Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Habíamos continuado con la marcha, calmada, tranquila pero impermutable durante toda la noche. El amanecer apenas asomaba entre las copas de los árboles cuando un silbido seco, agudo, desde Sirl rompió el aire. La séptima legión, como un solo cuerpo, se detuvo al instante.

Yo, despistado en mi mundo, seguí avanzando unos pasos más, hasta que noté el silencio extraño a mi alrededor y tiré de las riendas con un gesto torpe, parando más tarde.

El segundo me miró de reojo, sin decir nada, pero con esa expresión que no necesitaba palabras para recordarme que volvía a ser el único que desentonaba. Una mezcla de desaprobación y paciencia.

Un segundo silbido, esta vez melódico, se alzó entre los árboles, y de golpe todo empezó a moverse a mi alrededor a la perfección: unos apilaban piedras para apoyarse, otros sacaban cazuelas, un grupo iba pasando cantimploras hasta los carros de agua, cada uno sabía exactamente qué hacer sin que nadie se lo ordenara.

Nadie se quedaba quieto, nadie parecía dudar de qué debía hacer.

Me quede un instante mirando aquella disciplina con desconcierto.

Finalmente me limité a desmontar del caballo y atarlo al árbol más cercano, justo donde había parado.

Me dejé caer sobre una piedra y bebí un largo trago de agua.

El frescor me bajó por la garganta, y mientras sacaba un trozo de cecina para mordisquear, me apoyé hacia atrás y me quedé mirando todo aquel despliegue.

El fuego empezaba a crepitar en algunas hogueras, las ollas que comenzaban a llenarse, voces cortas, eficaces, que mantenían el orden.

Era impresionante. Preciso. Vivo. Y yo, allí, con mi piedra y mi cecina, me sentía un extraño en mi propio reino.

Mientras mordisqueaba la cecina, no pude evitar recordar las palabras de Sirl: «señorito mimado». Siempre me lo había soltado con esa mezcla de burla y cariño, y por primera vez… me daba cuenta de que quizá tenía razón.

Ella solo conocía la parte de mí que estaba allí dentro de la capital. No conocía a Orión. No realmente. Es cierto que me había visto con las ropas de Atra Vallis, pero desconocía hasta qué punto habría deducido por su cuenta lo que eso implicaba.

Pero aún así, aquello era distinto. Ellos llevaban encima el peso del reino, eran su ejército más letal, con disciplina, sacrificio y silencio.

Un murmullo me sacó de mis pensamientos: varios soldados se habían reunido en círculo, animando a gritos mientras dos de ellos cruzaban golpes con la intensidad de quien no busca ganar, sino pasar el tiempo.

Fue entonces cuando el segundo de Sirl se me acercó.

—De vez en cuando nos gusta matar el tiempo, dándonos algunos palos —dijo con voz grave, sin apartar la vista del círculo—. Por ejemplo, a mí me gustaría darte algunos a ti. ¿Te animas?

Lo miré de reojo, arqueando una ceja:

—Tienes huevos. Me gusta.

Se encogió de hombros, actuando con naturalidad, ignorando el hecho de que acababa de decir que quiere pegarme un puñetazo con lo que ello implica.

—Somos legionarios. Luchamos. Lo de pensar se lo dejamos a nuestra honorable legatus.

Sonreí con sorna, afilando las palabras a propósito.

—Soy emisario ungido por el rey… además de su hijo. No sé yo cómo se tomará la gente, o en especial tu legatus, que nos «demos de palos».

—Sabía que te escudarías en títulos —gruñó el segundo, ladeando la cabeza con una mueca entre burla y desprecio. Luego, giró la mirada hacia su legatus—. Y en ella.

—Oh, no, para nada —lo corté rápido, sin dejarle siquiera terminar de cargar su veneno—. Nos vamos a partir la cara, no lo dudes. Solo estaba citando hechos. Créeme, no hay nada que me apetezca más.

Mientras lo decía, una punzada amarga me atravesó.

No pude evitar pensar en Neik. Si él hubiese estado aquí, ya habría encontrado la forma de sacarme las sombras de dentro a base de golpes, sudor y risas.

Habría sabido leerme. Habría sabido que necesitaba desahogarme desde hace rato, y no me habría dejado cargar durante todo este tiempo con lo que sentía después de las palabras de Sirl y lo que me habían causado.

Esto… esto era lo más parecido que tenía ahora. Una segunda opción. Una peor opción. Pero al menos era algo.

Nos encaminamos juntos hacia el círculo. El segundo, con voz firme, lanzó:

—¿Quién es la última pareja?

Todos callaron.

Lo miraron a él y luego a mí a su lado, los que estaban haciendo cola retrocedieron, y hasta los dos que se daban golpes en el centro se apartaron, despejando el terreno. Las miradas se posaron en nosotros. El segundo vaciló una sonrisa ladeada:

—Supongo que ya nos toca.

No pude evitar sonreír también. Se metió en el círculo mientras iba quitándose la armadura, después se giró hacia mí y se quitó la parte superior de la ropa, quedándose solo con unos pantalones. No dudé en imitarlo.

