Luz (Sombras de Nibhor 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

El alba apenas empezaba a teñir de gris azulado las ventanas cuando sentí que Ilya se movía entre mis brazos. Abrí los ojos, un poco entumecido por haber pasado la noche en la misma postura, y la vi alzando la mirada hacia mí, todavía con los párpados pesados del sueño.

—¿Hola…? —murmuró, con la voz ronca.

Sonreí con suavidad y temor.

—Yo… lo siento —dije mientras me separaba de ella con cierta rapidez — me he dormido. Tenías pesadillas. Lo siento si he hecho algo que te haya molestado.

Tierra trágame . Sus cejas se fruncieron un instante, como si intentara ordenar las imágenes en su mente. Entonces sus labios temblaron ligeramente y dijo en un susurro:

—Creí que era un sueño. Soñaba que alguien me llamaba mientras mi cuello se rompía… y venia alguien a ayudarme. Eras tú. Pensé que me lo había estado imaginando.

Me quedé callado un segundo, mirándola fijamente. Luego asentí despacio, sin bromas, sin evasivas.

Bajó la vista, sus mejillas ardiendo, y apretó los labios con fuerza tal vez temiendo que se le escapara algo más. Me levanté con cuidado, dándole espacio para recomponerse.

Pero mientras me apartaba, vi cómo sus dedos se cerraban un instante en el hueco de las sábanas donde yo había estado, queriendo asegurarse de que mi presencia no se desvanecía del todo.

Abrió los ojos completamente, pestañeando varias veces y al girar la cabeza me encontró ya en el umbral de la puerta, apoyado sobre el marco. Me sonrió con cierta timidez, aunque todavía parecía confundida.

Sus ojos se detuvieron un momento en mi hombro, y después en mi postura algo rígida. Torció los labios en una mueca preocupada.

—Has pasado la noche incomodo… ¿verdad? —me señaló el brazo—. ¿Te duele?

No pude evitar una sonrisa.

—Digamos que no ha sido la postura más cómoda del mundo. —bromeé intentando quitarle hierro a la situación.

Frunció el ceño con genuina preocupación, parecía que la idea de que yo hubiera estado quieto tantas horas por ella le afectara.

—Deberías haberme despertado, no tenías que quedarte…

—Ilya… —La interrumpí suavemente, sacudiendo la cabeza—. No me ha importado. Solo quiero que estés bien.

Pareció querer replicar, pero al final suspiró y desvió la mirada hacia la ventana. Sus dedos, sin embargo, buscaron de nuevo el hueco a su lado donde había estado yo.

El resto de la mañana transcurrió entre tareas sencillas: barrer rincones que todavía guardaban polvo, reparar un mueble tambaleante, acomodar las provisiones que había traído de la aldea y la capital. Nada demasiado arduo, pero suficiente para mantener la mente ocupada.

Me notaba torpe. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ambos desviábamos los ojos demasiado rápido, la cercanía de la noche nos había dejado sin saber bien qué hacer con las palabras, ni con los silencios.

Ilya, al recoger la leña para el fuego, dejó caer un par de ramas torpemente. Yo me apresuré a agacharme para ayudarla, y nuestras manos se rozaron.

Yo no estaba mejor. Al preparar la mesa para comer, se cayó el cuchillo que sostenía clavándose como un dardo a unos centímetros de mi bota, ella me lanzó una mirada divertida, aunque también cargada de esa nueva incomodidad.

Nos reímos, pero la risa sonó rara, ambos sabíamos que algo había cambiado.

La comida fue sencilla, silenciosa, aunque no completamente incómoda. Entre cucharada y cucharada, me animé a romper ese aire raro que aún nos rodeaba.

—He comprado algo para ti —le dije, rompiendo el silencio mientras apartaba las migas de mi plato—. Es un remedio para las pesadillas. Quizá te ayude a descansar un poco mejor.

Levantó la mirada hacia mí, pero la apartó enseguida, sin saber dónde dejarla reposar. Asintió despacio, sin palabras, y se llevó el pan a los labios con gesto distraído.

—Gracias —murmuró al fin.

La observé en silencio. Había algo distinto en su forma de moverse, una distancia invisible que no había estado allí los días anteriores. Sentí el recuerdo suspendido entre los dos, un recuerdo incómodo de lo que había ocurrido durante la noche.

Había hecho algo mal al final. Había pedido perdón y no había servido.

Idiota.

El pan en su mano temblaba ligeramente y aunque intentaba aparentar normalidad, la rigidez de sus hombros la traicionaba.

