Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

El sastre y Neik desaparecieron dentro de la habitación, entre risas, telas y maldiciones, dos críos jugando con disfraces. Aproveché el silencio que dejaron atrás para buscar a Ilya. Estaba inclinada sobre la mesa, acomodando unas cosas en la cesta que había traído del pueblo.

Me acerqué despacio, sin saber muy bien cómo plantearlo, y al final las palabras salieron solas.

—¿Quieres hacer algo conmigo?

Levantó la cabeza, sorprendida. Vi cómo sus ojos se abrían un instante, llenándose de una duda temerosa, parecía esperar que tras esa pregunta se escondiera algo mucho más oscuro.

—¿Tan… grave es lo de hoy? —me preguntó en voz baja.

La miré fijamente. No podía engañarla, no después de todo lo que había compartido conmigo, aunque fuese a medias. Asentí.

—Sí, pero no es tanto por lo de hoy… es más bien por lo que podría venir después.

Vi cómo bajaba la mirada, mordiendo su labio con fuerza. Sus manos se quedaron quietas sobre la cesta. En ese instante entendí lo mucho que ella temía la incertidumbre.

Levantó la cabeza, sus ojos brillaban con un miedo contenido, pero también con algo más… algo que me erizó la piel. Dudó unos segundos y luego, casi en un susurro, dijo:

—Entonces… ¿podemos pasar el resto del día juntos? Antes de que tengas que irte.

No supe qué responder de inmediato. Me limité a mirarla, a grabar en mi memoria la forma en que se sonrojaba con cierta vergüenza.

Me acerqué un paso, y después otro. Cuando estuve lo bastante cerca, extendí mi mano para apartarle un mechón rebelde que caía sobre su rostro. Ella tembló bajo mi contacto, pero no se apartó.

—Eso me gustaría —le dije con la voz más firme de lo que me sentía en realidad.

Sus labios se curvaron en una sonrisa, tan pequeña que podría haberse confundido con un suspiro, pero a mí me pareció el gesto más grande del mundo. Sin pensarlo demasiado, apoyó su frente en mi pecho, y yo la rodeé con los brazos, cerrando los ojos mientras me permitía ese instante de calma.

No hablamos más. No hizo falta. Solo nos quedamos allí, en silencio, escuchando el murmullo lejano de Neik discutiendo con el sastre, mientras el tiempo se comprimía en aquel abrazo.

Entonces, Ilya se giró de golpe, con una chispa nerviosa en los ojos.

—¡Ya sé! —dijo, apresurándose a la cocina.

La vi trastear con pan, carne seca, huevos cocidos y un par de frutas, metiéndolo todo en una cesta con prisa. Luego vino hacia mí y me cogió de la mano con fuerza.

—Confía en mí —me pidió, y tiró de mí hacia el sendero.

No entendía a dónde me llevaba, pero verla tan entusiasmada era imposible de resistir. Caminamos un buen rato, subiendo entre árboles y senderos estrechos hasta que, al doblar un claro, lo reconocí al instante.

El corazón me dio un vuelco. Aquel lugar…

hacía una eternidad que no lo pisaba. Lo recordaba con una nitidez dolorosa: un campo de flores que estaba allí desde que mi madre, Sirl y yo lo habíamos nutrido hasta dejarlo precioso, un claro lleno de flores de todos los colores.

No me había acordado de este sitio hasta ahora.

Habremos jugado incontables días aquí, mientras mi madre nos observaba con una sonrisa cansada pero llena de ternura.

«Hacéis una pareja preciosa», nos dijo en aquel entonces. Un recuerdo que me golpeó con la fuerza de una lanza.

Tragué saliva, aturdido, y por un segundo pensé en dar la vuelta. Pero entonces miré a Ilya.

Estaba extendiendo una tela sencilla sobre la hierba, con las mejillas encendidas por la caminata y una expresión nerviosa.

—Lo encontré hace unos días, cuando exploré mientras tu fuiste a la capital —explicó con voz baja, apartando un mechón de su rostro—. Me pareció… hermoso. Quería enseñártelo.

Y en ese instante los recuerdos se apagaron, como brasas sofocadas por el viento. Solo la vi a ella, allí, con la cesta entre las manos, mirándome con esa mezcla de ilusión y timidez.

Sonreí, aunque el pasado intentara pesar sobre mis hombros, podía perderme en ese presente con ella.

—¿Por qué extiendes esa tela? —dije, arqueando una ceja y negué con una sonrisa torcida. —No, no, lo mejor aquí es esto…

Y sin más me dejé caer de espaldas sobre las flores, rodando entre ellas como un crío. El perfume me envolvió mientras daba un par de vueltas, hasta salir del montón con el pelo despeinado y pétalos pegados a la ropa.

Ilya soltó una risa clara, de esas que contagiaban. Se inclinó hacia mí, con la sonrisa aún en los labios, y alargó la mano para apartar una pequeña flor que se había quedado enganchada en mi cabello.

El gesto se volvió lento, casi solemne, cuando sus dedos rozaron mi mejilla. La miré, dejándome atrapar por el brillo de sus ojos, y llevé mi propia mano a su rostro, acariciándole la piel suave con el pulgar.

—Eres increíblemente hermosa —susurré, más para mí que para ella.

Se sonrojó de inmediato, bajando los ojos apenas un instante. Luego, como si no pudiera resistirse, se apretó contra mi mano, buscando ese contacto con un gesto tímido, vulnerable… y terriblemente íntimo.

Me incliné hacia ella con lentitud, ella se inclinó un poco hacia mí, la distancia entre nosotros deshaciéndose como si nunca hubiera existido.

Sus labios se entreabrieron, y yo lo noté…

ese instante eléctrico, esa promesa que flotaba en el aire.

Mi corazón empezó a latir con fuerza, y me incliné más hacia ella, ahora seguro de que ella también lo buscaba, hasta que apenas nos separaba un suspiro.

Y entonces.

Escuché unos pasos hundirse sobre la tierra al borde del claro. Ambos nos detuvimos de golpe, apenas a un aliento de rozarnos, y giramos la cabeza hacia el origen del ruido.

Allí, de pie entre las flores iluminadas por la luz dorada del sol, estaba Sirl.

Mi amiga de la infancia.

Ilya se apartó un poco, casi instintivamente, y yo me quedé rígido, con la sorpresa clavada en el pecho. No era un fantasma de mis recuerdos, ni un eco del pasado: estaba allí de verdad, mirándome.

La capa ondeaba a su espalda, marcando su silueta decorada con la armadura, con esa presencia imponente de Legatus. No hizo gesto alguno, no mostró sorpresa; solo nos miraba.

Ilya bajó la vista, retirándose hacia la manta. Yo me puse en pie, carraspeando.

—¿Sirl? —la saludé con un leve gesto.

Ella se acercó despacio, su mirada oscilando primero hacia Ilya y luego fijándose en mí, firme, casi penetrante.

—Lamento interrumpir —dijo al fin, con un tono más sereno que frío—. No esperaba encontrar a nadie aquí. No pensaba que aún recordaras este lugar.

Sentí un nudo en la garganta.

—Sinceramente, hacía tantos años que no venía… que quizá lo había olvidado.

—Yo no —replicó ella suavemente, casi con melancolía—. Siempre que vuelvo a la capital, paso por aquí. En honor a Nissa.

Un escalofrío me recorrió la espalda. No sabía si aquello era un reproche, una confesión, o ambas cosas.