Cuando se puso en posición, levantando los puños, alcé la vista para ver todas las caras del círculo, un sudor frío sudor me recorrió la espina dorsal. En ese instante supe el error que había cometido. Un grandísimo error.

Aquellos eran soldados acostumbrados a pelear con sus puños diariamente; sus cuerpos lo decían todo. Todos allí estaban sin camisas, tenían los músculos marcados, casi una docena de cicatrices cada uno, los cuellos curtidos, las manos callosas: en sus rostros no había diversión, había hambre.

Era obvio que para ellos pegarse no era un pasatiempo, era parte del oficio, una rutina, un ejercicio de supervivencia y de prueba constante. Aquí había presas y cazadores; yo, por mi estupidez, me había ofrecido como presa.

El segundo estaba clavado en su postura, concentrado, serio. No era solamente el deseo de pelear por el placer del choque: noté algo más, una tensión dirigida en concreto hacia mí, hacia lo que representaba.

Me había vacilado con aquella amenaza burlona, y yo pensando que era un juego tonto, un entretenimiento pasajero, no me di cuenta de lo que declaraba.

¿Sabía de la promesa que hice a Sirl y había roto?

¿Le había causado con ello daño a su Legatus y buscaba venganza?

No lo sé. Pero sí intuí que mi presencia encendía algo en él que iba más allá del simple entretenimiento: no sabía con certeza si era por lo que él pudiese sentir por ella, o era rabia por la afrenta al honor, por verme como un bastardo con cetro prestado, por la vergüenza que, a sus ojos, yo podía suponer sobre una legatus que me protegía.

Me recorrió una claridad fría: Si no peleaba, lo que se comentaría no sería solo sobre mí, sino sobre la mujer que había jurado protegerme. Y eso… eso no podía permitírmelo. Tampoco podía permitir que mi nombre se convirtiera en un motivo de burla.

Mi corazón golpeó en mis oídos. Sentí el sudor frío en mis manos, la textura áspera de las vendas, la tensión de mis propios músculos, menos acostumbrados a ese tipo de combate que los de ellos.

Respiré hondo, llenando los pulmones con el aire del claro.

No estaba seguro de si aquello iba a ser una lección o una humillación, pero estaba claro que iba a ser real.

Me enderecé un poco más, ajusté la guardia, y por primera vez en largas semanas, dejé de pensar para concentrarme en el golpe que venía.

Él sonrió con dureza. Los demás cerraron el círculo. Noté el latido acelerado en las sienes y, a la vez, una extraña calma.

Se empezó a mover hacia la derecha con la guardia en alto, sus puños llenos de naturalidad, mientras yo trataba de imitarle recordando lo que había practicado años atrás con Ruel.

El primer golpe me llegó directo al estómago: un martillazo seco, veloz, que me dobló en dos.

Apenas tuve tiempo de recomponerme cuando me lanzó un combo que me cruzó la cara con un derechazo que me lanzó al suelo.

Sentí la tierra dura contra mi pecho y el sabor metálico en la boca. Pero no me quedé ahí. Me levanté rápido.

Los siguientes minutos fueron un desfile de puñetazos, rodillazos y caídas.

Cada vez que me tumbaba, las piernas me temblaban, y cada vez me ponía en pie, más torpe, más dolorido, pero sin rendirme.

Me aferraba a esa idea absurda de que no iba a dejarle la satisfacción de quedarme tirado en el suelo.

Podía ver en los ojos de los soldados que nos rodeaban cada vez que me levantaba de sus golpes, que iban perdiendo esas muecas serias y ya no me miraban como a un estorbo en medio de su legión.

Algunos sonreían. Otros hasta nos animaban con murmullos de expectación. Yo jadeaba, sangrando por la nariz.

El segundo me agarró del hombro y me estampó contra el suelo de nuevo. La arena se me coló en la boca. Escupí y me puse de rodillas, luego de pie. Me miraba con seriedad, pero entonces, por primera vez, sonrió. Una sonrisa torcida, vacilona.

—No está nada mal —me dijo, torciendo el cuello con un crujido. —Al menos eres resistente.

Gruñí, le devolví la sonrisa, esquivé su puño y lancé un golpe de derecha.

Le sorprendí; le encajé uno en la mejilla y luego lancé otro en el costado.

Retrocedió medio paso, tocándose el labio partido.

No tardó en devolvérmelo: dos golpes secos, uno al pómulo y otro a las costillas, que me dejaron sin aire.

La sangre me latía en las sienes, la respiración me ardía en la garganta, pero estaba bien.

Seguía en pie. Los legionarios a nuestro alrededor se habían soltado del todo: ya no eran simples testigos, eran público entusiasmado, casi un corro de taberna animando una pelea.

Algunos reían, otros gritaban. Apenas los escuchaba, solo sentía el zumbido en mis oídos y el calor de la pelea.

Me lancé, más por instinto que por técnica.

Le tiré un gancho al costado, él lo bloqueó con el antebrazo y me devolvió un directo que me estalló en la mandíbula.

Sentí cómo me crujían los dientes, pero aproveché la inercia para girar y soltarle un revés al rostro.

Fue como golpear un muro, aunque logré que retrocediera un par de pasos.