Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Ella ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa que era todo menos inocente.

—Siempre vienes buscándolo a él. Nunca vienes a verme a mí.

Su rostro se ensombreció, un gesto fugaz que en otra persona habría parecido el de un niño al que le arrebatan un dulce.

—Siempre me ha dado curiosidad —continuó, inclinándose hacia atrás en su diván—. Con lo bien que habla mi Mor de aquella vez contigo...

La miré con recelo, sin saber muy bien qué contestar a semejante comentario. La Dama de los Susurros ladeó la cabeza, esa sonrisa suya torcida como una daga recién afilada.

—Dime… ¿has vuelto a hacer algo con ella? —preguntó con una dulzura envenenada—. La he enseñado muy bien… sin duda es mi mejor alumna. Casi tan buena como yo misma.

Un nudo se me formó en el estómago. No era sólo la pregunta, sino la certeza con la que la decía, otra de sus maniobras para ponerme contra mis propios recuerdos. Inspiré despacio, manteniendo el temperamento bajo control.

—Siopi —dije al fin, con voz firme—. No me gustan tus juegos. Que tengas un buen día.

Soltó una carcajada breve, elegante, tapándose los labios con la mano, disimulando esa alma de depredador que tenía, disfrazada en seda.

Sin más, inclinó el cuerpo en una reverencia ligera, casi burlona, antes de girarse de nuevo hacia las mujeres desnudas que la observaban con atención.

—Bien, reanudemos los ejercicios. —murmuró, retomando sus enseñanzas.

Suspiré y seguí a Lina hasta el fondo del pasillo. Cada paso parecía hundirme más en aquella oscuridad impregnada de secretos. Al entrar detrás de ella, el aire cambió: allí estaba Nyx, sentado en su asiento de siempre, a la derecha de la mesa, dueño del mundo bajo esas piedras.

Levantó la cara hacia mí, y en cuanto me vio, una sonrisa ladina le torció los labios.

—Lina… ¿y este corderito que me traes? —dijo con sorna—. ¿De dónde lo has rescatado?

No necesitaba mirar a Lina para sentir su silencio impenetrable. Mantuve la vista fija en él.

—Supongo que sabrás por lo que estoy aquí —dije.

Nyx se recostó despacio en su silla, entrelazando los dedos frente a él, los codos apoyados con desparpajo en los brazos del asiento. Sonrió con esa prepotencia que le brotaba natural.

—Ah, ya veo… Has terminado de jugar a las casitas y ahora quieres participar en cosas de mayores, ¿No?

No pestañeé.

—Sí.

No iba a darle el gusto de entrar en sus provocaciones.

Chasqueó la lengua, divertido.

—Eres como… una sopa de agua sin sal. Se te traga fácil, pero no dejas sabor en la boca.

Levantó la mano hacia su secretaria sin apartar los ojos de mí. Ella asintió en silencio y se marchó de la habitación cerrando la puerta tras de sí, dejándonos solos bajo aquella penumbra.

El silencio que quedó en la habitación me incomodaba. No estaba acostumbrado a que fuese él quien me contase las cosas; siempre me había derivado a Mor.

¿Dónde estaba ella? ¿No querría verme? ¿Era otro de sus juegos? ¿O tal vez era él quien no quería que la viese? La duda me urgía, como una astilla bajo la piel, y tuve que tragar saliva para no preguntar en voz alta por ella, aunque en mi mente ardía al menos saber si estaba bien…

Nyx estiró la sonrisa, lenta, venenosa, parecía que podía leer cada uno de mis pensamientos.

—¿Y bien? —dijo con calma, el tono cargado de sorna—. ¿Vienes a recoger la información que te prometí?

Guardé un par de segundos de silencio. Él nunca se movía sin propósito, y yo odiaba darle la satisfacción de bailar al ritmo de sus burlas.

—Darmund —dije al fin, firme—. ¿Qué sabes sobre Darmund?

Nyx dejó escapar una risa baja, apenas un murmullo que me heló la nuca. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, con la sonrisa aún más estirada.

—Esa información va a costarte.

Entrecerré los ojos.

—¿Costarme? —repetí despacio—. ¿No tendré que recordarte con quién hablas?

Él se llevó una mano al pecho, teatral, exagerando cada palabra.

—Oh, no, noble señor… apiádese… —con una risita burlona, seca—. Pero, aun así, te costará igualmente.

