Capítulo 45 #2
El hombre era una presencia imponente, el tipo de figura que llenaba la sala sin necesidad de alzar la voz.
Llevaba una barba espesa y trenzada, adornada con pequeños anillos de cobre que brillaban con cada movimiento, y unos hombros tan anchos como el trono en el que reposaba.
Vestía pieles oscuras sobre una armadura ligera, marcada por el polvo del viaje, como si hubiera llegado directamente de una escaramuza sin tiempo siquiera de limpiarse la sangre ni el cansancio.
Sus ojos grises me atravesaron con la serenidad y la dureza de una montaña ante el embate del río: inmutables, pesados, antiguos.
Cuando se inclinó, lo hizo con la solemnidad de quien cumple un rito más que por verdadera cortesía.
Elur entonces levantó la mano y añadió:
—Doy por iniciada pues, la reunión de la Liga de Trizandia bajo la supervisión de los Guardianes del anillo. Que cada palabra aquí dicha quede registrada en nuestra memoria, y que ninguna mentira escape al juicio de los dioses ni al nuestro.
El silencio que siguió fue tan pesado que casi podía sentirlo sobre mis hombros.
La primera en hablar fue Nerys de Valdora. Con un gesto delicado acomodó sus velos de seda y sonrió con disimulada cortesía.
—Mis puertos continúan abiertos, mis rutas vigiladas. Ninguna nave de Valdora ha sido usada para quebrantar el tratado. Que nadie intente manchar el honor de mi ciudad con falsos rumores.
Su voz melosa no ocultaba lo evasivo de sus palabras; parecía más interesada en no perder negocios que en aclarar sospechas.
Le siguió Hatturi de Mursilum.
—Ninguna espada, ninguna lanza salida de mis forjas ha aparecido en manos enemigas. Mis talleres no se venden a traidores. Quien lo afirme, miente.
Su tono fue duro. No dejaba resquicios, aunque precisamente esa rotundidad me sonó ensayada.
Después habló Soraph de Arvandor, ajustándose con calma un rollo de papiro que sostenía en el regazo.
—Mis archivos son claros. Ninguna orden sospechosa, ningún indicio de connivencia. En Arvandor la palabra escrita prevalece, y no hay palabra alguna que nos incrimine.
Serena, lógica, distante. Casi parecía que hablaba una biblioteca y no una mujer.
Entonces intervino Cerion de Vernade. Su rostro era severo, pero sus ojos transmitían el cansancio de alguien al que ya habían acusado demasiadas veces.
—He de asumir que es cierto —dijo, con voz firme—. Se halló un túnel que conectaba mis tierras con Noczar. No lo negaré. Pero fue destruido en cuanto lo descubrimos. No se volverá a abrir túnel alguno en Vernade que sirva a los enemigos de este tratado que tanto respetamos.
Era convincente, demasiado convincente. Como si hubiese repasado la frase frente a un espejo.
Por último, Talorc de Darmund se inclinó hacia delante, golpeando con un puño el brazo de su silla. Su voz rugió en la sala:
—Esta reunión es absurda. ¡Mi tierra está siendo saboteada! Tengo facciones rebeldes que actúan desde las sombras, pero no me tiembla la mano para erradicarlas. Estoy combatiéndolos con todo mi poder. ¡Ningún regente puede acusarme de traición mientras lucho contra los mismos enemigos que vosotros!
Su dramatismo era tan excesivo que resultaba sospechoso. Gritaba como víctima, pero sonaba como quien intenta ocultar algo tras el estruendo de su voz.
Me quedé en silencio, observando cada gesto, cada mirada esquiva. Todos se defendían, todos parecían tener excusas que los eximían… sin embargo, la duda seguía flotando sobre la sala.
Elur se incorporó en su asiento y, tras recorrer con la mirada a cada regente, anunció con solemnidad:
—Muy bien. Los regentes han expresado sus argumentos iniciales. Ahora, corresponde al invitado de esta asamblea: ¿deseas añadir algo?
Me incliné con la cabeza, en un gesto de respeto hacia Elur, y respiré hondo. Las palabras se me agolpaban, pero debía escoger con cuidado. No podía permitirme parecer ingenuo… ni tampoco acusar sin pruebas.
—He escuchado —dije despacio, dejando que mi voz se extendiera en la sala circular— cada una de vuestras defensas. Y si algo he aprendido en estos días, es que las palabras son fáciles de pronunciar, pero los hechos son los que al final nos juzgan.
Un murmullo ligero recorrió la sala. Continué, recorriendo con mis ojos a los cinco regentes:
—No pretendo señalar con el dedo ni levantar falsos cargos. Pero lo que ha ocurrido… ha ocurrido. Y nada cambiará ese hecho. Los túneles no se cavan solos. La aleación de priur no se consigue fuera de Noczar. La rebelión que estalla en un territorio no nace sin raíz.
