Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

La Legatus avanzó hasta el centro del claro mientras tarareaba una melodía que se escapaba entre mis recuerdos desconcertante, la reconocía, pero me era ajena a la vez.

Se inclinó junto a un pequeño grupo de violetas y acarició los pétalos con dedos lentos y delicados.

Luego hizo unos gestos que refrescaron mi memoria, después llevó la mano a sus labios, la besó, y elevó el gesto hacia el cielo.

Lo reconocí al instante: una plegaria de Palamia sobre los que echamos de menos.

Mi madre nos la había enseñado de pequeños, y verlo ahora me devolvía a recuerdos tan lejanos como dolorosos.

Se irguió, girando en silencio. Y al pasar junto a mí, su voz me alcanzó igual que una daga.

—Nos veremos esta noche.

No me atreví a responder.

Cuando se marchó, pude verlos al borde del claro: dos guardaespaldas de élite de la séptima legión, junto a su segundo al mando, esperándola. La siguieron sin palabras, perdiéndose todos entre los árboles.

Ilya, aún en la manta, me miraba con un brillo extraño en los ojos que no supe descifrar.

Me quedé mirando el borde del claro mucho después de que Sirl desapareciera entre los árboles. La plegaria aún flotaba en mi mente, pesada como un eco. Los recuerdos de mi madre, de aquellos días lejanos con ella, con Neik y con Sirl.

Ilya se acercó despacio y me rozó la mano. Su voz fue suave y firme a la vez.

—No te martirices por nada, entiendo que tu existencia en este mundo es diferente a la mía, ha sido larga, tienes mucho pasado y con ello muchos recuerdos, historias… sé que cargas con más de lo que dejas ver. No tienes que preocuparte por nada conmigo.

Bajé la mirada, con un nudo en la garganta.

—Igualmente… lo siento.

Ella negó con la cabeza, sonriendo con dulzura.

—No hay nada que perdonar. De verdad.

Ese gesto, esas palabras, me envolvieron de un calor inesperado. Sentí cómo el peso en el pecho se aligeraba, y solo me quedó agradecerle.

—Gracias. Eres una mujer increíble.

Sus mejillas se tiñeron de rojo, y apartó la mirada un instante, buscando aire. Luego, con una pequeña risa nerviosa, abrió la cesta que había traído.

—Anda… comamos algo —dijo, sacando un poco de carne seca, queriendo con ello devolver la ligereza al momento.

Asentí, dejándome contagiar por esa calma que solo ella sabía darme.

Tras un rato volvimos a nuestro ritmo cotidiano. Al terminar de comer, levantó la cabeza, sonrojada, y me miró. Sus dedos juguetearon nerviosos, con un gesto tímido, me tiró suavemente de la mano.

—Ven… —susurró, y no pude hacer más que seguirla.

Me llevó de vuelta hacia el porche de la casa sin soltarme de la mano, donde la brisa fresca bajaba desde las montañas y el sol estaba tiñendo de oro los bordes del claro.

Luego continuó hasta el borde que daba al acantilado.

Allí se detuvo, y con una timidez que se mezclaba con determinación, dijo:

—Si no te importa, me gustaría que compartieras el atardecer conmigo. Solo… mirar el cielo, juntos. En tu lugar favorito.

Se mordió el labio y me miró. Yo no supe qué decir, solo apreté su mano en respuesta. Entonces, se giró hacia el horizonte y se sentó en el tronco horizontal, tirando de mí para que me sentara a su lado.

No había nada grandioso en ello, y sin embargo me pareció el gesto más puro y hermoso que alguien hubiese tenido conmigo en mucho tiempo.

Me senté a su lado, tan cerca que nuestros hombros se rozaban.

Apoyó la cabeza sobre mi brazo, y durante un buen rato no existió nada más que el silencio, el viento, y el calor suave de su cuerpo junto al mío. Nuestros dedos se entrelazaron.

Cuando el sol empezó a hundirse en el horizonte, se incorporó lo suficiente como para mirarme a los ojos. Estaba tan cerca que podía sentir su respiración.

—Gracias —dijo en un susurro—. Pase lo que pase esta noche… siempre tendré estos momentos.

Su mirada la traicionó, fijándose en mis labios, yo sonreí ligeramente, su cara se encendió, escondiéndose de mi mirada.

El crujido de la puerta principal nos sacó del momento. Neik apareció en el umbral, pavoneándose como si desfilara en un palco real, tirando exageradamente de las mangas ajustadas del traje recién hecho.

—Súbdito, tu rey ya está aquí —dijo con una floritura torpe y una sonrisa de oreja a oreja—. Solo falta la corona y un séquito de doncellas.

Ilya rió por lo bajo, y antes de que yo pudiera replicar, se inclinó hacia mí con timidez. Me rozó la mejilla con un beso, tan cerca de la comisura de mis labios que el calor me subió al rostro de golpe. Ella se apartó enseguida.

—Voy dentro, cuando vuelvas lo retomamos —balbuceó, pasando junto a Neik con un saludo torpe con la mano.

Neik arqueó una ceja con picardía, pero no dijo nada, disfrutando en silencio de la situación. Yo solo pude soltar un suspiro, llevando la mano a la mejilla donde aún sentía su contacto.

Me giré hacia la ciudad y me tomé un momento para mirarla desde lejos. La recién llegada noche la cubría y ella respondía con un manto de luces que comenzaban a encenderse y brillar, la enorme capital se preparaba para el espectáculo de una obra que aún no conocía su final.

Era momento de dejar las dudas atrás. Tomé mis cosas, me cambié en silencio mientras Gusep me ayudó a perfilar y pulir el resultado final. Después le pagué por encima de lo que costaban sus servicios y lo despedí dándole las gracias y deseándole buen retorno.

Cuando salí Neik ya me esperaba, aun jugueteando con las mangas de su igual que si fuera un niño con ropa nueva.

Sin decir nada más, bajamos juntos por el sendero. Paso a paso, hacia la ciudad que esa noche podría decidir el destino de todo el continente.