Me quedé mirándola mientras empujaba las migas de pan en su cuenco, evitando mis ojos. Había algo en ese silencio que me estaba rasgando por dentro en remordimiento y culpabilidad.

El recuerdo se me enredaba en la cabeza. ¿Había cruzado un límite al quedarme con ella? Quizá no debería haber cerrado los ojos yo también… quizá ella se había despertado y se había encontrado atrapada en mis brazos, sin posibilidad de apartarse.

Apreté la mandíbula, removiendo mi propia bebida sin llegar a beber. Cada gesto de ella con ese aire distraído, esa mirada huidiza, me mordía con la duda.

Quise preguntarle, romper el hielo de golpe, pero las palabras se me quedaron atragantadas.

¿Y si no quiere hablarlo? ¿Y si de verdad la incomodo?

Finalmente me animé a decir con voz baja:

—Si… si te he hecho sentir mal, lo lamento.

Levantó la mirada y negó con suavidad.

—No, no es eso… —murmuró—. No has hecho nada malo, al contrario. Eres dulce y tierno. Solo que… no estoy acostumbrada.

Fruncí el ceño, confundido.

Tragó saliva y bajó la vista a sus manos entrelazadas sobre la mesa.

—Toda mi vida, los contactos físicos que he tenido, han sido…

habían sido bruscos. Órdenes, empujones, golpes, manos que tomaban lo que querían sin preguntar.

Nunca… nunca había sentido que alguien me tocara con delicadeza.

Solo por mí, por ayudar. Sin buscar más.

Y cuando me di cuenta de cómo me sujetabas, de cómo me dabas ese calor que me reconfortaba… no sabía cómo reaccionar.

El corazón me dio un vuelco y sentí que algo se me rompía por dentro. Me partió el alma imaginarla así, reducida a esa sombra de lo que le habían hecho vivir.

No dije nada, porque cualquier palabra me parecía insuficiente. Apreté los labios y asentí, intentando contener toda la rabia y la ternura que me hervían por dentro.

Ella forzó una pequeña sonrisa, casi temblorosa.

—Así que no te preocupes, ¿vale? No me has incomodado. Es solo… que necesito… acostumbrarme.

Respiré hondo, intentando que no se me notara la emoción en la voz.

—Vale… pero nunca voy a hacer nada que no quieras. Eso quiero que lo sepas. Es una promesa.

Se limitó a asentir.

Sentí que la mandíbula se me tensaba, los nudillos blancos apretando el borde de la mesa. Sus palabras seguían clavándose en mi pecho como espinas, y una parte de mí gritaba por hacer algo, cualquier cosa, para no quedarme quieto tragando esa impotencia.

La miré en silencio unos segundos, hasta que al final solté el aire en un largo suspiro.

—Ilya… —dije con la voz un poco ronca—. ¿Te apetece hacer algo? Lo que quieras. No importa qué.

Alzó la cabeza, sorprendida por el repentino cambio de tema. En sus ojos todavía quedaba la humedad de antes, pero también una chispa curiosa.

—¿Algo…? —repitió, ladeando la cabeza.

—Sí —respondí, intentando sonreír, aunque no sé si lo logré del todo—. Salir, entrenar, dar un paseo, cocinar, lo que se te ocurra. Solo… dime que te apetece.

Quería moverme, romper ese nudo que me había dejado por dentro escucharla. Pero, sobre todo, quería darle a ella la sensación de que tenía elección ahora.

Ilya parpadeó un par de veces, pensativa, y luego bajó la vista a la taza entre sus manos.

—Una ruta suena bien —murmuró al final—. Solo… caminar un poco. Respirar aire fresco.

No pude evitar que mis hombros se relajaran. Aquella respuesta, tan simple, era justo lo que necesitaba: nada de espadas ni esfuerzos, solo dejar atrás las paredes y las sombras por un rato.

—Un paseo, entonces —asentí, poniéndome de pie y extendiéndole la mano para ayudarla a levantarse.

La aceptó, con un leve sonrojo que intentó esconder desviando la mirada. Sentí otra vez aquel calor sutil en el contacto, una corriente que recorrió mi brazo.

—Vamos antes de que el día se nos escape —dije con una sonrisa suave.

El paseo comenzó en silencio. Las ramas crujían bajo nuestros pasos, el murmullo del viento en los árboles llenaba el aire, pero ninguno de los dos dijo nada al principio.

Ilya caminaba a mi lado, los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija en el suelo.

Notaba el peso en mi pecho, ese cúmulo de palabras que no encontraba cómo decir.

