Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 41 #2
50%

Capítulo 41 #2

El círculo que nos rodeaba rugió. Respiré hondo, levanté los puños de nuevo, y nos chocamos como dos toros. Él me atrapó la cintura, me levantó y me tiró contra el suelo. Me quedé mirando el cielo un instante, el pecho ardiendo, hasta que oí su voz sobre mí:

—Vas a… quedarte ahí… ¿verdad? —me dijo entre jadeos, casi con cierto toque de súplica en su voz.

Me revolví, escupí sangre a un lado y me puse en pie. Le devolví la mirada con una sonrisa rota.

—Ni lo sueñes.

Corrí hacia él. Mis puños encontraron su rostro en un par de golpes rápidos. Él, sorprendido, se tambaleó hacia atrás. Por un instante tuve la sensación de que podía darle la vuelta. Pero reaccionó: un puñetazo como un martillo que apenas pude bloquear encajó en mi antebrazo.

Clavé una rodilla al suelo por la intensidad de aquel golpe, sentía el hueso apunto de partirse, los soldados gritaban con verdadero entusiasmo, algunos apostando por el segundo coreando el nombre de Darion, otros apostando por mi coreando Izzarian.

Él, sudado y con la sonrisa torcida, me hizo un gesto con la mano para que siguiera.

Me levanté. Y volví a poner los puños en alto.

Nos acercamos de nuevo, chocando puños y antebrazos, cada impacto retumbaba entre la multitud. El sudor me ardía en los ojos, apenas podía mantenerlos abiertos, pero mi cuerpo se movía solo, la rabia y el dolor tiraban de mí.

Le lancé un derechazo bajo, él lo esquivó y me clavó la rodilla en el abdomen. Sentí el aire escaparse de golpe, retrocedí, con la boca llena de sabor a óxido. El círculo estalló en carcajadas, no crueles, sino animadas, como si estuvieran disfrutando de una buena pelea.

Me lancé otra vez, directo al rostro. Logré conectarle un puñetazo en la mejilla, y otro en el hombro. Darion retrocedió dos pasos, sorprendido por mi insistencia. La sonrisa en su cara se ensanchó, casi divertida.

Yo ya apenas veía, un zumbido sordo me llenaba la cabeza, pero apreté los dientes y me mantuve en pie. Él vino hacia mí, giró el torso y me estampó un gancho brutal que me dobló de lado. Sentí que iba a caer otra vez, pero me mantuve firme a duras penas, respirando como un animal herido.

Con la rabia a flor de piel, deseando tumbarlo, necesito al menos que caiga una vez , me lancé de nuevo, el golpe fue seco, el impacto de mis nudillos contra su mandíbula retumbó en mis propios huesos.

Darion cayó hacia atrás, trastabillando, hasta que su espalda chocó contra el suelo con un gruñido sordo. Durante un instante todo el corro quedo en silencio: el aire, los soldados mirando alrededor, incluso el polvo suspendido en la luz parecía haberse detenido.

Me incliné sobre él, ofreciéndole una mano para levantarlo, con una sonrisa burlona que apenas pude esbozar. Dudó un segundo, la aceptó y se puso en pie también tambaleando. Los legionarios alrededor empezaron a gritar más fuerte, creando un estruendo vibrante que me empujaba hacia adelante.

El aire vibraba con la intensidad del momento. Todos esperaban el siguiente choque. El segundo levantó los puños de nuevo, yo también. Y justo cuando nos íbamos a abalanzar el uno sobre el otro…

Su voz cortó el aire igual que un trueno.

—¿¡Qué cojones creéis que estáis haciendo!?

Todo se congeló. La legatus había entrado en el círculo, la mirada al rojo vivo. Darion bajó los brazos al instante; yo, todavía con los puños levantados, parpadeé sin entender.

—¿En qué mundo pensáis que es buena idea que el emisario del rey llegue a una reunión de paz lleno de moratones como un vulgar borracho que se ha peleado en la taberna? —su voz resonó con tal fuerza que hasta los pájaros del bosque enmudecieron.

El silencio fue absoluto. Los soldados, que hasta un segundo antes reían, ahora estaban rectos como estatuas. Me quedé inmóvil, tragando saliva, sin atreverme a decir palabra.

No necesitaba gritar más: la autoridad estaba en cada gesto, en cada mirada. Era esplendorosa, implacable.

—¡¿Sois idiotas?! —bramó, con la voz dura, clara, cortante.

Todos los legionarios bajaron las miradas al suelo, incluso Darion, que hasta entonces había mostrado aquella sonrisa altanera. El silencio fue absoluto, solo interrumpido por los jadeos míos y del segundo, yo aún me mantenía en guardia por inercia.

Sirl dio un paso al frente, con las manos cruzadas a la espalda, la mandíbula firme.

—Sois soldados de la Séptima, no mercenarios. Tenemos una misión esta vez. No estamos de maniobras, ni moviéndonos con libertad entre ciudades, ni entrenando. Necesito que cada uno de vosotros esté entero y a pleno rendimiento. ¿Os ha quedado claro?

