Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Las antorchas del gran salón mordían las paredes y la madera del techo, pintando las sombras de la estancia con manchas ámbar.

Las mesas estaban dispuestas en islas: en cada una se ofrecía un banquete distinto: pescados ahumados y fiambres, salchichas especiadas, frutas exóticas como gemas, pan recién hecho, jarras de vino e hidromiel.

El clásico fingir de la abundancia en un intento de ahogar la tensión que todavía flotaba en el aire.

El rey no nos acompañó. Se había levantado tras dar la orden y se fue sin ceremonias; su ausencia era otra marca del poder. El resto entramos con ese dejarse llevar del que sigue órdenes más que deseos.

Al ir buscando huecos, se empezaron a ver los bandos con la misma claridad con la que se formaban las sombras.

Los legatus que habían clamado por guerra ocuparon una mesa larga, codo con codo, con las armaduras brillando y las miradas clavadas en Neik y en mí, parecían jabalinas listas para lanzarse.

Junto a ellos, un grupo de consejeros se colocó de forma alevosa, intercambiando susurros y lanzando miradas cortantes hacia donde yo estaba: no tardé en notar la dureza de esas miradas, el desprecio apenas disimulado.

Ruel se acercó con paso decidido; no iba sola: los fundadores la acompañaban, sus ropas modestas y sus manos marcadas por la historia. Se plantó frente a mí.

—Estás loco Izz, loco de remate —dijo con voz seca. —Haces cosas sin sentido, desapareces y luego vuelves para ser emisario. Me dan ganas de hundirte la cabeza a mamporros.

Hizo una pausa, miró hacia los fundadores que le miraban ligeramente sorprendidos, y con cierta vergüenza se volvió hacia mí.

—Pero si has de ir —añadió bajando la voz. —Me alegro de que sea por una razón así.

Los fundadores asintieron en silencio, el más cercano puso la mano sobre mi hombro. Sentí gratitud, gratitud porque reconocían el propósito, aunque me exponía demasiado.

—Lo siento, Ruel —dije.

Ruel parpadeó, confundida, y ladeó la cabeza acercándose un poco, como si no estuviera segura de haber escuchado bien.

—¿Perdón? Tampoco hace falta que me pidas perdón, ya te he dicho que ha sido por una buena razón.

Negué despacio, con una mueca cansada.

—No hablo de eso. Hablo de no haberte dejado acompañarme cuando me fui. No quería ponerte en peligro.

—Ah… eso. —sonrió levemente, y su voz se suavizó—. No te preocupes, es agua pasada. Me alegro simplemente de que estés bien.

Se quedó un momento a mi lado, y dejó escapar un resoplido que contenía más miedo que reproche.

—En fin, Buena suerte Izz. Ten mucho cuidado, por favor.

Aquellas palabras eran una mezcla de reconocimiento y advertencia. Sentí la antigua costumbre de su disciplina con cierta nostalgia, una armadura intangible que se ajustaba a mi alrededor.

Los fundadores, tras intercambiar unas pocas frases en voz baja, se marcharon a su mesa con la tranquilidad de quien ha visto demasiadas cosas y aun así tiene esperanza.

Miré alrededor, buscando un sitio donde sentarme con Neik.

Sirl estaba sentada sola en una mesa redonda, el segundo de su legión de pie detrás de su silla.

Se levantó cuando nos acercamos y me ofreció una sonrisa. Su segundo nos observaba con la neutralidad entrenada de los soldados.

Neik se dejó caer en la silla frente a Sirl, arqueó una ceja con esa desfachatez que solo él podía permitirse.

—¿Y esto? —dijo con una sonrisa torcida—. La gran legatus Aurora, sola en una esquina como si nadie quisiera invitarla a bailar.

El comentario era ligero, casi juguetón, pero el silencio que siguió lo partió en dos.

El segundo de la legatus, que permanecía erguido detrás de ella, dio un paso al frente y escupió sus palabras con voz tensa.

—Una legatus custodiando a un bastardo… es denigrante.

Lo dijo mirándome a mí, no a ella. Con un desprecio que quería atravesarme la piel.

Por un instante, sentí que el aire se espesaba. Los otros legatus en la sala, lejos de intervenir, apartaron la vista. Ninguno parecía querer cargar con ella en ese momento. Estaba sola.

Hasta que levantó la cabeza.

Su mirada se alzó sobre su segundo de forma inquisitiva. Fue solo un segundo de brusquedad, un rayo de autoridad que cayó sobre él con el peso de un muro. Y fue suficiente. El hombre calló al instante, tragándose el resto de su veneno, y retrocedió hasta recuperar su puesto en silencio.

Sirl volvió a su plato como si nada hubiera pasado. Siguió cortando carne, llevándose un bocado a la boca con calma imperturbable.

—Hace ya años que no se usa el título de Aurora cuando se habla de mí, Neik. —dijo.

Neik con indiferencia agarró un pescado y le hincó el diente.

—No conozco vuestras costumbres y tonterías, tampoco me importan la verdad —respondió encogiéndose de hombros.

Suspiré. Lo miré de reojo en reproche.

—¿Qué? Soy solo un ithano a mí que me cuentas —replicó a mi mirada.

—Gracias… —murmuré llevando mis ojos a Sirl, incapaz de contener más lo que sentía.

Ella no me miró, pero su voz se escuchó clara entre el ruido de la sala.

—No lo hago por ti. Lo hago porque es necesario para mantener la paz.

La frase cayó como un muro entre nosotros, dura y distante. Pero yo la conocía demasiado bien. Y en el leve temblor de su voz, en esa pausa imperceptible antes de retomar la comida, supe que era una mentira escondida entre verdades.

