Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Al llegar, nos encontramos que las termas no estaban separadas por géneros, quizá porque los Guardianes estaban regidos por la neutralidad de su orden.

Aunque ahora que lo pienso, no he visto mujeres una vez dentro del ala de los Guardianes.

Aunque si había algunas en la sala del recreo, antes de entrar en el anillo central.

Tal vez ellas tuvieran un ala en otra parte.

Me dio genuina curiosidad. Le preguntare a Elur cuando lo vea.

Me encogí de hombros y empujé las puertas, el vapor perfumado salió a recibirnos con rapidez.

El aire estaba impregnado de hierbas dulces y especias amargas que no logré identificar, pero que me envolvieron al instante.

Frente a nosotros, se extendía un complejo de piscinas talladas en piedras de colores dorados, adornadas con mosaicos geométricos que brillaban bajo la luz de docenas de lámparas de aceite.

Columnas esculpidas con formas florales daban al lugar un aire casi sagrado.

No era un simple baño: era un templo dedicado al agua.

Me quedé un momento en el umbral, embelesado.

Las superficies reflectaban el vaivén de las llamas, haciendo que el agua pareciera un espejo líquido de oro y fuego.

El sonido era otro embrujo: el goteo constante, las ondas suaves, un murmullo que invitaba al abandono. Era imposible no dejarse tentar.

Miré de reojo a Sirl. Su postura seguía siendo firme, rígida como siempre, pero en sus ojos había un leve titubeo, un brillo indeciso entre la disciplina y el deseo. Ella también lo sentía.

—¿Sigues queriendo bañarte? —le pregunté, incapaz de resistirme más.

Apartó la vista, intentando disimular, pero lo vi claro. —Sí —respondió, conteniéndose.

—Yo también… —dije, sonriendo con resignación—. Esto parece toda una experiencia, no me gustaría dejar pasar la oportunidad.

Asintió, y por un instante la vi ceder ante la tentación.

—Si quieres, ve tú primero —propuse—. Yo me quedo en la puerta. Luego ya me meteré cuando termines.

—Nos hemos bañado muchas veces juntos —replicó sin pensarlo.

—De pequeños, Sirl. Somos adultos ahora, no es lo mismo.

—¿Adultos? —Me miró de reojo con sorna. —No es lo mismo si tú haces que no lo sea —me devolvió con su lógica afilada.

Negué con la cabeza.

—No es lo mismo y punto.

Sirl, sin más discusión, se acercó a un lado, se despojó de la camisa con la naturalidad de quien ha tomado una decisión, y dijo:

—Si tanto te molesta verme desnuda, no mires.

Tragué saliva, resignado. Sirl no parecía tener intención de darse un baño corto. Suspiré y empecé a quitarme la ropa en el otro extremo, despacio, cada prenda pesando más que la anterior. Al final me quedé sentado de espaldas, esperando, a que ella se deslizara en el agua.

El chapoteo suave cuando entró me sacó del trance.

Entonces me até una toalla al cinto, crucé el vapor, y entré en la piscina.

El calor me envolvió con su abrazo. Me deshice de la toalla y la dejé sobre el borde de piedra, hundiéndome hasta los hombros.

El agua ardía contra mis músculos tensos, pero era un ardor agradable.

El calor abrasaba al principio, pero tras unos segundos que tardó la piel en acostumbrase, quedó un placer envolvente, que parecía querer arrancarme el cansancio de los huesos.

Cerré los ojos un instante, cuando los abrí, vi a Sirl al otro lado de la piscina.

No me estaba mirando directamente, pero sabía que estaba atenta.

—Te has quedado muy callado —dijo al fin tras unos minutos, rompiendo el murmullo del vapor. Su voz sonaba distinta con el eco de las termas, más profunda.

—Es difícil no quedarse sin palabras en una situación así —respondí, dejando escapar una leve sonrisa.

Alzó una ceja. —¿Eso lo dices por el baño, o por tu vergüenza a compartirlo conmigo?

Me reí por lo bajo, sin responder. La verdad es que había un doble filo en sus palabras, un juego peligroso, pero también la vieja costumbre que teníamos de jóvenes de lanzarnos dardos sin herirnos del todo.

—Pensaba que no te incomodaba mi presencia —añadió, hundiendo los brazos bajo el agua. Sus cicatrices se difuminaron con las ondas.

—No me incomoda —dije, más rápido de lo que pretendía. Después añadí, con un tono más medido—: Estar contigo me recuerda demasiado a… los tiempos de antes. Y no sé si eso es bueno o malo.