Hice una pausa, dejando que mis palabras se asentaran.
—No estoy aquí para enemistarme con ninguno de vosotros, sino para buscar una forma de arreglarlo sin un derramamiento de sangre. Pero os advierto: las mentiras siempre dejan rastros. Y tarde o temprano, se descubren.
Me incliné un poco hacia atrás, midiendo cada palabra final:
—Si de verdad deseamos que este tratado continúe entre Noczar y este anillo.
Debemos hacer que sea un anillo que nos una y no una cadena que nos estrangule, debemos trabajar juntos.
Noczar ha perdido inocentes en este ataque, no aceptaremos excusas.
No busco culpables en este instante, busco aliados que demuestren con hechos su compromiso.
Al terminar, la sala quedó en silencio. Sentí el latido en mis sienes. Había hablado con firmeza, aunque dentro de mí todavía ardía la duda de quién, entre todos, me estaba mintiendo a la cara. Aunque tenía una ligera idea sobre quién.
Los regentes me observaban con miradas distintas: algunas severas, otras veladas de fastidio.
Fue la regente Nerys la primera en hablar, con voz afilada como la curva de su nariz:
—Palabras bien elegidas, extranjero. Aunque convendrás que tus acusaciones veladas no nos conducen a ninguna verdad. Las pruebas, y no las dudas, son las que sostienen los tratados.
La regente Soraph, sin embargo, inclinó ligeramente la cabeza hacia mí, con una serenidad que contrastaba con la hostilidad de Nerys.
—La verdad puede hallarse en las huellas, como él ha dicho. Quizá convenga iniciar una investigación conjunta. Que cada ciudad Estado abra sus registros y permita inspecciones. Sería una manera de demostrar buena fe.
A mi lado, Sirl cruzó los brazos sin decir nada, pero noté en ella un leve gesto de asentimiento.
El regente Cerion bufó, alzando su copa de agua con fastidio.
—Déjate de rollos Soraph, llevamos años luchando siempre con tus intenciones de vernos las ropas interiores a los demás. Ya he dicho que he sellado el túnel en mis tierras. No tengo nada más que demostrar. La buena fe se muestra actuando, y yo ya lo he hecho.
Talorc, que había permanecido en silencio, golpeó el brazo de su silla otra vez con la palma abierta. Su voz era grave, casi teatral.
—No olvidemos que mientras debatimos aquí, rebeldes en mis territorios incendian granjas y asesinan familias. Yo me pregunto si no perdemos tiempo precioso en esta sala, mientras la amenaza en mi región crece.
Lo observé con atención. Sus palabras sonaban firmes, pero había un brillo extraño en su mirada, algo demasiado ensayado.
La reunión había empezado con palabras medidas y saludos tensos, pero no tardó en degenerar.
Los regentes de las ciudades se lanzaban reproches unos a otros como cuchillos mal afilados: viejas disputas comerciales, fronteras mal trazadas, traiciones que nadie se molestaba ya en demostrar.
Cada intervención parecía menos interesada en resolver nada y más en dejar claro quién había sido humillado primero y quién debía pagar por ello.
Observé en silencio desde mi asiento, más por obligación que por respeto, consciente de que una de mis ciudades había sido atacada por órdenes que, de una forma u otra, nacían en aquella misma sala.
Cada vez que intentaba intervenir, alguien elevaba la voz para tapar la mía, desviando la atención hacia otra ofensa aún más antigua.
Elur, golpeaba a veces en el suelo con un bastón cuando los ánimos se desbordaban. Recordando porque estábamos allí y clamando orden.
Pero el recordatorio duraba poco. Pronto volvían las acusaciones, las sonrisas venenosas, los gestos teatrales de indignación. El sol avanzó por las vidrieras, desplazando la luz sobre la mesa mientras la mañana se consumía en discusiones estériles.
Cuando las campanas anunciaron la hora de comer, nada se había resuelto. Solo quedaban gargantas secas, egos magullados y la sensación amarga de que, una vez más, el ruido había ganado a la razón.
Elur levantó una mano.
—Los regentes se han expresado, y nuestro invitado también. No podemos prolongar esta sesión sin caer en repeticiones banales.
Se incorporó con lentitud.
—Como es costumbre. Para que las palabras se asienten y podamos hablar con tranquilidad y buscar una respuesta. Declaro esta parte de la asamblea finalizada. Haremos una pausa. Cada regente deliberará con sus consejeros, y nos reuniremos nuevamente al sonar la campana de nuevo.
Me puse en pie, como todos los presentes. Sentí la tensión en el aire a punto de romperse.
Mientras salíamos, los ojos de Talorc se cruzaron con los míos. Su expresión era la de un hombre bajo presión… pero también la de alguien que sabía más de lo que admitía.