Capítulo 34
El sol todavía estaba bajo, atardeciendo, así que decidí que aún tenía margen antes de regresar. Me acerqué a un puesto de la calle y pedí un plato ligero, algo rápido para engañar al estómago. Mientras comía, ya estaba pensando en lo que haría después: recorrer el paseo mercantil.
Llevaba horas dándole vueltas a una idea.
Desde que Ilya se había ido con Neik a la taberna, me había quedado con su perfume.
Lo había tomado en secreto, pero la verdad era que no lograba quitarme ese aroma de la cabeza.
Y si iba a tener tiempo antes de que ambos volvieran de la capital, ¿por qué no aprovecharlo?
Pasé por puestos y tenderetes, uno tras otro, mostrando el frasco, preguntando. Nadie lo conocía. Algunos apenas lo olieron y se encogieron de hombros. Estuve a punto de darme por vencido, hasta que uno de los mercaderes lo reconoció.
—Ese aroma… sí, lo he olido antes. —sus ojos brillaron con curiosidad profesional—.
Es raro, muy raro. No lo venden aquí. Es importación de Palamia.
Pero quizá pueda intentar imitarlo. Pero saldrá carísimo, puede que demasiado incluso para usted.
—dijo señalándome el emblema que llevaba de la casa de Noczar en el pecho.
Explicó que el perfume estaba trabajado con magia, una sinergia que reforzaba y prolongaba los olores, y dijo que a veces contaba con la ayuda de una maga en ese tipo de mezclas. Le dejé un par de gotas del frasco y prometió intentar algo, con la condición de que volviese al día siguiente.
Cuando me alejé de su puesto, el cielo ya se teñía de rojo y el sol empezaba a hundirse en el horizonte. Había pasado más tiempo del que pensaba buscando ese detalle… un detalle absurdo, quizá.
Suspiré, guardé el frasco en el cinto y tomé el camino de vuelta a la casa de mi madre.
Llegué antes que ellos para mi sorpresa.
Lo primero que hice fue guardar con cuidado el frasco de perfume en su sitio, como si nunca lo hubiera tocado.
Luego guardé mi ropa de «hijo bastardo», como yo la llamaba, en el petate y me puse unos pantalones de pijama.
Después me serví una jarra de hidromiel y salí al porche.
El sol se rendía poco a poco en el horizonte, pintando el cielo de tonos dorados y púrpura.
Me senté con las piernas cruzadas sobre la barandilla, dejándome llevar por el silencio.
No pasó demasiado tiempo hasta que escuché pasos por el camino. Eran Neik y Ilya. Ella cargaba un saco mullido, que por la forma parecía contener ropa. Alcé una ceja hacia Neik, y él, encogiéndose de hombros, soltó:
—Me ha desplumado completamente, exijo compensación.
—Lo pagaré cuando el tabernero me dé mi parte mañana —replicó Ilya, sacándole la lengua.
Verla tan juguetona, tan despreocupada, me arrancó una sonrisa sin darme cuenta. La primera desde que me había separado de ella esa mañana. Me dio cierto miedo lo fácil que era que ella me cambiara el ánimo, lo vulnerable que eso me hacía sentir… pero al mismo tiempo me calmó.
La cena fue ligera, apenas lo suficiente para saciar el hambre del día. Cuando Ilya se retiró a descansar, me quedé un instante mirándola perderse por las escaleras, antes de girarme hacia Neik.
—¿Preparamos una cama? —le dije.
Asintió, sin necesidad de más palabras. Juntos dejamos lista la habitación frente a la mía. No era gran cosa, pero bastaba.
Más tarde, cada uno con una jarra de hidromiel en la mano, nos instalamos en el porche de nuevo. El cielo nocturno se desplegaba sobre nuestras cabezas, inmenso, y el silencio que compartimos era cómodo, casi reconfortante.
Pasó un buen rato hasta que Neik rompió la quietud.
—Entonces, ¿estás preparado? —preguntó en tono de broma.
Di un sorbo lento antes de responder.
—Lo mejor que podría estarlo. Y te quiero conmigo. Sentado a mi lado.
Neik arqueó una ceja, orgulloso. Sin embargo, pronto ladeó la cabeza y bajó el tono.
—No olvides que yo soy de Ithania. No pertenezco a Noczar. Puedo acompañarte, pero entrar…
Negué con firmeza.
—Eres más que cualquier persona que exista en mi vida. Estarás a mi lado, y nadie se atreverá a dirigirte una mala mirada.
No hubo palabras de su parte, solo un asentimiento grave, cargado de entendimiento. El silencio volvió, más pesado esta vez, hasta que finalmente Neik lo quebró de nuevo:
—Pues nada, si mañana nos matan, al menos que sea con la cabeza descansada. —Rió por lo bajo, terminó de un trago la jarra y desapareció escaleras arriba.
—Buenas noches, hermano. —le susurré.
Me quedé solo, mirando la oscuridad. La cabeza me dolía de tanto pensar, las ideas enredadas como espinas que no podía arrancarme. Al final, suspiré con cansancio. Lo mejor sería acostarme; mañana me esperaba un día demasiado largo.
Me despertó el estruendo de trompetas, tambores y cuernos de guerra resonando desde la capital.
Con el ceño fruncido, me levanté y salí al claro frente a la casa, acercándome a la parte que daba al acantilado.
