Capítulo 39
La primera luz del día se coló entre las cortinas, tiñendo la estancia con un resplandor dorado.
Abrí los ojos lentamente, y me desperecé con un largo estiramiento que me recorrió los músculos igual que un hechizo de curación.
Nunca había dormido tan profundamente. Me sentía renovado, ligero, como si todo el peso de la reunión de ayer y de lo que tenía que hacer, se hubiera desvanecido por unas horas.
Una sonrisa enorme se dibujó en mi rostro sin que pudiera evitarlo. Giré la cabeza, buscando el calor de su cuerpo junto al mío… pero en la cama solo estaba yo.
La sonrisa se me borró lentamente. Parpadeé, arqueando una ceja con curiosidad. Me incorporé un poco, tanteando el espacio vacío a mi lado, todavía tibio.
Justo en ese momento la puerta se abrió suavemente. Ilya entró con pasos ligeros, su silueta recortada contra la luz de la mañana. Me miró… y sonrió.
Al pasar el umbral, cerró la puerta con suavidad, apoyando la espalda en ella durante un instante, mirando con lentitud hacia su cama, hacia mí en ella.
Tras unos segundos en los que una sonrisa incómoda se esbozaba en mi rostro, avanzó hacia la cama. Yo, aún con la sonrisa en la cara, me crucé de brazos exagerando una expresión de falsa indignación.
—¿Y bien? —dije con tono burlón—. ¿Es esta la manera en la que me abandonas al despertar?
Arqueó una ceja, divertida, y se encogió de hombros.
—Me pareció que estabas tan feliz que no notarias mi ausencia.
—¿Yo? —me llevé una mano al pecho, teatral—. Eso carece de sentido, me ofende incluso.
Se rió y me lanzó un cojín, que atrapó mi cara de lleno. Solté una carcajada que deshizo la tensión como el sol deshacía la niebla.
—Qué dramático eres —murmuró, acercándose a la cama.
—¿Dramático? no… incomprendido —respondí, estirando la mano para atraparla por la muñeca y acercarla un poco más.
Se dejó llevar un instante, sus labios curvados en una sonrisa juguetona, pero luego pareció recordar algo. Con gesto decidido, se sentó al borde de la cama y sacó de su cinturón una pequeña bolsita de cuero oscuro.
—Yo también tengo un regalo para ti… —dijo, su voz más seria—. A cambio del perfume.
Sus dedos acariciaban el saquito con una delicadeza inusual. Luego levantó la mirada, clavando sus ojos en los míos.
—¿Confías en mí?
La pregunta cayó entre nosotros, borrando toda la ligereza del instante anterior.
Tomó mi mano y, con suavidad, acercó la pequeña bolsita a mi pecho. El contacto fue firme, casi solemne. La miré, y sin dudarlo, asentí.
—Claro que confío en ti.
Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue, aunque sus ojos mantenían un brillo asustadizo. Me sostuvo la mirada unos segundos antes de hablar, su voz ahora baja, tan seria que me erizó la piel.
—Hay enemigos más allá de la imaginación en Trizandia —dijo despacio—. Nosotros... estamos acostumbrados a ellos… Hemos aprendido a lidiar con ellos, más o menos.
No apartaba la vista de mí, como si quisiera asegurarse de que cada palabra calaba en mi interior.
—Cuando montéis campamento por las noches, rodeadlo con luz de antorchas. Y a cada una de ellas, echa una pizca de lo que hay en este saquito.
Sentí la curiosidad ardiendo por dentro, un fuego que quería consumir el misterio en sus manos. Bajé la mirada hacia el saquito.
—¿Qué es? —pregunté.
No pestañeó. Se limitó a repetir, con firmeza:
—Necesito que confíes en mí… y lo hagas.
Sus palabras no eran una súplica, sino una orden revestida de preocupación. Me quedé en silencio, mordiéndome la lengua, y finalmente asentí:
—Lo haré.
Asintió también, esta vez más tranquila, y retiró lentamente su mano, dejando la bolsita en la mía. El cuero se sentía extraño, pesado para su tamaño, parecía ocultar algo que no podía explicarse con facilidad.
