Capítulo 32
Al volver a la casa, Ilya nos recibió con los ojos muy abiertos y las manos en la cintura.
—¡Pensaba que os había pasado algo! —exclamó, con un tono a medio camino entre la preocupación y el enfado—. Solo ibais a daros un baño, he ido a trabajar y al volver aun no habíais vuelto, me iba a consumir la preocupación.
Neik, sin perder el tiempo, arqueó una ceja y contestó:
—Bueno, ya sabes… dos machos en remojo siempre tardan más. Hay que frotar bien los rincones difíciles.
Ilya parpadeó, sin saber si reír o enfadarse, yo me limité a bufar, caminando directo hacia la cocina para preparar algo de cenar.
Encender el fuego y ponerme con las verduras era una buena forma de no entrar al trapo.
Pero, por supuesto, Neik no iba a dejarlo pasar.
—Míralo… —dijo en tono burlón mientras se dejaba caer en una silla—. Qué bien educado lo tienes, Ilya.
Me giré un instante para fulminarlo con la mirada. Ilya, arqueó una ceja y replicó mirando a Neik:
—Más bien diría que sabe quién cocina mejor… y quién no sabría freír un huevo.
Neik abrió la boca fingiendo indignación, y yo solté una carcajada sin poder contenerme.
—Creo que te acaban de hundir —le dije, todavía riéndome.
Neik rio también, pero no con su habitual sarcasmo, sino con una risa sincera, amplia, que le iluminó el rostro. Luego nos miró a los dos, y por un instante dejó escapar una mirada distinta, cargada de orgullo.
La cena pasó sin más sobresaltos. Al terminar, Ilya se despidió antes de perderse por el pasillo hacia su cuarto. Neik, entrecerró los ojos viendo su andar apurado.
—Qué recatada nuestra muchacha…—soltó con malicia —y eso que esta mañana la pillé más cómoda contigo que con la manta.
Le lancé una cuchara vacía a la cabeza, que esquivó riendo como un niño.
Cuando la casa quedó en silencio, nos retrepamos en el banco del porche.
Encendimos una pipa de hierbas y servimos un par de jarras de hidromiel.
El aire fresco de la cima nos envolvía, y entre el humo azul y los sorbos amargos, compartimos un silencio cómodo, de esos que solo se pueden tener con un hermano.
El humo de la pipa ascendía en espirales perezosas hacia el cielo estrellado. Neik, con la jarra de hidromiel en mano, guardó silencio más de lo habitual, tanteando por dónde empezar.
—Quedan dos días para la reunión —dijo finalmente —si no contamos lo que queda de hoy… ¿has pensado qué demonios vas a decirle a tu padre?
Me quedé mirando el horizonte oscuro, dejando que el frío de la noche me despejara un poco.
—No lo sé. La mitad de mí quiere mandarlo al infierno, la otra mitad… quiere detener una guerra, supongo.
Neik rio entre dientes, pero fue una risa corta, amarga.
—Hay demasiados ojos mirando esta vez, estarán todos los legatus de las legiones, y algunos tienen bocas hambrientas de guerra desde hace cientos de años.
Asentí sin replicar. Lo sabía muy bien, había asistido a muchas reuniones, conocía a todos, pero nunca habían estado todos juntos a la vez, bajo un mismo techo.
Hay muchos legatus que llevan años con ansias de expandir Noczar más allá de las fronteras, el conservacionismo por parte del rey, a pesar de ser de mecha corta, había sido siempre su forma de regir, sus consejeros y fundadores son también conservadores.
Noczar se fundó para sobrevivir, nómadas exiliados sin reino buscando donde vivir en paz. Sin esperarse que se volvieran una de las fuerzas más poderosas y envidiadas de todo el continente tras el descubrimiento del priur y el éter.
El silencio volvió a caer, roto solo por las chispas que escupía la pipa. Entonces Neik giró la cabeza hacia mí, con expresión que mezclaba burla y ternura.
—Y luego está ella.
No necesitaba decir más. Solté un suspiro, frotándome la frente.
—No sé qué hacer. Cargo con demasiados años, demasiadas cicatrices y responsabilidades que no parece que vayan a terminar nunca. Creo que debería mantenerme lejos.
Neik me dio un empujón con el codo, sonriendo de medio lado.
—Eres idiota. ¿Sabes? Por lo que he visto, ella es lo primero que te ha hecho sentir vivo en décadas.
