Capítulo 35 #3
Me debatí en mi propio silencio, atrapado entre el deseo de demostrar que estaba hecho de hierro y el miedo a quebrarme con una sola palabra. Sirl y la defensa de Glis ardía en mi mente. La paz firmada se desmoronaba en mi pecho.
Al final suspiré, entendiendo la trampa que mi padre y al parecer, Nyx también, habían preparado para mí.
—Yo iré —dije con la voz más clara de lo que esperaba.
El silencio cayó de golpe en la sala. Todas las miradas se volvieron hacia mí. Tragué saliva.
—Iré como emisario —añadí. —Si se me permite… padre.
La palabra me salió áspera, extraña. Nunca había pronunciado aquella palabra en voz alta, ni de pequeño. Ni siquiera para mí mismo. Siempre había sido el rey. Pero en ese instante comprendí quien debía ser, y que yo necesitaba decirla en ese momento, tanto como él necesitaba escucharla.
Sentí que acababa de cruzar un umbral invisible. La palabra quedó flotando en el aire.
El silencio que siguió se estiró en el tiempo pesado y denso, de repente el aire parecía que se había convertido en plomo. Todos me miraban, pero cada mirada era distinta, un golpe distinto contra mi piel.
Sirl se llevó una mano a la cabeza. Su gesto fue tan claro que me dolió más que cualquier palabra: frustración, incredulidad, la rabia contenida de alguien que me conoce demasiado bien, pensando que seguramente había cometido una idiotez.
Mor no dijo nada, pero sus ojos se entristecieron hasta la raíz. Vi en ellos el reflejo del miedo por mí, imaginándome marchando hacia la boca del lobo.
Ruel resopló con disgusto, ladeando la cabeza al igual que cuando ves a un aprendiz cometer una torpeza que podría costarle la vida. Su desaprobación era fría, y sin embargo no dejaba de ser una señal de cuidado.
Neik a mi lado, se removió tenso. No bromeó, no dijo nada. Solo lo sentí inquieto, incómodo, queriendo detenerme, pero sabiendo que era imposible.
Y entonces miré al rey.
A mi padre.
Sonreía con satisfacción, un gesto tan sutil que podría haber pasado inadvertido. Una línea leve en los labios, pero cargada de significado. ¿Orgullo? ¿O el cruel deleite de ponerme la carga más pesada posible sobre los hombros? No podía saberlo.
El silencio se volvió más denso. Uno a uno, los ojos de todos los presentes se apartaron de mí para posarse sobre él. La sala entera quedó expectante, aguardando su veredicto.
El rey tomó la copa frente a él. La levantó con calma solemne. Dio un trago lento, largo, hasta que el eco líquido en la sala fue lo único que se escuchó. Después dejó la copa sobre la mesa, resonando.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Izzarian —dijo, con voz firme, que arrastraba la sala entera consigo—. Te concedo, desde este instante, el título de emisario. Partirás mañana al amanecer. Hablarás en mi nombre en el Anillo de Regentes.
Uno de los fundadores dijo en voz pausada:
—Entonces… el tratado sigue en pie por el momento.
El peso en mi pecho pareció aflojarse un instante cuando oí esas palabras.
Asentí en silencio, sintiendo cómo una parte de mí, la que había estado alerta desde el ataque, se permitía por fin respirar. Había sido una buena noticia entre tantas ruinas, un respiro pequeño, pero necesario.
Apoyé las manos sobre la mesa, notando aún el temblor en los dedos.
El rey se incorporó lentamente, con autoridad.
—Escucha bien mis palabras, porque no pienso repetirlas. —dijo en calma.
Su mirada me atravesó con una intensidad que me hizo enderezarme sin darme cuenta.
—No decidirás nada. Ni prometerás paz, ni declararás guerra. No hablarás en nombre del reino más allá de lo estrictamente necesario. Tu misión no es negociar, sino observar. Escuchar. Descubrir qué está ocurriendo. Y luego venir aquí y contármelo.
El aire se tensó en la sala de nuevo.
—La decisión sobre si habrá guerra o no —continuó— se tomará aquí, cuando regreses. No en Trizandia. No entre copas ni palabras amables. Aquí. Bajo mi techo. Bajo mi última palabra.
Sentí cómo la pequeña chispa de alivio que había brotado en mi pecho se apagaba tan rápido como había llegado. El mensaje era claro: seguía siendo un peón, aunque me vistieran de emisario.
Incliné la cabeza, forzando una sonrisa leve.
El rey asintió, satisfecho, aunque sus ojos aún me evaluaban, buscando quizá la sombra de una duda que pudiera traicionarme. Después giró el rostro hacia Nyx.
—Envía un mensaje —ordenó—. Diles que aceptamos la invitación y que allí estaremos.
Un murmullo recorrió la sala, pero antes de que se extendiera, el estruendo de una silla arrastrada contra la piedra impuso silencio. Sirl se había puesto en pie. Erguida como una llama, habló con la voz cargada del poder que le daba su título:
—Majestad, solicito permiso para que mi legión escolte a la comitiva.
El rey la observó un instante, midiendo quizás la firmeza de su resolución. Luego asintió, breve, concediéndole lo que pedía.
Con eso, se levantó y se marchó, dejando el peso de la decisión sellado. La reunión se dio por finalizada.
Y como era costumbre en Noczar después de una reunión, pasamos al gran salón, para cenar.