Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

En cuanto llegamos a la poza, Neik ya estaba deshaciéndose de la ropa a toda prisa. La lanzó a un lado cayendo en un montón sin cuidado.

Saltando desnudo, con un grito desafiante, se abrazó las rodillas para lanzarse hecho una bola al agua. El chapoteo resonó por todo el claro y las gotas me alcanzaron de lleno en la cara.

—¡Venga, flojo! —me gritó, sacando la cabeza del agua con una risa burlona.

Resoplé y me quité los pantalones con calma, dejándolos a un lado, y me zambullí tras él. El agua fría me envolvió de golpe, arrancándome un escalofrío que pronto se transformó en alivio. Salí a la superficie resoplando, apartándome el pelo empapado de la cara.

Neik ya estaba flotando de espaldas, riéndose como un crío.

—¿Te acuerdas de todas las veces que nos hemos metido aquí?

Con Sirl, que siempre acababa chillando porque la lanzabas al agua sin darle tiempo a quitarse la ropa —Se rió otra vez, salpicándome con un manotazo de agua—.

O cuando me apostaste que podías aguantar más tiempo bajo el agua y casi te ahogas como un idiota.

Me limité a sonreír con un gruñido, recordando demasiado bien aquella sensación de los pulmones ardiendo.

Neik siguió hablando, pero su voz se fue suavizando:

—Y tu madre. Ella siempre decía que el agua de esta poza nos dejaba el alma limpia, ¿te acuerdas?

Lo miré. Ya no reía. Sus ojos tenían ese brillo que solo había visto a Neik un par de veces en nuestra existencia, siempre cuando hablaba de mi madre, perdidos en la superficie ondulante del agua. El gesto socarrón se le había borrado del rostro, reemplazado por una nostalgia dolorosa.

—Era… era como si la poza fuese un refugio para ella —susurró—. Siempre parecía más tranquila después de venir aquí.

El silencio se deslizó entre los dos.

Lo miré sin decir nada, dejando que las palabras quedaran suspendidas en el aire junto con aquel recuerdo que nos unía. No pude evitar fijarme en su rostro, apenas marcado por el paso del tiempo.

Desde que era niño, Neik había sido así. Su aspecto no había cambiado nada en todos estos años, y esa constante era tan desconcertante como familiar. Era un ancla para mí, que había estado toda mi existencia allí.

Cuando apenas tenía once años, lo veía como una figura paterna. Alguien fuerte, inmutable, al que aferrarme cuando la vida se tambaleaba. Durante aquel pequeño espacio de mi infancia, diez años, que parecían tan lejanos como irreales, él había ocupado ese lugar que me faltaba.

Ahora, después de más de noventa años a su lado, tras incontables batallas, noches de juerga, pérdidas y victorias… ya no era aquel sustituto de un padre. Neik se había convertido en mi hermano. El único que había compartido conmigo todo, hasta las partes más oscuras que nadie más podría entender.

Lo observé, hundido en su propia melancolía, y sentí que algo dentro de mí se comprimía. Porque, pese a las bromas, pese a la fachada de acero que siempre mostraba, había heridas en él que ni el tiempo, ni la sangre, ni la risa habían conseguido cerrar.

No pude evitar sonreír con tristeza viendo aquella nostalgia clavada en su rostro.

—No te pongas tan solemne, viejo —le dije, dándole un empujón con el hombro para que perdiera el equilibrio en el agua—. Que ya andas por los doscientos.

Neik me lanzó una mirada entre burlona y ofendida, salpicándome con fuerza.

—Que sepas, chavalote, que, dentro de mi raza y nuestra longevidad, aun se me considera estar en la adolescencia.

—De eso no me cabe la menor duda, tu actitud lo demuestra —dije burlándome.

—Mira quién habla, ¡Tú tienes la mitad de esos años y no envejeces un maldito día! Y tampoco es que seas un madurito sexy. La mayoría de humanos a tu edad ya son momias.

