Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—¡La respuesta es obvia, majestad! —golpeó la mesa con el puño—. ¡Represalia! No podemos mostrar debilidad. Si dejamos que esta afrenta quede sin sangre, seguirán intentando atacar nuestras ciudades.

Ya ha quedado clara cuál es su postura.

Un murmullo de aprobación recorrió parte de la sala. Miré analizando quien apoyaba esa voz. Dos consejeros asintieron de inmediato, uno de ellos con el gesto calculador del que mide ganancias más que vidas.

—Si no actuamos, seremos vistos como un reino débil —añadió el consejero de barba blanca, su tono más frío que exaltado—. La guerra no solo es una represalia; es un mensaje.

Del otro lado de la mesa, un legatus de apariencia joven negó con la cabeza.

—Y si declaramos la guerra, ¿cuánto tardarán en responder con el doble de fuerza? Ni siquiera sabemos quién nos ha atacado —replicó—. La ciudad ha sido defendida. No hemos perdido nada. Si arrastramos a todo el reino al conflicto, quizás perdamos más que unos muros y piedras.

Noté como Sirl torció ligeramente su cara en una mueca de sufrimiento, pero recuperó su compostura igual de rápido.

La ciudad atacada había sido la que su legión defendía, recuerdo no hace mucho cuando le pregunté.

Treinta y siete vidas de buenos soldados, eso fue lo que perdió allí.

Tendría que estar usando toda su fuerza de voluntad para no haber reprochado ante ese legatus. O cortarle la cabeza.

Otro legatus, de porte solemne y voz grave, apoyó sus palabras.

—Defender, sí. Pero iniciar una guerra abierta es darles lo que buscan. La liga de Trizandia es un territorio enorme. Todos unidos nos superarían diez a uno. En nuestra región estamos seguros y protegidos frente asaltos a gran escala.

Los fundadores, hasta entonces silenciosos, se movieron al unísono, convocados por el recuerdo. El único anciano de ellos habló con voz quebrada, pero clara.

—¿Os recuerdo lo que costó la paz que hoy tenemos? La sangre que manchó esta misma mesa, las ciudades que quedaron vacías, los hijos que no volvieron. Firmamos un tratado porque comprendimos que la guerra no deja vencedores, solo supervivientes.

El silencio volvió a caer, pesado, denso, pero ya no era el mismo. Ahora estaba cargado de grietas, de bandos que se formaban con cada palabra.

Yo escuchaba, atrapado entre voces. Parte de mí ardía con la furia del legatus de la cicatriz, podía entender su punto de vista: el ataque a la ciudad dolía, las vidas perdidas clamaban venganza.

Pero otra parte temblaba con las palabras de los fundadores: ¿acaso podíamos cargar sobre los hombros una guerra que podía devorar el reino entero y gran parte del continente?

El rey no intervino. Solo observaba.

Y yo entendí que lo hacía porque esperaba.

Esperaba que nosotros, los que lo rodeábamos, mostráramos quienes éramos en verdad.

Las voces chocaban. La mesa ya no era un consejo, era un campo de batalla donde cada palabra buscaba herir más que convencer. Los puños golpeaban la madera, los estandartes parecían agitarse con la furia de quienes los defendían.

Sentí que la discusión se me metía en la sangre, que mi pecho ardía con cada frase. Y entonces carraspeé, sin pensarlo, y levanté la voz.

—¡Por favor! —dije, más alto de lo que había previsto—. Intentemos ver esto como las personas civilizadas que somos.

El murmullo cesó de golpe. Me sentí desnudo bajo sus miradas, pero ya no podía retroceder. Inspiré y seguí:

—Los enemigos han demostrado ser hábiles y han estudiado bien sus acciones.

Han abierto un túnel para pasar un ejército por debajo de nuestra muralla en Noyar, han usado armas de priur, no estamos frente a algo que se pueda ver como blanco o negro.

Estamos en una escala enorme de grises. Antes de lanzarnos a acusaciones sin fundamentos, a planes de guerra o a discursos de paz…

lo primero, lo más importante, es saber qué ha dicho la liga al respecto.

Y giré la cabeza hacia el rincón donde estaba el líder de los espías.

Nyx me observaba como un lobo divertido al ver que la presa se le acercaba por voluntad propia. Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara, casi lasciva, que me hizo sentir el calor en la nuca. Estaba encantado con mi intervención, había estado esperando ese momento desde que crucé la puerta.

Se incorporó, y su voz, suave y venenosa, llenó el silencio con facilidad.

—Tres ciudades de la Liga de Trizandia han declarado fidelidad al tratado de paz—dijo, acariciando cada palabra—.

Niegan tener conocimiento alguno de lo ocurrido.

Vernade ha admitido que, efectivamente, había un túnel en uno de sus pueblos.

