Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Cuando crucé los portones del castillo, saliendo de nuevo a la ciudad, sentí el aire fresco golpearme en la cara como si quisiera arrancar de mí el peso de todo lo que había ocurrido allí dentro.

Neik caminaba con calma a mi lado, con total tranquilidad igual que si en vez de salir de un consejo que había estado al borde de la guerra, saliésemos de una taberna cualquiera.

—Bueno —dijo, con una sonrisa—, ¿y qué piensas hacer con Ilya? Porque eso de irte de emisario al otro lado del continente… digamos que no es el mejor plan para mantener el calor de una cama.

Bufé, sin contestarle al instante. Lo odiaba y lo envidiaba a partes iguales por su facilidad para soltar esas cosas como si nada. Me quedé atrapado en mis propios pensamientos un segundo. ¿Qué iba a hacer con ella? Ni yo mismo lo sabía.

Fue entonces cuando, bajando por las escalinatas hacia la plaza, me di cuenta de que los puestos de los mercaderes seguían abiertos. Debido a la reunión, la ciudad estaba abarrotada de gente y soldados de toda la región. Esa noche, la ciudad no dormía hasta entrada la madrugada.

Me detuve en seco.

—Ve yendo tú a la cima —le dije a Neik—. Tengo un recado pendiente.

Él arqueó una ceja y soltó una risita.

—Ajá...No tardes mucho, tienes que descansar señor emisario.

Rodé los ojos y lo dejé atrás.

Entre el bullicio, busqué el tenderete que había visitado el día anterior.

El mercader estaba esperándome con una sonrisa satisfecha y un pequeño frasco en la mano.

Lo descorchó con gesto ceremonioso y me ofreció una muestra.

Cerré los ojos y aspiré. El aroma era idéntico, esa misma sinergia de flores y magia que llevaba impregnada Ilya desde el primer día que la vi.

El corazón me dio un vuelco.

—Perfecto.

Pagué sin regatear, dejando en sus manos una suma ridícula, desorbitada incluso para lo que era. No me importaba. Ese perfume valía cada moneda.

Guardé el frasco con cuidado y me encaminé hacia la cima de la montaña. Allí, donde todavía esperaba la única calma que me quedaba ahora mismo.

Desde lejos vi a Neik. Estaba sentado en el porche, con una jarra de hidromiel a un lado y un tallo de cebada en la boca, masticando distraídamente mientras miraba las estrellas.

Era la estampa perfecta de alguien que parecía no tener preocupaciones en el mundo.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, me lanzó una sonrisa y, sin decir nada, se levantó despacio.

Entró en la casa y me dejó la noche a solas.

Seguí caminando, con los pasos amortiguados por la hierba húmeda, hasta el borde del acantilado.

Allí estaba ella, sentada sobre el tronco horizontal que hacía de banco, observando la ciudad con sus luces ardiendo en la distancia.

Ilya giró al escucharme. Sus ojos se encontraron con los míos…

pero no se detuvieron ahí. Bajaron hacia mi atuendo.

Por primera vez me veía tal cual era: no un mercenario, sino el bastardo del rey, vestido como príncipe.

Me quedé quieto, casi conteniendo la respiración, esperando su reacción. No sabía qué esperar: sorpresa, decepción, distancia.

Pero ella no hizo nada de eso. Sus labios dibujaron una sonrisa leve, cálida, y luego volvió la vista hacia el horizonte.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó, intentando sonar casual, pero su voz traicionaba la quietud.

Solté un suspiro, largo, pesado.

—Ha ido… como era de esperar. —Me pasé una mano por el pelo, aún con el eco de la voz del rey en la cabeza—. El rey ha dejado claro que no tengo voz ni voto en lo que ocurra. Que yo solo soy su emisario, nada más.

—Oh… —murmuró Ilya, bajando un poco la mirada—. Lo siento.

Negué con un gesto brusco.

—Que le den al rey. —La amargura me salió más áspera de lo que pretendía—. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras decide si matamos o no a miles de inocentes. Si puedo evitar esta guerra, lo haré.

Ilya me miró sorprendida, como si hubiera dicho algo incomprensible.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó, en un tono que intentó sonar curioso, pero tenía algo más, una sombra detrás que no pude descifrar—. Esa gente te ha hecho daño… a ti y a Noczar.

La miré fijamente, y durante un segundo vi reflejada en sus ojos una duda, una grieta, algo que se movía detrás de su serenidad.

—¿Me lo preguntas en serio? —le respondí con media sonrisa cansada—. Soy hijo del rey… pero también soy Orion. Soy ambos. Soy Atra Vallis. —Me llevé una mano al pecho—. Voy a luchar por los inocentes, siempre. Da igual la piel que vista.

No respondió. Solo me sostuvo la mirada unos segundos más, antes de apartarla. No supe si era por respeto, por miedo… o porque lo que había dicho la había golpeado donde no esperaba.

—Dice Draco que partís mañana.

Sentí cómo ese simple comentario me atravesaba con la fuerza de una lanza. Ni reproches, ni preguntas, ni miedo. Solo aceptación.