Apoyó la cabeza contra el borde de piedra, y me observó desde allí. —A mí me recuerdas a que sobrevivimos. A que, pese a todo, seguimos aquí. Eso no puede ser malo.

No contesté de inmediato. Me hundí un poco más, dejando que el agua me cubriera el cuello. No podía dejar de sentir el peso de sus ojos sobre mí.

—Eres demasiado serio —dijo, en una queja. —Antes sabías reírte más.

—Antes las cosas eran distintas. Además, no eres la más indicada para hablar de reírse, creo que no te he visto reír en todo este viaje.

Una chispa de melancolía pasó por su rostro, aunque lo disimuló enseguida.

—Quizá. Pero no siempre tenemos que estar en guerra con nosotros mismos, ¿sabes?

La miré. No como soldado, ni como legatus, sino como aquella amiga de la infancia que tantas veces me había visto caer y levantarme. Pero antes de que las palabras se escaparan, me obligué a apartar la vista, fijándome en los mosaicos del fondo de la piscina, en cualquier cosa que no fuera ella.

El silencio volvió entre nosotros, cómodo y tenso al mismo tiempo.

Me quedé mirando el reflejo de la luz sobre el agua, y sin saber cómo, las palabras me salieron solas:

—Sirl… sé el daño que te causé. Nunca había reflexionado sobre ello. Y quiero pedirte perdón.

No me miró, se limitó a encogerse de hombros y suspirar.

—El pasado es pasado.

Pero yo no podía dejarlo escapar con tanta facilidad.

—No. No para mí. Te lo pido en serio, perdóname.

Sus ojos se encontraron con los míos. Había en su rostro una mueca extraña, mezcla de ternura y tristeza.

—Hice las paces con esa situación hace mucho tiempo.

No te guardo ningún rencor. —dijo, con voz baja—.

Tu madre fue también como mi madre. Ya sabes cómo eran mis padres…

siempre peleando. Tu casa era mi refugio, me acogió como si fuera suya.

Por eso pasaba tanto tiempo allí. La amé, ¿sabes? La amé profunda e incondicionalmente.

La mención me atravesó como un cuchillo. Todo lo que había intentado contener me golpeó, la pérdida, la culpa, la nostalgia. Me levanté bruscamente, con el agua escurriéndose por mi piel, buscando aire, distancia.

—Lo siento —dijo ella entonces, y me agarró de la mano—. Tal vez he hecho lo contrario de lo que quería probar.

Me giré hacia ella, atrapado entre su mirada y la mía.

—No pidas perdón. Soy yo el que debe hacerlo, no tú.

Volvió a encogerse de hombros, sin duda toda esta situación era demasiado grande para poder manejarlo con palabras.

—Supongo que los dos somos unos idiotas, entonces. No te vayas. Quédate, descansa un poco más. Lo vas a necesitar para mañana. Ya no diré nada.

Me quedé quieto un momento, indeciso, pero al final cedí y me senté a su lado. No dijimos nada. Simplemente dejamos que el silencio nos envolviera, pesado al principio, más ligero después.

—Gracias, Sirl —murmuré al cabo de un rato.

Ladeó la cabeza, con un gesto cansado pero firme.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí, tengo que hacerlo.

No insistió. Cerró los ojos y se dejó llevar por el calor del agua. Nos quedamos allí un rato más, sin hablar, dejando que el agua ablandara los músculos tensos y que el silencio hiciera lo suyo. Al final, fue Sirl la que se levantó primero.

—Será mejor que descansemos —murmuró, envolviéndose con firmeza.

Asentí sin fuerzas para replicar.

Salimos juntos de las termas y, al llegar al pasillo que llevaba a nuestras estancias, cada uno tomó rumbo a su propio cuarto. Antes de entrar, ella me dedicó una última mirada, casi un gesto de despedida, y desapareció tras su puerta.

Me quedé solo en el silencio de mi habitación, iluminada apenas por la tenue llama de una lámpara de aceite. Me tumbé en el lecho, intentando dejar la mente en blanco, pero fue inútil. El cuerpo, agotado, pedía reposo; la mente, en cambio, se negaba a soltarme.

Volvieron las imágenes de mi madre, de la infancia con Sirl, de todo lo que había dejado roto entre nosotros.

Volvió el recuerdo de Ilya, de su sonrisa y su última frase de que volviera a ella.

Y por encima de todo, la certeza de lo que me esperaba al alba: el Anillo de Regentes, la asamblea, un destino incierto donde cada palabra podía costar vidas.

Cerré los ojos con fuerza, intentando aplastar los pensamientos con pura voluntad. El cansancio terminó imponiéndose poco a poco, aunque el sueño me encontró tarde, entre sudores y giros en el lecho.