Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

La corte entera se movió hacia el claro interno del castillo, una especie de terreno de entrenamiento donde los soldados acostumbraban a afinar sus armas y maniobrar con libertad. El suelo estaba firme, sin obstáculos, lo suficiente para permitir movimientos rápidos y ataques amplios.

El coro de observadores comenzó a formarse. Los legatus, consejeros y algunos miembros de la guardia se colocaron en círculo alrededor del espacio. Sus murmullos crecieron hasta convertirse en un rugido contenido: un coro de expectativa. La tensión flotaba, nadie quería perder detalle.

Antes de iniciarse el combate, me adelanté y declaré con voz grave, que resonó sobre las piedras:

—Que quede claro: el primero que haga sangre al otro, gana. Es un duelo amistoso.

Mero sostuvo su alabarda con fuerza, la punta reflejando la luz de la luna. Su postura era rígida, segura; cada músculo preparado para aplastar cualquier intento de ataque.

Frente a él, Sirl alzó sus dos espadas: una larga y otra más corta. Conocía bien su estilo de combate, habíamos entrenado juntos muchos años, bajo la tutela de Ruel. La corta estaba diseñada para cortes precisos y rápidos, la larga para mantener distancia y controlar el alcance.

Se miraron durante un instante que pareció eterno, midiendo movimientos, calculando distancias y trayectorias.

El primer ataque vino de él: un tajo amplio, que buscaba golpear desde la distancia y mantenerla controlada con la punta de la alabarda. Ella esquivó con un salto ágil, balanceando la espada larga hacia un lado mientras la corta se movía en círculos para interceptar.

El corro de la guardia, fundadores y demás legatus formaba un círculo apretado, siguiendo cada giro, cada golpe y cada salto. Sus voces no se escuchaban, pero la expectación era casi palpable.

Mero giró la alabarda, usando el peso del arma para intentar empujarla hacia atrás, pero ella aprovechó la apertura y atacó con la espada corta, apuntando a su brazo libre. Él apenas bloqueó a tiempo, retrocediendo un paso, con ceño fruncido.

El sonido metálico de los choques de las hojas y la punta de las espadas resonaba por el claro, cada golpe un recordatorio de que no era solo un duelo físico, sino un desafío de autoridad y orgullo.

El círculo de espectadores se tensó aún más, evaluando cada gesto de Sirl.

Se produjo el segundo intercambio. La alabarda trazaba un arco amplio y pesado, buscando cortar la defensa de Sirl o golpear cualquier abertura.

Ella, ligera sobre sus pies, se agachaba, giraba y saltaba, usando la espada larga para mantener la distancia y la corta para amenazar cada hueco que él dejaba entre bloqueos.

Cada impacto levantaba chispas y eco metálico que parecía multiplicarse en el silencio expectante del círculo de observadores. Nadie se atrevía a interrumpir; incluso los legatus más belicosos contenían la respiración de vez en cuando.

El legatus de la cicatriz intentó un tajo descendente con fuerza suficiente para derribar a un soldado entrenado, pero ella lo esquivó lateralmente y contraatacó con un corte rápido de la espada corta hacia su brazo libre.

Él bloqueó, haciendo que el filo se deslizara por la armadura sin hacer daño.

La tensión creció frente a la posibilidad de esa primera sangre.

Ella avanzaba con movimientos fluidos. Él retrocedía y giraba, apoyándose en la fuerza de la alabarda para mantenerla a raya.

Algunos fundadores intercambiaban miradas de aprobación; otros legatus murmuraban en voz baja, evaluando cada maniobra, mientras los consejeros con malas intenciones fruncían el ceño, deseando que el combate terminara con una herida sobre Sirl.

Ella giró sobre sí misma, la espada corta rozando la armadura de su adversario, dejando apenas un rasguño que salpicó una gota de sangre sobre la piedra.

El primer sangrado había ocurrido. Según las reglas, el duelo ya tenía un vencedor: Sirl. Pero ninguno dejó de moverse: la tensión no había disminuido, y la mirada de ambos combatientes seguía cargada de orgullo.

Mero apretó la mandíbula, la ira mezclada con incredulidad. Su respiración era pesada, y aun así avanzó con la alabarda, buscando un golpe decisivo, mientras ella retrocedía con gracia, preparada para un contraataque que podría acabar con él en cualquier momento.

Había cruzado espadas con Sirl demasiadas veces, y esbocé una sonrisa tranquila al darme cuenta de que se estaba conteniendo.

Cada movimiento era estrategia pura: esquivas, finta, avance, retroceso, presión constante.

La legatus demostraba que no solo dependía de su fuerza o velocidad: su control del espacio, su anticipación de la alabarda y la coordinación de ambas espadas mostraban una maestría nata y entrenada, mientras él se mantenía arrogante y agresivo, confiando en la fuerza bruta.

Cuando vi esa primera gota de sangre caer sobre la piedra, según las reglas, ella ya había ganado. Había sido el momento de detener el combate, de reconocer su victoria. Pero cuando busqué su mirada, esperando un gesto, una señal de que bastaba con eso.