Me quedé callado un segundo, mirando cómo las ondas del agua se expandían alrededor de nosotros. Ciento trece años..., se me hizo extraño pensarlo, como si al darle nombre de golpe ese tiempo pesara un poco más. Suspiré, dejando que el agua fría se llevara aquel nudo en el pecho.

Neik, como siempre, se echó a reír, rompiendo la seriedad de mis pensamientos. Y, como tantas otras veces, acabamos compitiendo a ver quién salpicaba más fuerte hasta que la nostalgia se disolvió en carcajadas.

Las risas y las salpicaduras fueron apagándose poco a poco, hasta que solo quedó el sonido constante de la cascada.

Me dejé flotar de espaldas, mirando el cielo anaranjado.

Ahora que caigo… nunca le he preguntado a Neik por sus sentimientos en aquella época. Yo era un niño; poco entendía del mundo, y menos aún de lo que pasaba a mi alrededor.

Pero ahora, si miro atrás…

Sin pensarlo demasiado, solté:

—Neik… cuéntame algo sobre ella.

Él dejó de moverse. Durante un instante me miró como si no hubiera entendido la petición, pero enseguida sus ojos se enturbiaron con una confusión nostálgica. Bajó la vista al agua, parecía buscar en ella los recuerdos.

—Nissa… —dijo despacio, y luego sonrió con suavidad, una sonrisa que no recordaba haberle visto en ningún otro contexto—.

Era… distinta. Tenía una calma que desarmaba a cualquiera, incluso en medio del caos.

Era fuerte, pero no de la manera en que lo somos tú o yo…

lo suyo era otra cosa. Una fuerza que no se veía, pero se sentía.

Cerró los ojos, como si la viera frente a él. Luego inspiró hondo, y su voz salió más baja, cargada de recuerdo.

—Una vez… —empezó, con una sonrisa triste— Mi hermano había tenido otra de sus «geniales» discusiones conmigo, ya sabes cómo era.

Yo terminé en el suelo, con la ropa hecha jirones y el orgullo aún peor.

No quería que nadie me viera así, pero ella…

—suspiró, y por primera vez se notó la humedad en sus ojos— salió a mi encuentro.

Lo miré en silencio.

—Me llevó dentro de la casa sin decir nada, y mientras yo bufaba y maldecía, ella me sentó y me limpió la sangre del labio.

No me dejó soltar ni una palabra. Cosió mi túnica rasgada con una paciencia infinita y, cuando terminó, me dio un pequeño golpe en la frente con el dedo y me dijo: «Eres fuerte, Neik, pero de nada sirve esa fuerza si no la usas para cuidar a los que amas.

Nunca sabes cuándo dejarán de estar aquí, así que no desperdicies el tiempo peleando por orgullo.

» Sin haberle contado nada, sabía cómo había sucedido la pelea y sobre qué. Tenía un don.

Neik tragó saliva, la sonrisa asomando otra vez, frágil.

El silencio se estiró entre los dos, cargado de melancolía. Sentí un eco dentro del pecho, un recuerdo que no era mío.

Neik me miró, sonrió levemente y, viendo mi expectación, añadió:

—Su risa era ligera, casi musical, su voz, era preciosa, dejaba toda la casa entera en silencio expectante cada vez que cantaba alguna de sus canciones, y cuando entraba en una habitación parecía que la luz cambiaba.

No porque fuera la más hermosa, que lo era…

, sino porque hacía que todo alrededor pareciera dejar de importar.

—Sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo.

Yo me quedé callado, escuchando cada palabra con un nudo en la garganta. Pero había algo en su voz que no me pasó desapercibido: no hablaba como un guerrero recordando a una reina. Hablaba como un hombre que había amado, de esa manera imposible, prohibida y silenciosa.

Neik suspiró, dándome un leve golpe en el hombro. —Eso es lo que puedo decirte. No hay mucho más que las historias, y lo que guardo aquí —se tocó el pecho—. Pero créeme, tu madre era… única.

El silencio volvió a caer entre nosotros, roto solo por la cascada y el chapoteo suave del agua contra las piedras. Me pasé una mano por la cara, apretando los dientes. Las palabras se escaparon de golpe, más amargas de lo que había planeado.