Guardé silencio, aunque en mi interior la intriga crecía. Aun así, si ella me pedía confiar… lo haría.
No dijo nada más. En lugar de eso, se inclinó hacia mí y me rodeó con los brazos. Su abrazo era cálido, fuerte. Lo devolví, apretándola con toda la fuerza que podía permitirme, grabando en mí, su olor a lilas y jazmín. Sonreí ante ese olor, se había puesto el perfume.
Me acerqué un poco más, inhalando de manera exagerada, como si aquello fuera un manjar raro y delicioso. Hice un gesto casi teatral, ladeando la cabeza y cerrando los ojos, disfrutando del perfume.
—¡Madre mía! —solté entre risas—. Esto es… esto es injusto para mis sentidos.
Soltó un pequeño bufido y me dio una palmada juguetona en el hombro.
—Tonto —dijo, sonriendo con picardía.
Sin dejar que se apartara, la rodeé con mis brazos y la atraje hacia mí, abrazándola con fuerza. Respiré profundamente, jugando con el aroma mientras se retorcía entre risas, intentando liberarse.
—¿Ves? —dije, presionando la cara ligeramente contra su cabello—. ¡Me tienes hipnotizado con esto!
Ilya intentó replicar con otra palmada, pero entre carcajadas me limité a sostenerla, disfrutando del momento.
Quería llevarme todo lo posible de ella en el viaje. Guardarlo dentro de mí bajo llave para cuando lo necesitase.
Cuando las risas terminaron y la realidad cayó sobre nosotros, nos quedamos abrazados en silencio.
No sé cuánto tiempo permanecimos así, respirando al mismo ritmo, en un silencio que lo decía todo sin necesidad de palabras.
Mi corazón golpeaba lento, pesado, como si intentara resistirse al momento en que tuviera que soltarla.
Entonces, una grieta se abrió en aquella quietud íntima, los cuernos de la Séptima Legión resonaron en el aire, profundos y solemnes.
No nos separamos al instante. Tardamos unos segundos, aferrándonos en ese último refugio antes de que el mundo volviera a reclamarme.
Los cuernos cesaron con el sonido de las pisadas metálicas fuera de la casa.
Sin soltarnos del todo, nos acercamos a la ventana. El frío del amanecer entró por la rendija, despejando el aire cargado de nuestra intimidad.
Al borde del sendero que ascendía, antes de entrar al claro frente a la casa, estaba una veintena de soldados, con sus estandartes verdes con un escudo ondeando en la brisa temprana, el metal de sus armaduras de priur devolviendo destellos violetas con las primeras luces del sol.
Al frente estaba Sirl, erguida como siempre, su silueta inconfundible aún a distancia, y a su lado, inseparable, su segundo.
Era un cuadro solemne, disciplinado, que imponía por sí solo. Aquel grupo representaba la fuerza de un reino… la elite.
Ilya, aún a mi lado, dejó escapar un suspiro breve. Yo no dije nada. Solo observé en silencio, sintiendo cómo esa imagen sellaba el final de la calma, dándome de bruces con la realidad que me esperaba.
Ella seguía a mi lado, los ojos fijos en la comitiva al borde del sendero. Por un momento pensé que iba a mantenerse en silencio.
—Vuelve a mí. —dijo con la voz baja, casi un murmullo que temblaba en el aire.
No fue una orden, ni siquiera una súplica; fue un deseo tímido, sencillo y bonito que me atravesó más que cualquier discurso solemne.
Me giré hacia ella, y la encontré sonriendo ligeramente, como si le avergonzara haberlo dicho en voz alta. Pero en sus ojos había una luz que no podía ocultar, una chispa que me hizo estremecer.
Yo no respondí con palabras. Solo asentí despacio, grabándome ese instante en lo más hondo.
Me incliné hacia ella, despacio, tomándome todo el tiempo del mundo. Mis labios rozaron su frente con suavidad, y me detuve ahí, notando la suavidad de su piel, el calor que emanaba, la delicadeza de ese contacto que se me antojó eterno.
