Capítulo 27
Cuando salí al claro al día siguiente, Ilya ya estaba despierta, tenía el pelo recogido en un moño alto para apartarlo del rostro.
—¿Quieres entrenar un poco? —pregunté, tanteando el terreno.
Sus ojos brillaron y asintió con entusiasmo.
—Por supuesto.
Cogimos las espadas de práctica que había preparado y comenzamos con movimientos básicos, pasos lentos, correcciones suaves. Al principio la rigidez del día anterior todavía flotaba entre nosotros, pero poco a poco, con cada intento y cada risa, la tensión se fue disolviendo como niebla al sol.
Se reía de sí misma cuando fallaba, me permití bromear más de la cuenta cuando su golpe terminaba en cualquier sitio menos donde debía.
El sonido de las espadas de madera, el crujir de la hierba bajo nuestros pies y su respiración entrecortada le devolvieron al claro un aire ligero, casi despreocupado.
Terminamos exhaustos. Ilya apoyó la espada de práctica sobre sus rodillas y se dejó caer de espaldas con un suspiro. Me senté a su lado, observando cómo el viento revolvía los mechones de su cabello.
—Quiero llevarte a un sitio —dije, rompiendo el silencio mientras recuperaba el aliento—. Siempre que te apetezca y no tengas otros planes, claro.
Giró la cabeza hacia mí, con media sonrisa juguetona queriendo disimular su entusiasmo.
—Bueno… creo que tenía previsto pasar el día tumbada en la hierba y quejarme de lo mal que entrenas.
Me reí, sacudiendo la cabeza.
—Entonces será un secuestro —respondí con fingida solemnidad.
—Acepto —replicó, y su sonrisa se ensanchó, iluminando sus facciones cansadas.
—Si aceptas no es un secuestro —dije enarcando una ceja.
—Pues no acepto entonces, pero llévame de todas formas —dijo sacándome la lengua.
Me levanté riendo y, sin pensarlo demasiado, le tendí la mano. La aceptó sin dudar entre risas y juntos caminamos hacia el sendero que se abría detrás de la casa.
El bosque nos envolvía en una sinfonía de verdes y tras un rato de subir y rodear la ladera, la llevé hasta un saliente donde el mundo parecía desplegarse entero ante nosotros.
Desde allí se veía todo. La línea serpenteante del río que habíamos cruzado se deslizaba entre los árboles dibujando una cinta que atrapaba el reflejo del sol.
Los bosques se extendían hasta perderse en el horizonte, un mar de copas verdes que ondulaban con el viento.
Más allá, muy lejos, la capital brillaba, envuelta en una bruma dorada que la hacía parecer un recuerdo más que un lugar real.
El sol todavía estaba alto, pero empezaba a inclinarse, derramando una luz tibia que hacía relucir las motas de polvo en el aire. Ilya respiró hondo, con los ojos fijos en la distancia.
—Desde allí abajo todo parece más…claustrofóbico—dijo señalando la aldea—. Pero desde aquí arriba la sensación es completamente diferente.
—Me gusta ver las cosas desde la altura —respondí, dejando caer la mochila junto a una roca mientras sacaba algo para comer—. Me hace sentir libre de verdad.
Asintió despacio, todavía con la mirada perdida en el horizonte.
—Es hermoso… y también un poco triste, ¿no crees? —preguntó mientras me ayudaba a extender la comida sobre una manta.
Me tomé unos segundos antes de responder.
—¿Triste?
Sonrió levemente y se sentó a mi lado.
—No sé cómo explicarlo —recogió un trozo de mango mientras el viento jugaba con su cabello, levantando mechones cobrizos que brillaban bajo la luz—. Es una sensación, algo que no sé muy bien definir, tal vez… ¿nostalgia?
Miré hacia el horizonte intentando ver a lo que se refería, podía notar todos mis sentidos relajándose, inspiré hondo aguantando el aire durante unos segundos en el pecho y pude ver pasar en mi cabeza imágenes de hace años, cuando era pequeño y paseaba con mi madre por este mismo lugar.
—Si —dije al fin—. Supongo que lo es.
Comimos en silencio mirando cómo las sombras empezaban a alargarse sobre el valle.
Las nubes finas se teñían de naranja, luego de rosa, y el azul del cielo se volvía lentamente más profundo, el sol respiraba por última vez antes de rendirse y comenzar su decline hacia la noche.
—¿Sabes? —dijo cuando terminó de comer—. Si me hubieras dicho hace unas semanas que acabaría aquí contigo, viendo esto... te habría llamado loco.
—No sería la primera vez que alguien lo hace —bromeé.
Soltó una risa suave. Después volvió a mirar el horizonte, los ojos entrecerrados por la luz dorada.
Nos quedamos mirando un buen rato, disfrutando de la compañía que nos hacíamos. Entonces, sin saber muy bien por qué, imágenes de hace años me inundaron con nostalgia.
—Solía venir aquí de pequeño. —dije—. Cuando quería estar solo… o simplemente cuando no quería pensar en nada.
Ilya apartó la vista del valle y me miró con curiosidad.
—¿Este era tu sitio favorito? —preguntó con una sonrisa suave.
Negué con la cabeza.
—Mi sitio favorito es el tronco frente al claro de la casa. —Sonreí al recordarlo—. Y el segundo, la poza. Este...
Miré alrededor, dejando que el aire fresco me llenara los pulmones.
—Este era donde venía a pensar.
Ilya soltó una pequeña risa.
—Tu sitio para pensar —repitió con una sonrisa divertida—. Tiene sentido.
—¿Ah, sí?
—Si. Aunque me da la impresión de que ahora piensas más de la cuenta.
