Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

El sueño me había abandonado antes incluso de que el primer resplandor del alba asomara en el cielo.

Me levanté en silencio, con esa sensación agria de haber dormido poco y mal, como siempre que la mente no me daba tregua.

Me aseé con el agua fría de una jarra y me vestí con calma, repasando una y otra vez los pliegues de la ropa, intentando fingir algo de control sobre el día que me esperaba.

El pasillo estaba en penumbra, iluminado por antorchas que ardían con la misma calma hipnótica de la noche anterior. Mis pasos resonaban más de lo que me habría gustado en aquel silencio solemne.

Al llegar al comedor, me encontré con que no estaba vacío: en una mesa larga, sentado con serenidad, estaba Elur, el maestro de los guardianes. Tenía un cuenco de frutas y un pan redondo frente a él, y cuando me vio entrar alzó la mano con naturalidad.

—Madrugas mucho —dijo con voz grave, sin dejar de cortar el pan con la daga que usaba como cuchillo.

Sonreí con torpeza, tratando de aligerar mi propio peso.

—Más bien duermo poco —repliqué mientras tomaba asiento frente a él.

Elur soltó una pequeña risa nasal, apenas un soplo.

No dijo nada más de momento, y empujó hacia mí un cuenco vacío para que me sirviera.

Desayunamos en silencio, compartiendo pan, frutas dulces y un vino ligero que parecía más agua con sabor que otra cosa.

Y, contra todo pronóstico, fue un silencio agradable: sin juicio, sin prisa.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije a Elur rompiendo el momento.

—Claro, todas las que quieras.

—No quiero inmiscuirme donde no me llaman —dije buscando la forma de hacer la pregunta sin importunar a nuestro anfitrión. —¿Por qué no hay mujeres entre los guardianes del anillo?

—Es una pregunta de lo más normal, no te preocupes —respondió reclinándose sobre la silla.

—La verdad es que es una respuesta sencilla, la gente que viene de fuera, regentes o invitados, solo ven la parte superior del castillo.

Debajo, en el nivel medio y inferior, esta nuestra ciudad, allí están nuestras mujeres, niños y ancianos.

No tenemos prohibido la entrada a las mujeres a nuestra orden aquí arriba, pero las pruebas de rito son muy duras y terminan con enfrentamientos físicos cuerpo a cuerpo, sin armas.

Algunas pasan las pruebas, y están por aquí, simplemente no te habrás cruzado con ellas.

El sonido de pasos firmes interrumpió la historia. Sirl apareció en el umbral, con el cabello recogido deprisa y el uniforme impecable como siempre. Nos miró a los dos con cierta sorpresa, aunque en su rostro se dibujó una mueca de aprobación.

—Así que no soy la única que madruga hoy —dijo, sentándose junto a mí.

No respondí; serví un trozo de pan en un plato vacío y lo empujé hacia ella. Me lo agradeció con un gesto casi imperceptible y empezó a desayunar con nosotros, manteniendo el silencio.

Al poco rato, Elur dejó el cuenco a un lado y se limpió las manos en un paño. Su mirada firme, se alzó hacia nosotros.

—Es la hora.

Me incorporé despacio, intentando a cada movimiento ganarle segundos al destino, y ajusté el cinto con manos que me temblaban más de lo que quería admitir.

Elur nos guio por los pasillos del ala de los guardianes, solemnes, amplios.

Al llegar a la gran sala donde las seis escaleras convergían, mis ojos se levantaron instintivamente hacia aquella monumentalidad de piedra y simetría perfecta.

Seis caminos, seis alas, seis poderes que se encontraban en un solo punto.

Me sentí diminuto, apenas una mota que osaba caminar por el corazón de aquella montaña.

Nos movimos hacia una puerta doble de bronce. Elur se detuvo. Dos Guardianes del anillo aguardaban a los extremos de la puerta, sus armaduras brillando bajo la luz de antorchas que ardían sin humo.

Abrieron las puertas sin una palabra. Detrás había una escalera que descendía. La única que descendía. Al llegar al fondo de ella, Elur se detuvo de nuevo y se giró hacia nosotros.

—Lo que digáis aquí resonará mucho más allá de estas paredes —dijo con calma.

No hubo tiempo para más. Otros dos guardianes abrieron la última puerta, y una luz dorada me golpeó el rostro.

La sala era circular, amplia, hecha de mármol blanco y piedra oscura que se entrelazaban en espirales bajo nuestros pies.

El techo se elevaba en una cúpula majestuosa, pintada con figuras doradas que representaban ejércitos que dejaban caer sus espadas, manos extendidas entre ciudades, barcos mercantes en mares en calma.

La sala imponía respeto. En el centro, un mosaico de mármol representaba un anillo entrelazado con cinco símbolos distintos, uno por cada ciudad estado.