—Odio a mi padre. —Escupí al agua, con rabia contenida—. La reina no pudo quedarse embarazada y mi madre fue solo una más de las que utilizó como moneda política.

Neik guardó silencio unos segundos, su rostro endurecido, pero luego asintió despacio, con esa serenidad que escondía un pozo de tristeza.

—Una herida colateral… —murmuró—. Tu madre fue una de las ocho princesas de Palamia. Tenía un futuro brillante. Pero tu padre la dejó encinta y la abandonó aquí, en esta cima.

Sentí cómo la rabia me abandonaba poco a poco, dejándome con un vacío en el pecho. Tragué saliva.

Miré a Neik de nuevo, ví su costado desnudo, que ahora lucia una nueva cicatriz.

Volví a sentir como había estado cerca de perderlo, otra vez.

Mi amigo. Mi hermano. Esa constante de mi vida desde que tengo uso de memoria. Ese cuidador de mi madre en su lecho de muerte, sacándole una sonrisa cuando yo no hacía más que llorar sin entender lo que pasaba, sin entender como afectaba eso a ella, a él.

Neik había sido mi padre, mi modelo a seguir, mi ejemplo, mi ídolo, mi protector, mi rival, mi grano en el culo. Lo miré bien.

Él seguía mirando el cielo, nostálgico.

—Debería habértelo dicho hace mucho tiempo. —le dije con toda la sinceridad que pude cargar en mi voz. —Gracias por estar en mi vida y en la de mi madre. Que cuidaras de ella hasta el último día.

Nunca había visto un cuadro como aquel. Una lagrima caía por el rostro de mi hermano.

Jamás pensé que llegaría a verlo de esta forma, tan…vulnerable. Me acerqué a él y lo abracé.

—No sabes lo mucho que significa para mí escuchar eso. —me susurró.

—Sí lo sé. —le respondí, serio, convencido. —Por eso necesitaba que lo supieras.

Y justo cuando el silencio parecía llenarse de paz, sentí cómo su mano descendía descaradamente y me apretaba una nalga.

—Eres un imbécil —mascullé.

Neik se rio entre dientes encogiéndose de hombros. Después se puso serio y me dijo:

—Gracias.

Solté el abrazo y me separé de él.

—Vámonos de aquí anda, antes de que se rocen partes que no deben.

—¿Cómo cuáles? —dijo acercando su pelvis hacia mí. —¿Qué es lo que temes? ¿Eh? Está claro que la mía es más grande.

—Neik —farfullé resoplando —¿Tan imposible te es permanecer serio más de diez segundos?

—¿Qué dices? —reprochó. —Estoy siendo muy serio. —dijo haciendo un círculo con su cadera levantando surcos en el agua.

Suspiré, salí de la poza, y en el borde, giré el cuerpo ligeramente de lado hacia él, y sonreí.

Su mandíbula se abrió lentamente en una mueca.

—¡Eso es porque el frio a vosotros no os afecta igual con vuestro maldito elixir!

Me limité a reír mientras me iba secando con una manta. Neik salió del agua mascullando algo ininteligible y se secó también dándome la espalda.

—No te deprimas —le dije mientras me ponía los pantalones —. La tuya es decente, tranquilo.

—Serás bastardo —dijo con un resoplido —¿A tu pobre amigo le dices eso?

Solté una risa. Después, cuando terminamos de vestirnos y nos encaminábamos hacia la casa abandonando el área de la poza, nos detuvimos al borde, nos quedamos callados un momento, mirando hacia arriba. El cielo comenzaba a teñirse de los últimos tonos del crepúsculo.

Neik clavó una rodilla en el suelo, intuyendo lo que iba a hacer, lo imité y después, murmuramos:

—Que las fuerzas del más allá te protejan por siempre, sea donde sea el allá.

Nos miramos, sonreímos con complicidad, y tras un suspiro compartido volvimos a casa. La noche ya caía sobre la cima, y con ella llegaba esa calma inevitable después de abrir viejas heridas.