Pero la conocía demasiado bien.

Sus ojos no buscaban reconocimiento ni cederían.

Su expresión era tranquila, calculadora, imperturbable, y en ella se leía claramente que no estaba dispuesta a dejar que solo una gota de sangre dictara su victoria.

Quería asegurarse de que cada movimiento, cada decisión, fuera una demostración de intenciones.

Sonreí, porque la recordaba así. Esa misma mirada la había tenido cuando éramos niños, cuando la consejera que nos entrenó nos hacía girar, saltar y pelear hasta la extenuación. Nos enseñó a medir la paciencia y la estrategia, a no confiarnos en la fuerza bruta.

Al final, aquella cara tranquila y firme no era solo autoridad: era memoria viva de todo lo que habíamos compartido y aprendido juntos, ella había absorbido a la perfección lo que Ruel nos había enseñado.

Un golpe de nostalgia hizo que me estremeciera, lo que yo había desperdiciado y también de cómo nos habíamos distanciado con los años. Sentí admiración y orgullo viendo a mi amiga luchar de esa manera tan espléndida frente a un oponente doble en tamaño y fuerza.

Sabía entonces que la lección que ella impartiría este día no sería solo para su adversario: sería para todos los que observaban, incluido yo mismo.

Mero avanzó otra vez, confiado en que sus dimensiones podrían imponerse ante ella. La alabarda trazaba un arco pesado, buscando obligarla a retroceder, a cometer un error. Pero ella no se movía de forma precipitada.

Un choque resonó, metálico y profundo. Él intentó un estacazo con la punta de la alabarda, rápido y recto, pero ella giró sobre sí misma, esquivando y deslizando la espada corta a su costado. Esta vez, la marca no era una simple gota: la piedra donde cayó la sangre tintineó bajo el impacto.

Todos podían ver que ella tenía el control absoluto del combate, que cada movimiento de aquel hombre era anticipado, bloqueado o neutralizado sin esfuerzo aparente. Sus espadas bailaban con precisión, fluidez y poder, mientras él comenzaba a mostrar signos de fatiga y frustración.

Y finalmente, aprovechó un momento en que él giró demasiado la alabarda. La espada corta rozó su hombro, dejando una línea roja que, aunque no profunda, señalaba que, la verdadera demostración de su dominio, había quedado clara por tercera vez.

Mero retrocedió, jadeando, incapaz de mantener la ofensiva. Sus ojos se encontraron con los de ella, y por primera vez, la diferencia de habilidad y estrategia le golpeó. La legatus de la Séptima mantuvo su postura firme, pero no lo aplastó más: su victoria estaba clara, su autoridad demostrada.

Los espectadores estallaron en murmullos y algunos aplausos contenidos.

Respiré hondo. La misma mirada calmada y calculadora de la infancia que me había enseñado tanto y me había vencido de pequeño infinitas veces, ahora había humillado con gracia y autoridad al arrogante legatus de la cicatriz. Sonreí.

Sirl bajó las espadas y respiró con calma, relajando su cuerpo mientras los observadores se abrían lentamente, respetando su espacio. La tensión del círculo se disipó.

Mero, furioso y sin poder aceptar la derrota, intentó abalanzarse hacia ella de nuevo.

Sus dos compañeros legatus reaccionaron al instante: lo sujetaron por los brazos y lo arrastraron hacia atrás, impidiéndole continuar.

Hasta que finalmente desapareció del círculo de combate, forcejeando y maldiciendo en voz baja.

Me acerqué a Sirl, caminando entre los observadores, y no pude evitar mirar hacia donde Mero era arrastrado. Con una sonrisa torcida y un brillo de diversión en los ojos, le dije:

—Menos mal que la deshonrosa eras tú. El tío no acepta que ha perdido estrepitosamente.

Ella esbozó una sonrisa dulce y cálida, que me estremeció con nostalgia. Era la misma que recordaba de nuestra infancia, antes de que la perdida y la distancia nos convirtieran en otras personas. Por un instante, el recuerdo de aquellos días compartidos se coló en mi pecho.

Pero cuando ella notó la forma en que mi mirada se había fijado en su sonrisa, esta se desvaneció. Se puso firme y solemne de nuevo, como exigía su rango y su autoridad.

—Espero que le sirva para los próximos cinco años… o así, hasta que me vuelva a desafiar —dijo.

Me quedé perplejo un instante, antes de atreverme a preguntar:

—¿Ya había pasado antes?

—Varias veces, pero nunca habíamos llegado al duelo —respondió, ladeando apenas la cabeza, y luego me miró con un deje de tristeza—. Hay muchas cosas que desconoces.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Una sensación extraña me recorrió el pecho, me había marchado junto a Neik, como miembro del Atra Vallis durante más de cuarenta años, y luego había vuelto aquí.

Y a pesar de haber vivido en el mismo castillo, en el mismo reino, me di cuenta de cuánto realmente ignoraba sobre aquel mundo que ella habitaba. Sus victorias, sus desafíos, su vida más allá del muro, en su ciudad, Glis…todo aquello permanecía fuera de mi alcance.