—¡Sí, Legatus! —respondieron todas las gargantas al unísono.

—Bien. —Su mirada se endureció aún más, fijándose en mí un segundo antes de apartarse. —No pienso presentarme escoltando un emisario cubierto de moretones como si fuese un recluta de circo.

Las palabras me atravesaron. Nadie osó replicar. Ella giró sobre sus talones y con un simple gesto ordenó que se reanudaran los preparativos. El círculo se deshizo con rapidez, los soldados volvieron a sus tareas, aunque las sonrisas divertidas aún flotaban en el aire.

El segundo me palmeó el hombro al pasar, sin decir nada más. Yo me quedé allí, con la respiración entrecortada, mientras Sirl se alejaba… y, con un movimiento apenas perceptible, me indicó que la siguiera.

Obedecí.

La encontré junto a uno de los carros, en una sombra algo apartada del bullicio. Me esperó con los brazos cruzados, mirándome con ese gesto que mezclaba decepción y preocupación.

—¿Se puede saber en qué estabas pensando? —dijo en voz baja, pero cada palabra afilada. —¿Quieres llegar a la frontera arrastrándote por el suelo? ¿Quieres que el emisario del rey parezca un idiota ante nuestros posibles enemigos?

Abrí la boca para responder, pero ella alzó una mano y me cortó.

—No me importa si pretendías divertirte, desahogarte o impresionar a los legionarios. No estás aquí para eso. Estás aquí porque la paz depende de que llegues entero, lúcido y con la cabeza bien alta.

Sentí la vergüenza morderme por dentro. Bajé la vista. Ella suspiró, y su voz cambió, suavizándose, dejando entrever un fondo de afecto escondido tras la dureza.

—No vuelvas a ponerme en esta situación. —Me miró a los ojos, firme. —Si alguien tiene que sangrar por esta causa, será cualquiera de nosotros. No tú. ¿Entiendes?

Asentí despacio. Entendiendo al fin mi error y su responsabilidad. Había jurado protegerme, escoltarme, llegar lleno de moratones o heridas, dejaría en jaque su honor. Suspiré bajando la cabeza, aceptando su enfado.

Extendió una mano y, contra todo pronóstico, me apartó con cuidado un mechón sudoroso de la frente.

—No te estoy pidiendo que no luches, Izz. Solo que lo hagas cuando de verdad importe.

Me quedé en silencio, tragando el nudo en la garganta, incapaz de decir nada más que un leve:

—Lo entiendo. Lo siento.

Asintió con frialdad y volvió al tono seco:

—Bien. Entonces vuelve con los demás. Y esta vez… compórtate como lo que eres.

Me aparté buscando donde los soldados se aseaban.

No era más que un par de cubas de agua y un arroyo cercano, con unos trapos ásperos que pasaban de mano en mano.

Agarré uno, lo mojé y me limpié la sangre seca de la cara.

El agua helada me hizo estremecerme, pero agradecí el frescor sobre la piel ardiendo.

Los martillazos de Darion aún resonaban en mi cuerpo. Cada costilla, cada músculo, me recordaba lo durísimo que había sido aquel intercambio. Tenía que reconocerlo: no había recibido nunca puñetazos tan sólidos. Se notaba su entrenamiento, pero también… algo más.

Me incliné sobre el agua, escupí un hilo rojo, y cuando levanté la vista, a mi lado, limpiándose también estaba Darion. Me miró de reojo con una sonrisa.

—Pegas fuerte de cojones —le solté, escupiendo restos de sangre tras enjuagarme la boca.

Soltó una carcajada.

—Es uno de los efectos del elixir en mí. Tengo, más o menos, la fuerza de seis personas. —Se encogió de hombros—. Lo que sí me ha sorprendido es la cantidad de golpes que has aguantado. Nadie que se ha enfrentado a mi ha aguantado tanto.

Me mordí una sonrisa entre el dolor y el orgullo.

—Bueno, supongo que soy un buen saco de boxeo.

—Te recomiendo, aun así… —añadió burlón, con ese brillo de sorna en la mirada— que para la próxima intentes encajar menos golpes.

No pude evitar soltar una carcajada ronca, que se mezcló con la suya. De pronto, me dio una palmada en el hombro. No fue ni la mitad de la fuerza que había descargado en el combate, pero aún así me arrancó una mueca de dolor.

—¡Uff! —protesté mientras me agarraba el hombro dolorido, mientras él reía a carcajadas.

Terminé riéndome yo también, a pesar del ardor en los huesos. Por un instante, no éramos emisario y segundo de una legión. Solo dos tipos riéndose de las hostias que se habían dado.

Al cabo de un rato, con la piel limpia, aunque aún marcada, volvimos con el resto.

Tocaba comer algo, beber agua, y dejar que las heridas reposasen lo justo antes de volver a ponernos en marcha. No pasó mucho tiempo hasta que el silbido de Sirl, seguido de unos cuernos melódicos, dieron la señal.

La comitiva se alzó de nuevo, carros, caballos y legionarios en orden, retomando el viaje hacia la frontera.

Hacia Noyar.