Alrededor, seis tronos de piedra con incrustaciones de oro y plata se alzaban sobre plataformas semicirculares.

Cinco de ellos estaban ocupados; el sexto, al fondo, supuse que aguardaba a Elur.

Junto a cada regente, de pie y rígidos como estatuas, dos súbditos aguardaban en silencio, con sus respectivos colores igual que sus regentes.

Una silla solitaria, más sencilla que las demás, esperaba cerca de la entrada.

Elur se adelantó, su voz grave llenando el espacio con naturalidad.

—En nombre de los Guardianes del Anillo —dijo—, os presento a Izzarian, hijo del rey de Noczar, en condición de emisario.

Un estremecimiento me recorrió cuando escuché mi nombre resonar en aquel lugar.

Sentí todas las miradas de los regentes posarse sobre mí, pesadas como coronas.

Me incliné levemente en reverencia y avancé hasta el asiento cerca de la entrada que me señalaba Elur.

Al sentarme, Sirl se colocó a mi lado, firme, y sus dos Primus detrás de ella, erguidos con disciplina marcial.

Elur, entonces, caminó con paso tranquilo hacia su propio trono y al sentarse, con un gesto solemne, me miró fijamente.

—Permitidme presentaros a los Regentes de la liga de Trizandia.

La figura a su lado se inclinó.

—A mi derecha, Lord Hatturi de Mursilum, regente de la ciudad de los aceros al noreste, donde la sangre y el sudor se convierten en metal y en fortuna.

El hombre inclinó el mentón en un gesto seco, casi militar.

Su cuerpo era un bloque de hierro, ancho de pecho, con los brazos marcados por cicatrices antiguas que no había tratado de ocultar.

La piel, de un tono cálido y tostado por el sol, hablaba de tierras donde el desierto se confunde con el horizonte.

Llevaba una túnica oscura con bordes dorados que recordaban al metal fundido, y sobre su hombro derecho descansaba una cadena pesada de hierro, un adorno más de su linaje.

Su cabello, negro y espeso, contrastaba con los ojos de un gris acerado que me recorrieron de arriba abajo, midiendo mi temple, buscando grietas.

La mandíbula firme y los rasgos tallados por el viento completaban la imagen de alguien forjado en la fragua junto con las espadas que representaban a su pueblo.

Elur continuó.

—A su lado, Lady Nerys de Valdora, regente de los mares del sur, cuya flota mantiene abiertos los caminos del comercio.

Ella sonrió con la suavidad de la brisa marina, pero en su mirada había corrientes ocultas.

Vestía una túnica azul celeste, ligera y vaporosa, que parecía moverse con un ritmo propio, imitando las olas del océano.

El cabello oscuro, largo y trenzado con perlas diminutas, caía por encima de sus hombros bronceados.

Sus manos estaban cargadas de anillos de plata, y en su cuello había un colgante con una pequeña caracola.

Me observó con ojos de un azul profundo, tan claros que por un instante sentí la impresión de estar hundiéndome en ellos.

No era una mirada hostil, pero tampoco era hospitalaria: era la mirada de quien mide la utilidad de todo lo que pisa su muelle.

Elur prosiguió, su voz firme marcando el compás solemne de la presentación.

—Al otro lado del círculo, Lord Cerion de Vernade, regente de las llanuras fértiles del oeste. Frontera con Noczar.

El hombre inclinó la cabeza. Era de complexión ancha, con hombros que parecían no caber en su túnica verde adornada con motivos de trigo y vid.

Su piel estaba ligeramente tostada por el sol, y en sus manos gruesas todavía se notaban los callos de quien alguna vez trabajó la tierra con sus propias manos.

Sus ojos, de un marrón profundo, no tenían la dureza del acero de Hatturi ni la frialdad del mar de Nerys; había en ellos la calma y la paciencia de quien mide el tiempo en cosechas y estaciones.

Elur giró levemente hacia su izquierda.

—Junto a él, Lady Soraph de Arvandor, regente de las bibliotecas y los círculos arcanos del noroeste.

Era una mujer de mediana edad, con una túnica púrpura salpicada de símbolos que parecían danzar bajo la luz de las antorchas, el tejido parecía que respiraba magia.

Su cabello rubio caía en ondas suaves hasta los hombros, sujeto por un aro de plata que reflejaba destellos fríos sobre su frente.

Tenía la mirada fija en mí: analítica, inquisitiva, tan profunda que por un instante sentí que me atravesaba.

Cada gesto, cada palabra, incluso el ritmo de mi respiración, parecían ser pergaminos abiertos para ella.

Me dio la sensación de que nada escapaba a esos ojos del color del jade, atentos, pacientes… y, de algún modo, peligrosos.

Elur señaló al último asiento ocupado.

—Y Lord Talorc de Darmund, señor de las montañas del este.