Capítulo 42 #3
Sus ojos permanecieron duros, examinándome como si midiera cuánto de mí hablaba por razón y cuánto por emoción. Luego alzó el vaso y bebió un trago largo, en silencio. Su mirada se perdió en el vacío frente a ella durante unos segundos.
—Hazlo.
Me di la vuelta, suspirando entre alivio y cansancio. Ya estaba en el umbral de la salida cuando su voz me alcanzó de nuevo:
—Si ocurre algo desfavorable… —su tono se volvió tan frío que casi me heló la espalda— tendremos una conversación entre tú, ella y yo.
Sentí un ligero escalofrió ante la forma de como nuestra relación se había deteriorado. La amiga dulce y cariñosa de la infancia ya no parecía estar allí. Algo se rompió dentro de mí. Me sentía horrible. Lo sentía, la culpa había sido mía, por haberle fallado a ella y a mi madre.
Me acerqué al borde del campamento, tomé la primera pizca de polvo y lo dejé caer sobre la antorcha.
En cuanto tocó la llama, el fuego titiló, se contrajo un instante y luego empezó a teñirse de un tono verdoso.
No se apagó, ardía igual de firme, solo que ahora con esa luz extraña que parecía más viva, más… vigilante.
Al pasar a la siguiente antorcha, noté unas miradas clavadas a mi derecha. Miré de reojo. Uno de los soldados del anillo me observaba con gesto duro. Al inclinarse hacia Elur, cuchicheó algo que no alcancé a escuchar, pero bastó para que algo se inquietase en mi cabeza.
Lo sabían. Tenían que saber lo que significaban. Son trizanos. Aun así, sus rostros no parecían aliviados, sino incómodos. No parecían sentirse seguros, más bien mi acto parecía recordarles algo que preferirían mantener enterrado.
Apreté el saquillo en mi puño y decidí seguir. No romperé nunca más una promesa.
Me senté con mi cuenco de sopa caliente frente a las antorchas verdes.
El crepitar del fuego teñido de ese extraño resplandor me hipnotizaba.
A ratos pasaban legionarios por el borde del campamento; algunos echaban una mirada fugaz a las llamas, pero seguían sin detenerse.
Supuse que Sirl ya habría ordenado a Darion que los pusiera al tanto de lo que iba a hacer.
Cuando terminé de comer, me levanté despacio, estirándome con la intención de meterme en la tienda y cerrar los ojos un rato. Pero algo… algo me detuvo en seco.
Un destello. Un brillo plateado, justo en la línea donde la sombra del bosque comenzaba a tragarse la llanura. Sentí un escalofrío recorrerme la espina dorsal.
Entrecerré los ojos, intentando enfocar. Y allí estaban. Dos orbes plateados, titilantes. Observándome.
Me acerqué un paso, dos, lo suficiente para sentir el calor de las antorchas verdes en la piel. Quería convencerme de que eran reflejos, un animal, cualquier cosa. Pero no… esos ojos. Eran como los que había descrito Lacerta. Idénticos.
Por todos los fundadores… pensé. ¿Qué cojones pasa en Trizandia?
Los orbes no pestañeaban. Me miraban con una especie de deseo inquietante.
Se acercaron un poco más al borde, una especie de humo tenebroso los envolvía.
Las antorchas parecieron reaccionar crepitando con furia.
Un destello más de sus ojos, y se empezaron a deslizar hacia atrás, hundiéndose en la negrura del bosque hasta desaparecer.
Me quedé con el corazón martilleándome contra las costillas, las manos apretadas en puños, tratando de decidir si había visto algo real… o si el cansancio me estaba jugando una broma macabra.
Me giré con el pulso todavía desbocado y descubrí que estaba empapado en sudor. La tela de la camisa se me pegaba a la espalda. Me froté la cara, intentando apartar de mi mente esos malditos ojos.
—¿Qué broma es esta? —murmuré entre dientes, con un nudo en la garganta.
Me metí en la tienda como pude, convencido de que no me lo había imaginado. No… mi cuerpo había reaccionado. El escalofrío, el sudor, la piel erizada… aquello fue real.
Me tumbé, cerrando los ojos con fuerza, tratando de acallar el torbellino en mi cabeza. El sueño se me resistió, cruel, durante lo que pareció una eternidad. Pero al final, agotado, terminé rindiéndome y cayendo en un descanso inquieto, de esos que no reparan, solo apagan el cuerpo un rato.
El amanecer llegó frío, más de lo que recordaba.
Trizandia era calurosa, con grandes llanuras y desiertos.
Pero este aire cargado se colaba en los pulmones con cada bocanada, despejándome la pesadez de la noche.
Desayunamos algo ligero, pan duro y caldo aguado, lo justo para tener fuerzas hasta el mediodía.
Elur, con voz firme anunció a Sirl:
—Llegaremos al atardecer.
Poco después el campamento ya era solo un recuerdo, convertido otra vez en un río de estandartes y pasos acompasados.
Me quedé atrás un instante, girándome hacia el bosque. Allí donde, horas antes, esos ojos plateados me habían perforado el alma. Miré fijamente intentando ver si estaban allí de nuevo. Pero solo había árboles y penumbra. Suspiré, resignado, y al fin me di la vuelta.
Ahora no podía permitirme cargar con fantasmas. Necesitaba centrarme. El mediodía me aguardaba con algo igual de aterrador.
El Anillo de Regentes.