El silencio se fue estirando hasta volverse de nuevo ligeramente incómodo y finalmente se detuvo.

—No es que no confíe en ti —dijo, con la voz baja—. Es solo que… aún me cuesta. Todo esto es nuevo para mí. La libertad. La calma. El que alguien me toque sin hacerme daño.

Me giré hacia ella y al ver sus ojos brillando con aquella vulnerabilidad me atravesó como una daga.

—No tienes que explicarlo —respondí, aunque mi voz traicionaba la tensión contenida—. No tienes que darme nada que no quieras. Yo… solo quiero que estés bien.

Respiró hondo, liberando algo que llevaba tiempo guardado. Y en ese instante, entre las hojas agitadas y la quietud del sendero, sentí que algo invisible se aflojaba entre nosotros.

Caminamos de nuevo, más despacio, pero esta vez la tensión no era la misma: sus pasos se acompasaron a los míos, su hombro rozaba el mío de vez en cuando y ya no parecía querer alejarse.

El sol empezó a caer y las sombras se alargaban, durante el resto del camino la conversación se volvió más ligera.

Cuando llegamos al claro, la luz del crepúsculo se había apagado casi del todo, y la casa nos recibió con ese silencio que empezaba a volverse una costumbre.

Ilya se retiró a su cuarto a prepararse para dormir, mientras yo me dirigí a la cocina.

Encendí la lumbre lo justo para calentar agua, y abrí el pequeño frasco del remedio que había conseguido en la capital.

El olor amargo del brebaje se mezcló con el del vapor, áspero pero reconfortante en cierta forma.

Cuando estuvo listo, lo vertí en una taza de barro y caminé hacia su habitación. Me detuve ante la puerta, golpeé suavemente con los nudillos y pregunté:

—¿Puedo?

Su voz, apagada por el cansancio, me dio permiso. Entré y la encontré ya acomodándose entre las mantas, el cabello suelto cayéndole por los hombros. Le tendí la taza con una sonrisa breve.

—Es la infusión que te dije. Tal vez te ayude a dormir tranquila esta noche.

Sus dedos rozaron los míos al tomarla, un contacto leve, pero suficiente para hacerme sentir la calidez que desprendía.

—Gracias… —susurró, bajando la mirada al vapor que se elevaba de la taza.

Saqué el ungüento y lo dejé en su mesita.

—Un poco de esto en las sienes también te beneficiara.

No añadí nada más. Salí en silencio, cerrando la puerta tras de mí.

Un instante después, ya en mi cuarto, me dejé caer sobre la cama.

La madera crujió bajo mi peso y, mientras el cansancio acumulado empezaba a arrastrarme, pensé que ojalá el brebaje hiciera efecto.

No solo por ella, también por mi descanso.

La noche avanzaba lenta y por desgracia no lograba conciliar el sueño.

Tal vez era la costumbre de estos últimos días, despertando siempre con los gritos apagados de Ilya.

Al final me levanté, descalzo y fui hasta su habitación.

Me asomé con cautela por una rendija de la puerta.

Dormía tranquila, el rostro sereno bajo la débil luz de la luna que se colaba por la ventana.

Solté un suspiro silencioso y me retiré, aliviado.

Tomé una jarra de hidromiel y salí al claro frente a la casa. El aire nocturno era frío, y el cielo, inmenso, parecía observarme con indiferencia. Bebí un trago largo y dejé que el ardor bajara por mi garganta.

¿Qué demonios estaba haciendo?

La reunión se acercaba, y con ella, la certeza de tensiones. Si había una guerra en ciernes, ¿dónde quedaba mi sitio? ¿Y dónde quedaba ella?

Ilya.

Su nombre me golpeó la mente como un martillo. No debería pensar en ella de esa forma, pero ya era inevitable. Cada día me arrastraba más hacia ese abismo, y yo no sabía si era correcto dejarme caer.

Apuré otro sorbo de la jarra y, tras un buen rato de cavilaciones, regresé al interior.

Al pasar por su cuarto noté que se movía inquieta, atrapada en algún mal sueño.

Empujé la puerta con cuidado y me acerqué a la cama.

Con un roce ligero, pasé mis dedos por su mejilla.

Ilya se serenó poco a poco, los labios relajándose en un suspiro.

Me incliné y, sin pensarlo demasiado, le dejé un beso suave en la frente. Luego me incorporé, cerré la puerta con cuidado y regresé a mi habitación, con el peso del mundo en los hombros y la certeza de que esa calma no iba a durar para siempre.