Capítulo 30
Al día siguiente, todavía con las sábanas marcadas en la piel, sentí el calor y el suave peso del cuerpo de Ilya contra el mío. Me removí un poco, intentando buscar postura más cómoda… y fue entonces cuando noté el problema.
El botón que sujetaba mis pantalones en su sitio estaba a punto de salir disparado contra el techo. Me incorporé ligeramente, con la respiración agitada. La cercanía, el roce involuntario de su rodilla presionando justo donde no debía, me estaba matando.
El corazón se movía con brusquedad en mi pecho mientras intentaba apartarme con cuidado, rezando a mis fundadores, incluso a sus dioses, a todo lo que se me ocurriese, para que ella no lo notara.
Pero la vida rara vez me lo ponía fácil.
Ilya se removió, parpadeando con lentitud al despertar, y su mano que estaba en mi pecho recorrió todo el camino hacia abajo, terminando en el sitio menos indicado, de inmediato frunció el ceño, sorprendida, al sentir aquello que evidentemente había notado.
Sus ojos se abrieron un poco más, sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y retiró la mano con rapidez, bajando la mirada como si no supiera qué hacer, mientras yo me debatía entre excusarme o desaparecer de la faz de la tierra.
—Yo… —empecé, torpe, buscando cualquier palabra que me salvara del abismo.
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, la puerta se abrió de golpe.
—¡Buenos días, bastardos perezosos! —retumbó la voz alegre de Neik, entrando sin ningún tipo de pudor como si la casa fuera suya.
Ilya y yo nos separamos con un sobresalto, ella se movió hasta el borde contrario de la cama y yo me incorporé de pie al lado de la cama con una rapidez suficientemente sospechosa.
Neik se detuvo a medio paso, levantando una ceja lentamente con picardía al ver la escena.
—Oh… vaya. ¿Interrumpo algo?
Cerré los ojos, deseando de corazón que la tierra me tragara en ese mismo instante.
Neik esbozó una sonrisa con lentitud, disfrutando descaradamente del espectáculo.
Ilya parecía querer fundirse con la cama.
Su rostro estaba rojo como el fuego, los ojos huidizos, la manta hasta la nariz.
Cuanto más nerviosa se ponía ella, más incómodo me sentía yo.
Un sudor frío me recorrió la nuca. Busqué a tientas una almohada y la puse disimuladamente sobre mi regazo, apretando los dientes con fuerza.
Neik no se perdió detalle. Su sonrisa torcida se ensanchó con una malicia descarada.
—Ajá… —canturreó—. Ahora entiendo por qué os despertáis tan tarde. Entrenamiento intensivo, ¿eh?
—¡N-no es…! —Ilya quiso responder, pero la voz se le quebró y se hundió aún más bajo la manta, hecha un ovillo de pura vergüenza.
Yo gruñí por lo bajo, mirando a Neik con toda la furia contenida que podía reunir.
—¿Porque no te vas un poquito a la mierda? —escupí, con la almohada bien sujeta y avanzando hacia él.
Neik dio un paso atrás, divertido.
—Eh, eh, tranquilo. Solo os buscaba por si queríais desayunar. Algo me dice que no has comido. Con esa montaña entre las piernas.
No aguanté más. Lo empujé hacia el salón a base de patadas, con un bufido.
—¡Lárgate imbécil! —mascullé—. Vete a desayunar tú solo si tanto te gusta madrugar.
—¡Auch! —se quejó él, aunque sin perder la sonrisa burlona—. ¡Qué humor tan delicado por las mañanas, señorito! ¡Esto no son formas de tratar a tu pobre amigo!
Lo arrastré hasta la puerta del salón, y antes de cerrarla en sus narices, le dediqué una mirada asesina.
—Un comentario más y te hago tragar la sartén entera.
Neik levantó las manos en falso gesto de rendición, y aún riéndose se dejó caer en el sofá, mientras yo cerraba la puerta de golpe, con el corazón desbocado y las orejas ardiendo.
Apoyé la espalda contra la pared del pasillo y dejé escapar una exhalación larga, como si pudiera soltar con ella toda la tensión. Me pasé una mano por la cara, cerrando los ojos un instante.
Después, inevitablemente, bajé la mirada hacia mi entrepierna. Por suerte, la tormenta parecía haberse calmado un poco, y la vergüenza no me golpeaba con la misma fuerza que hacía unos minutos.
—Joder… —murmuré para mí mismo, intentando recomponerme antes de volver a entrar.
Cuando por fin abrí la puerta con cuidado, Ilya estaba sentada al borde de la cama, calzándose, pero sus ojos me observaron con un destello nervioso.
—¿Estas bien? —pregunté en voz baja, aún incómodo, pero sin querer dejar que ella se sintiera culpable por mi o por Neik.
