Capítulo 33
El golpe seco de madera contra madera me despertó antes que el sol terminara de alzarse sobre las montañas. Me incorporé en la cama, aún con el cuerpo pesado buscando a Ilya, pero no estaba.
Fruncí el ceño, intrigado, y seguí el sonido de los choques hasta el porche.
Neik estaba con un palo en mano, enseñándole a Ilya a mantener la guardia. Ella trataba de imitar sus movimientos, el sudor perlándole la frente, el ceño fruncido de concentración.
Me quedé apoyado en el marco de la puerta, observando en silencio. Fue entonces cuando Ilya giró la cabeza y me vio. Sus ojos se abrieron de par en par, recorriéndome sin querer, deteniéndose en mi torso desnudo. Y en ese instante el palo de Neik la alcanzó en el muslo.
—¡Auch! —exclamó, llevándose la mano a la zona golpeada.
Neik levantó las manos en gesto de disculpa, aunque la risa ya le temblaba en la garganta.
—Perdón, perdón… pero no me digas que no ha sido culpa tuya.
Ilya apretó los labios, resoplando con frustración mientras trataba de recomponerse. No pude evitar sonreír ante la escena, con una mezcla de ternura y diversión.
Neik me lanzó una mirada rápida, pillándome la sonrisa, luego bajó la mirada a mi torso y se echó a reír.
—Mira lo que provocas, hermano. No se puede entrenar con semejante distracción dando vueltas.
Ilya giró la cara hacia el con ira contenida y simplemente negué con la cabeza.
Me giré hacia la casa y entré al salón, me acerqué a la cocina con la intención de preparar un desayuno sencillo y al poco rato Ilya apareció a mi lado y me ayudó a colocar las cosas con una sonrisa.
Cuando me pasó un cuenco sus dedos rozaron mi brazo, me tensé ligeramente, como un idiota. Ella apartó la mano enseguida y se generó un silencio incómodo entre nosotros durante un par de latidos.
—Qué barbaridad… —Neik habló desde el otro lado de la mesa, con esa sonrisita suya de serpiente—. Compartís cama y aún os ponéis inquietos por un roce en el brazo. Si llegáis a daros un beso, ¿qué vais a hacer, desmayaros?
Ilya y yo nos giramos al mismo tiempo hacia él, con idéntica cara de fastidio.
—¿Por qué no te preparas tú tu desayuno? —dijo Ilya.
Neik se echó a reír, satisfecho de su victoria, aunque lo mandásemos al cuerno, no pude evitar sonreír también al ver a Ilya encogiéndose de hombros con picardía.
Después de desayunar, mientras recogíamos la mesa, Ilya se giró hacia Neik con una ligera sonrisa.
—Gracias por el entrenamiento, Draco.
Él parpadeó sorprendido, incluso se quedó quieto un segundo. Luego giró la cabeza hacia mí, repitiendo:
—¿Draco? —arqueó una ceja, casi divertido.
Me encogí de hombros, intentando restarle importancia, aunque por dentro notaba cómo me removía. Ella, que no se le escapaba ni un detalle, bajó la mirada un instante y luego dijo con suavidad:
—Sé que no es tu verdadero nombre… pero no me importa.
El silencio que siguió fue breve, roto enseguida por la carcajada de Neik.
—Sera posible, ¿duermes en su cama y no sabe aún ni quién eres? —bromeó, guiñándole un ojo a Ilya antes de levantarse y estirar los brazos con un bostezo.
—Bueno, tengo que hacer unas cosas en la ciudad —anunció después, dándole un par de palmadas al respaldo de la silla—. ¿Quieres venir conmigo, Ilya?
Ella lo miró con sorpresa, claramente sin esperarse la invitación. Si la llevaba yo, mi identidad saldría a la luz y la podría poner en peligro a ella. Si iba con Neik, en cambio, ambos estaríamos a salvo.
—Me parece una buena idea —intervine—. Yo también tengo que encargarme de asuntos pendientes, estaré fuera todo el día.
Ilya frunció el ceño, dudosa.
—Pero… tengo mi trabajo en la taberna —replicó.
Neik chasqueó los dedos como si lo tuviera todo resuelto.
—Entonces te acompaño primero a la taberna, me invitas a comer y luego hacia la ciudad. Fácil.
Se quedó pensativa, todavía con esa mezcla de nervios y desconfianza, mientras yo la observaba en silencio, con la certeza de que era lo mejor para ella, aunque me costara aceptar no ser yo quien la acompañara por primera vez a mi ciudad.
Tras unas cortas despedidas en la puerta, vi a Neik y a Ilya encaminarse hacia la aldea, ella todavía con esa mezcla de nervios y determinación que me arrancaba una sonrisa inevitable.
Neik, como siempre, no podía evitar soltar algún comentario burlón para aligerar el momento, y ella, para mi sorpresa, ya parecía acostumbrarse a responderle con un resoplido o una mirada.
Yo, en cambio, tomé el camino hacia la capital. Mis pasos eran firmes, pero mi cabeza bullía. Apenas quedaban dos días antes de la reunión, dos días para poner en orden las cosas, sobre todo mis propios demonios.
Sentía el peso de todo lo que estaba en juego: la inminente sombra de la guerra, ese inevitable encuentro con mi padre y…Ilya.
Cada paso que daba me recordaba que el tiempo corría demasiado rápido y no esperaba a nadie.
