar yo en un lugar donde las frases se pesaban con guante de seda y las medias verdades sonaban a declaraciones solemnes?
Sirl no hizo ruido al acercarse. Se quedó detrás de mí, junto al hueco de la ventana, y por unos segundos no dijo nada. Sentí su presencia, firme, templada, que no exigía heroísmos, solo que volviera a poner los pies en el suelo.
Cuando se inclinó, la vi de perfil: la línea fuerte de la mandíbula, la cicatriz apenas visible en el brazo, las palmas callosas que habían empuñado lanzas, espadas y escudos.
Extendió la mano con la naturalidad de quien sujeta la empuñadura de una espada.
Sus dedos se cerraron sobre los míos con una presión segura, lo justo para transmitir que estaba ahí.
—Lo has hecho bien —dijo ella con calma en la voz.
Mi primer impulso fue apartarme en negativa.
—¿Seguro? —musité—. Nunca en todos mis años he participado en algo así. No debería haberme presentado para esto. Odio las mentiras, odio la política... las palabras venenosas que se escupen en esa sala me revuelven el estómago.
No esperaba que ella hablara de lo que yo odiaba, como si lo supiera sin que lo dijera. En vez de recriminarme, reforzó su agarre y acercó la palma a mi muñeca, anclándome al momento.
—No es lo mismo que pelear —admitió—. Pero has tenido que pelear en otros frentes toda tu vida. Esa honestidad te hace peligroso para algunos, sí. Y valioso para otros. Has escuchado, has visto. Has enfrentado la verdad sin esconderla detrás de adornos.
Sus palabras no eran un elogio barato; eran una evaluación sencilla, como las órdenes que daba a su legión. Sentí cómo su respiración se acomodaba a la mía. Empecé a contar, sin darme cuenta: inspirar, tres; expirar, cuatro. Las manos dejaron de temblarme al ritmo de esa cuenta.
—Confía en ti —insistió—. No porque esperes ser perfecto, sino porque tu intención está en el lugar correcto. Eso pesa más de lo que crees cuando todo lo demás son trajes y mentiras.
La voz de Sirl tenía un tono que no admitía réplica, pero tampoco exigía sumisión. Era una verdad dicha en voz baja que deslizó por mi nuca hasta ocupar un hueco donde la duda había hecho nido.
Respiré más hondo.
Su agarre se aflojó un poco, y al notar que mis dedos ya no vibraban, me soltó.
Nos apoyamos los dos en la valla de piedra de la ventana.
Delante, un mar de nubes se extendía, la cima de otras montañas asomaba pareciendo pequeñas islas en aquel océano.
La luz del atardecer se iba filtrando entre las nubes, dorando las puntas con una calma que no parecía pertenecer al lugar en el que estábamos.
Me quedé mirando ese panorama, dejándome empujar por la neutralidad de las alturas.
El mundo, desde allí, se veía ordenado y ajeno.
—Este sitio es demasiado bonito para ellos —dije al fin, con una sonrisa que intentaba ser bromista y salió un poco rota.
Ella rio, un sonido corto y genuino que me obligó a relajar la espalda contra la piedra.
—Tal vez —contestó—. Pero no elegimos los paisajes que nos quedan bien. Nos quedan los que nos tocan.
La marea de las nubes se movió lentamente; un rayo de sol se coló y nos tostó la piel por un instante. Sirl cerró los ojos, disfrutando la tibieza como si fuera un privilegio robado.
—Vamos a comer —propuso después—. Necesitas llenar algo más que el estómago.
Asentí. Me giré una última vez hacia la cúpula que nos había enmarcado la mañana. Había incertidumbre, sí. Había mentiras posibles. Pero mis intenciones eran claras. Salir de allí sin una guerra era sobrevivir. Salir de allí encontrando el culpable sería un milagro.
