Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Al coronar una cima de un sendero justo al llegar al mediodía, la respiración de la séptima se tensó un instante.

Frente a nosotros, emergía una montaña colosal.

Y en su cúspide, el castillo del Anillo de Regentes se levantaba imponente, con sus murallas encajadas en la roca como si hubiesen nacido directamente de ellas.

La marcha continuó en silencio solemne hasta que, al llegar a los pies de la montaña, nos topamos con algo que ninguno de nosotros había visto jamás.

Cuatro plataformas de madera, rodeadas por vallas y aseguradas con cuerdas que se perdían hacia lo alto, desafiando al cielo.

Incluso Sirl, siempre de semblante impasible, frunció las cejas un instante, aunque enseguida recuperó la compostura.

Elur se adelantó.

—Cada elevador solo puede cargar ocho personas, siete si no contamos los operarios de cada plataforma —su voz clara y práctica.

—Arriba no hay espacio para toda vuestra legión.

El resto deberán montar campamento aquí.

Se les proveerá de comida y agua durante toda la estancia.

Podéis subir veintitrés en total. La misma cantidad de personas que se les permite a cada regente o invitado ajeno a los guardianes.

Sentí cómo todos los legionarios tensaban la espalda al oírlo. Era lógico: un viaje a la cima dejaba a muchos atrás.

Sirl asintió con un gesto breve.

—¡Primus! —dijo en una orden.

Doce hombres firmes y ligeros, con dos espadas al cinto, sin escudos ni lanzas se prepararon detrás de ella.

—Estas al mando. —dijo sin girarse, avanzando hacia el primer elevador.

—¡Si, Legatus! —respondió Darion poniéndose firme con el puño en el pecho.

Su cara demostraba cuan receloso estaba de esa decisión, claramente quería subir con ella, pero la legión debía tener alguien que los liderase.

Elur miró a la legatus esperando que más hombres se unieran, pero ella se limitó a entrar en la plataforma, noté como se encogió ligeramente de hombros y la siguió.

Subí al elevador junto a ellos. El operario, un hombre enjuto con las manos manchadas de grasa y hollín, nos saludó con un movimiento rápido antes de accionar las palancas. A nuestro alrededor, algunos Primus se acomodaron en silencio. El resto entró en las demás plataformas.

Un crujido de madera retumbó bajo nuestros pies.

El mundo se fue encogiendo conforme la plataforma ascendía, lenta pero implacable.

El crujido de las poleas y el golpeteo constante de la madera se mezclaban con el silbido del viento.

Desde allí, todo parecía distinto, a pesar de que durante prácticamente todo el camino solo hubiéramos pisado arena, desde allí arriba se podían ver bosques reducidos a manchas verdes e incluso ríos que brillaban plateados.

Me descubrí incapaz de apartar la vista de aquel espectáculo. No era el único. Aunque los Primus mantenían la tensión en los hombros y la mandíbula firme, más de uno dejaba que los ojos se desviaran hacia la inmensidad que nos rodeaba. Incluso Sirl dirigió una mirada fugaz hacia el horizonte.

Atravesamos una nube, y el mundo entero se deshizo en blanco.

El aire se volvió húmedo, frío, cargado de silencio.

Solo el chirrido de las cuerdas nos mantenía anclados a la realidad.

Luego emergimos, y el sol nos golpeó con un resplandor casi divino.

Otra nube vino poco después, más densa, más pesada, que nos envolvió en una penumbra grisácea antes de liberarnos de nuevo hacia la claridad.

Fue entonces cuando Elur rompió el silencio:

—Cada vez que subo, pienso que estas montañas quieren tragarse a los hombres. Pero arriba… arriba uno entiende por qué los regentes escogieron este lugar.

Asentí sin palabras. Sirl, sin apartar la vista de las alturas que todavía nos aguardaban, murmuró con la voz baja y firme:

—El poder necesita mantenerse a distancia. Y desde aquí, miran a todos por encima.

No supe si lo decía con respeto o con desdén, pero sus palabras calaron a Elur que ajustó el peso sobre sus pies ligeramente incomodo.

Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, el elevador chirrió una última vez y se detuvo con un golpe seco.

Frente a nosotros se extendía un descansillo de piedra tallada en la misma montaña.

Allí comenzaba una escalinata amplia, solemne, que trepaba hacia una puerta principal custodiada por muros ciclópeos.

Todo tallado en una piedra color crema, con unos hilos parecidos a venas que fluían por todo el lugar, haciendo que fuese un material desconocido para mí.

Sentí cómo el estómago se me encogía.

Conforme subíamos las escaleras ante nosotros, se desplegaba hacia arriba una alfombra cubierta de vainillas que trepaba hasta la puerta. A ambos lados, alineados con precisión, los guardias del Anillo nos observaban con quietud.

Vestían igual que Elur, túnicas largas que caían hasta los tobillos, bordadas con hilos dorados que atrapaban la luz.

