Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

El camino hasta la capital se me hizo más corto de lo esperado. El traje oscuro y el bordado en oro parecían gritar a todo el mundo lo que yo siempre había intentado esconder. A cada paso sentía el peso de la tela recordándome quién era y de lo que me esperaba esta noche.

Las murallas de la ciudad se alzaban frente a nosotros, altísimas, orgullosas. Los estandartes ondeaban al viento con la insignia real, y el sonido metálico de las armaduras de los guardias se mezclaba con el murmullo de la multitud que se agolpaba en los accesos.

Cuando me vieron acercarme, los guardias de la puerta rectificaron su postura al instante.

Dos de ellos me reconocieron enseguida y me saludaron con una efusividad que me resultó incómoda, casi exagerada.

Me abrieron paso igual que si el mismo rey caminara delante de ellos…

aunque yo supiera bien que no era exactamente así.

Cruzamos bajo la sombra de la puerta principal, y de pronto la capital entera se desplegó ante nosotros.

Las calles estaban engalanadas, atestadas de gente.

El bullicio era ensordecedor: vendedores voceando sus productos, niños correteando, heraldos repitiendo noticias a gritos.

Los perfumes de especias y sudor se mezclaban en el aire, embriagadores y pesados al mismo tiempo. Esa noche, la ciudad no dormiría.

Avancé junto a Neik con paso firme, apartando miradas curiosas. A cada esquina parecía que alguien me reconocía, unos cuchicheaban, otros se inclinaban apenas con respeto. Y yo, con el rostro sereno, fingía no escuchar nada mientras por dentro me ardían las entrañas.

Finalmente, el ruido de la ciudad comenzó a apagarse cuando subimos las escalinatas hacia el castillo. Los muros eran grises y solemnes, las puertas enormes, custodiadas por soldados que no se permitían el más mínimo parpadeo.

Me detuve un instante frente a aquellas puertas de hierro y roble del castillo principal, respirando hondo. Ya no había marcha atrás.

Cada paso hacia la puerta principal del propio castillo retumbaba en mi pecho. Las banderas ondeaban con violencia, el estandarte real brillando sobre todos los demás.

Los guardias de la entrada se irguieron aún más al verme. Sus lanzas cruzadas se levantaron en un movimiento sincronizado.

Atravesé el portón y el mundo cambió. El bullicio del patio del castillo, el resonar de cascos y botas… todo quedó atrás.

Dentro, el aire era distinto: pesado, cargado de incienso y humedad. Los pasillos parecían devorar la luz de las antorchas. El silencio no era absoluto, pero cada crujido de madera, se sentía amplificado.

Los heraldos nos guiaron hasta las puertas del salón del consejo. Eran colosales, de roble negro, talladas con escenas de antiguas batallas: caballos desbocados, espadas alzadas, ciudades. Un heraldo abrió las puertas y el otro entro dentro anunciando mi llegada.

—El hijo del Rey, Izzarian Lucero —dijo haciendo una reverencia hacia el interior.

Respiré hondo, y entré. Una mesa ovalada dominaba el centro, hecha de un solo tronco de roble blanco, pulido hasta brillar.

En torno a ella, los asientos ya estaban ocupados.

Sobre cada respaldo colgaba un estandarte distinto: los siete legatus, con sus insignias bordadas en colores vivos: la lanza carmesí, el sol dorado, la serpiente azul, el lobo plateado, el cuervo negro, la espada llameante y el escudo verde.

Frente a ellos, más austeros, los cinco consejeros, sin colores de guerra, solo pergaminos y sellos.

Los tres fundadores ocupaban los asientos más cercanos al trono, sus estandartes eran los más viejos: telas deshilachadas que habían sobrevivido más guerras que todos los que estaban allí juntos.

En la penumbra, a un lado de la sala, apoyados sobre los muros, vi a Nyx, Mor y Lina, sin estandarte alguno: su ausencia era su propia insignia.

Y sobre un pequeño escalón, al final de la mesa, se encontraba el trono del rey, vacío. Sobre el trono, un enorme blasón de la casa Noczar, de oro y priur, ostentoso y esplendoroso hasta el aborrecimiento.

A mi lado caminaba Neik, con esa desfachatez que parecía hecha para irritar a la mitad de los presentes. Su cabello revuelto, su andar relajado, contrastaban con la solemnidad de la sala. No bajó la mirada.

Por un instante, desee tener su descaro, aunque supiera que el mío no me estaba permitido.

Cuando cruzamos el umbral, el murmullo de la sala se detuvo. Las antorchas crepitaron, y por un instante, tuve la impresión absurda de que hasta las llamas del fuego me observaban.

Las primeras miradas que me alcanzaron fueron las de Sirl, Legatus de la Séptima Legión. Sus ojos se iluminaron al verme, un destello breve, contenido, tal vez, a pesar de todo, más allá de los títulos, aún éramos los mismos que corríamos por los patios del castillo cuando éramos niños.

Un par de legatus también me siguieron con la vista, sus rostros serios, impenetrables, pesando sobre mí evaluando cuánto hierro había en mis huesos.