Titubeó un instante, y luego, en un susurro, respondió:
—Sí… aunque… —sus mejillas se volvieron a encender—eh… siento haber tocado...
Me quedé petrificado, entre querer reír y querer desaparecer de la existencia.
—Lo siento… —me llevé una mano a la nuca, rascándome nervioso.
—No pasa nada —me interrumpió rápido, con una vocecilla tan tierna que casi me desarmó—. No me ha molestado…
Sus palabras se clavaron en mí como una flecha, dejándome mudo unos segundos. Tragando saliva, me forcé a sonreír, aunque torpemente.
—Supongo que… esto te hace peligrosa para mi —intenté bromear, para aliviar un poco el ambiente.
Su mirada vaciló lo justo para mirarme con esos ojos pícaros que le nacían de vez en cuando, y contestó:
—Entonces será mejor que tengas cuidado conmigo…
Fundadores, razón no le faltaba, estoy en peligro, grave.
El silencio se extendió durante unos minutos, pero estaba lleno de algo diferente, algo que no podía negar. Ambos nerviosos, ambos al borde de un precipicio que yo no sabía, o por lo que apreciaba de ella, ninguno de los dos sabía si debía o no cruzar.
La tensión aún vibraba en el aire cuando me aclaré la garganta torpemente, miré hacia ella con los ojos entrecerrados y, haciendo un gesto con las manos como si apuntase en una hoja de papel lo que había dicho, salí de la habitación sonriendo.
Pasé por mi cuarto y me vestí rápido, con movimientos bruscos, intentando expulsar el calor que aún me recorría el pecho.
Luego bajé al salón, el olor a pan recién tostado y carne curada me recibió. Neik estaba cómodamente sentado a la mesa, masticando con descaro mientras me saludaba con una sonrisa que ya me revolvía la sangre.
—¿Ya vuelves?, ¿has terminado de aliviarte? —dijo con fingida inocencia, levantando una jarra de leche en un brindis.
Le lancé una mirada que podría haber partido una roca en dos, pero él apenas se encogió de hombros y siguió comiendo como si nada.
—No me mires así, tus pantalones iban a reventar, si no te alivias… te van a doler.
—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? —pregunté mientras me sentaba frente a él, la voz cargada de incomodidad.
Neik se limpió la boca con la manga y sonrió, claramente había estado esperando esa pregunta.
—¿En serio? ¿Creías que iba a dejarte ir solo a esa reunión? —rió, apoyando un codo sobre la mesa—. Ni hablar, hermano. Quedan tres días y no pienso perderme la cara de tu padre cuando te vea.
Bufé, apartando la vista mientras agarraba un trozo de pan.
Entonces Ilya apareció en el umbral del salón. Su mirada bajó enseguida hacia Neik, nerviosa, con el recuerdo de la interrupción de hace un rato todavía le quemándole las mejillas.
—Buenos días —dijo, forzando una sonrisa antes de sentarse en silencio a un lado de la mesa.
Neik ladeó la cabeza, observándola con una chispa de picardía que reconocía demasiado bien. Abrió la boca, claramente preparando alguna de sus malditas bromas, pero le clavé los ojos con tal dureza que la palabra en sus labios murió antes de nacer.
El silencio reinó un instante, roto únicamente por el crujido del pan al partirse entre mis manos.
Neik jugueteaba con un trozo de queso, mirándome de reojo como un gato que sabía que estaba a punto de hacer una travesura.
—Bueno… —dijo al fin, ladeando la cabeza con una sonrisilla socarrona—. Supongo que lo único que me preocupa ahora es mi amigo… que, por lo que he visto, va a tener dolor en los huevos durante mucho, mucho tiempo.
Ilya abrió los ojos como platos, y yo sentí que la sangre me subía como un torrente. Sin dudarlo, lancé una patada seca bajo la mesa, dándole directo en la espinilla.
—¡Agh, maldito seas! —exclamó Neik, golpeando la mesa con la mano, mientras apretaba los dientes.
Me giré hacia Ilya con total calma, como si nada hubiera pasado. Estaba ligeramente escondida tras su cabello.
—Recuerda —dije, con una media sonrisa y señalando a Neik con el pulgar—, que es un grandísimo cabrón, pero tiene un corazón de oro.
Neik masculló algo ininteligible mientras se sobaba la pierna, y Ilya no pudo evitar soltar una risita nerviosa.
—¡Haber si ahora no se va a poder hablar! —gruñó, incorporándose de golpe. Después me hizo una seña con la barbilla hacia fuera—. Vamos, necesito hablar contigo.
Solté un suspiro pesado, bufando mientras me pasaba una mano por la cara. Me giré hacia Ilya, que nos observaba con mezcla de confusión y diversión.
—Hombres… —murmuré, antes de ponerme en pie y seguir a Neik.
Fuera, el aire fresco del bosque nos recibió con su aroma húmedo. Sin perder tiempo, Neik se plantó frente a mí con los puños en alto, su sonrisa desbordando esa maldita confianza de siempre.