Llevaban altos cascos cónicos, y en sus manos descansaban lanzas de metal oscuro.

Sus rostros, severos y barbados, recordaban a los relieves antiguos que había visto en los bazares años atrás.

Al cruzar la puerta. El interior del castillo estaba regido por columnas gigantescas, cubiertas de inscripciones y motivos geométricos, con arcos que parecían no terminar nunca.

Las antorchas, incrustadas en candelabros de bronce, bañaban las paredes con una luz cálida que realzaba los colores intensos de mosaicos y tapices.

Elur, que encabezaba la comitiva, se volvió ligeramente hacia nosotros mientras caminaba con paso firme.

—Vuestros hombres podrán descansar en el salón de recreo, si lo desean —dijo, señalando un pasillo lateral que desembocaba en una estancia enorme.

Desde allí llegaba un rumor de voces, olor a especias y música de cuerdas.

Alcancé a ver cojines, taburetes tallados, mujeres de túnicas vaporosas que reían.

Sirl miró a aquella docena de hombres e inclinó fugazmente la cabeza asintiendo. Diez soldados entraron y dos se quedaron pegados a nosotros. Las mujeres conversaban con los soldados que ya entraban, ofreciéndoles vino y compañía.

Seguimos avanzando hasta el corazón del castillo. Allí, ante nosotros se alzaba una escalinata de mármol que terminaba en un amplio círculo perfecto. Desde él se veían seis escaleras, cada una ascendiendo en dirección distinta, como los radios de una rueda.

—Este lugar fue diseñado como un anillo —explicó Elur, con la voz grave resonando bajo las bóvedas—. Cada ala corresponde a un regente. Y cada ala apunta hacia la tierra de la que proviene ese regente. Solo ellos y su séquito puede estar en su ala asignada.

Yo fruncí el ceño.

—. Solo hay cinco ciudades estado.

Elur me miró de reojo, y una sonrisa apenas perceptible curvó su boca.

—La sexta ala no pertenece a ningún regente. Es la nuestra. El ala de los Guardianes del Anillo.

Alzó la barbilla con orgullo contenido.

—Aquí nacemos. Aquí servimos. Jurados a la neutralidad, imperturbables, sin bandera ni linaje más allá de este lugar. Nuestra vida es la custodia del Anillo y el cumplimiento de sus leyes. Es mi ala, y es donde se alojan los invitados… donde vosotros estaréis. Bajo mi protección.

Me recorrió un escalofrío. Aquel hombre, que parecía tan sereno, era en realidad el maestro de esa orden, donde se sostenía todo el equilibrio de Trizandia.

No podía dejar de mirar a mi alrededor. Todo en aquel castillo parecía calculado con una precisión que escapaba a lo humano.

Cada columna, cada mosaico, cada arco estaba en perfecta armonía con el siguiente, la montaña había sido tallada para convertirse en un monumento.

El aire olía a incienso, y los ecos de nuestras pisadas parecían perderse en una geometría sin fin.

Elur se detuvo un instante en el centro del círculo, donde nacían las seis escaleras que ascendían. Su voz, profunda y calmada, retumbó bajo las bóvedas.

—La asamblea se celebrará al alba de mañana. Hasta entonces, sois nuestros huéspedes.

Nos indicó con un gesto la sexta escalera, la que se alzaba justo frente a nosotros.

—El ala de los Guardianes os acogerá. Podéis moveros libremente dentro de ella, pero recordad: vuestro límite es este lugar —dijo, señalando el círculo central—. Ningún invitado cruza más allá de la escalera que no le corresponde.

Asentí en silencio, todavía impresionado. No era solo un castillo: era un mapa del continente hecho piedra, un reflejo exacto del equilibrio de poder entre regentes y guardianes.

Elur echó a andar de nuevo y lo seguimos.

El ala de los Guardianes se extendía sobria, sin la ostentación de tapices ni el bullicio de músicos o mujeres de compañía.

Era un espacio amplio, limpio, austero, diseñado para recordarnos constantemente que allí dentro no había lujo ni indulgencia, solo la neutralidad de la vigilancia.

Tragué saliva. El contraste con el resto del castillo era tan marcado que no cabía duda: los Guardianes no vivían para sí mismos, sino para el Anillo.

No me iba a quedar encerrado en aquella sala como un prisionero voluntario. Elur había sido claro: podía moverme libremente mientras respetara el límite. Necesitaba respirar, observar, tranquilizar mi mente y entender en qué lugar me encontraba.

Di un paso hacia el pasillo lateral cuando sentí la voz de Sirl, seca y cortante:

—¿Adónde vas?

Me giré despacio, con la mirada cargada de una paciencia que empezaba a resquebrajarse. Antes de que respondiera, Elur habló con calma:

—Mientras cumpla, no le pasará nada. —Su mirada no se apartó de Sirl ni un instante—. Yo mismo lo garantizo.

Sirl entrecerró los ojos, la mandíbula apretada. No replicó. En lugar de eso, giró la cabeza y, con una sola mirada, los dos Primus que habían permanecido a su lado, se colocaron a mi espalda, convertidos en mi sombra.