Noté que los que habían pedido guerra nos miraban esperando que nos atragantáramos con cada bocado. Las conversaciones alrededor de su mesa se volvieron más ceremoniosas. Yo probé el pan y supo a poco; mi mente no dejaba de tramar mapas, horarios, preguntas que no tendría tiempo de responder.

El ruido del salón se había vuelto un telón de fondo soportable: el choque de platos, las voces apagadas, el crujir de hogazas.

Entonces, el legatus de la cicatriz arrastró una silla y se dejó caer a mi lado sin pedir permiso. Sus ojos, oscuros como un cielo sin luna, me atravesaron con desprecio.

—Niño mimado… insolente —dijo con un gruñido ronco—. Estás jugando a juegos de mayores sin tener ni puta idea de lo que haces.

Me limité a llevarme el vaso a los labios. Lo ignoré. Eso fue lo que más le dolió.

Chasqueó la lengua con fuerza y giró la mirada hacia Sirl. El aire se tensó como una cuerda. Su segundo, siempre de pie detrás de ella, dio un paso brusco hacia adelante, los músculos rígidos con la intención de salta sobre él.

Ella carraspeó, apenas un sonido, pero bastó para que su segundo se detuviera en seco. Bajó la cabeza con furia contenida y volvió a su sitio a regañadientes.

El legatus de la cicatriz esbozó una sonrisa torcida y venenosa mientras se levantaba de la silla.

—Eres una vergüenza para los legatus —dijo acercándose a ella—, pero al menos parece que puedes tener controlado a tu perro.

La sangre me subió a la cara. Me giré hacia él. Pero antes de que pudiera decir nada, Sirl volvió a carraspear. Mirándome. Fue áspero. Así que cerré la boca y no dije nada. Entonces se levantó.

Se plantó frente al hombre de la cicatriz y le sostuvo la mirada con calma.

—¿Te sientes amenazado? —preguntó con una voz firme y clara—. Estoy protegiendo al linaje del rey. No hay nada deshonroso en ello.

Él escupió al suelo, la saliva brillando igual que el acero bajo las antorchas. La ira deformaba sus facciones, y su cicatriz parecía abrirse más con cada palabra.

—¿¡Te crees importante solo por llegar a ser legatus tan joven!? —bramó, la voz cargada de rabia.

Las mesas vecinas se callaron de golpe. Los cuchicheos cesaron. La tensión se volvió insoportable, todos esperaban que uno de los dos lanzara la primera espada sobre el otro.

—Voy a limpiar el suelo de tu sangre usando tu pelo como fregona después de haberte dado una paliza. —dijo con voz cortante.

La sala entera quedó helada. Nadie respiraba.

Yo me quedé perplejo, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.

Jamás había esperado semejante brutalidad dicha tan libremente en la corte.

¿Cómo se podía permitir algo así? La sangre hervía dentro de mí, noté a su segundo temblar de rabia, Neik estaba tenso a mi lado con una mirada asesina hacia él.

Miré a Sirl, permanecía tranquila, firme. Debía dejar que luchase sus propias batallas, jamás pensé que se tratarían así entre legatus, en el castillo, en el gran salón.

—Bien. —respondió Sirl. —Entonces demuéstramelo en un duelo.

Si quieres humillarme o probar tu fuerza, hazlo.

Pero hazlo bien. Si ganas podrás fregar todo lo que quieras con mi pelo, como una buena ama de casa que eres, en cambio sí gano yo, nunca más le dirigirás la palabra a una mujer, y cada vez que me veas, me besaras los pies.

El legatus de la cicatriz sonrió con prepotencia, seguro de su ventaja, le sacaba casi un metro de altura, y ahora que me fijaba sus músculos eran inmensos. Toda la tensión de la sala se concentraba en ellos.

Mientras el silencio se asentaba, un movimiento brusco me sacó de mis pensamientos. Dos hombres, otros legatus, se acercaron por detrás del de la cicatriz. Uno de ellos le agarró del brazo y tiró hacia atrás:

—No le hagas caso, ha bebido de más. —dijo mirando a Sirl.

Yo, pensando para mis adentros, no pude evitar esbozar una mueca.

Claramente era una mentira. Los legatus toman elixir, lo que implicaba que tenían que beber mucho más rápido de lo que su cuerpo podría depurarlo; si hubiera sido cierto, debería haberse bebido dos barriles de vino cada diez minutos para emborracharse.

Neik, a mi lado, se encogió de hombros con despreocupación y susurró:

—Si no sabe beber, que no beba.

Pero yo no podía dejar pasar la afrenta. Miré de reojo a Sirl, quien mantenía su postura firme, y dije con calma:

—He presenciado como un legatus ha sido ofendido en mitad del gran salón, en un intento de humillación. Me parece una falta de vergüenza y respeto hacia el título. Y como emisario, declaro que es justo que se haga un duelo amistoso.

El rostro de Sirl se iluminó con una sonrisa satisfecha. Asintió ligeramente hacia mí en un gesto de aprobación.

—Entonces —continuó, fijando la mirada en el legatus de la cicatriz—, ¿quieres que luchemos mañana al alba? Así se te pasa…tu borrachera.

El otro legatus que sujetaba al de la cicatriz intervino de nuevo, tirando con fuerza del hombre hacia atrás, su tono casi suplicante:

—Mero. Pide perdón y retírate. Hay una razón por la que los legatus somos legatus.

Pero el ego de él era una montaña inamovible. Gritó, su voz llenando la sala:

—¡No! ¡Vamos a zanjar esto ahora! Voy a enseñarle a esta niña lo que cien años de experiencia de combate pueden hacer contra sus diez miseros años.

Todos contuvimos la respiración. La calma antes de la tormenta.