Capítulo 28
A la mañana siguiente, el sol se filtraba entre las hojas con un tono dorado cálido, más amable que los días anteriores. El aire olía a rocío y a tierra y el canto de los pájaros marcaba el ritmo de una nueva rutina.
Ilya salió de la casa con paso más firme que la jornada anterior. Aún se notaba algo tensa, pero ya no caminaba con el andar torpe de quien lleva el cuerpo en guerra con el sufrimiento de empezar a entrenar los músculos.
—¿Estas mejor o aún te duele? —le pregunté, levantando una ceja mientras me ajustaba el vendaje de las muñecas.
—Todavía un poco —replicó, haciendo girar el palo de práctica entre las manos—. Pero al menos ya puedo sentarme sin sufrir.
—Me alegra oír eso.
El claro nos esperaba, cubierto por una ligera bruma que el sol iba disipando poco a poco. Empezamos con movimientos suaves, respiraciones acompasadas, giros controlados. Ella imitaba mis gestos con más soltura y por primera vez se notaba la fluidez en su cuerpo, la confianza que antes le faltaba.
Me descubrí disfrutando más de lo que debía. Reímos entre choques de madera y correcciones. Cada vez que Ilya avanzaba, el brillo en sus ojos se encendía, esa chispa de determinación que resultaba imposible de ignorar.
Pero también había algo más. Quizá era el recuerdo del día anterior, o la manera en que la luz de la mañana jugaba con su cabello cobrizo, o cómo el sudor le marcaba la piel con un resplandor cálido…
el cuero ajustado y la ropa ceñida le hacía justicia a su esbelta silueta, fuera lo que fuera, me encontraba distrayéndome más de la cuenta.
Ella notó mi falta de atención antes que yo mismo. Aprovechó una mínima abertura y lanzó un golpe rápido al brazo que, logró conectar.
—¡Eh! —exclamé mientras fingía dolor.
Ilya dio un pequeño paso atrás, entre sorprendida y satisfecha. Luego estalló en una risa ligera.
—¡Te he dado! —dijo y el orgullo en su voz era tan evidente que me hizo soltar una carcajada.
—¡Oh no, la alumna ha vencido al maestro! ¡El fin de una era! —dije con fingido dramatismo.
Ilya se dobló de la risa y yo terminé riendo también, contagiado por su alegría. Y añadí:
—Enhorabuena. Pero… ¿Sabes que acabas de cometer un error terrible?
—¿Error?
—Sí… ahora tendré que vengarme.
Retrocedió un poco, todavía riendo y levantó el palo en guardia.
Me lancé corriendo en su dirección, pero ella, en vez de luchar me lanzó el palo de madera y salió corriendo entre saltos y gritos alegres.
Torcí la cabeza con la ceja levantada, cuando llegó al porche de la casa se dio la vuelta y me saco la lengua. Negué con la cabeza y miré hacia el cielo, el sol ya estaba completamente asentado y le dediqué una sonrisa a Ilya.
—Tramposa —dije en voz baja, medio en broma, medio en desafío.
Me miró, aún con la respiración acelerada por el entrenamiento y divertida frunció el ceño. Antes de que pudiera replicar, me enderecé y dejé la espada de madera apoyada en un tocón. El calor del día se volvía amable; era buen momento para bajar a la aldea.
—Mañana me vengaré —continué, más serio—, pero por hoy…tenemos que ir a la aldea para que encuentres algo con lo que ganarte un jornal. —Le lancé la frase con naturalidad—. Como bien me habías pedido.
Ilya resopló, mezclando molestia y alivio.
—No esperaba que lo tomaras tan en serio —murmuró, aunque en sus ojos había determinación.
—Me tomo muy en serio a la gente que me importa —respondí, ajustándome la venda en la muñeca—. Y hoy te toca a ti demostrar que no solo sabes dar golpes bonitos, sino que también puedes ganarte el pan.
Sonrió, un poco ruborizada. Y mientras la veía secarse el sudor con el dorso del brazo, con esa sonrisa luminosa que no sabía ocultar, tuve que admitirlo en silencio: entrenar con ella estaba empezando a ser, peligrosamente, lo mejor de mis mañanas.
Bajamos por la ladera de la montaña, con la bruma aún aferrada a los árboles. Ilya caminaba a mi lado, ligera, la idea de tener trabajo y ganar un jornal parecía darle alas.
Al llegar a la aldea, el ambiente nos envolvió enseguida: los aldeanos cargaban con cestas, haces de leña, niños correteando entre los puestos de la plaza.