Desde allí, el amanecer bañaba con un resplandor dorado las murallas y los estandartes que ondeaban al viento.
Los abanderados de cada legión formados con sus destacamentos llegaban a Rayala, y delante de ellos, los Legatus. No recordaba, de hecho, que jamás se hubiese dado una reunión semejante. Todo lo que quedaba de los fundadores, el consejo entero, los legatus de las legiones… el rey… y su hijo. Yo.
Un leve tirón en mi mano me arrancó de aquel estupor.
—¡Guau! —exclamó Ilya, sus ojos brillando con asombro. Me miró con esa mezcla de ternura y admiración que siempre me desarmaba y apretó mi mano—. Por esto es por lo que tenías que venir, ¿no?
No esperó respuesta. Se limitó a regalarme una sonrisa breve, cargada de confianza, y susurró:
—Espero que todo salga bien.
El chirrido de la puerta interrumpió el momento. Neik salió de la casa desperezándose, sin camisa, rascándose los músculos del torso.
—¿Qué mierda es este escándalo a estas horas? —gruñó teatralmente, antes de soltar una carcajada perezosa—. No hay respeto. Uno intenta dormir la mona y los trompeteros de la capital deciden tocarme la serenata.
Ilya soltó una risa suave. Yo, en cambio, no pude apartar la vista del espectáculo que nos aguardaba en la ciudad.
Sentí el suave apretón de su mano y, por un instante, todo lo demás desapareció.
Su confianza, su alegría, la ternura de su mirada…
un torbellino me atravesó, despertando emociones que llevaba días reprimiendo.
Era peligroso. Temía por ella, por mí… por lo que eso significaba.
Pero, al mismo tiempo, me hacía querer estar con ella con cada fibra de mi ser.
—Sí —le respondí, serio, casi con solemnidad—. Esta noche tendré que ir, y no sé cuándo volveré.
Ilya asintió con suavidad, comprendiendo, y se apartó un poco para mirarme a los ojos.
—Neik viene conmigo también. —continué —Pasaras la noche sola. Si quieres, puedes coger una habitación en la aldea, o en la capital…
Negó con la cabeza, su rostro lleno de determinación y dulzura:
—No te preocupes, estaré bien. Te veo mañana.
Me sorprendió cuando me plantó un beso en la mejilla. Un calor inesperado me recorrió el pecho y el estómago, levantando sentimientos que ya no podía ignorar más. La vi entrar en la casa, y cerrar la puerta tras ella.
Neik se encogió de hombros mientras se acercaba a mí.
—¿Dónde está mi beso? ¿No tengo derecho?
Le pegué un codazo, pero no pude evitar sonreír. Luego volví la vista hacia la ciudad, bañada por los primeros rayos del sol, consciente de que en unas horas sería un campo de batalla… pero un campo en el cual había estado pocas veces.
—¿Estás preparado para que te hagan un traje? —le pregunté, con media sonrisa, intentando aligerar el nudo que me apretaba el pecho.
Neik soltó una de sus carcajadas, de esas que parecen rebotar por dentro y contagiar incluso en los peores momentos.
—Bah, si me hacen un traje, que sea de gala, con bordados dorados… ya sabes que la realeza me sienta bien.
Negué con la cabeza, incapaz de evitar la risa que se me escapó. Esa manera suya de quitarle hierro a todo era una de las pocas cosas que podían mantenerme a flote ahora.
—Despídete bien de Ilya —me dijo, con un tono mucho más serio.
Lo miré de reojo, dejando que mi sonrisa se apagara poco a poco. Asentí despacio.
Volví la vista a la ciudad, y aunque la conversación había terminado, las palabras seguían pesando entre nosotros.
El chirrido de las ruedas del carruaje subiendo por el sendero rompió el silencio. Miré a Neik con una sonrisa cansada.
—Pero primero, tu traje.
Arqueó una ceja, sin saber de qué hablaba, justo cuando el carruaje se detuvo frente a la casa. La puerta se abrió con un chasquido elegante y de dentro bajó un hombre pulcro, de porte fino y la sonrisa de alguien acostumbrado a tratar con nobles.
—¡Maestro Gusep! —exclamé, avanzando para darle un abrazo fuerte. Él correspondió con una carcajada y unas palmadas en mi espalda.
Cuando sus ojos se posaron en Neik, silbó entre dientes.
—¡Menuda percha! —comentó divertido, dándole una mirada de arriba abajo tomando ya medidas con la mente—. Si queremos que esté listo para esta noche, tendré que darme prisa.
Neik soltó una risa nasal y se cruzó de brazos.
—No sé si sentirme halagado o como un caballo de exhibición.
Gusep sonrió de medio lado, abriendo el baúl que traía consigo. Dentro, telas finas y prendas preconfeccionadas brillaban bajo la luz del sol.
—Un caballo, quizá. Pero uno de guerra. Tengo algunas piezas que podrían servirte, aunque… —lo miró de nuevo, evaluando los músculos tensos bajo la piel curtida— …tendré que ajustarlas, o reventarán las costuras antes de que entres al salón.
—Lo dice como si fuese malo romper cosas —bromeó Neik, lanzándome una mirada cargada de complicidad.
Resoplé, negando con la cabeza, pero no pude evitar sonreír. Esa escena absurda me daba un respiro.