Capítulo 40
Al cruzar la puerta hacia el claro frente a la casa, la luz de la mañana me cegó por un instante. Sirl estaba allí, esperando al pie de los dos peldaños que levantaban el porche del suelo, con su segundo erguido a su lado. Cuando me vio, llevó un puño al pecho en un saludo firme y solemne.
Le devolví el gesto. No dijo nada. Yo tampoco. Simplemente nos pusimos en marcha y descendimos junto a sus veinte soldados por el sendero.
El murmullo de armaduras chocando, cascos ajustándose y resoples de caballos impacientes por trotar lentos en el sendero fue creciendo conforme nos acercábamos a la falda de la montaña.
El sendero desembocaba en el camino principal, y allí aguardaba el grueso de la legión que me iba a acompañar: un centenar de soldados perfectamente formados, los estandartes clavados en la tierra, ondeando con orgullo.
Carros cargados con víveres y armas, ruedas reforzadas, y animales de tiro resoplando bajo el peso.
El sol arrancaba destellos violetas en los cascos de las filas, dándoles un aspecto casi irreal, parecían una sola muralla viviente de acero.
Me detuve un instante. Un suspiro se me escapó sin poder evitarlo.
La realidad me golpeaba con la certeza suave y aplastante de un destino que ya no podía desandar.
La comitiva avanzaba ya unida, el eco de los cascos y las ruedas de los carros retumbando en el suelo. Dejamos atrás, a nuestra izquierda, la silueta de Rayala, sus murallas bañadas por la luz dorada del amanecer, los tejados aún envueltos en la bruma.
El viaje se extendió durante horas. El sol subió, ardió, y luego comenzó a declinar, pintando el horizonte de naranjas y violetas. La legión mantenía su ritmo implacable. Nadie se quejaba, nadie se detenía.
Pero cuando el cielo empezó a teñirse de sombras, la inquietud me fue ganando. Esperaba en cualquier momento escuchar la orden de parar, levantar tiendas, encender fogatas, dejar descansar a hombres y bestias. Esa orden nunca llegó.
Finalmente, incapaz de contenerme más, espoleé mi montura hasta ponerme al lado de Sirl. Su figura erguida, impecable incluso tras una jornada entera, era la viva imagen de la disciplina.
—No… ¿no vamos a detenernos? —pregunté, incapaz de ocultar mi desconcierto.
Giró la cabeza hacia mí, con el gesto sereno, casi frío, aunque sus ojos parecían medir mis palabras con detalle.
Soltó una risa breve, seca, que hizo que varios soldados cercanos giraran la cabeza un instante. Luego me miró con incredulidad, como si acabara de contar un chiste absurdo.
—Ah… me lo estás preguntando en serio. —Su tono se suavizó, pero sus ojos brillaban con un deje de burla contenida.
Levantó la mano y señaló con el dedo uno de los carros cubiertos que avanzaba a nuestro lado, rechinando con cada bache del camino.
—Duerme allí si quieres. —Su voz volvió a ser firme, la de una comandante acostumbrada a no repetir dos veces—. Llegaremos a Noyar al anochecer de mañana. Descansaremos entonces.
Yo seguí con la mirada el carruaje, el cuero de la lona sacudido por el viento, las ruedas hundiéndose en el polvo del camino. Volví a ella, a su porte recto sobre la montura.
Y le solté con un tono más serio del que pretendía:
—Hazme el favor de no tratarme como a un idiota. Sirl.
La legatus arqueó una ceja, ladeando la cabeza hacia mí. Luego se encogió de hombros.
—No lo hago. Somos una legión Aetheria, no una normal. —respondió con naturalidad, sin necesidad de elevar la voz—. Todos tomamos el elixir Yher. —Me miró de reojo, y ahí apareció la chispa que conocía demasiado bien—. Creo que estás muy acostumbrado a hacer de señorito mimado… príncipe bastardo.
La forma en que lo dijo me atravesó igual que una flecha, pero no con dolor. Era un eco de otro tiempo. Y, contra todo pronóstico, empecé a reírme.
Me descubrí con una nostalgia cálida que me apretaba el pecho. Hacía años que no la escuchaba llamarme así, con esa mezcla de burla y cariño. Era como volver a ser niños por un instante, aunque cabalgáramos rumbo a la frontera de una posible guerra.
Su voz perdió intensidad, volviéndose más cálida, casi didáctica:
—La Legión Aetheria puede marchar sin pausa a pleno rendimiento durante dos días completos. Solo necesitamos detenernos una vez al día para comer y rellenar las cantimploras de agua.
La miré de reojo, frunciendo el ceño.
—¿Pero es necesaria tanta tensión y esfuerzo cuando aún estamos dentro de nuestras propias fronteras? —insistí—. ¿Y qué hay de los animales que cargan los carros?
Soltó otra risa, breve y natural.
—Las legiones Aetherias siempre actúan así. Todas y cada una de nosotras. No es un esfuerzo: es el pan de cada marcha que efectuamos.
Me devolvió la mirada, sorprendida quizás por lo serio que yo la observaba. Entonces añadió con un destello burlón en los ojos:
—Estamos acostumbrados. No es un esfuerzo. Y los animales toman un brebaje parecido al elixir; ellos también aguantan sin problema. Estamos bien. Simplemente tú… —me señaló con la barbilla, como hacía cuando éramos críos —creo que eres demasiado débil.