Elur avanzaba con paso ágil por el pasillo principal, y nosotros lo seguíamos. Sirl caminaba a mi lado, flanqueada por sus dos Primus, mientras varios guardianes del anillo nos escoltaban en silencio. El aire se volvió más ligero a medida que nos adentrábamos de nuevo en el ala de los guardianes.
Elur empujó las puertas dobles de la amplia sala, iluminada por antorchas de luz azulada. El aroma de la comida recién servida llenaba el lugar. Varias figuras se sentaban ya alrededor de una mesa larga, y el murmullo de conversaciones se apagó apenas entramos.
Nos sentamos juntos, Sirl a mi lado. Observé mientras partía un trozo de pan que los hombres que ella había designado acompañarnos estaban allí, sentados en bancos al lado de la chimenea: sus cuerpos eran más ágiles que los de un legionario común, con menos músculo, pero con una tensión latente bajo la piel, como si cada fibra estuviera entrenada para moverse sin aviso.
Llevaban armaduras ligeras, más cuero reforzado que aleación priur, y al cinto una espada larga y otra corta, sin adornos.
—¿Qué son? —pregunté en voz baja, inclinándome un poco hacia Sirl.
Ella esbozó una sonrisa leve, una que no alcanzaba a suavizar del todo su porte de mando.
—Son mis Primus —respondió—. La élite de mi legión. Cada legión Aetheria tiene una unidad así, entrenada personalmente por su legatus. Todos los que ves aquí son… mis aprendices y mi guardia más próxima y fiel.
Su mirada recorrió la sala, y los Primus respondieron con una leve inclinación, sin dejar de observarnos.
—Aquí arriba —añadió Sirl, señalando con un gesto sutil hacia las ventanas que daban al abismo—, un castillo en la cima de una montaña no necesita soldados soberbios si estalla una pelea. Necesita rapidez. Confío en ellos más que en cualquier muralla.
Asentí, y sin poder evitarlo, una sonrisa se dibujó en mis labios.
Había una razón por la que era la Legatus más joven de Noczar.
Yo no había pensado más allá de mis obligaciones, mientras que ella había reaccionado frente a una situación con una rapidez asombrosa, eligiendo quien debía subir con nosotros allí.
Verla rodeada de su gente, fuerte, respetada, con esa calma que solo tienen los que saben quiénes son… me hizo sentir orgullo.
—¿Y dirías que son mejores que Darion luchando? —pregunté con media sonrisa, mientras dejaba el vaso sobre la mesa.
Sirl soltó una risa corta, franca, que atrajo la mirada de varios de sus Primus.
—Puede que algunos sean mejores con la espada —dijo, girando el rostro hacia mí con una chispa divertida en los ojos—, pero a puñetazo limpio lo dudo mucho.
No pude evitar sonreír, recordando los martillazos que aquel segundo era capaz de dar. Aún podía sentir el eco de uno de ellos en mi hombro.
Sirl me observó un instante, y su tono se suavizó.
—¿Estás más tranquilo ahora?
Asentí despacio, apartando la mirada hacia una de las ventanas. La niebla se arremolinaba tras el cristal, tragándose el cielo.
—¿Sabes lo que vas a decir? —preguntó entonces, con voz más baja.
Me quedé un momento en silencio. El reflejo del vacío me devolvía una mirada más seria de lo que pretendía mostrar. Inspiré hondo y solté el aire con un suspiro.
—No creo que diga nada, todavía —respondí al fin—. Mi objetivo sigue siendo el mismo. Me da igual lo que el rey quiera… si puedo impedir una guerra, lo haré.
Sirl asintió con una sonrisa ligera, apenas perceptible, pero sincera.
Terminamos de comer sin mucho más que añadir, con el peso de la conversación flotando en el aire. Cuando los platos quedaron vacíos, las campanas del castillo resonaron sobre los pasillos.
Nos pusimos en marcha, dejando atrás el calor de la sala.
Esta vez, con la mente fría y el propósito claro, avanzamos hacia la sala del anillo.