Capítulo 29
El amanecer me encontró ya despierto, sin haber conciliado un descanso pleno. Ese segundo beso en la mejilla seguía presente en mi memoria, latiendo con cada pensamiento, y aunque intenté apartarlo, lo cierto es que me acompañó hasta que la claridad del alba empezó a colarse por las ventanas.
Decidí salir al claro y preparar el terreno para el entrenamiento. Al poco, Ilya apareció, despeinada y todavía con ese aire de sueño que la hacía ver sorprendentemente preciosa. Al verme con la espada en la mano, soltó un suspiro resignado y una sonrisa divertida.
—¿Tan temprano otra vez? —se quejó, frotándose los ojos.
—El acero no entiende de horarios —le respondí, alzando una ceja—. Vamos, antes de que el sol empiece a calentar.
Ilya gruñó en un gesto casi infantil, pero cogió el palo de práctica que le había preparado y se plantó frente a mí.
Hice que siguiera un poco más con lo básico para asentar bien el conocimiento: posturas, respiración, equilibrio.
La corregí varias veces, posando mis manos en sus hombros, en la cintura, incluso en sus muñecas para ajustar la fuerza de sus golpes.
Cada roce la ponía rígida, con un leve sonrojo que intentaba disimular con un bufido de concentración.
Yo lo notaba, y eso me encendía por dentro más de lo que quería admitir.
—No te agarres tan fuerte a la espada —le dije suavemente, acomodando mis dedos sobre los suyos—. Si la aprietas demasiado, acabarás cansándote antes. La fuerza está en las piernas, no en la empuñadura.
Asintió con seriedad, intentando repetirlo, y su golpe fue mucho más limpio.
—Así… mejor. ¿Ves? —dije, y sus ojos brillaron de orgullo.
Aunque se cansaba rápido, su empeño era inquebrantable. Entre resoplidos y sudor, seguía alzando la espada una y otra vez.
Cuando hicimos una pausa, cayó sentada en el césped, el cabello pegado a la frente.
—Sigo sin entender cómo demonios puedes hacerlo tantas horas.
—Costumbre… y algo de cabezonería —contesté con media sonrisa, ofreciéndole una cantimplora.
Bebió un largo trago y me la devolvió con una chispa traviesa en los ojos.
—Entonces… supongo que pronto me volveré igual de cabezota.
La carcajada me salió sola.
Después del entrenamiento, Ilya terminó de asearse en la tina, con el cabello aún húmedo y un nerviosismo que se le notaba en cada gesto. Ajustándose uno de los vestidos nuevos que habíamos comprado, me lanzó una sonrisa.
—Bueno… deséame suerte en mi primer día —dijo, jugueteando con un mechón de pelo.
—No la vas a necesitar —respondí sin pensarlo, y ella se sonrojó antes de girarse hacia el sendero que bajaba a la aldea.
La observé alejarse con pasos apresurados, el aire fresco de la mañana moviéndole la falda. Adorable , pensé, y una sonrisa tonta se me quedó en la cara más tiempo del que debería.
Cuando entré de nuevo en la casa, lo primero que me recibió fue el caos: la tina aún llena, toallas por el suelo y ropa desperdigada de cualquier manera. Solté un suspiro resignado.
—Es como si hubiera pasado un huracán… —murmuré, rascándome la nuca.
Decidí recogerlo todo para que aquello no pareciera que acababan de entrar a robar.
Saqué la tina afuera para vaciarla, doblé las toallas y me dispuse a separar la ropa para lavarla en la poza.
Fue entonces cuando mis manos toparon con una prenda mucho más delicada, pequeña y femenina.
Noté cómo el calor me subía por el cuello hasta la cara.
La sostuve un segundo, con el corazón golpeándome en el pecho, y rápidamente la dejé a un lado.
—Por los fundadores… Ilya. —mascullé, llevándome una mano al rostro, que noté ardiendo.
Un suspiro largo escapó de mis labios. Entre la ternura que me despertaba ella y las emociones que se agolpaban dentro de mí, empezaba a resultarme cada vez más difícil mantener la calma.
Llevé la ropa a la poza, y me arrodillé junto a la orilla, frotando las telas contra la piedra con la fuerza requerida. El agua fría me devolvía un poco de serenidad, arrastrando consigo el sonrojo y las ideas que se habían quedado rondando en mi cabeza.
A cada movimiento, los recuerdos me fueron alcanzando. Me vi de niño, al lado de mi madre, aprendiendo a lavar de la misma forma, escuchando su voz suave dándome indicaciones mientras yo me quejaba de lo aburrido que era. Ella sonreía, paciente, y me hacía repetir hasta que quedaba satisfecha.
