Capítulo 42
El anochecer empezó a deslizarse sobre nuestras cabezas, tiñendo de cobre las nubes y de sombra las montañas. Al fondo, comenzaron a verse puntos de luz. Primero unas pocas chispas aisladas, luego una hilera interminable, recta, firme.
La muralla de priur.
El límite de nuestra península. El muro que nos separaba del continente.
Aun después de tantas veces que la había visto, el impacto seguía siendo el mismo de la primera vez, quizá incluso mayor.
Había piedra y madera en su construcción, pero la mayoría era aleación priur.
Un inmenso muro bruñido que se alzaba hacia el cielo.
Las planchas se entrelazaban con una precisión imposible, sin grietas, sin un solo punto visible de unión.
Brillaba con un tono acerado que cambiaba según la luz incidía sobre ella, a veces azul, a veces violeta, a veces casi negro.
Me detuve unos segundos, incapaz de seguir andando por un momento. Siempre me ocurría lo mismo: esa mezcla de admiración y desconfianza. Había algo vivo en aquel metal, algo que parecía observarte cuando lo mirabas demasiado tiempo.
Recordé la primera vez que la vi, años atrás, cuando aún no entendía cómo algo tan vasto podía haber sido forjado por manos humanas. Ahora sabía más, mucho más… y, aun así, no podía dejar de sentir lo mismo: el asombro, la pequeñez, la sensación de estar frente a un límite del mundo.
El viento silbó entre las torres, arrastrando el eco metálico del muro, un zumbido profundo, que retumbaba en los tímpanos, por un instante, dejé que la inmensidad de aquella línea de metal me envolviera.
En el corazón de esa línea, se alzaba la ciudad frontera. Sus torres brillaban con grandes hogueras en cada almena, y el portón central media más de cuatro metros de altura.
En cuestión de minutos llegamos a las puertas.
Los estandartes ondeaban al viento, y frente al portón aguardaba una figura recia: el líder de la legión Custodes Limes, rodeado de sus segundos.
Tenía la armadura marcada por los años y las cicatrices de mil campañas, pero su mirada era franca cuando levantó la mano en señal de bienvenida.
—Bienvenidos, séptima —dijo con voz clara—. Podéis pasar al cuartel. Nos apañaremos para acomodaros.
La voz de la comandante se alzó, firme, cortante.
—No. Agradecemos la hospitalidad. —Negó con la cabeza sin titubeos—. Acamparemos a las afueras. Nos conformamos con un simple gesto de comida y agua.
Su tono no dejaba lugar a réplica, aunque estaba envuelto en gratitud. Inclinó la cabeza hacia el Legatus de la Custodes. Él la observó un instante en silencio, y asintió.
El campamento se montó a las afueras con la rapidez de siempre, en un descampado amplio donde las hogueras empezaron a brotar enseguida, dando tonos anaranjados a la oscuridad.
El bullicio era constante: mayormente risas, aunque la tensión de lo que ocurriría mañana se comenzaba a notar en el ambiente.
Yo, con el cuenco de comida en la mano y sin saber muy bien dónde meterme, busqué con la mirada a Sirl. Ni rastro.
Di un par de vueltas, fingiendo que me interesaban las sombras que proyectaban las antorchas sobre las tiendas, cuando escuché una voz a mi espalda.
—¡Eh, príncipe de acero!
Me giré. Darion, sentado junto a una hoguera rodeado de media docena de soldados. Me hacía señas con la mano, llamando para que me acercase. Todos tenían las caras iluminadas por el fuego y sonrisas cómplices en los labios.
Me encogí de hombros, pensando que tampoco tenía un lugar mejor al que ir, y me acerqué. Me senté en un hueco junto a ellos. El calor de la hoguera me envolvió enseguida y el olor a carne asada se mezclaba con el de la madera quemada.
—Venga, deja de deambular como un alma en pena —rio Darion, dándome un leve codazo en las costillas—. Chicos, hoy cenamos con emisario real, nada menos.
Un par de soldados soltaron carcajadas. Yo rodé los ojos, di un sorbo de mi cuenco y me uní a la charla.
Darion me pasó un trozo de pan duro, lo agarré en silencio.
—Menudos huevos tienes —dijo uno de los soldados con barba desordenada mirándome—, cuando te vi levantar del suelo por quinta vez pensé que estabas hecho de priur.
Las risas estallaron de nuevo. Sonreí por lo bajo y mordí el pan.
—No, de priur no —contesté. —Más bien de pura cabezonería.
Darion se rio por lo bajo, aprobando la respuesta con un gesto casi imperceptible de la cabeza. Otro de los legionarios, más joven, me tendió su odre de agua. Dudé un segundo antes de aceptarlo.
—¿Gracias? —dije viendo varios odres de agua alrededor de la hoguera.
—No lo agradezcas todavía, bebe —me replicó con media sonrisa, su tono no sonó a burla.
Le di un pequeño sorbo. Era hidromiel, escondida en un odre de agua. Que malnacidos . Sonreí y le di un sorbo más largo.