Piden perdón de manera solemne, lamentando no haber descubierto el ejército rebelde que cruzaba por sus tierras.

Aseguran que lo sellarán de inmediato y que seguirán honrando el pacto. Si se le permite.

Una pausa. Su sonrisa se ensanchó.

—La última ciudad, Darmund, no se ha pronunciado... Ni una palabra.

El salón del consejo se quedó en silencio debatiendo en sus mentes sobre lo que yo y Nyx habíamos puesto sobre la mesa. La mención del túnel y de las opiniones de cuatro de las cinco ciudades de la liga de Trizandia.

Se cruzaban las miradas de los presentes, inquisitivas, esperando respuestas que quizá no querían oír.

Respiré hondo, tenía que seguir hundiendo la espada. Hice un gesto a Neik, y dejó encima de la mesa un petate. Dentro, los restos de una flecha con un pequeño vial azul relucía bajo la luz de las lámparas.

—Solo tenemos un enemigo aquí. Darmund —dije, con la voz más firme de lo que esperaba.

Uno de los consejeros, el más anciano, entrelazó los dedos con gesto tenso.

—¿Estás completamente seguro? Darmund nunca ha mostrado hostilidad.

—Tan seguro como puedo estarlo después de verlos morir —respondí—. Y no solo eso. Usaban viales berserker.

Saqué el frasco que Lacerta recogió del campamento y lo puse frente a ellos. El violeta del contenido brilló. Un murmullo recorrió la mesa.

—¿Berserkers? —repitió otro de los consejeros—. Eso requiere alquimistas entrenados en priur.

Asentí.

—Y recursos. Las armas que usaban estaban hechas de aleación priur como bien sabéis.

Y estas flechas que usaron contra mi tenían un tipo de explosivo que solo puede fabricarse con destilaciones avanzadas del mismo material.

No hablamos de artesanos ajenos ni de ladrones con suerte.

Alguien les está suministrando materiales y conocimiento.

La sala intercambió miradas cargadas de preocupación.

Yo continué, con la vista fija en la mesa.

—No eran simples mercenarios contratados. Eran soldados preparados, respaldados por alguien que sabe lo que hace. Si Darmund ha conseguido alquimistas capaces de manipular priur de esa forma, entonces no se trata solo de una escaramuza. Es una advertencia.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra. Solo se oía el leve zumbido de las antorchas.

—No digo que no a la guerra, pero hay que encontrar sentido. —concluí al fin—. Si de verdad tenemos que volcarnos en la venganza, al menos debemos enfocar a los culpables, no a inocentes.

El murmullo se agitó de nuevo, pero Nyx alzó una mano, disfrutando de la expectación.

—Para honrar el tratado de paz que todos aquí tanto valoramos —añadió —las ciudades de la Liga han decidido invitarnos a una asamblea en el Anillo de Regentes.

Allí, frente a frente, los regentes discutirán lo ocurrido.

Con nosotros. Directamente. La invitación viene con un salvoconducto para atravesar sus tierras, incluyendo e insistiendo en que se nos permite llevar todo el ejercito que queramos, si lo consideramos necesario.

Las últimas palabras quedaron flotando como humo. Nyx. Desgraciado. No me había contado eso. Las palabras de Nyx encendieron otra chispa, y pronto la reunión volvió a ser un hervidero.

—¡Es una trampa! —bramó el legatus de la cicatriz—. Pretenden atraernos a su territorio para degollarnos como corderos. ¡Ni hablar de que el rey ponga un pie allí!

Un consejero se levantó, con los dedos temblorosos sobre la mesa.

—¿Dejaréis que os ridiculicen? ¿Que se burlen de este reino con invitaciones envenenadas? Si su majestad decide ir, no irá solo. Irá con las legiones. Con todas. Un ejército inmenso, un muro de priur que nadie podría atravesar.

—¡Eso sería declarar la guerra! —replicó otro, la voz rota de indignación—.

Si marchamos con todas las legiones, la asamblea será la máscara de una batalla.

¿Eso queréis? ¿Volver a enterrar a nuestros hijos?

Lo acaba de decir Izzarian y se dijo en la anterior reunión, no sabemos cuántas armas de priur hay en su arsenal.

Las voces crecían, una sobre otra, hasta volverse indistinguibles. La mesa vibraba con los golpes de los puños, los estandartes parecían inclinarse bajo el peso de la rabia.

Y en medio de todo eso, el rey no decía nada.

Nada.

Sentado en su trono, tenía los ojos puestos en mi con una sonrisa desagradable.

No miraba a nadie más que hablase en aquel momento. Ni a los legatus. Ni a los consejeros. Ni a los fundadores. A mí.

Sentí que la sala entera se difuminaba, que los gritos se volvían un zumbido lejano. Era su mirada la que pesaba, la que me quemaba. Como si ya supiera que la decisión no era mía, sino suya.