Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—Si me preguntas qué pasó en el pueblo en el sentido literal… te diré lo que seguramente ya sabrás a través de Xane, acabamos con un regimiento de trizanos y volamos por los aires el campamento junto a su túnel. Después esperé a curarme y regresé aquí.

Dejé que el aire se espesara un segundo, antes de continuar:

—Pero si tu pregunta es sobre Mor… te diría que no tengo ni la más mínima idea de lo que estás hablando. La última vez que la vi fue delante de mi habitación, antes de salir de la ciudad. Le advertí que no se le ocurriera seguirme, que, si querías enviarme un espía, vinieras tú mismo.

Terminé con un tono seco, casi borde, manteniendo mis ojos clavados en los suyos, midiendo cada milímetro de reacción en su rostro.

Nyx me observó en silencio durante unos segundos, ladeando la cabeza con sonrisa torcida. De pronto, soltó una carcajada corta y seca, chasqueando la lengua.

Entonces inclinó el cuello hacia un lado y emitió un sonido ridículo, ronco y arrastrado, imitando a un gato en celo, luego levantó una mano y, con el puño medio cerrado, flexionó los dedos en el aire simulando una zarpa.

—Como me gustan tus garras… —dijo, entonando la frase como si paladeara el gusto de una copa de vino añejo.

Mantuve la mirada impasible, sin regalarle ni una mueca. Eso solo lo divirtió más.

—Así está mejor —añadió, apoyándose contra el respaldo de la silla, cruzando una pierna sobre la otra—. Empiezas a sonar menos a un cachorro y más a alguien que, tal vez, podría ser un hombre en la mesa de mañana.

Nyx no perdió tiempo en volver a abrir la boca, sus ojos brillaban con esa sorna constante que me arrancaba deseos de partirle la cara.

—Si no fueras casi un neandertal, te diría que te unieras a mí en mi habitación… —murmuró con ese deje provocador que lo caracterizaba.

Arqueé una ceja, manteniendo la calma en la voz.

—Tengo ofertas mejores si alguna vez quiero probar ese terreno.

Soltó un gruñido bajo, gutural, que más parecía de placer que de risa, y la sonrisa pícara que acompañó me confirmó que lo había pinchado en el sitio exacto.

—No me digas eso… —dijo, entornando los ojos—. Que ahora me pica la curiosidad.

No le di tiempo a seguir con sus estupideces.

—¿Cómo está la balanza? —lo corté en seco.

Chasqueó la lengua, evidentemente molesto por el corte. Se retrepó en su silla al igual que un felino perezoso, rodando los ojos con un gesto teatral de aburrimiento.

—Los últimos Fundadores, obviamente, se oponen a la guerra —empezó, tamborileando los dedos en el brazo de la silla—.

Hay cuatro generales conservacionistas que siguen aferrados al respeto del tratado de paz…

luego… hay tres generales y algún consejero que claman por la guerra.

Avaricia, resentimiento, venganza… las motivaciones de siempre.

Se inclinó un poco hacia delante, bajando la voz.

—Pero todo, absolutamente todo, se reduce a lo que el rey dicte finalmente. Desconozco los argumentos que pondrán los legatus sobre la mesa, si es que tienen alguno.

Hizo una pausa premeditada, lo bastante larga como para obligarme a pensar en sus palabras, y entonces, con esa sonrisa que me atravesaba como un cuchillo, preguntó:

—Y ahora dime… ¿qué vas a hacer con la princesa de la cima de la montaña?

Inspiré hondo antes de abrir la boca. No podía mostrarle ni un resquicio de más, ni tampoco darle tan poca carne que sospechara.

—No es ninguna princesa. Y sinceramente no lo sé todavía —dije al fin, midiendo cada palabra—. No sé qué siente ella… ni siquiera estoy seguro de lo que siento yo.

Mantenerlo en esa delgada línea, mitad confesión, mitad evasiva, era lo único que me permitía no quedar atrapado en su juego.

Nyx entrecerró los ojos, ladeó la cabeza y sonrió con esa maldita expresión que no revelaba si me había comprado la respuesta o si solo disfrutaba de verme bailar sobre la cuerda.

—¿No es ninguna princesa? —dijo con malicia mientras se sujetaba el mentón de manera pensativa.

De golpe la puerta se abrió de un portazo. Mor irrumpió con una sonrisa amplia y pasos ligeros. Pero todo aquello se congeló en seco cuando me vio.

Nyx rodó los ojos, molesto, mascullando:

—¿No ves que estamos ocupados?

Durante un instante que me pareció una eternidad, nuestros ojos se encontraron. El aire se volvió denso, espeso. No sabía qué decir, qué hacer… pero si titubeaba, Nyx lo notaría. Y no podía darme ese lujo.

—Mor —dije con calma— Supongo que no has hecho mucho caso de lo que te dije, ya que Nyx me ha contado que me seguiste hasta el pueblo.

Ella entendió. Se ajustó al papel sin titubear. Fue hasta una esquina, se dejó caer en una silla y cruzó las piernas sobre la mesa.

—No sé de qué me hablas. —dijo.

Y empezó a juguetear con un mechón de pelo mientras silbaba una nana de la capital, fingiendo que yo era un completo extraño.

Giré la cabeza hacia Nyx.

—De todas formas —añadí —ya había terminado. No tengo más preguntas.

Obvia mentira, pero necesitaba salir de allí, me tendría que conformar con lo que había sacado. Me encaminé hacia la puerta con firmeza.

—Gracias Dux Umbrae. —dije mirando a Nyx.

Y sin esperar respuesta, di media vuelta y me fui, con la sensación de que aquel pequeño silencio entre Mor y yo había dicho tal vez demasiado. Nyx no era ningún tonto.