Lavando ahora, solo, sentí como si su sombra estuviera de nuevo a mi lado, corrigiendo la postura de mis manos, recordándome que incluso las tareas más pequeñas eran de vital importancia.
—Supongo que al final tenía razón —susurré, esbozando una sonrisa.
Al volver hacia la casa, con las manos aún húmedas y la camisa pegada al torso por el esfuerzo, pensé que, tal vez, mi madre estaría contenta de ver cómo cuidaba este lugar otra vez. Tal vez era hora de dejar la habitación solitaria que tenía en «tía Sally».
Tendí la ropa sobre unas piedras lisas al sol, me sorprendió la calma que me invadía. Entre el murmullo del bosque y el aroma húmedo de las telas recién lavadas, me sentí agradecido por esos recuerdos sencillos, tan distintos del peso de espadas y batallas.
Después de tender la ropa, el silencio del claro se volvió demasiado pesado. Sentía todavía ese nudo en el pecho, ese cosquilleo incómodo que no se había ido ni con agua fría. Así que fui a por la espada y el escudo.
Me quedé con los pantalones puestos, dejando el torso descubierto al aire fresco de la montaña, y planté los pies sobre la tierra húmeda. Respiré hondo una vez… y luego descargué el primer golpe.
El eco metálico contra el tronco endurecido resonó con fuerza.
Una y otra vez, golpeé, embestí, giré la hoja en círculos hasta que los músculos ardieron.
Cada estocada llevaba algo de mi rabia, de mi miedo, de mi confusión.
El sudor me corría por el pecho y la espalda, resbalando hasta el suelo, pero no me detenía.
—Más… —gruñí entre dientes, apretando la empuñadura hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Los recuerdos de lo que había escuchado de Ilya, de los fantasmas de su pasado, me impulsaban a descargar cada corte con más violencia. Era como si necesitara arrancar a golpes la impotencia que me corroía por dentro.
Cuando por fin el cuerpo dijo basta, me quedé quieto, jadeando, la espada temblando aún en mi mano. El silencio se fue abriendo paso, poco a poco y con él, el cansancio fue filtrándose. Dejé caer el acero al suelo y apoyé la frente contra el tronco marcado de tajos.
Una vez más, el entrenamiento había cumplido su papel: vaciarme por dentro hasta dejarme tan cansado que no quedaba sitio para la tormenta.
Fue entonces cuando recogí el acero, lo limpié con calma y me encaminé de nuevo hacia la casa. Allí, con la respiración ahora más tranquila, terminé de adecentar la sala. El contraste me hizo sonreír: de la furia a lo cotidiano, de la espada a la escoba. Mi madre habría sonreído de verme así.
El sol ya había bajado un poco cuando escuché la puerta abrirse. Me giré. Ilya apareció en el umbral con la cara iluminada de cansancio y satisfacción, el cabello suelto cayéndole por los hombros.
—Vaya… —dijo llevándose una mano a la boca para reprimir una risita.
Sus ojos pararon en mi pecho desnudo durante un breve instante. Rodé los ojos. Me miré, dándome cuenta que la descarga de mis frustraciones con aquel tronco había dejado mis músculos tensos y marcados. Intenté contener la sonrisa de orgullo que intentaba salir. Lo conseguí a medias. Creo.
—¿Que tal tu primer día? —pregunté intentando desviar la conversación.
Se acercó un poco más, ladeando la cabeza con gesto travieso.
—El guiso que he cocinado se me ha antojado algo repetitivo… —se inclinó fingiendo olfatear el aire con picardía—. Ahora entiendo por qué. Había algo mejor cocinándose aquí arriba —y echó un ultimo vistazo a mi torso antes de dejar el petate en la repisa de la cocina.
Solté una carcajada suave, sacudiendo la cabeza.
Necesito ayuda.
—Anda, anda, siéntate. —dije reuniendo toda la voluntad que tenía. —Termino aquí y luego me cuentas cómo ha sido tu día en la taberna. Pero de verdad esta vez.
La vi asentir, pero sin dejar de mirarme de reojo mientras se acomodaba. Esa forma de jugar, ligera y sincera, hacía que hasta el cansancio me supiera dulce.
La cena fue sencilla, unas verduras cocidas y pan que había traído de la taberna. Mientras comíamos, me fue contando entre gestos y sonrisas cómo había sido su primer día. Hablaba rápido, emocionada.