Y volvió a reírse, ligera y segura de sí misma, mientras yo reprimía el impulso de responder con alguna impertinencia.
Mientras avanzábamos, dejé que sus palabras me calaran más de lo que quería admitir.
Por primera vez, pensé realmente en ello: en la falta de sueño.
Nunca había sufrido por estar en vela uno o dos dias.
Ni siquiera ahora, tras las interminables noches arrastradas por las pesadillas de Ilya, no me había sentido agotado hasta la extenuación.
Solo cansado. Siempre había creído que era algo propio de mí, un capricho extraño de mi cuerpo, una rareza con la que había aprendido a convivir.
Pero escuchar que toda la Legión podía marchar dos días completos sin descanso manteniendo su pleno funcionamiento si la batalla sorprende… eso me hizo tambalear. ¿No era yo tan único como pensaba? ¿No era un don, sino apenas un reflejo de lo que otros habían dominado?
Me quedé mirando el camino, absorto en mis pensamientos, hasta que la risa de la comandante me sacó de golpe de mi divagación.
—Te crees muy especial a veces, por tu condición única… —dijo con sorna, ladeando la cabeza hacia mí—. Pero no lo eres tanto.
Sus palabras fueron como una piedra en el pecho.
Y de inmediato, recuerdos pasados me golpearon: fragmentos de secretos que cargaba, de la verdad de quien, o que era en realidad.
Pero estaban difusos y eran vagos, sin sacar nada en claro.
Solo ella, Neik y Ruel habían notado que soy diferente.
Quizá podría saber todo Dast… si su memoria no le fallaba. O lo dislocaba.
El resto del mundo, ni siquiera tenían idea de que no tomaba el elixir, pero me beneficiaba de sus efectos.
La miré fijamente, buscando quizá una grieta en esa fachada de comandante inquebrantable. Ella me devolvió la mirada, firme al principio, pero luego frunció el entrecejo, intrigada.
Retiré la vista, bajando la voz con calma, sin dejar que se quebrara.
—Muchas gracias… por arriesgar tanto para acompañarme. Sé que dijiste que lo haces por mantener la paz, pero… quiero darte las gracias honestas, sin medias tintas.
Calló un segundo, y su semblante se suavizó ligeramente.
—Es cierto que también lo hago por ti. —Su tono era sincero, más desnudo de lo que solía mostrar—. Pero lo hago más por tu madre. Por nuestra promesa.
Su mención me golpeó con fuerza. Una imagen se abrió paso en mi mente: mi madre, encamada y enferma, la piel pálida contra las sábanas, y nosotros dos, apenas unos niños, de pie a su lado.
Ella nos miraba con ternura febril, acariciándonos el cabello, y con voz débil nos dijo: «Prometedme que siempre os protegeréis el uno al otro.
Que cuando la vida os ponga la punta de la espada en el cuello, seréis el escudo del otro.
Así, aunque yo no esté, estaré tranquila, porque nunca estaréis solos. »
Sentí un pinchazo en el corazón, tan nítido que me faltó el aire. Comprendí entonces lo que llevaba años evitando reconocer: la razón por la que me había distanciado de ella. Estar cerca de mi amiga era un recuerdo constante de mi madre. Doloroso. Punzante.
Aflojé el galope de mi caballo casi de manera inconsciente, retrocediendo unos cuantos pasos más atrás. Necesitaba espacio, distancia, aunque fuese mínima. Ella siguió al frente, erguida, con la silueta recortada contra el horizonte.
Desde atrás, llevaba en el pecho el eco ardiente de una promesa rota a mi madre, había fallado estrepitosamente. Había abandonado a Sril, lidiando ella sola con eso y con todo.
La carga de ser Legatus, la carga de aguantar insultos y faltas de los demás como había ocurrido en el gran salón después de la reunión.
Mierda. Me agarré el pecho dolorido. Y suspirando fuerte, intenté recuperar el control de mi cuerpo. No era el momento. Debía ser el emisario de Noczar. No un hombre roto.
Por un instante que duró apenas un segundo, Sirl ladeó la cabeza y me miró por encima del hombro.
Una mirada fugaz, casi imperceptible, pero suficiente para encender en mí un fuego incómodo.
Me removí en la montura, sintiendo cómo la culpa me corroía.
Habíamos hecho una promesa frente al lecho de mi madre…
y yo había sido el que la había roto. La había dejado sola, la había abandonado durante años para huir del dolor que ella misma me recordaba.
Apreté los dientes, intentando apartar la idea, pero mis ojos volvieron a buscarla. A su lado ahora, inseparable, marchaba su segundo: esa sombra fiel que nunca la dejaba, que siempre estaba donde ella estaba, un reflejo de acero y lealtad.
Me descubrí sonriendo ligeramente con alivio. No estaba sola.
Y luego me golpeó otra vez en ese mismo alivio, una punzada de nostalgia.
Pensé en Neik, en cómo él había escogido quedarse conmigo, caminar a mi lado cuando quizá su lugar también estaba junto a ella.
Habíamos sido los cuatro inseparables, Sirl, Neik, mi madre y yo.
Años después el destino nos había arrebatado a mí madre, y yo había arrebatado lo demás, repartiendo nuestras lealtades.