Nos acercamos a la taberna, siempre el mejor sitio para enterarse de lo que se cuece en lugares pequeños. El tabernero, un hombre robusto de bigote espeso, nos recibió con una inclinación de cabeza.
—¿Qué se os ofrece? —preguntó mientras secaba una jarra con un paño.
—Trabajo —respondí con simpleza dejando una moneda de plata sobre la barra y señalando a Ilya con un gesto suave—. Para ella, si es posible.
El hombre arqueó una ceja evaluándola y luego se rascó la barba.
—Bueno… aquí siempre hace falta alguien que eche una mano. La panadera busca quien la ayude con los hornos por las mañanas. Y en la plaza siempre andan buscando manos para ayudar con las ventas en los puestos.
Ilya escuchaba con los ojos muy abiertos y terminó preguntando:
—¿Y cocinar?
El tabernero soltó una risa ronca.
—¡Ah, eso nunca sobra! Pero ya sabes cómo es la gente, a nadie le importa lo bien que se diga que cocine alguien, necesitan probarlo.
Me giré hacia ella, dejando que decidiera, observando la mezcla de ilusión y timidez que le teñía el rostro.
Ilya se quedó pensativa unos segundos antes de alzar la mirada.
—La cocina siempre se me ha dado bien —dijo con clara seguridad.
El tabernero se rascó el bigote, sonrió de medio lado y chasqueó los dedos.
—Entonces no hay mucho que hablar, dejemos que tu habilidad hable por ti. Pasa ahí detrás y prepáranos algo.
Ilya se quedó inmóvil un segundo, sorprendida por lo directo de la propuesta. Después me miró de reojo, buscando apoyo y yo simplemente asentí con una leve sonrisa. Respiró hondo y desapareció tras la cortina que separaba la barra de la cocina.
Me acomodé en un banco de madera, cerca del fuego de la chimenea y esperé.
Los minutos se alargaban con el crepitar de la leña y el rumor de los aldeanos entrando y saliendo.
Mi atención estaba fija en esa cortina cerrada, esperando de un momento a otro a que Ilya saliera para revelarme un pedazo desconocido de ella, más allá de las sombras de su pasado.
La cortina se movió finalmente y Ilya apareció con una bandeja con varios platos humeantes entre las manos. Caminaba concentrada, aunque no pudo evitar que sus ojos buscaran los míos en cuanto puso un pie en la sala. Había un brillo nervioso en ellos, mezcla de orgullo y temor.
—Aquí está… —murmuró mientras lo dejaba sobre la barra.
El tabernero se secó las manos en el delantal y se inclinó a oler.
Frunció el ceño, después tomó una cuchara, sopló y lo probó.
Hubo un silencio tenso en la taberna, o al menos así me pareció, porque mi atención igual que la de Ilya, estaba clavada en su reacción. Alzó la vista, tragó y arqueó una ceja.
—Pues mira tú por dónde… no sólo está bueno, también me recuerda a la sopa que hacía mi abuela. —Sonrió mostrando los dientes amarillentos.
Dio otra cucharada para convencerse de que no había sido casualidad. Ilya apretó las manos delante del delantal prestado, y sólo entonces me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—Creo que podemos arreglarnos —añadió el tabernero, dándole una palmada en el hombro—. Si te interesa, mañana al mediodía la cocina es tuya.
Ella asintió con una amplia sonrisa. El tabernero sirvió los otros dos cuencos con la sopa frente a nosotros en la mesa. Probé la primera cucharada con calma, dejando que ella me observara en silencio, con los ojos expectantes.
—Está muy buena la verdad —dije al fin, dejándome llevar por una sonrisa sincera—. Calienta hasta el alma.
Ilya soltó una risita nerviosa, inclinando la cabeza, con un ligero rubor. El tabernero asintió satisfecho y se fue a atender a otros clientes, dejándonos a los dos con nuestros platos.
Comimos sin prisa, y después, ya fuera de la taberna, dimos un paseo por las callejuelas de la aldea. Ilya parecía disfrutar de cada detalle como de costumbre. A su lado, todo me parecía más tranquilo, más fácil.
Cuando el sol se hundió detrás de las montañas, emprendimos el camino de vuelta. La brisa fresca acompañaba nuestros pasos hasta la casa.
Al llegar, nos dirigimos cada uno hacia su cuarto. Justo antes de separarnos, Ilya me tomó la mano con suavidad y se irguió sobre sus puntillas para dejar de nuevo un beso en mi mejilla. Tampoco dijo nada esta vez, se limitó a sonreír y desapareció tras la puerta de su habitación.
Me quedé de nuevo inmóvil durante unos segundos, y sonreí.