—Y tú hablas más de lo que pensaba que harías.
—Tal vez me estás contagiando.
La risa nos salió a los dos casi al mismo tiempo. El sol continuaba su descenso, cubriendo el valle con tonos dorados y rojizos. Las hojas se encendían con destellos anaranjados y las sombras se estiraban entre los árboles con el día se resistiéndose a morir.
—No quiero olvidar esto. —dijo.
Su voz sonó tan sincera que me dejó sin respuesta durante unos segundos. No parecía hablar solo del paisaje.
—Hay lugares que se quedan contigo —dije al final—, aunque sigas avanzando.
Clavó su mirada en mí. Por un momento creí ver reflejado en sus ojos todo el paisaje, el río, el bosque, el cielo, la luz que se desvanecía y tuve la absurda sensación de que era ella quien le daba sentido a todo.
—¿Y bien? —pregunté en voz baja.
Ilya no respondió con palabras. Se inclinó un poco, tomó mi mano entre las suyas y la apretó, sin fuerza, pero decidida.
Permanecimos así, sin hablar, viendo cómo el sol terminaba de hundirse tras las montañas.
El último resplandor bañó su rostro antes de extinguirse, y creí que, si el día moría en paz, era porque ella lo estaba despidiendo con la mirada.
El camino de regreso lo hicimos en silencio, sin que me soltara la mano durante el trayecto. Podía sentir esa calma que queda después de haber compartido algo especial con alguien.
Al llegar al claro frente a la casa, Ilya se soltó de mi mano suavemente y se estiró, con la mirada perdida en las tejas viejas y las ventanas que habíamos reparado hace días.
—¿Sabes? —dijo de repente, rompiendo el aire tranquilo—. Me apetecería… no sé, ganar algo de dinero.
Me quedé mirando, un poco sorprendido, pero no tardé en sonreírle.
—Podemos ir a la aldea a preguntar. Seguro que necesitan manos para algo.
Me miró con una mezcla de ilusión y nerviosismo, la idea sin duda la emocionaba y la asustaba al mismo tiempo.
—¿De verdad?
—Claro —respondí, encogiéndome de hombros—. Mañana podemos ir si quieres después de entrenar y comemos allí de paso.
Ilya asintió.
La luz del crepúsculo ya se había vuelto ceniza y el aire traía consigo ese frescor que anunciaba la llegada de la noche. Entramos en la casa sin decir mucho, temiendo que las palabras estorbaran después del silencio que habíamos compartido allí arriba.
Ilya encendió una vela y la colocó sobre la mesa. La llama vacilante proyectó sombras suaves en las paredes y el olor a cera derretida se mezcló con el del pan y las hierbas secas. Cenamos algo sencillo: un poco de carne, pan tostado y unas verduras que quedaban del día anterior.
Ninguno habló demasiado. De vez en cuando, nuestras miradas se cruzaban, y bastaba eso para entendernos.
Después de cenar, Ilya se levantó y salió al porche con su taza de brebaje para evitar las pesadillas entre las manos.
La seguí poco después, llevando mi propia infusión que me hice de té verde, el vapor ascendiendo en espirales perezosas que desaparecían en la penumbra.
Nos sentamos uno junto al otro, sin más luz que la de las estrellas y el débil resplandor que escapaba de la casa.
—¿Sabe mal? —pregunté, viendo cómo fruncía la nariz antes de beber.
—Peor —murmuró, y aún así dio otro trago—. Pero si no lo tomo, las pesadillas volverán.
—Es preferible el mal sabor antes que el mal sueño.
—Supongo —dijo con una pequeña sonrisa cansada—. Aunque si tú me hicieras el brebaje, sabría mejor. Hoy me sabe a rayos.
—Fue porque es una receta fácil, créeme. Una vez casi envenené a Draco intentando hacer un brebaje para una infección.
Se rio por lo bajo, el sonido perdiéndose entre la oscuridad de la noche. Permanecimos así un rato, mirando el horizonte, escuchando los insectos que comenzaban su canto nocturno. Ilya dejó su taza vacía sobre el suelo, apoyó los codos en las rodillas y suspiró.
—Ha sido un buen día —dijo en voz baja, sin mirarme—. Uno de los que vale la pena recordar.
—Sí —respondí, observando cómo una luciérnaga se encendía y apagaba cerca del porche—. La verdad es que sí.
Nos quedamos un momento más, en ese silencio tranquilo. Luego ella se levantó, sujetando la taza con cuidado.
—Buenas noches —murmuró, con una leve inclinación de cabeza.
—Que descanses, Ilya.
Me quedé viéndola entrar, su figura recortándose un instante en el marco de la puerta antes de desaparecer.
Luego apuré lo que quedaba de mi té, ya tibio, y me quedé un rato más en el porche, dejando que el fresco de la noche me despejara los pensamientos otra vez.
Cuando finalmente me levanté para ir a dormir, la casa respiraba calma y sentí que aquel lugar volvía a parecerse a un hogar.
Al llegar a la puerta de su cuarto, Ilya, ya con su camisón de pijama, salía del cuarto de baño. Sonrió hacia mí, me tomó la mano con suavidad y, tirando ligeramente de mí, se irguió sobre sus puntillas para dejar un beso en mi mejilla. No dijo nada y desapareció tras la puerta de su habitación.
Me quedé un instante en medio del pasillo, inmóvil, con la piel ardiendo donde sus labios habían rozado. Cuando por fin entré en mi cuarto, el cansancio no fue suficiente para traerme calma. Aquella noche, el sueño se me escapaba, traicionado por el recuerdo de ese gesto.