Me senté a su lado en el tronco, dejando que el silencio nos envolviera un instante. Sin saber por qué, una risa se me escapó, corta, seca, casi incrédula.

Ilya ladeó la cabeza, curiosa. Le devolví la mirada y negué con suavidad.

—Es gracioso… —murmuré, apoyando los codos en las rodillas—. Creo que es la primera vez que estoy fuera de la ciudad, a punto de emprender un viaje… como Izz. No como un mercenario. No como Orion.

Me quedé callado un segundo, sintiendo el peso de mis propias palabras. Bajé la voz, casi en un susurro.

—Me da algo de miedo, sinceramente.

Ilya no respondió de inmediato. Solo me observó durante unos minutos, con calma.

—¿Izz…? —dijo apenas moviendo los labios.

Parpadeé, sorprendido.

—¿Eh?

—Ese es tu nombre, ¿verdad? —dijo ella con un hilo de voz—. Izz.

Me quedé quieto, el corazón dándome un vuelco en el pecho. Tragué saliva, bajando la mirada un instante antes de asentir.

—Sí… Izzarian Lucero.

Esbozó una sonrisa suave, distinta a cualquiera que le hubiera visto antes, y me acarició la mano con la yema de los dedos.

—Entonces eres Izzarian. Me gusta más que hijo bastardo. Y… —dudó apenas un instante, pero sus ojos brillaban seguros— a mí me gusta estar con él, con quien realmente eres.

La calidez de sus palabras me golpeó. Me tensé, intentando contener el temblor que me recorrió el cuerpo.

Apretó un poco más mi mano, volviendo la mirada hacia la ciudad iluminada a lo lejos.

—El miedo está bien, Izz. Significa que entiendes lo que te espera. Pero no puedes dejar que te gobierne. Tienes que caminar con él al lado… y seguir adelante.

Giró hacia mí otra vez, seria, con una madurez que no había mostrado nunca.

—Y lo harás.

La luna bañaba su hermoso rostro, sin pensarlo demasiado, incliné la cabeza hacia su mano y rocé sus dedos con mis labios. Fue un beso breve. Ilya me miró con esos preciosos ojos azules.

—Vengo de Trizandia, como bien sabes —dijo, como si soltarlo fuera una piedra que llevaba mucho tiempo en la espalda—. Me gustaría ir contigo… pero sé que dirás que no.

Me congelé. La idea me atravesó el pecho, tenerla a mi lado en un lugar así era tentador y estúpido a la vez. Llegué a abrir la boca para negarme, para protegerla con palabras tan firmes que la mantuvieran lejos. Pero no podía hacerle eso.

—Recuerda que eres libre —le dije, con la honestidad afilada que a veces me obligo a dar—. No puedo prohibirte nada. Ni lo haré nunca. Si quieres venir… puedes venir.

Noté cómo se le iluminó el rostro por un segundo, y entonces la sombra de la duda volvió a posarse en sus labios. Suspiró, y en un susurro puso mi nombre en el aire. —Izz... —Lo dijo con una ternura que me fundió por dentro; escuchar mi nombre susurrado por su voz.

Se acercó y apoyó la frente contra mi hombro. Sentí su respiración cálida rozarme la piel.

—Quiero ir. Pero… —murmuró.

Mi primer impulso fue detenerla, envolverla en razones. Pero la escuché hasta el final. Añadió, con la voz rota:

—No debo. Seré solo un estorbo ahora mismo.

La palabra me dolió. No le di tiempo a hundirse en esa idea. La tomé del rostro con cuidado, levanté la palma hasta su mejilla y la miré a los ojos con toda la certeza que pude reunir.

—Jamás se te ocurra pensar así —dije—. Las dos ideas son terribles para mí: que vengas, o que te quedes pensando que eres menos. No las quiero. No me gustan ninguna de las dos.

Noté cómo su pecho subía y bajaba con un temblor. Respiró hondo, como si mis palabras la anclaran un poco más a mi orilla.

—Me preocupa no saber defenderme… —continuó, bajando la voz—, ¿Neik puede quedarse? ¿Entrenarme? Así al menos podre ser útil la próxima vez.

La tomé otra vez con la mano, esta vez más firme, y le dije algo que llevaba dentro y que no podía dejar en silencio:

—No te permitas pensar que eres un estorbo.

Para mí eres muchas cosas: la calma cuando noto que todo arde dentro de mí, la primera razón por la que he dejado de fingir que no me importan las cosas, lo primero que pienso cuando me despierto, lo último que pienso cuando me acuesto.

Podría seguir enumerándote las muchas cosas que eres para mi Ilya, pero ninguna de esas cosas es mala.

Sus ojos se humedecieron, y por un instante vi en ellos el reflejo de todo lo que me importaba y de todo lo que me daba miedo perder. Apoyó la frente otra vez contra mi hombro y exhaló.

Nos quedamos así, en la orilla de la noche, con la ciudad brillando y la amenaza del mañana clavada en el aire. Pero había una tregua entre nosotros: un acuerdo tenue, frágil y verdadero.