Mientras lo hacía, pensé que jamás había hecho un gesto tan sincero en toda mi vida. Un beso en la frente… era tan simple y, sin embargo, encerraba algo más grande que cualquier caricia o palabra: era promesa, era cuidado, era pertenencia.
Ella cerró los ojos y hundió el rostro en mi pecho. Sentí su respiración contra mí, acompasada, deseé que el tiempo se congIlya, que nada nos obligara a separarnos.
Pero la séptima al borde de la casa repiqueteaba en el fondo de mi cabeza.
Me obligué a soltarla, aunque doliera, y regresé a mi cuarto.
El silencio del pasillo se me hizo agobiante.
Me vestí con calma al llegar a mi habitación, abrochando una a una las correas de la coraza ligera, ajustando las botas, ciñendo el cinturón con manos que temblaban más de lo que quería admitir.
Cuando bajé al salón, vi a Neik. Ya pertrechado de pies a cabeza, la hoja curva al cinto y la sonrisa confiada que llevaba incluso en los momentos más tensos.
—¿Listo para nuestra aventura, alteza? —dijo, alzando las cejas con su habitual desparpajo.
Hice una mueca amarga. Lo había olvidado.
Me acerqué a él, más serio de lo que acostumbro, y le solté sin rodeos:
—No puedes venir conmigo.
Su cara cambió de inmediato, primero a incredulidad, luego a una mezcla de furia y ofensa.
—¿Qué? ¿Otra vez vamos a tener está discusión? ¿Pretendes dejarme aquí, mascando polvo mientras tú juegas al héroe?
Le sostuve la mirada con firmeza.
—Necesito que te quedes. —Me costaba decirlo, pero era la verdad—. Cuida de Ilya. Entrénala. Protégela.
Él refunfuñó como un perro enfadado, bufando, agitándose con palabras que se atropellaban: reproches, una indignación sincera.
—¿Estás de broma? ¡No me jodas! ¿¡Me pides que me quede de niñera mientras tú vas a Trizandia vestido como el hijo bastardo!?
Respiré hondo y añadí en un murmullo:
—Por favor.
—¡Venga ya! —dijo, señalándome con un dedo acusador—. No me puedo creer que la primera vez que usas por favor conmigo sea para joderme así.
Se quedó mirándome, la mandíbula tensada. Al fin dio un bufido teatral, dio dos pasos y plantó los pies, cogió una silla y se dejó caer en ella con exagerada brusquedad. Cruzó los brazos sobre el pecho y clavó la mirada en mí como si yo fuera el culpable de su peor desgracia.
—¿Quieres que cuide a Ilya? —dijo, cada sílaba una queja—. ¿Que la entrene? ¿Que la proteja? ¿Qué le haga la cena y le cante nanas cuando tenga pesadillas? ¡Joder, Izz! ¿No puedes pedírselo a alguien con un poco menos de sentido del deber?
Negué con una mueca y me acerqué más, bajando la voz para no convertirlo en espectáculo.
—Sé que no es lo tuyo, lo sé. Pero solo confío en ti.
Se quedó en silencio un tiempo, mirando al fuego de la chimenea parecía buscar en las llamas una respuesta más cómoda que la mía. Luego se puso en pie con un suspiro largo, fingiendo enfado y frunciendo el ceño. Se acercó a mí, me dio un codazo, casi una caricia ruda.
—Está bien. Me quedo. —gruñó—. Pero que conste: Me vas a deber una de proporciones épicas. Una de esas que incluyan cerveza, taberna y una hostia de historias que duren hasta que no podamos sostenernos en pie. Y si vuelves sin nada, te sacaré los ojos con una cuchara.
Sonreí, divertido y a la vez serio. Me giré hacia la puerta. Al llegar al umbral, con la capa echada sobre el hombro, le respondí sin volver la cabeza:
—Eso espero. Pagaré lo que sea encantado. Lo siento Neik, de verdad.