Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

A nuestro alrededor, el camino era un hervidero.

Carromatos cargados hasta los topes, mercaderes a viva voz y familias enteras se cruzaban en un flujo ininterrumpido.

Trizandia no estaba vacía; al contrario, sus tierras bullían a rebosar.

Las colinas lucían bordeadas de pueblos prósperos, los valles alojaban aldeas vibrantes y, entre todo aquello, se alzaban las deslumbrantes ciudades estado, capitanes de la industria y la arquitectura habían amasado riquezas que harían palidecer a los imperios vecinos.

Sin embargo, el apodo tenía su razón de ser.

Miré a la multitud buscando el chasquido de una chispa elemental, la levitación casual de una caja pesada o el aura verdosa de un hechizo para hacer crecer las plantas.

Nada. En cualquier otro rincón del continente, el talento arcano o las habilidades extraordinarias florecían a cada paso; aquí, apenas uno de cada cinco habitantes poseía el don de la magia o alguna capacidad capaz de hacerlo destacar.

Para ellos, la vida se construía a fuerza de lomo y sudor.

Trizandia no era simple por falta de historia, recursos o grandeza.

Era simple porque su gente caminaba con los pies firmes sobre la tierra, sin el amparo de lo sobrenatural.

Sonreí en silencio, ajustándome la capa.

Había olvidado lo imponente que podía ser un lugar que lo había conquistado todo apoyándose únicamente en la fuerza de sus propias manos.

El resto del día se nos fue en un silencio espeso. El sol ya se arrastraba hacia el horizonte cuando vi a Elur, que iba en cabeza, aminorar el paso. Se desvió un poco, lo suficiente para acercarse a Sirl.

—Acamparemos en el próximo claro —le dijo — unos metros más adelante.

Ella asintió, sin réplica alguna, y volvió a clavar la mirada al frente. El gesto me dio que pensar.

Aquellos trizanos eran hombres comunes, carne y hueso sin elixir en las venas.

Necesitaban dormir, necesitaban detenerse.

Sirl lo sabía, y no reprochó nada. Tal vez callaba por educación, tal vez por respeto…

o tal vez porque no le convenía revelar el secreto que llevábamos con nosotros.

Si es que no era ya conocido. En el mundo más allá de nuestras fronteras se sabía sobre el elixir Yher.

Pero exactamente lo que hacía, aparte de que nos curábamos más rápido y no envejecíamos, no creo que supiesen mucho más.

Seguí escuchando el eco de mis propios pasos y el crujido metálico de la legión durante un rato más. Cada vez que miraba al cielo, el rojo se extendía lento pero constante, tragándose poco a poco la última luz del día.

Cuando llegamos al claro, la legión empezó a montar el campamento.

El claro era lo bastante amplio para alojarnos sin sensación de agobio, con bastante margen para no sentirnos encerrados.

Las antorchas comenzaron a chisporrotear, lanzando sombras inquietas que parecían moverse solas.

Mientras todos se ocupaban en levantar tiendas y encender hogueras, yo me quedé sentado un rato, con la bolsita de polvos de Ilya ardiéndome en el cinto.

¿Debía decírselo a Sirl?

La respuesta me quemaba. Si los usaba sin avisar, se podría complicar, alguien que me vea echarlos podría preguntar y no tenía respuestas ni permiso.

Si se lo contaba... podría ser complicado de explicar, pero si lo aceptase, al menos tendría la excusa y el permiso.

Me debatí hasta que el silencio se me hizo insoportable.

Al final me levanté, decidido a hablar, ya que hiciese lo que hiciese habría problemas. Al menos que sea haciendo el mal menor.

Cuando llegué a su tienda, Darion estaba en la entrada, firme.

—Necesito hablar con la Legatus —le dije.

—No puedes entrar —negó con la cabeza.

Desde dentro, la voz de Sirl retumbó sin esfuerzo, clara, imperiosa:

—Que pase.

Darion se apartó, dejando el espacio justo, y entré.

Me quedé inmóvil en cuanto la vi. Llevaba solo un pantalón oscuro, el torso desnudo, de espaldas a mí.

Su piel estaba surcada de cicatrices que parecían dibujar un mapa sobre las miles de batallas que desconocía de ella.

Intrincados entre las cicatrices, había tatuajes en tonos oscuros, símbolos que me eran ajenos.

Me descubrí parpadeando, incrédulo, casi aturdido.

No era solo la desnudez, sino la carga de cada historia que había en cada marca.

Con calma, sin prisa, terminó de vestirse con un camisón ligero que se deslizó sobre sus hombros. Se giró hacia mí, clavando sus ojos en los míos.

—¿Y bien?

Había visto su cuerpo desnudo con anterioridad.

Aunque de niños. Pero lo que transmitía el suyo ahora me dejó helado.

Aquellas cicatrices, profundas, mal cerradas, algunas viejas, otras más recientes…

eran una confesión muda de todo lo que había atravesado.

Y los tatuajes, parecían un juramento marcado a fuego, cada símbolo cargado de un peso que no entendía.

—No esperaba verte… —mi voz se quebró antes de poder terminar. Carraspeé, buscando recomponerme—. ¿Por qué tienes cicatrices?

Arqueó una ceja, sin la menor incomodidad.

—Es algo largo de explicar, pero digamos que me gusta recordarme las cosas, no hace falta dejar el elixir, que las heridas sanen por si solas sin usar el parche es suficiente —respondió con firmeza.

La miré de nuevo. Recordé como en la capital había escuchado hablar a dos miembros del consejo sobre la escasez de parches.

¿No ponerse los parches habría sido algo voluntario?

Como parecía afirmar Sirl, o ¿habría escasez donde ella ha estado luchado estos años?

Una oleada de respeto me apretó el pecho.

—No me has contado nada sobre ello. —Tragué saliva, consciente de lo torpe que sonaba.

Un destello fugaz cruzó sus ojos. No fue rabia o ira. Mas bien fue un atisbo de tristeza.

Guardó silencio un instante. Al final, se ajustó el camisón y dio un paso hacia mí.

—No se puede contar algo a quien no está —respondió con calma en la voz.—. Ahora dime qué querías.

Respiré hondo ante aquellas palabras, después intenté controlar la voz antes de hablar.

—Ilya me dio… un pequeño saco con unos polvos. Dijo que tenía que esparcir un poco en las antorchas alrededor del campamento.

Sirl frunció el ceño.

—¿Qué es?

Me encogí de hombros, su mirada fija en el saquito.

—No lo sé. Pero he hecho una promesa.

Se giró despacio, tomó un vaso de agua y lo llenó con calma exasperante. Se sentó en la silla, con un porte que parecía llenar toda la tienda, aunque estuviera descalza, con el camisón puesto.

—¿Y? ¿Por qué debería permitir que uses algo que te ha dado una trizana, que no conoces sus efectos y en un campamento donde está mi legión? —preguntó, su tono sin un ápice de ira, solo firme, autoritario, cortante.

Sentí la frustración mordiéndome por dentro. Lo había visto venir, lo sabía… aun así, aquí estaba. Si simplemente hubiera echado los polvos sin decir nada…

Apreté los puños.

—No es una enemiga —dije al fin, luchando por sonar firme—. Me lo pidió con un claro deje de preocupación. Por favor, Sirl.