La escuchaba en silencio, disfrutando más de verla sonreír que de la comida. Había una luz distinta en sus ojos, como si por primera vez el mundo le ofreciera algo suyo, algo que podía llamar propio.
Cuando recogimos la mesa, cada uno se encaminó hacia su habitación. En el umbral, sin previo aviso, Ilya me tomó la mano de nuevo y tiró de mí con suavidad. Sus labios rozaron mi mejilla otra vez, pero esta vez fue más contenido, más despacio, un beso tierno, que me pareció durar una eternidad.
Después se alejó unos pasos, el sonido de sus botas amortiguado por las alfombras. Se detuvo frente a su puerta, la empujó despacio, y la dejó ligeramente abierta antes de desaparecer en el interior.
Me quedé allí de pie, con la mano y la mejilla todavía ardiendo por su contacto y el corazón golpeando en el pecho.
Por todos los fundadores.
La rendija que quedó abierta arrojaba una línea de luz cálida sobre la alfombra del suelo. Me quedé inmóvil, observando aquel pequeño resplandor como si fuera un signo deliberado.
Por un momento, dudé. La sombra de Ilya se movía dentro de un lado a otro, pude discernir como se quitaba el vestido y torcía el gesto mirando hacia la puerta.
¿Esperaba que entrara? ¿O solo había sido un descuido?
Cada respiración se volvía más pesada. Sentía aún el leve roce de su mano en la mía, esa chispa fugaz que no debía significar nada… y, sin embargo, lo hacía.
Di un paso hacia la puerta. El corazón me latía con fuerza, el silencio del pasillo amplificaba cada uno de sus golpes en mi pecho.
Podría asomarme. Solo un instante. Confirmar si era intencionado. Si ella quería que entrara.
Pero no lo hice. El efecto de haber sido un descuido por su parte, podría destruir los puentes que hemos construido hasta ahora.
Exhalé despacio y aparté la vista.
Me di la vuelta, dejando atrás la luz que se filtraba desde su habitación, y caminé hacia la mía.
Me conformé con el recuerdo del contacto, con la calidez breve de su piel contra la mía, con aquel roce que había sido suficiente… por ahora.
El sobresalto me arrancó del sueño como un latigazo. Otra vez. Me levanté casi sin pensar, siguiendo el sonido ahogado de su respiración alterada. Pero esta vez, cuando empujé suavemente la puerta de su cuarto, no la encontré dormida.
Ilya estaba incorporada sobre la cama, los ojos húmedos en la penumbra, las manos sujetándose el cuello.
—Lo siento… —susurró, con esa voz temblorosa que parecía desgarrarme por dentro—. No quería despertarte otra vez…
Negué con la cabeza con tal fuerza que hasta el mechón rebelde que me caía sobre la frente se agitó.
—No se te ocurra pedirme perdón por eso —le respondí con un tono más intenso del que pretendía.
Sentí la decepción colarse en mi pecho, porque creía que el entrenamiento y el brebaje habían funcionado… al menos las últimas noches.
Bajó la mirada, mordiéndose el labio, y luego me preguntó:
—¿Podrías… quedarte conmigo? Siento como… si me hubiese faltado algo estas dos noches atrás.
Me quedé quieto, atrapado en el calor que me provocaban esas palabras. No supe qué responder, solo asentí y me acerqué, acomodándome con torpeza junto a ella. Me había tumbado varias veces en esa cama estos días atrás, pero que ella estuviera despierta hizo todo muy diferente.
Al principio me mantuve rígido, sentía la cama y el simple roce de la sábana un campo lleno de cepos. Pero poco a poco sus párpados cayeron, y el ritmo de su respiración se hizo pausado.
La forma en que, inconsciente, buscaba contacto, acercándose, encajándose contra mí sin saberlo. Un movimiento ligero… y de pronto, el roce de su rodilla pasando por encima de mi muslo me hizo contener la respiración.
Noté el calor subirme por el torso hasta las mejillas a la vez que noté una dureza en los pantalones.
Cada fibra de mí ardía como si me hubiesen lanzado al fuego.
Cerré los ojos con fuerza, luchando contra el impulso de apartarme y al mismo tiempo con el deseo imposible de quedarme así para siempre.
La escuché suspirar dormida, tranquila al fin. Y yo, mientras tanto, lo pasé terriblemente mal, atrapado entre el alivio de verla descansar y la condena de ese contacto tan cerca de una zona peligrosa, que me quemaba.
Posiblemente acaba de descubrir en mi larga existencia un nuevo tipo de tortura.