Cuando llegué a la posada del Encanto de Tía Sally, mi primera intención era simple: recoger mis pertrechos. Pero apenas crucé la puerta, la voz de Sally me alcanzó desde detrás del mostrador.
—Buenos días, cielo —me dijo con confianza, tuteándome como siempre.
No pude evitar acercarme y sentarme a la barra. Al verme de cerca, su rostro cambió, frunciendo el ceño con una preocupación genuina.
—¿Has comido bien? ¿Duermes lo suficiente? —preguntó, con la misma preocupación que una madre daría a sus hijos.
Sonreí de lado y asentí, aunque sabía que en mis ojeras se dibujaba la verdad.
—Sí… como bien. Mis problemas son otros, Sally. Mis pensamientos no me dejan en paz.
Suspiró y me puso una mano en el brazo, apretando con calidez. Hablamos un rato de cosas triviales, hasta que, casi sin pensarlo, se me ocurrió.
—Sally… dime, ¿y si alguien cercano a mí quisiera vivir aquí? No tendría dinero, pero podría trabajar para costearse su estancia. No estoy diciendo que vaya a pasar, ni siquiera se lo he consultado a ella todavía. Pero quiero tener opciones, por si las cosas se tuercen.
Me miró fija, sin titubear, y sonrió.
—Por ti, lo que haga falta. Si es alguien de tu gente, aquí tendrá sitio.
Le agradecí con una leve inclinación de cabeza. Ella, en respuesta, se puso de puntillas y me plantó un cariñoso beso en la frente.
Me despedí con una sonrisa cansada y subí a mi cuarto.
Entré y cerré la puerta tras de mí. Apoyados contra la pared, estaban los pertrechos que no hacía mucho había llevado puestos. Los observé en silencio, como si fueran un recordatorio pesado de todo lo que estaba por venir, de lo que aquella ciudad me provocaba.
Solté un suspiro y me dejé caer en el filo de la cama, inclinándome hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla entre las manos. La habitación estaba en calma, pero mi cabeza, como de costumbre, no.
¿Qué ocurrirá cuando todos estemos frente a frente en esa sala, cuando las palabras se conviertan en armas y los viejos rencores empiecen a arder?
Debía pensar en cómo calmar las ansias de guerra de algunos, mi padre incluido.
No podía llegar y dejar que el destino se encargara; sería una insensatez.
Necesitaba información, alianzas, un plan.
Porque si algo había aprendido en todos estos años…
es que presentarse sin estar preparado es entregarse al vacío.
El solo pensamiento de ver a Nyx me estremeció. Más aún al recordar que Mor estaría allí. Creo que lo estaría… debía estarlo. Pero ya era hora de ver qué información tenía para mí.
Me puse de pie con un gruñido bajo, buscando en silencio la determinación que tantas veces había fingido tener. Me cambié de ropa, ajusté el cinto con firmeza y, antes de darme la oportunidad de echarme atrás, crucé la puerta de la posada y me encaminé hacia el castillo auxiliar.
Cada paso me pesaba como si llevara las cadenas de todos mis años a cuestas. El aire de la capital estaba distinto esa tarde, cargado de murmullos y secretos, las piedras parecían esperar lo que estaba por suceder mañana al anochecer.
Cuando llegué al fondo de las escaleras de las catacumbas, el aire ya olía a humedad y a oxido. Aquel lugar al que la Legión Umbrae llamaba casa.
Siempre me había parecido más tumba que guarida. Allí, en la puerta de priur de la entrada, semiabierta, vi a Lina hablando en voz baja con un Umbrae.
En cuanto me vieron, ambos se enderezaron con una reverencia breve. El espía no tardó en escabullirse por la misma escalera por la que yo había bajado, sin mirarme siquiera.
Lina, en cambio, me sostuvo la mirada con calma, extendiendo una mano hacia el interior de las catacumbas a modo de invitación.
—No esperaba que te demoraras tanto en hacernos una visita —dijo con ese tono neutro que nunca terminaba de ser amable ni hostil.
—He estado ocupado —respondí, escueto.
No replicó. Una línea fina se dibujó en la comisura de su boca, demasiado fina para llamarla sonrisa. Y eso me bastó para entender que sabía más de lo que decía. Puede que incluso demasiado.
La idea de que pudieran tener ojos observando la casa de mi madre me revolvió el estómago. No me gustaba. Pero lo entendía: era su trabajo saber cosas. Por eso, al fin y al cabo, siempre terminaba viniendo aquí.
A medida que avanzaba por el pasillo, los sonidos se fueron abriendo paso: jadeos, gemidos, risas apagadas, el roce de cuerpos contra telas. Cada paso los hacía más nítidos, más incómodamente claros.
Al llegar a una puerta entreabierta, la escena se desplegó ante mí. Dentro, Siopi, la Dama de los Susurros, observaba a un grupo de mujeres desnudas, cada una sobre una cama distinta, mientras las corregía con una paciencia enervante. Sus gestos eran suaves, pero su voz... esa voz era un arma.
—Cuánto tiempo —dijo, alzando apenas la mirada hacia mí.
No había nada de casual en la cadencia de sus palabras: cada sílaba venía bañada en un timbre capaz de deslizarse bajo la piel y encender pulsos escondidos. Nunca lograba acostumbrarme a esa mezcla de magia, artificio y carne que impregnaba cada nota.
Tragué saliva y respondí, con la sequedad que me quedaba como escudo:
—Un par de años, sí.