—No sé lo que es. Tampoco sé si ella siente algo remotamente parecido.
—Oh créeme, por lo que he visto esta mañana estáis los dos en el mismo sitio.
Noté como me subía el calor por las mejillas.
—Tú eres el idiota —repliqué.
Sus ojos se pusieron serios. Había en ellos un brillo sincero, sin rastro de burla. Finalmente, alzó la jarra hacia el cielo.
—Por la reunión. Que no nos cueste la cabeza. Y por ella, que quizá te arregle.
Chocamos las jarras y bebimos en silencio. El viento nocturno nos envolvía, y en ese instante entendí que Neik tenía razón: ambos asuntos, mi padre y Ilya, pesaban más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Nos quedamos un buen rato en el porche, la pipa pasando de mano en mano, el hidromiel bajando lento, mientras el silencio de la montaña lo cubría todo. Neik me soltaba alguna broma de vez en cuando, pero lo veía pensativo.
De pronto, un murmullo me puso alerta. Un lamento apagado, apenas audible, que venía de dentro de la casa. Dejé la jarra a un lado y me puse en pie de inmediato, Neik dudó, pero vino detrás de mí. Entramos sin hacer ruido y subimos.
La encontramos agitada, girándose entre las sábanas, el rostro empapado en sudor, los labios murmurando palabras que no entendíamos.
Me acerqué despacio y, sin pensarlo demasiado, puse la palma en su frente.
—Tranquila… —susurré, casi como si mis palabras pudieran colarse en su sueño.
Neik se cruzó de brazos, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Qué le pasa? No parecen pesadillas corrientes.
Negué con la cabeza, sin apartar la mano de ella.
—No lo sé. Creo que tiene pesadillas con el campamento… y con lo aquel bruto le hizo en el cuello. Solo hace unos días que hablamos sobre ello, pero no hemos profundizado en el tema.
Me detuve un segundo, viéndola calmarse poco a poco bajo mi mano, hasta que sus respiraciones se hicieron más lentas. Suspiré.
—Quiero darle un espacio seguro. Cuando ella quiera hablar, la escucharé.
Neik no dijo nada durante un buen rato. Solo me miró desde la penumbra.
Sentí una palmadita en el hombro antes de oír su voz.
—Hermano, creo que lo que necesitas es una cama —dijo Neik con una sonrisa—. Ya que los anfitriones son un desastre y solo hay dos camas decentes en esta casa, me tengo que quedar con la tuya.
Me giré un poco, todavía con la mano sobre la frente de Ilya, y vi cómo me guiñaba un ojo.
—Una lástima que no te quede más remedio que dormir aquí… a no ser que prefieras que duerma yo en esta cama —añadió, señalándola con descaro.
Lo miré de reojo, entornando los ojos con esa expresión que tantas veces le he dedicado en nuestra vida juntos. Él lo sabía: estaba a un suspiro de tirarlo por la ventana, pero se limitó a sonreír aún más ancho y a encogerse de hombros antes de desaparecer hacia mi cuarto.
Cuando bajé la mirada, Ilya ya estaba abrazada a mi brazo, tirando inconscientemente de mí impidiendo que me marchara. Luché contra el fuego que se encendía dentro de mí, contra el temblor que me recorrió el pecho.
Tragué saliva, cerré los ojos un instante, y al final… cedí.
Me acosté a su lado, dejándome envolver por la calidez de su abrazo. Su respiración, pausada y cálida, me rozaba el cuello. Intenté mantener la calma, pero cada pequeño roce suyo era como un recordatorio cruel de lo cerca que estaba y, a la vez, de lo lejos que debía mantenerme.
Cerré los ojos con fuerza. No es el momento… no debo pensar así . Ella había sufrido demasiado, había conocido el contacto de la forma más atroz posible, y lo último que merecía era que yo convirtiera su inocente búsqueda de consuelo en un campo de batalla contra mis propios demonios.
Y, sin embargo, mi cuerpo no entendía de razones. El fuego interno me devoraba, obligándome a respirar hondo.
Me obligué a mirar el techo, a perderme en la oscuridad, a recordar por qué estaba ahí. Quería ser para ella un refugio, no otro enemigo.
Suspiró en sueños y se acomodó aún más contra mí. Y en ese gesto, en esa confianza inconsciente, sentí que el fuego en mi interior se transformaba en otra cosa: en una promesa de que nunca más la dejaría sola en la oscuridad.