Resoplé, resignado. No podía culparla: después de todo lo que había hecho y sacrificado por acompañarme, no podía permitirme desobedecerla. No después del daño que le había causado ya. Me limité a torcer una mueca y seguí adelante.

El ala de los Guardianes era distinta al resto del castillo. Las paredes estaban desnudas, salvo por algunos grabados geométricos en piedra que parecían más una marca de identidad que un adorno. Las antorchas de aceite iluminaban lo justo, proyectando sombras firmes en los corredores.

Me crucé con varios Guardianes en silencio absoluto. Llevaban túnicas claras, sin insignias, y cada uno parecía una roca viviente: no había orgullo en sus rostros ni rastro de ambición, solo calma.

Pasé por una sala amplia: hileras de lechos sencillos, todos idénticos, cubiertos por mantas del mismo color. No había objetos personales, ni cofres individuales, ni recuerdos. Solo camas, un par de cofres colectivos cerrados con grandes candados, y silencio.

En otra estancia, vi un pequeño gimnasio de madera: barras, maniquíes de entrenamiento, poleas y pesos. Dos Guardianes practicaban movimientos sincronizados con lanzas largas, tan precisos que parecía una danza. El chasquido de las lanzas al cortar el aire resonaba rítmico, casi como un ritual.

Me estremecí. Aquella gente había renunciado a todo. No había espacio para la individualidad. Sus vidas eran vigilancia, disciplina y obediencia a algo que los sobrepasaba.

Sentí el peso de las dos sombras detrás de mí, los guardias de Sirl y me pregunté si para ellos también era una carga seguirme a todas partes. Quise reír, pero lo único que salió fue un suspiro cansado.

Esto no me estaba ayudando. Me di la vuelta y regresé al salón principal. Había visto suficiente. Y la calma sepulcral de esa ala me estaba empezando a pesar demasiado en los hombros e incomodarme ligeramente.

Al volver al salón, encontré a Elur dando órdenes a unos Guardianes. Al otro lado, frente a la gran chimenea, estaba Sirl sentada, mirándome con autoridad y preocupación.

—¿Has disfrutado de tu paseo? —me preguntó, sin levantar la voz, pero con la firmeza que te hace responder sin rodeos.

Asentí con una sonrisa traviesa y sentí un leve calor en el pecho por la simple atención que me prestaba.

Elur terminó de hablar con los Guardianes y se acercó hacia nosotros, moviéndose con paso medido.

—Tres regentes ya han llegado —anunció, señalando discretamente—. Faltan dos. —Su mirada barrió la sala, y sentí que nada podía esconderse de ellos; la transparencia que ofrecía era casi incómoda.

Se detuvo frente a nosotros, con una ligera inclinación de cabeza, y continuó:

—Si queréis cenar, podéis hacerlo en aquel salón —dijo señalando a la sala opuesta—. Y tenemos unas termas: aguas calientes, vapor, espacios amplios. Os recomiendo aprovecharlos. He pedido que se reserven para vuestra comitiva por esta noche. Para que tengáis intimidad.

Con un leve movimiento, se giró y desapareció entre los Guardianes.

Miré a Sirl, y su expresión ahora parecía que me estudiaba de una forma menos severa, más curiosa. No pude evitar sonreír de nuevo mientras me dirigía hacia el salón donde nos esperaba la cena.

Sirl se sentó frente a mí y a su lado permanecían los dos legionarios que la custodiaban.

Apenas intercambiamos palabras más allá de lo necesario; la tensión del viaje y el monumental castillo donde nos encontrábamos.

Observaba cada gesto, cada mirada de los Primus hacia ella, y sentía el peso de la disciplina que imponían.

Cuando Sirl comprobó que todo estaba tranquilo, hizo un gesto sutil con la mano, despidiéndolos. Su mirada se posó en mí, y con un tono que mezclaba autoridad y curiosidad, me preguntó:

—¿Estás preparado para mañana?

Suspiré, intentando ordenar mis pensamientos.

—Lo mejor que puedo estar… —respondí con sinceridad.

Resopló, pero se encogió de hombros, aceptando que esa era la única respuesta sensata. Me levanté y me encaminé hacia los baños, sintiendo cómo la tensión de la jornada se desplazaba a un leve alivio anticipado.

—¿A dónde crees que vas? —me detuvo Sirl con una mirada firme.

—A los baños —respondí con naturalidad.

—No vas a ir solo —dijo, frunciendo ligeramente el ceño—. Espera que llame a los legionarios para que te acompañen.

—Oh, vamos, Sirl —respondí con media sonrisa —recuerda cómo he aguantado los sopapos que tu segundo me ha dado. —dije golpeándome el pecho. —No soy de cristal.

No pudo evitar sonreír ante mi descaro. Su expresión se suavizó.

—Bueno… yo también me podría dar un baño —murmuró. Resignándose.