Se acomodó otra vez en su asiento, cruzando las manos sobre el vientre.

—Por cada pregunta que me hagas… yo te haré otra. Y tendrás que responder.

Sentí un nudo en el estómago. Mi cabeza se puso a trabajar rápido. Tenía que ajustar cada palabra, cada duda, midiendo cuánto estaba dispuesto a ceder. Cuanto más hablase, más le daría. Definitivamente prefería a Mor para estas cosas.

Tragué saliva y forcé mi voz a sonar firme.

—Está bien.

Por dentro, calculaba cómo salir de allí con la menor cantidad de preguntas posibles… y con información que me pudiera ser útil para la reunión.

Nyx dejó que mi silencio se prolongara un instante más, hasta que finalmente ladeó la cabeza con ese gesto suyo que me resultaba insoportable.

—Darmund… ¿por qué íbamos a saber algo de gente en la otra punta del continente? —dijo tamborileando los dedos contra el reposabrazos de su silla.

Sentí la rabia subir, pero la ahogué en un suspiro.

—Nyx —lo llamé por su nombre, con toda la carga que pude darle a mi voz.

Él chasqueó la lengua como un niño pillado faltando a clase, y por un segundo me miró con ojos brillantes, casi disfrutando de mi incomodidad. Luego se inclinó hacia atrás, cruzó las manos y finalmente habló.

—Está bien… el rey ha recibido varias cartas durante tu ausencia.

Cartas de los regentes de la Liga de Trizandia.

Vernade lamenta lo ocurrido y niega su participación en el asunto, añadiendo que ninguno de sus soldados ha participado en el ataque a Glis.

El resto de regentes se esconde detrás del tratado de paz, como ratas bien entrenadas.

—Hizo una pausa, saboreando cada palabra—.

Darmund, en cambio, no ha dicho nada de nada. Ni una sola palabra.

Me quedé en silencio. Esa ausencia… ese vacío… decía más que cualquier carta.

Lo sabía. No todos en la Liga de Trizandia tendrían que pagar con sangre por la locura de Darmund. Una parte de mí casi se permitió un respiro… hasta que lo vi sonreír de nuevo.

—Mi turno —canturreó, igual que un verdugo disfruta del filo de la hoja antes de usarlo—. Mor se presentó tarde para su informe. Nunca antes había pasado. —Se inclinó hacia mí, los ojos chispeantes de burla—. Así que dime… ¿qué pasó en el pueblo de Nialis?

El aire se volvió denso de repente. Claro que lo sabía. Claro que lo había notado. No había nada en todo el continente que escapara a esos ojos, a esa red invisible que era tan suya como la propia sombra. Me crucé de brazos y contuve la primera respuesta que se me vino a la boca.

Jugar. Había que jugar, medir cada palabra.

Debía pensar con cuidado. Lo primero fue contener el gesto: nada de cejas arqueadas, nada de muecas, nada que diera la mínima pista. La pregunta en sí era extraña por dos razones.

La primera es que había mencionado a Mor.

La segunda es que preguntaba lo que había pasado en el pueblo.

Pero la segunda parte no incluía la primera, o tal vez sí. Yo nunca llegué con ella al pueblo. Ella nunca había llegado tampoco, ni siquiera después. Si lo había mencionado, tal vez significaba que había vuelto aquí más tarde, fingiendo que me había seguido durante más tiempo del real.

Los parches que le puse deberían haber cerrado sus heridas en un día, así que tuvo que hacer tiempo antes de volver para que no se notasen sus heridas, eso lo sabía. Maldición… Tenía que encontrar una respuesta rápido. Pero, ¿qué le habría contado ella?

Recordé aquel momento en la cueva. Me preguntó si confiaba en ella. ¿Había callado delante de Nyx? Al fin y al cabo, ellos estaban obligados a decir la verdad… pero no a hablar. Podía haber callado. ¿Me estaba tendiendo él una trampa para descubrir qué parte de la historia se había silenciado?

Mi lengua ardía por querer dar una respuesta rápida, pero mis pensamientos se atropellaban, si hablaba de más, podía arruinar lo que ella hubiera escondido en su historia.

Inspiré hondo, obligándome a mantener la voz firme.

—Tu pregunta tiene dos respuestas —dije al fin, clavándole la mirada—. Te voy a contar la primera, y te voy a regalar la segunda.

Él arqueó una ceja, divertido.