El silencio entre ambos era denso, lleno de lo que se había dicho y lo que todavía ardía en el pecho por decir. Ilya seguía con la frente apoyada en mi hombro, respirando hondo, cuando recordé lo que llevaba conmigo.

—Tengo algo para ti —murmuré, bajando la voz.

Parpadeó, sus pestañas aún húmedas por las lágrimas. Me aparté lo suficiente para verla bien, y con el pulgar le limpié una gota que se había quedado en su mejilla.

Luego saqué del pequeño bolsillo del cinto el frasquito de cristal, que brilló a la luz de la luna. Lo reconoció de inmediato: sus ojos se abrieron un poco, sorprendidos.

—El… ¿mi perfume? —preguntó, sin confiar del todo en lo que veía.

Asentí con una leve sonrisa.

—Nadie lo conocía. Pero al final… —alcé el frasco entre nosotros, agitando levemente — …lo encontré. O, mejor dicho, me lo hicieron de nuevo. Igual que el tuyo.

Se quedó inmóvil, mirándolo igual que si en ese pequeño frasco estuviera todo el cuidado y la devoción que no me atrevía a decir con palabras. Sus labios se entreabrieron, pero no dijo nada al principio.

—Pensé… que quizá —continué, rascándome la nuca con torpeza—, cuando lo uses, te recordara que pienso en ti. Mucho.

Ilya cerró los ojos un instante, alzando una mano ligeramente a la altura de su corazón. Cuando los abrió, su mirada brillaba más que cualquier estrella esa noche.

Me abrazó con fuerza casi dejándome sin aire, aferrándose a mi tal vez intentando grabar mi calor en la memoria. Cuando se separó, su frente quedó apoyada a la mía, la respiración de ambos entrechocando, temblorosa.

—Gracias… —susurró.

Le tomé suavemente de la barbilla, obligándola a mirarme.

—No me debes nada, Ilya. Nada de lo que hago lo hago esperando algo de ti. Lo hago porque quiero. Quiero que lo sepas. Sé que soy pesado, pero… de verdad, quiero que lo recuerdes siempre: eres libre. Lo que decidas hacer, que sea porque lo quieres tú, no por mí. No por nadie. Solo por ti.

Una lágrima se deslizó por su mejilla, lenta, cristalina. No pude evitar inclinarme hacia ella y besarla justo en el punto en el que se desvaneció, donde el rastro salado aún brillaba sobre su piel. Sentí su respiración temblar contra mis labios, un leve estremecimiento, casi imperceptible.

Giró el rostro hacia mí, despacio. Nuestros labios casi rozándose separados por un suspiro.

Cuando al fin se encontraron, el beso fue intenso, tibio, húmedo, una mezcla de consuelo y deseo.

El mundo pareció detenerse en ese roce, suspendido entre el miedo y la necesidad.

Sus dedos, al principio tensos, se aferraron a mi camisa, arrugándola. Yo la sentí temblar, no de frío, sino de algo más profundo y quise quedarme allí, en ese segundo imposible que parecía bastar para entenderlo todo.

Pero se apartó enseguida. Las mejillas le ardían, y sus ojos, abiertos de par en par, titilaron entre la confusión y una ternura casi dolorosa.

—Nunca… nunca había sentido nada con un beso antes. Ha sido… —su voz se quebró, hecha un susurro—. No sé si me da miedo o me gusta.

Sus palabras me golpearon con la fuerza de todo lo que sabía sobre su pasado, de lo que le habían arrebatado, forzado, de lo que había sufrido, de lo que habían hecho con ella.

Pero mientras esos pensamientos divagaban en mi cabeza, ella ya se había recogido en mi pecho, buscando refugio. Un pequeño bostezo tembló escapando de sus labios.

No pude evitar reír con suavidad.

—Deberías dormir. Es tarde.

Levantó un poco la mirada, con una chispa traviesa en los ojos.

—Tú debes de estar acostumbrado… No creas que no he notado cómo no duermes cuando velas por mí.

Me sonrojé, sorprendido de que hubiera descubierto algo que jamás confesé.

Suspiró, apoyando su frente en mi cuello.

—Quiero que duermas esta noche. Quiero velar yo por ti. Quiero que descanses en mis brazos, para que estés preparado para tu viaje.

Sus palabras me derritieron por dentro, incapaz de poner en orden lo que esa promesa despertaba en mí. Solo pude asentir, mudo, con el corazón desbocado.

Fuimos juntos a la cama con lentitud, cada paso cargado de ternura. Una vez tumbados en la cama, Ilya me abrazó apretándome contra su pecho, con fuerza, con una calidez que me envolvió por completo.

Entre el torbellino de emociones que hervían en mi pecho, sentimientos que apenas podía contener, me descubrí de pronto terriblemente cansado. Por primera vez en mucho tiempo, me deje llevar por el calor de ella completamente. Por su abrazo firme.

Y caí rendido ante el sueño arropado por aquel latido tranquilo en su pecho.