Los fundadores, en cambio, me observaron con esa mezcla de distancia y juicio que solo los ancianos saben ejercer: no como quien ve a un muchacho, sino como quien sopesa un futuro que aún no ha llegado.

En la penumbra lateral, Mor me miraba distinta: no me evaluaba ni me juzgaba. Era fría, clínica.

Ruel que se sentaba entre el consejo me miró. Mi maestra y amiga. Sus ojos fueron severos, pero en ellos había un orgullo escondido, el recuerdo de cada golpe que había detenido mi torpeza y cada caída que me había obligado a levantarme.

El resto de legatus y consejeros no apartaron la vista de la mesa, ignorando mi presencia. Estaba acostumbrado a que hicieran eso, un bastardo para ellos no era más que una silla vacía.

Y luego estaba él. Nyx.

Sonrió. No con alegría ni respeto, sino con sorna, como quien ve a un niño disfrazado con las ropas de su padre. Una sonrisa que no duró más de un parpadeo, pero que bastó para encender en mí una furia que tuve que tragar con saliva.

El heraldo que me había anunciado me indicó mi lugar, y comprendí la broma amarga: no me habían reservado asiento, ni entre los legatus, ni junto a los consejeros. Mi silla estaba en el lado opuesto de la mesa, aislada, añadida a última hora, arrastrada desde algún rincón olvidado del salón.

El mueble rechinó cuando lo moví para sentarme, y el sonido resonó demasiado fuerte en el silencio solemne.

Al poco rato, el rey entró, cesando todos los murmullos de la sala, y se sentó en el trono.

No dijo nada. Nadie lo hizo.

Y allí estaba yo, frente a todos, pero separado de todos. Con Neik de pie a mi lado.

El salón se me antojaba más estrecho de lo que era.

No por sus muros de piedra ni por la larga mesa de roble, sino por las miradas que lo llenaban todo.

Los siete legatus, erguidos como torres de acero; los consejeros, con sus túnicas bordadas y la paciencia venenosa de los hombres que viven entre pergaminos; los tres fundadores, que parecían más ancianos que el propio reino; y, en un rincón, las sombras del espionaje.

Miré a el Rey. Sentía su sombra igual que una cadena invisible sobre mis hombros. No era un príncipe cualquiera, no era un espectador más. Era un bastardo. Y cada uno de los presentes lo sabía. Me estudiaban como si esperaran que en mis gestos se revIlya si estaba hecho de hierro… o de arcilla.

Habían convocado a todos por una razón: Un ataque a Noczar, a una ciudad. Nuestra ciudad. El enemigo había cruzado nuestras murallas y dejado tras de sí humo, cadáveres y preguntas.

El fuego chisporroteaba, atreviéndose a hablar donde nadie más lo hacía.

Tragué saliva. La voz aún no había sido mía, pero sabía que tarde o temprano alguien me obligaría a usarla.

El silencio se alargó hasta volverse insoportable.

Sentía cada mirada clavada en mí, cada sombra de juicio.

Frente a mí, un legatus con cicatriz en un ojo me observaba con la dureza de quien ha sobrevivido a demasiadas batallas; al otro lado de la mesa, un consejero de barba blanca entrelazaba los dedos, inmóvil.

Finalmente, la voz del Rey quebró el aire.

—Ya que estamos todos —dijo, grave, solemne, con la cadencia de quien no necesita levantar la voz para ser escuchado—, primero bebamos. Que el vino humedezca la garganta antes de que las palabras pesen sobre nosotros.

Al instante, como si hubieran estado esperando aquella señal, los sirvientes entraron en fila, portando bandejas de plata. Dejaron frente a cada asiento copas de vino oscuro, espeso, que olía a frutos secos.

La copa del Rey era obviamente distinta: alta, dorada, con el blasón real grabado en su superficie. La mía, en cambio, mellada en el borde, un recordatorio más de mi lugar.

El legatus de la cicatriz alzó la suya y bebió de un trago, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco. Un consejero de pelo largo apenas humedeció los labios. En la sombra, Nyx giraba su copa entre los dedos, sonreía como quien ya conocía el sabor y no necesitaba probarlo para disfrutar.

Neik, a mi lado, bebió con naturalidad, sin solemnidad alguna, igual que hacía siempre en una taberna sin importarle estar rodeado de toda la corte.

Levanté mi copa, indeciso, preguntándome que mostraría al beber. Neik me golpeó con el pie en la pantorrilla.

—Le das demasiadas vueltas —susurró —no pienses tanto y dale un trago ya.

Cedí con una pequeña sonrisa por la confianza que me generaba tenerlo allí conmigo y di un sorbo con tranquilidad.

El Rey alzó la mano, y el murmullo de copas cesó. El fuego de la chimenea pareció inclinarse hacia él.

—Una ciudad de nuestro reino ha sido atacada —dijo, su voz profunda llenando cada rincón del salón—.

La noticia llegó de improvisto, y la última vez no pudimos reunirnos todos.

Hoy estamos aquí, completos, para decidir qué repercusiones tendrá este acto.

El enemigo ha probado nuestras defensas.

La cuestión es qué probaremos nosotros de ellos.

Un silencio breve se extendió, roto al fin por el legatus de la cicatriz en el ojo. Su voz era tan dura como su rostro.