La charla siguió, ligera, entre anécdotas de maniobras y alguna que otra queja sobre los cocineros.
Yo escuchaba más de lo que hablaba, pero cada vez me sentía menos un extraño.
De vez en cuando alguna risa se dirigía hacia mí, algún comentario todavía punzante, pero ya no tenían esa hostilidad que habían tenido estos días atrás.
Noté, sin querer, que poco a poco, muy poco a poco, el círculo me estaba haciendo un hueco.
Se podía adivinar con facilidad, que esta era la legión de Sirl. Se notaba su educación, su refuerzo en el respeto y en la camaradería. Me pregunte fugazmente si todas las legiones eran así. El legatus de la cicatriz apareció en mi mente.
Claramente no.
El amanecer aún teñía de naranja las almenas cuando los portones de la ciudad frontera se abrieron con un quejido que parecía dolerle al propio hierro.
El sonido de los goznes se mezcló con el repicar de las trompetas y, por un instante, sentí el peso de la responsabilidad cargarse sobre mis hombros.
Hacía siglos que esa frontera no veía abrirse sus puertas hacia el este para algo que no fuese comercio.
A mi alrededor, la legión se transformó en cuanto cruzó al otro lado de la frontera.
Las risas fáciles de los días previos, los saludos despreocupados entre escuadras, las bromas entre los más jóvenes…
todo había muerto de golpe. Vi rostros tensos, mandíbulas apretadas, pasos firmes.
Los soldados marchaban al compás de un solo corazón. El de Sirl.
Sirl avanzaba en cabeza, erguida, con Darion a su lado. No hablaban, la mera forma en que ajustaban el paso, en que miraban el horizonte, bastaba para guiar a los suyos.
Iban protegidos por una formación en cuña de guardianes. Tenían escudos del tamaño de una puerta, lanzas que parecían árboles arrancados de raíz. No se movían rápido, pero sí con una precisión que helaba la sangre. Era un muro viviente que se abría paso sin dar opción al error.
Yo iba detrás de ellos.
El crujido de la grava bajo los pies fue el único sonido que nos acompañó durante un largo trecho.
La calma anterior había quedado atrás, dentro de Noczar.
Ahora, al otro lado de la frontera, se respiraba un aire distinto: pesado, expectante.
Cada paso en aquel territorio enemigo era un recordatorio de que, en cualquier momento, podíamos dejar de ser una comitiva en busca de paz y convertirnos en soldados luchando por su vida.
Había puesto los pies en Trizandia muchas veces, pero nunca así. Antes lo había hecho con las botas llenas de barro, como Orion, como miembro de Atra Vallis.
Pasamos junto a los restos de una fortaleza en ruinas, apenas unos muros rotos cubiertos de arena y me asaltó un recuerdo: había dormido con varios miembros de los Atra Vallis, bajo esos mismos arcos desmoronados, acurrucados junto a una hoguera.
Ahora, en cambio, lo atravesaba rodeado por escudos, marchando al ritmo de una legión entera.
La ironía me hizo sonreír, aunque sin alegría.
Al cabo de unos pocos metros, con la muralla de priur a nuestra espalda aún alzándose. La comandante levantó el puño, y todos se quedaron clavados en seco. El silencio pesó todavía más.
A unos metros delante, cinco soldados montados a caballo esperaban bloqueando el camino. Uno de ellos se adelantó, sin portar estandarte alguno. Mientras venía hacia nosotros, su voz resonó clara:
—Soy Elur, vengo directamente desde el Anillo de Regentes. Mi deber es escoltaros hasta allí. No represento a ninguna ciudad estado de la liga, ni sirvo bajo ningún estandarte.
Al escucharlo, un eco de mis recuerdos se abrió paso en mi mente. Las ciudades estado… cinco en total, cada una con su propio regente. Juntas componían la liga de Trizandia.
En el corazón del continente, erigida sobre una montaña igual que un juez que lo observa todo, se alzaba lo que ellos llamaban, el Anillo de Regentes.
Un castillo neutral, independiente, donde los cinco regentes se reunían cada cierto tiempo, donde los tratados de comercio, paz y guerra eran discutidos y firmados.
Una especie de senado que mantenía unido: aunque fuera con hilos tensados y frágiles, aquel mosaico de orgullos y rivalidades.
Sirl asintió hacia Elur, sin dudar.
Y la legión se puso en marcha de nuevo, esta vez tras aquellos soldados sin bandera, hacia el corazón mismo de Trizandia.
No tardamos en comenzar a cruzarnos con trizanos que nos miraban con recelo.
El aire, denso y cargado del murmullo constante de miles de voces, nos dio la bienvenida.
Recordaba perfectamente la primera vez que escuché el apodo que tenía el resto del continente para Trizandia: «Las Tierras simples».
Cualquiera que escuchara el nombre sin conocer la región imaginaría un páramo desolado o un puñado de aldeas miserables perdidas en la nada, pero la realidad era de una forma drásticamente distinta.