—Nada de juguetes —dijo—. Solo puños.
Calente los hombros con unos movimientos rápidos y asentí.
El primer choque fue seco, contundente, nuestros nudillos abriéndose paso en un intercambio rápido.
La tierra crujía bajo nuestros pies mientras girábamos en círculos, midiendo distancias.
Neik soltó un par de golpes certeros que me arrancaron un gruñido, pero respondí con un gancho que lo hizo retroceder entre risas ahogadas.
Tras unos minutos, dejamos caer los brazos.
—Me desagrada admitir que te echaba de menos. —dije, agradeciendo volver a una rutina que conocía bien, y en la que no estaba todo el rato dándole vueltas a mis pensamientos.
—Lo sé, bastardo —respondió guiñando un ojo.
Desenfundó su espada.
El sonido metálico del acero llenó el claro.
Yo agarré la mía, que estaba apoyada en la entrada, y pronto el choque de las hojas resonaba como un tambor de guerra, chispas saltando con cada impacto.
Era un duelo largo, exigente, como hacía años no teníamos: sudor, fuerza y esa confianza que nos permitía medirnos al límite sin miedo real de herirnos.
Cada estocada era contestada, cada amago respondido. Había algo profundamente familiar en ese combate: el recuerdo de tantas batallas juntos, de haber sobrevivido espalda contra espalda.
El duelo se alargó más, los aceros chocaban una y otra vez hasta que el sonido metálico se mezcló con el jadeo de nuestras respiraciones. Pronto los primeros cortes aparecieron en los brazos, en los costados, nada mortal, pero lo bastante profundos como para teñir la hierba de rojo.
Neik se movía con rabia, como si cada estocada suya no fuera contra mí, sino contra algo invisible que lo estaba devorando por dentro.
Lo conocía demasiado bien. Ese temple, esa dureza en sus ojos, no era simple entusiasmo por el combate.
Algo lo atormentaba, y había elegido desangrarlo en el único campo donde siempre habíamos sabido entendernos.
Me mantuve sereno, ajustando mi respiración, acompañando su ímpetu en lugar de frenarlo. Si buscaba desahogarse, entonces yo sería su contrincante y su válvula de escape, como él había sido la mía durante cientos de ocasiones.
Más cortes, más roces de acero contra carne, más golpes que vibraban en los brazos hasta el hueso. Cada vez más agresivos, cada vez más concentrados, pero en esa calma extraña que solo la guerra nos había enseñado.
De reojo vi a Ilya, sentada en el porche de la casa, los ojos muy abiertos, incapaz de apartar la mirada. Fascinación y miedo se mezclaban en su rostro; miedo por mí, lo sentía en sus manos tensas aferradas a sus rodillas.
Me centré en Neik y cedí por completo al pulso que él buscaba, devolviendo cada golpe con la misma fiereza, sin reservas. No era por mí por lo que había buscado este enfrentamiento, no esta vez. Esta vez era por él.
Dos hermanos de armas bailando en el filo del acero, sangrando, pero con la serenidad de quien comprende que esa violencia no era enemistad, sino la única forma de consuelo que él necesitaba.
Después de un intercambio que parecía no tener fin, Neik dio un ágil salto hacia atrás, clavando los talones en la tierra y alzando la espada en un gesto de cierre.
Me sostuvo la mirada un instante y, sin una palabra, inclinó el torso en una reverencia solemne.
Yo respiré hondo, aflojando la guardia, y respondí de igual manera, ladeándome un poco y devolviéndole la reverencia.
La seriedad duró apenas unos segundos: la sonrisa habitual de Neik regresó a su rostro, la misma de siempre, despreocupada.
—Gracias, hermano —dijo con voz entrecortada por el cansancio—, ¿qué tal si nos damos un buen chapuzón en la poza? Que falta nos hace.
Asentí con un gruñido cansado. Neik, rápido como siempre, giró hacia Ilya con una sonrisa pícara.
—¿Te animas? Dos machos musculosos, sudados, llenos de cortes y sangre… difícil resistirse.
Ilya, se encogió con un gesto nervioso y contestó:
—Yo… creo que mejor me aseo en la casa, gracias.
—¡Tú te lo pierdes! —replicó Neik con exagerada pena.
Rodé los ojos y, antes de que soltara otra de sus barbaridades, le planté una mano en la espalda y lo empujé hacia la poza con un bufido.
—Ignórale —dije, girándome un momento hacia Ilya con un gesto de disculpa.
Ella me devolvió una sonrisa pequeña, dulce, para quitarle importancia, pero me aceleró el corazón. Me sorprendí a mí mismo sonrojándome, desviando la mirada enseguida. Para disimular, seguí empujando a Neik entre risas hasta llevarlo casi a rastras hacia la poza.